Un murmullo crece a mi alrededor. Tengo algo atrapado en el suelo, pero de momento me mantengo inmóvil y trato de escuchar el susurro que se acerca y que poco a poco va cobrando sentido en mi cabeza. Son pies que se arrastran viniendo desde varias direcciones. Parece que tratan de rodearme. Lo que he agarrado antes gruñe y trata de zafarse, aunque no creo que pueda. Es huesudo y débil, y con la cara contra el suelo y las manos atrapadas poco puede hacer por defenderse. Tiene la piel fría y no habla, sólo gruñe. Creo recordar que la mujer que encontramos de camino al pueblo dijo que en Cornwell no había zombis. No muchos, al menos, pero es evidente por la claridad con que me llegan sus gemidos que los tengo encima, así que mejor empezar con esto cuanto antes. Cojo a la criatura por el pelo y golpeo su cabeza contra el suelo hasta que oigo romperse el cráneo y siento en las manos gotas de ese líquido viscoso y negro en el que se convierte su sangre. No creo que se levante pero, aún así, le retuerzo el cuello hasta escuchar como se parte. Me pongo de pie y aparto el cuerpo de una patada, tengo que concentrarme bien para luchar en la oscuridad. No puedo dejar que ataquen a Mishel o que entren en el instituto.
Antes de que pueda adivinar dónde está el que tengo más cerca la puerta del edificio se abre y un rayo de luz blanca me ilumina de pleno. Hay un tío parado en el umbral. Me enfoca directamente, así que no puedo verle la cara.
- Quédate dentro -le digo, procurando no alzar la voz para no poner nerviosos a los podridos. Sin embargo, él ya ha cerrado la puerta y da unos pasos hacia mí. Se detiene al tropezar con el cuerpo.
- ¡Joder! ¡¿Qué coño es esto?!
Los otros zombis ya me habían detectado antes de que el tipo saliera, los estaba oyendo acercarse. Ahora, los gritos y la luz han hecho el resto, y cuando me doy cuenta dos de ellos ya se le han echado encima. Los aparto de un tirón, pero uno de ellos lo tiene agarrado del pelo y el hombre grita de dolor. De un golpe seco en el antebrazo parto los huesos del podrido y por fin lo suelta, aprovecho el momento para tirarlo al suelo y aplastarle el cráneo con la bota. A la luz de la linterna veo como los sesos se esparcen en blanco y negro. Es tan absurdo que parece irreal. Pero tengo que buscar al otro.
Lo encuentro muy cerca de mí, en el suelo, probablemente se ha caído al apartarlo de un empujón. En pocos segundos ha corrido la misma suerte que su compañero de fatigas. Sin embargo, tengo la certeza de que hay más.
- ¡Vuelve dentro! -le grito al hombre, que tarda unos segundos en reaccionar pero rápidamente se dirige a la puerta. Intenta abrirla, pero no puede.
-¡Abrid, joder! -dice él, asumo que hay alguien más al otro lado, aunque creía que había venido solo- ¡Abrid!
Esto es lo más complicado. Puedo luchar contra un puñado de zombis sin apenas sudar si estoy solo, pero cuando hay que proteger a alguien todo se vuelve mucho más difícil. Quizá porque soy un poco como ellos, el resto de seres humanos siempre les parece más apetecible que yo. Pero la puerta del instituto no se abre, así que voy a tener que hacerlo una vez más. Si dejo que lo maten, ni Mishel ni yo entraremos.
Después de comer algo me siento infinitamente mejor, aunque terriblemente cansada. Marcus y Lydia nos conducen al piso superior, donde se encuentra el resto del grupo, aunque nos han dicho que no vamos a dormir con el resto todavía. Subimos la escalera y nos detenemos en la entrada de un aula que tiene la puerta entreabierta. En el interior se adivinan las formas de mesas y sillas apiladas contra una pared, pero no se ve mucho más. Lydia desaparece en busca de un par de sacos de dormir. Vuelve acompañada por alguien más, una mujer un poco mayor.
- Marcus, deberías venir a ver algo -dice la mujer, parece preocupada.
Él no pregunta, simplemente se marcha con ella y le pide a Lydia que se quede con nosotros. Se pierden en la penumbra del pasillo, pero poco después comenzamos a escuchar voces que cada vez se elevan más. Debería haberme acostumbrado ya a que las cosas se tuerzan cada vez que el apocalipsis nos da un respiro. Se oye un grito al fondo del pasillo y una mujer aparece corriendo con una linterna, probablemente allí es donde está el resto de grupo. La mujer pasa como un rayo por nuestro lado sin ni siquiera mirarnos, gritando y llorando, y baja las escaleras a trompicones. Antes de que la lucecilla de su linterna se pierda de vista un par de hombres aparecen corriendo tras ella y la siguen escaleras abajo. Lukas y yo intercambiamos una mirada en silencio. Entre los gritos de la mujer se ha distinguido claramente la palabra "Joseph". Joseph es quien ha salido a llevar algo de comida a Isaac y Mishel. Algo tiene que estar pasando con ellos.
No lo pienso mucho, simplemente me escabullo al interior del aula junto a la que estamos y abro la ventana. Abajo, frente a la puerta, Isaac aplasta un cráneo de una patada. Lukas llega rápidamente a mi lado a pesar de que Lydia nos está llamando desde la puerta.
- ¿Pero no dijeron que no había zombis por aquí?
La escena se dibuja bajo la ventana iluminada por el haz blanco de la linterna. Isaac es una máquina demoledora, cae sobre uno de ellos como una bestia y, cuando lo tiene en el suelo, estampa su cabeza contra el bordillo hasta que no queda más que una masa de despojos. Entonces lo abandona y sale en busca del siguiente. La linterna que ilumina la escena se mueve de un lado a otro, nerviosa, y pienso entonces en el pobre Joseph. Aunque no lo vemos claramente desde aquí, tiene que ser él, y ahora mismo la luz hace un barrido a su alrededor que muestra a varios zombis acercándose al lugar. Trato de distinguir a Mishel en el interior del coche, pero no la veo. Confío en que Isaac pueda protegerlos a los dos. Una mujer grita y llora en el piso de abajo.
Esto sería más sencillo si el tipo de la puerta me ayudase un poco, al menos enfocando hacia los zombis para que pueda ver desde dónde están llegando. Por lo menos ha dejado de gritar y lo único que hace es mover la luz de un lado a otro. Me empieza a marear, así que intento no hacerle caso y guiarme por mis otros sentidos para acabar con los zombis que quedan. Escucho atentamente y escruto la penumbra a mi alrededor. A mi derecha hay una papelera, tal vez pueda usarla como arma. Cuando voy a cogerla, me doy cuenta de que está anclada al suelo. Tiro de ella con fuerza un par de veces. Forcejeo un poco hasta que al fin consigo arrancarla del soporte y corro de vuelta a la puerta, donde hay un podrido acercándose peligrosamente al tío de la linterna. Le doy un fuerte golpe con la papelera en la cabeza y cae de bruces al suelo. Sigo golpeando hasta destrozarlo por completo.
Los últimos se acercan en grupo, creo distinguir a cuatro. En lugar de dirigirse hacia la puerta, se amontonan alrededor del todoterreno. Lo golpean y lo mueven un poco, me lanzo sobre ellos sin vacilar y utilizo la papelera para aplastar la cabeza del primero de ellos contra el cristal. Los otros tres intentan alcanzar a Mishel, agarro de los pelos al que tengo más cerca, que trata de morderme al tenerme a su alcance, pero no lo consigue. Lo empujo hacia otro, que empezaba a trepar por el coche, y ambos caen en un lío de brazos y piernas. Cojo de nuevo la papelera y la dejo caer sobre ellos con fuerza. Vuelvo a hacerlo varias veces hasta estar seguro de que no se van a volver a levantar. Miro a mi alrededor, pero no veo al último. Me vuelvo y lo encuentro, avanzando torpemente hacia el tipo de la puerta. De un salto estoy sobre él y lo destrozo hasta que no puedo más, ante la mirada alucinada del hombre que sujeta temblando la linterna y un bulto envuelto en una bolsa de plástico.
Joseph ilumina a Isaac mientras termina de machacar la cabeza del último de los zombis que se han acercado al instituto. La luz tiembla y me imagino lo aterrorizado que debe de estar, más aún si no ha visto a Isaac luchar antes. Y Mishel, en el coche, no quiero ni pensarlo. Cuando Isaac se levanta, Lukas y yo contenemos la respiración. Se acerca a Joseph muy lentamente, mirándolo de arriba a abajo, se diría que evaluándolo incluso. Se queda de pie frente a él, a un par de metros, Joseph no se mueve un milímetro. Una vez acallados los gemidos de los zombis y los gritos de Joseph, el silencio es sepulcral. Ni siquiera se escuchan los lloros de la mujer que ha bajado corriendo. Isaac da un paso más hacia Joseph y alarga el brazo, tan despacio que parece que estemos viendo una película a cámara lenta. Coge algo que Joseph llevaba en la mano, una bolsa de plástico. Saca dos bocadillos del interior, le dedica una breve mirada, y se da la vuelta para alejarse de él y volver junto al coche. La puerta del instituto se abre en un estallido de voces asustadas.
miércoles, 1 de agosto de 2012
martes, 10 de julio de 2012
Cornwell
Un escalofrío me recorre cuando cruzamos las puertas del edificio donde el grupo de Marcus, Arthur y Sophie está refugiado, más por el hecho de dejar atrás a Isaac y Mishel que por el lugar en sí, que no es más que un instituto de secundaria convertido a la fuerza en un pequeño fortín contra la plaga. Me vienen a la mente los recuerdos del Purgatorio, pero esto tiene mucho mejor aspecto. Atravesamos un recibidor amplio y recorremos un par de pasillos con taquillas a los lados. Algunas tienen cosas escritas, pequeños dibujos o incluso una foto colgada, no me cuesta nada imaginar a los chavales entrando en clase o riendo en alguna esquina. Tengo la misma sensación que cuando entramos en alguna casa abandonada, la de ser un intruso que no debería estar aquí. Ninguno de nosotros deberíamos estar aquí, viviendo todo esto, de todas formas.
- ¿Dónde está el resto de vuestro grupo? -pregunta Lukas. Marcus señala hacia arriba con el dedo índice.
- Hemos ocupado unas cuantas aulas del piso de arriba.
Sin embargo, el grupo nos conduce hacia una escalera que baja.
- ¿A dónde vamos entonces? -pregunto, me estoy empezando a asustar. Marcus se ríe, parece que se ha percatado de mi miedo.
- Vamos a hacer una parada antes -luego, se vuelve hacia parte de sus compañeros, que nos venían siguiendo-. Podéis volver con los demás, no hace falta que bajemos todos a los vestuarios. Joseph, Lydia, ¿nos acompañáis vosotros dos?
El resto del grupo se aleja tranquilamente, charlando entre ellos, y los tres que se quedan con nosotros parecen también confiados. Parece... que se sienten seguros. Me aferro a esa pequeña esperanza y sigo a Marcus y los otros dos escaleras abajo, por un corto pasillo hasta llegar a dos puertas iguales. Un cartel indica que la puerta de la derecha es el vestuario femenino, y la de la izquierda, el masculino. La mujer, no recuerdo como se llama, me abre la puerta de la derecha y me invita a pasar. Supongo que aquí tengo que separarme de Lukas, aunque no tengo ningunas ganas de hacerlo. Me lanza una mirada que intenta ser tranquilizadora antes de entrar en el vestuario masculino junto a Marcus y el otro hombre, así que me resigno y entro en el otro sin mucha confianza. A la entrada del vestuario hay varios bancos de madera y una serie de armarios blancos. Huele a lejía. Deben de ser los vestuarios de una piscina. La mujer atraviesa la zona de los armarios y dobla una esquina.
- Vamos, ven aquí -me dice-. No tengas miedo.
Ya, eso es fácil de decir. Doy unos pasos hacia ella y luego me quedo quieta.
- Tener miedo no es malo, es útil -le digo. Ella se ríe.
- Entiendo que te hayan asustado... Marcus suele hacerse el duro con la gente de fuera, porque nunca se sabe qué se puede encontrar uno por ahí. Anda, acércate, que seguro que esto te gusta.
Escucho un murmullo. Es agua, agua que corre. Voy hacia el origen del sonido, justo detrás de la fila de armarios. Una ducha.
- Tienes cinco minutos de agua caliente -me dice la mujer. Creo que voy a llorar.
Cuando el grupo entra en el edificio nos quedamos a oscuras. Llevaban unas cuantas linternas, pero no nos han dejado ninguna, así que subo al coche y enciendo la luz del interior. Escucho cómo aseguran la puerta del instituto desde dentro. Mishel se ha quedado plantada en la acera, sin reaccionar. Espero que ese estado de shock se le pase pronto, porque no estoy en condiciones de resolver los problemas emocionales de nadie. De todas formas, la mayoría de la gente en ese estado puede obedecer órdenes sencillas si se les dirige bien. Sólo tengo que conseguir que pase la noche dentro del coche, y que aguante ahí hasta mañana. Luego la dejarán entrar, y yo podré respirar tranquilo.
- Mishel, sube al coche -le digo, trato de ser firme pero no asustarla. No me hace caso, tampoco esperaba que lo hiciera a la primera. Bajo del vehículo de un salto y me acerco a ella. Le sujeto la cara con las manos y la miro a los ojos. Necesito concentrarme mucho para no hacerle daño en este momento, teniéndola tan cerca de mí.
- Mishel -repito, hablando lentamente-. Tienes que subir al coche. Yo vigilaré aquí fuera. No te pasará nada.
Después de mirarme un rato, procesando la información, asiente con la cabeza y sube al todoterreno. Se queda en el asiento de atrás, inmóvil. Le apago la luz y noto cómo se estremece al quedarse a oscuras, aunque no protesta. Cuando cierro la puerta, escucho como echa el seguro. Bien, puedo relajarme un poco. Me siento en el suelo, la espalda apoyada en una de las ruedas traseras del coche. Veinticuatro horas, me digo. Puedo aguantar ese tiempo sin comer. Y sin dormir. Puedo hacerlo.
Dejo que el agua me empape. Está caliente, siento como me quema la piel. Es una sensación tan agradable que no puedo evitarlo y me pongo a llorar. Esto es lo que hacía cada mañana al salir de la cama, darme una buena ducha, secarme el pelo, ponerme ropa limpia. Ahora no tengo cama donde dormir, ni ropa, ni familia, ni amigos, ni nada. No queda nada de lo que conocía, y las personas en quienes había confiado... Sam está muerto, Isaac parece haberse convertido en alguien completamente distinto. Tal vez hubiera sido mejor no haber salido nunca del hospital.
Me miro los pies, a mi alrededor corre el agua que se va llevando toda la suciedad que llevo encima. Me froto la cara y el cuello para quitar la sangre seca. El oído me duele un poco y lo sigo notando raro. Me tapo el otro y me doy cuenta de que casi no escucho el agua. Es difícil decir ahora si la pérdida de audición será permanente... supongo que no puedo hacer nada más que esperar para ver cómo evoluciona. El resto de heridas se irán curando poco a poco. Algo de descanso, y sobre todo comida, eso es lo que necesito. El agua se enfría y salgo de la ducha, la mujer me espera con una sonrisa y me acerca una toalla.
- ¿Te sientes mejor? -pregunta.
- Ya lo creo -respondo, y me permito por primera vez el lujo de bajar un poco la guardia. Ella parece darse cuenta.
- Me llamo Lydia -dice. Es un poco mayor que yo, pero tampoco mucho, andará sobre los treinta, más o menos. Tiene el cabello de un rubio rojizo y los ojos claros, con la piel llena de pecas. Me fijo en su ropa, una sudadera deportiva y unos vaqueros. Parece limpia y cómoda, me pregunto si tendrá algo de sobra para mí.
Lydia me tiende la mano. Me seco la mía antes de estrechársela.
- Yo soy Alex.
Como si hubiera leído mis pensamientos, me ofrece un bulto de ropa cuidadosamente doblada. Huele a limpia, incluso la ropa interior. Me lo pongo todo rápidamente y me miro en el espejo. Llevo un chándal azul con lo que parece ser el emblema del instituto. Tengo una pinta bastante ridícula pero aún así seguro que es infinitamente mejor que la que traía cuando llegué aquí.
- Lavaremos tu ropa, pero puedes usar eso mientras tanto. Lo único que no tengo para ti son zapatos -me dice Lydia-. Lo siento, pero no tenemos ni un par de sobra.
- No pasa nada, mis botas están bien. No iré a la última moda, pero estaré cómoda -hago una pausa-. Muchas gracias por todo esto. No sabes cuánto necesitaba esa ducha.
- Lo sé -dice ella-. Han llegado varias personas desde que nos refugiamos aquí, pero nadie parecía tan hecho polvo como vosotros.
- ¿Crees que acabarán dejando entrar a los que se han quedado fuera? -pregunto.
- Esperemos que sí -echa a andar hacia la puerta-. Volvamos con los demás.
Cuando salimos al pasillo nos encontramos con Lukas y los otros dos, ya esperándonos. Lukas tiene la misma pinta ridícula que yo, con el chándal azul del instituto. Al vernos, nos reímos el uno del otro y me doy cuenta de que está mucho más tranquilo. Ahora, el grupo nos lleva hasta unas puertas amplias. Tienen un cristal redondo a la altura de los ojos a través del que se ve una sala a oscuras. Marcus da la luz, y la sala se ilumina, mostrando hileras de mesas y una barra con un carro de bandejas al lado. Estamos en la cafetería del instituto. Recuerdo el hambre que tengo con un dolor atroz en el estómago. Sin embargo, Lukas repara en algo mucho más importante.
- ¡Tenéis electricidad!
Joder, qué idiota he sido. ¿Cómo no me he dado cuenta? Es de noche y me he duchado en un sótano, y había luz. Es increíble cómo me ha parecido completamente normal, sin reparar en que probablemente no haya energía en ningún otro edificio del pueblo. Mientras nos sirve un par de bocadillos, Marcus nos cuenta que el instituto cuenta con un generador de emergencia que puede abastecer el edificio durante varias semanas, aunque solamente mantienen la electricidad en algunas zonas comunes, para ahorrar todo lo posible.
- Os enseñaré todo esto mañana. Ahora comeos eso, y nos iremos a dormir.
El hambre me hace pensar en Isaac y Mishel, ahí fuera, sin agua, sin comida.
- Marcus, ¿puedo pediros algo? -digo-. No quiero abusar de vuestra amabilidad, pero nuestros amigos están ahí fuera y no tienen nada... ¿No podríais llevarles algo de comida y agua a ellos?
Marcus tarda un segundo en decir algo, pero enseguida sonríe y asiente con la cabeza.
- Claro, les llevaremos un par de bocatas. Joseph, ¿lo harás tú?
Joseph se encoge de hombros, no parece muy amigable. Aún así, accede. Sale de la cafetería con dos bocadillos y una botella de agua, y Marcus nos invita a ir con él y Lydia arriba. Me encanta la idea de dormir en un lugar libre de zombis, aunque no estaré tranquila hasta que Isaac y Mishel estén también a salvo. Por ahora, tenemos que esperar.
El tiempo parece que no pasa. Es completamente de noche, pero me voy acostumbrando a la oscuridad lo suficiente como para distinguir la silueta del coche frente a mí. Mishel sigue sentada y completamente inmóvil, pero al menos no da problemas. Me concentro en escuchar los sonidos de mi alrededor. El viento, un búho. Voces en el interior del edificio, pasos. Pasos que se acercan a donde estoy. Me preparo, alerta, escuchando a alguien acercarse a nosotros. Siento como mis músculos se ponen en tensión y me preparo para saltar sobre quien sea que se acerque.
Lo escucho, lo noto antes de verlo y me lanzo encima de él. En un segundo lo tengo inmovilizado contra el suelo, y es entonces cuando me doy cuenta de que algo va mal.
- ¿Dónde está el resto de vuestro grupo? -pregunta Lukas. Marcus señala hacia arriba con el dedo índice.
- Hemos ocupado unas cuantas aulas del piso de arriba.
Sin embargo, el grupo nos conduce hacia una escalera que baja.
- ¿A dónde vamos entonces? -pregunto, me estoy empezando a asustar. Marcus se ríe, parece que se ha percatado de mi miedo.
- Vamos a hacer una parada antes -luego, se vuelve hacia parte de sus compañeros, que nos venían siguiendo-. Podéis volver con los demás, no hace falta que bajemos todos a los vestuarios. Joseph, Lydia, ¿nos acompañáis vosotros dos?
El resto del grupo se aleja tranquilamente, charlando entre ellos, y los tres que se quedan con nosotros parecen también confiados. Parece... que se sienten seguros. Me aferro a esa pequeña esperanza y sigo a Marcus y los otros dos escaleras abajo, por un corto pasillo hasta llegar a dos puertas iguales. Un cartel indica que la puerta de la derecha es el vestuario femenino, y la de la izquierda, el masculino. La mujer, no recuerdo como se llama, me abre la puerta de la derecha y me invita a pasar. Supongo que aquí tengo que separarme de Lukas, aunque no tengo ningunas ganas de hacerlo. Me lanza una mirada que intenta ser tranquilizadora antes de entrar en el vestuario masculino junto a Marcus y el otro hombre, así que me resigno y entro en el otro sin mucha confianza. A la entrada del vestuario hay varios bancos de madera y una serie de armarios blancos. Huele a lejía. Deben de ser los vestuarios de una piscina. La mujer atraviesa la zona de los armarios y dobla una esquina.
- Vamos, ven aquí -me dice-. No tengas miedo.
Ya, eso es fácil de decir. Doy unos pasos hacia ella y luego me quedo quieta.
- Tener miedo no es malo, es útil -le digo. Ella se ríe.
- Entiendo que te hayan asustado... Marcus suele hacerse el duro con la gente de fuera, porque nunca se sabe qué se puede encontrar uno por ahí. Anda, acércate, que seguro que esto te gusta.
Escucho un murmullo. Es agua, agua que corre. Voy hacia el origen del sonido, justo detrás de la fila de armarios. Una ducha.
- Tienes cinco minutos de agua caliente -me dice la mujer. Creo que voy a llorar.
Cuando el grupo entra en el edificio nos quedamos a oscuras. Llevaban unas cuantas linternas, pero no nos han dejado ninguna, así que subo al coche y enciendo la luz del interior. Escucho cómo aseguran la puerta del instituto desde dentro. Mishel se ha quedado plantada en la acera, sin reaccionar. Espero que ese estado de shock se le pase pronto, porque no estoy en condiciones de resolver los problemas emocionales de nadie. De todas formas, la mayoría de la gente en ese estado puede obedecer órdenes sencillas si se les dirige bien. Sólo tengo que conseguir que pase la noche dentro del coche, y que aguante ahí hasta mañana. Luego la dejarán entrar, y yo podré respirar tranquilo.
- Mishel, sube al coche -le digo, trato de ser firme pero no asustarla. No me hace caso, tampoco esperaba que lo hiciera a la primera. Bajo del vehículo de un salto y me acerco a ella. Le sujeto la cara con las manos y la miro a los ojos. Necesito concentrarme mucho para no hacerle daño en este momento, teniéndola tan cerca de mí.
- Mishel -repito, hablando lentamente-. Tienes que subir al coche. Yo vigilaré aquí fuera. No te pasará nada.
Después de mirarme un rato, procesando la información, asiente con la cabeza y sube al todoterreno. Se queda en el asiento de atrás, inmóvil. Le apago la luz y noto cómo se estremece al quedarse a oscuras, aunque no protesta. Cuando cierro la puerta, escucho como echa el seguro. Bien, puedo relajarme un poco. Me siento en el suelo, la espalda apoyada en una de las ruedas traseras del coche. Veinticuatro horas, me digo. Puedo aguantar ese tiempo sin comer. Y sin dormir. Puedo hacerlo.
Dejo que el agua me empape. Está caliente, siento como me quema la piel. Es una sensación tan agradable que no puedo evitarlo y me pongo a llorar. Esto es lo que hacía cada mañana al salir de la cama, darme una buena ducha, secarme el pelo, ponerme ropa limpia. Ahora no tengo cama donde dormir, ni ropa, ni familia, ni amigos, ni nada. No queda nada de lo que conocía, y las personas en quienes había confiado... Sam está muerto, Isaac parece haberse convertido en alguien completamente distinto. Tal vez hubiera sido mejor no haber salido nunca del hospital.
Me miro los pies, a mi alrededor corre el agua que se va llevando toda la suciedad que llevo encima. Me froto la cara y el cuello para quitar la sangre seca. El oído me duele un poco y lo sigo notando raro. Me tapo el otro y me doy cuenta de que casi no escucho el agua. Es difícil decir ahora si la pérdida de audición será permanente... supongo que no puedo hacer nada más que esperar para ver cómo evoluciona. El resto de heridas se irán curando poco a poco. Algo de descanso, y sobre todo comida, eso es lo que necesito. El agua se enfría y salgo de la ducha, la mujer me espera con una sonrisa y me acerca una toalla.
- ¿Te sientes mejor? -pregunta.
- Ya lo creo -respondo, y me permito por primera vez el lujo de bajar un poco la guardia. Ella parece darse cuenta.
- Me llamo Lydia -dice. Es un poco mayor que yo, pero tampoco mucho, andará sobre los treinta, más o menos. Tiene el cabello de un rubio rojizo y los ojos claros, con la piel llena de pecas. Me fijo en su ropa, una sudadera deportiva y unos vaqueros. Parece limpia y cómoda, me pregunto si tendrá algo de sobra para mí.
Lydia me tiende la mano. Me seco la mía antes de estrechársela.
- Yo soy Alex.
Como si hubiera leído mis pensamientos, me ofrece un bulto de ropa cuidadosamente doblada. Huele a limpia, incluso la ropa interior. Me lo pongo todo rápidamente y me miro en el espejo. Llevo un chándal azul con lo que parece ser el emblema del instituto. Tengo una pinta bastante ridícula pero aún así seguro que es infinitamente mejor que la que traía cuando llegué aquí.
- Lavaremos tu ropa, pero puedes usar eso mientras tanto. Lo único que no tengo para ti son zapatos -me dice Lydia-. Lo siento, pero no tenemos ni un par de sobra.
- No pasa nada, mis botas están bien. No iré a la última moda, pero estaré cómoda -hago una pausa-. Muchas gracias por todo esto. No sabes cuánto necesitaba esa ducha.
- Lo sé -dice ella-. Han llegado varias personas desde que nos refugiamos aquí, pero nadie parecía tan hecho polvo como vosotros.
- ¿Crees que acabarán dejando entrar a los que se han quedado fuera? -pregunto.
- Esperemos que sí -echa a andar hacia la puerta-. Volvamos con los demás.
Cuando salimos al pasillo nos encontramos con Lukas y los otros dos, ya esperándonos. Lukas tiene la misma pinta ridícula que yo, con el chándal azul del instituto. Al vernos, nos reímos el uno del otro y me doy cuenta de que está mucho más tranquilo. Ahora, el grupo nos lleva hasta unas puertas amplias. Tienen un cristal redondo a la altura de los ojos a través del que se ve una sala a oscuras. Marcus da la luz, y la sala se ilumina, mostrando hileras de mesas y una barra con un carro de bandejas al lado. Estamos en la cafetería del instituto. Recuerdo el hambre que tengo con un dolor atroz en el estómago. Sin embargo, Lukas repara en algo mucho más importante.
- ¡Tenéis electricidad!
Joder, qué idiota he sido. ¿Cómo no me he dado cuenta? Es de noche y me he duchado en un sótano, y había luz. Es increíble cómo me ha parecido completamente normal, sin reparar en que probablemente no haya energía en ningún otro edificio del pueblo. Mientras nos sirve un par de bocadillos, Marcus nos cuenta que el instituto cuenta con un generador de emergencia que puede abastecer el edificio durante varias semanas, aunque solamente mantienen la electricidad en algunas zonas comunes, para ahorrar todo lo posible.
- Os enseñaré todo esto mañana. Ahora comeos eso, y nos iremos a dormir.
El hambre me hace pensar en Isaac y Mishel, ahí fuera, sin agua, sin comida.
- Marcus, ¿puedo pediros algo? -digo-. No quiero abusar de vuestra amabilidad, pero nuestros amigos están ahí fuera y no tienen nada... ¿No podríais llevarles algo de comida y agua a ellos?
Marcus tarda un segundo en decir algo, pero enseguida sonríe y asiente con la cabeza.
- Claro, les llevaremos un par de bocatas. Joseph, ¿lo harás tú?
Joseph se encoge de hombros, no parece muy amigable. Aún así, accede. Sale de la cafetería con dos bocadillos y una botella de agua, y Marcus nos invita a ir con él y Lydia arriba. Me encanta la idea de dormir en un lugar libre de zombis, aunque no estaré tranquila hasta que Isaac y Mishel estén también a salvo. Por ahora, tenemos que esperar.
El tiempo parece que no pasa. Es completamente de noche, pero me voy acostumbrando a la oscuridad lo suficiente como para distinguir la silueta del coche frente a mí. Mishel sigue sentada y completamente inmóvil, pero al menos no da problemas. Me concentro en escuchar los sonidos de mi alrededor. El viento, un búho. Voces en el interior del edificio, pasos. Pasos que se acercan a donde estoy. Me preparo, alerta, escuchando a alguien acercarse a nosotros. Siento como mis músculos se ponen en tensión y me preparo para saltar sobre quien sea que se acerque.
Lo escucho, lo noto antes de verlo y me lanzo encima de él. En un segundo lo tengo inmovilizado contra el suelo, y es entonces cuando me doy cuenta de que algo va mal.
domingo, 1 de julio de 2012
A examen
Se pasan un rato callados, luego se miran entre ellos. Al final, el hombre llamado Marcus habla en voz baja con otro de los hombres y una de las mujeres. Deben de ser ellos los que están a cargo de decidir si nos permiten entrar o nos dejan fuera. Sophie nos prometió llevarnos a un lugar seguro, y aquí estamos, pero realmente no prometió que fuésemos a entrar. Intento echar mano de las pocas esperanzas que me quedan para no desmoronarme. Necesito comer, dormir... Mataría por una ducha caliente.
- Bien, hemos deliberado un poco -dice Marcus al fin-. Dejaremos que entréis y paséis aquí la noche, tal vez los próximos días. Más adelante tomaremos una decisión definitiva... Sin embargo, antes de que entréis, debemos asegurarnos de que ninguno estáis infectado.
- No lo estamos -dice Lukas. Marcus hace un gesto con la mano, como restando importancia a lo que Lukas ha dicho.
- Lo siento, pero que lo digáis no es suficiente -explica-. Tenemos que comprobarlo nosotros mismos. Desnudaos, vamos a asegurarnos de que no tengáis mordeduras.
- ¿Qué?
Mishel retrocede un par de pasos a mi lado y pienso que esto es lo peor que se les podía ocurrir, después de lo que ella ha pasado.
- ¿No podríamos...? -empiezo a decir. Marcus me corta.
- No es negociable. Si pasáis la revisión podéis entrar, si no, lo siento pero os quedaréis fuera. Si realmente no estáis infectados no tenéis nada que temer.
Nos miramos entre nosotros. Al final, doy un paso al frente. Es el fin del mundo, la dignidad queda en un segundo plano.
- Las damas primero -dice Marcus mientras me empiezo a desvestir.
Alex se quita la chaqueta y los haces de luz se dirigen hacia ella. A medida que se quita la ropa las heridas de su cuerpo van quedando al descubierto y empiezo a distinguir cortes, cardenales, arañazos... Tendría que haber llegado antes de que aquellos cabrones le pusieran un dedo encima, debí ser más rápido y ella no habría tenido que pasar por algo así. Se queda en ropa interior, pero ellos le piden que se lo quite todo. Supongo que llegado este punto ya le da igual, porque lo hace sin oponer la menor resistencia. Los demás iluminan cada palmo de su cuerpo y examinan cada herida hasta convencerse de que no supone un peligro. No me había dado cuenta de lo delgada que está, pero ahora que no lleva ropa puedo ver claramente todas sus costillas marcadas en la piel. Se mueven cuando respira. Es apetecible... Tengo que pensar en otra cosa y reprimir el instinto de lanzarme a su cuello. Miro hacia otro lado y espero a que vuelva a ponerse la ropa para respirar.
Sin embargo, luego es peor. Le toca el turno a Mishel y siento que voy a perder el control de un momento a otro solamente con su olor. Me alejo de ellos unos pasos pero sirve de poco. No sé qué voy a hacer si ahí dentro hay todavía más gente.
Se han tomado su tiempo para decidir que estoy limpia. Al menos se han convencido de que estoy sana a pesar de todas las heridas, algunas ni siquiera sabía que las tenía. Con Mishel ha sido más difícil, porque está aterrorizada. Les he pedido que la examinasen las mujeres para que estuviese más tranquila, pero aún así me ha costado convencerla de que se quitara la ropa. Al final, he tenido que quitársela yo mientras ella temblaba como una niña. Se ha puesto a llorar cuando le he quitado la camiseta porque no llevaba sujetador. No pudo encontrarlo después de que se lo arrancaran. Me paso el rato susurrándole palabras tranquilizadoras a pesar de que sirve de poco.
- ¿Qué es esto¿ ¿Es un mordisco? -dice una de las mujeres que la examinan.
Ella no responde, sólo me mira angustiada como esperando que haga algo para ayudarla. Les pido que no se alarmen y me dejen mirar. Si estuviera infectada, probablemente ya habría muerto a estas alturas, así que intento ver de qué se trata realmente la herida. Veo una hilera de pequeñas marcas en su hombro, un mordisco leve que ha dejado la piel rasgada en algunos puntos. Sin embargo, dudo que esto lo haya hecho un zombi. Apuesto a que fue uno de aquellos cabrones cuando la violaron. Intento explicárselo a esta gente.
- Esta herida la ha hecho una persona sana, no un zombi -les digo-. He visto las mordeduras de los zombis, la piel se pone morada alrededor y se infecta en poco tiempo. La enfermedad avanza rápido, ahora mismo ella estaría mostrando síntomas si estuviera infectada.
Con la expresión de su rostro, entiendo que no se han creído una palabra.
Mierda.
- Ella se queda fuera, sigamos -dice Marcus prácticamente inexpresivo. No me da tiempo a hablar, cuando ve que voy a decir algo, añade-: Tengo que proteger a los míos, muchacha. No puedo poner en riesgo la vida de mi familia -luego se vuelve hacia Isaac y Lukas-. ¿Caballeros?
El grupo se vuelve hacia nosotros y trato de mantener una expresión neutra. Alex está ayudando a Mishel a ponerse de nuevo la ropa mientras intenta que mantenga la calma un momento. Lukas no protesta y se desnuda para dejar que lo examinen. Él está todavía más cerca de mí que las chicas y aguantar me cuesta todavía más. Aún así, intento mantenerme tranquilo para ganar algo de tiempo, no será fácil convencer a esta gente de que Mishel está bien, y no podemos dejarla fuera. Cuando acaban con Lukas, me empiezo a desvestir. Tengo muchas heridas en mi cuerpo, y muchas de ellas son mordeduras de los zombis. La mayoría, sin embargo, son sólo cicatrices ahora mismo. Los mordiscos menos graves se cierran en media hora, más o menos; los más graves pueden tardar dos horas. Ahora mismo, lo que ve la gente que me examina no es más que un montón de cicatrices cerradas y manchas de sangre bajo las que no hay herida. Me doy cuenta de que les sorprende, pero verlas cerradas los tranquiliza. Se fijan un poco más en la del tobillo, la que me contagió. Se nota que la herida que hubo allí era grave, pero se cerró al cabo de unos cuantos días. El disparo en el estómago es apenas una sombra, lleva varias horas curándose y pronto estará cerrado del todo.
- Está bien -dice Marcus-. Vosotros podéis entrar, si queréis, la rubia se queda aquí.
- Por favor, sabéis que no es de un zombi -insiste Alex. De todas formas, creo que sabe que no van a ceder, pero empiezo a conocerla lo suficiente como para saber que ella tampoco lo hará.
- Alex, Lukas, entrad vosotros -les digo-. Yo me quedo aquí esta noche con Mishel. Si la chica sigue sana dentro de veinticuatro horas, ¿os convenceréis de que no está infectada?
Tardan un rato en responder, pero si han visto algún contagio sabrán que es cuestión de horas, o incluso menos, que la persona muera. Así que es un punto a nuestro favor.
- Yo me quedo también -dice Alex. Bueno, me lo esperaba.
- No, tú entras -respondo-. Mishel estará segura conmigo, y será más fácil si sólo tengo que preocuparme de protegerla a ella. Pasaremos la noche dentro del todoterreno, justo aquí delante, así que si hay algún problema podemos pedir ayuda.
Marcus me mira sin terminar de creerse mis palabras.
- Dentro de veinticuatro horas volveremos a examinarla y tomaremos una decisión -dice al fin-. Las armas nos las quedamos nosotros.
Dudo, más que nada por lo de las armas. Pero tampoco es que las necesite si tengo que despedazar un par de podridos.
- Responderéis rápido si pedimos ayuda -digo.
- Tenemos siempre un vigilante en la azotea, os estaremos viendo durante todo el día. Si tenéis algún problema no os dejaremos tirados. Si os marcháis en algún momento de aquí sin justificación, perderéis la oportunidad de entrar. Y si traéis compañía indeseable, tomaremos a vuestros amigos como rehenes.
Le tiendo la mano a Marcus. Al menos, si pasara algo, habría dejado a Alex y Lukas en un lugar seguro. Espero que ese pensamiento me ayude a aguantar.
- Bien, hemos deliberado un poco -dice Marcus al fin-. Dejaremos que entréis y paséis aquí la noche, tal vez los próximos días. Más adelante tomaremos una decisión definitiva... Sin embargo, antes de que entréis, debemos asegurarnos de que ninguno estáis infectado.
- No lo estamos -dice Lukas. Marcus hace un gesto con la mano, como restando importancia a lo que Lukas ha dicho.
- Lo siento, pero que lo digáis no es suficiente -explica-. Tenemos que comprobarlo nosotros mismos. Desnudaos, vamos a asegurarnos de que no tengáis mordeduras.
- ¿Qué?
Mishel retrocede un par de pasos a mi lado y pienso que esto es lo peor que se les podía ocurrir, después de lo que ella ha pasado.
- ¿No podríamos...? -empiezo a decir. Marcus me corta.
- No es negociable. Si pasáis la revisión podéis entrar, si no, lo siento pero os quedaréis fuera. Si realmente no estáis infectados no tenéis nada que temer.
Nos miramos entre nosotros. Al final, doy un paso al frente. Es el fin del mundo, la dignidad queda en un segundo plano.
- Las damas primero -dice Marcus mientras me empiezo a desvestir.
Alex se quita la chaqueta y los haces de luz se dirigen hacia ella. A medida que se quita la ropa las heridas de su cuerpo van quedando al descubierto y empiezo a distinguir cortes, cardenales, arañazos... Tendría que haber llegado antes de que aquellos cabrones le pusieran un dedo encima, debí ser más rápido y ella no habría tenido que pasar por algo así. Se queda en ropa interior, pero ellos le piden que se lo quite todo. Supongo que llegado este punto ya le da igual, porque lo hace sin oponer la menor resistencia. Los demás iluminan cada palmo de su cuerpo y examinan cada herida hasta convencerse de que no supone un peligro. No me había dado cuenta de lo delgada que está, pero ahora que no lleva ropa puedo ver claramente todas sus costillas marcadas en la piel. Se mueven cuando respira. Es apetecible... Tengo que pensar en otra cosa y reprimir el instinto de lanzarme a su cuello. Miro hacia otro lado y espero a que vuelva a ponerse la ropa para respirar.
Sin embargo, luego es peor. Le toca el turno a Mishel y siento que voy a perder el control de un momento a otro solamente con su olor. Me alejo de ellos unos pasos pero sirve de poco. No sé qué voy a hacer si ahí dentro hay todavía más gente.
Se han tomado su tiempo para decidir que estoy limpia. Al menos se han convencido de que estoy sana a pesar de todas las heridas, algunas ni siquiera sabía que las tenía. Con Mishel ha sido más difícil, porque está aterrorizada. Les he pedido que la examinasen las mujeres para que estuviese más tranquila, pero aún así me ha costado convencerla de que se quitara la ropa. Al final, he tenido que quitársela yo mientras ella temblaba como una niña. Se ha puesto a llorar cuando le he quitado la camiseta porque no llevaba sujetador. No pudo encontrarlo después de que se lo arrancaran. Me paso el rato susurrándole palabras tranquilizadoras a pesar de que sirve de poco.
- ¿Qué es esto¿ ¿Es un mordisco? -dice una de las mujeres que la examinan.
Ella no responde, sólo me mira angustiada como esperando que haga algo para ayudarla. Les pido que no se alarmen y me dejen mirar. Si estuviera infectada, probablemente ya habría muerto a estas alturas, así que intento ver de qué se trata realmente la herida. Veo una hilera de pequeñas marcas en su hombro, un mordisco leve que ha dejado la piel rasgada en algunos puntos. Sin embargo, dudo que esto lo haya hecho un zombi. Apuesto a que fue uno de aquellos cabrones cuando la violaron. Intento explicárselo a esta gente.
- Esta herida la ha hecho una persona sana, no un zombi -les digo-. He visto las mordeduras de los zombis, la piel se pone morada alrededor y se infecta en poco tiempo. La enfermedad avanza rápido, ahora mismo ella estaría mostrando síntomas si estuviera infectada.
Con la expresión de su rostro, entiendo que no se han creído una palabra.
Mierda.
- Ella se queda fuera, sigamos -dice Marcus prácticamente inexpresivo. No me da tiempo a hablar, cuando ve que voy a decir algo, añade-: Tengo que proteger a los míos, muchacha. No puedo poner en riesgo la vida de mi familia -luego se vuelve hacia Isaac y Lukas-. ¿Caballeros?
El grupo se vuelve hacia nosotros y trato de mantener una expresión neutra. Alex está ayudando a Mishel a ponerse de nuevo la ropa mientras intenta que mantenga la calma un momento. Lukas no protesta y se desnuda para dejar que lo examinen. Él está todavía más cerca de mí que las chicas y aguantar me cuesta todavía más. Aún así, intento mantenerme tranquilo para ganar algo de tiempo, no será fácil convencer a esta gente de que Mishel está bien, y no podemos dejarla fuera. Cuando acaban con Lukas, me empiezo a desvestir. Tengo muchas heridas en mi cuerpo, y muchas de ellas son mordeduras de los zombis. La mayoría, sin embargo, son sólo cicatrices ahora mismo. Los mordiscos menos graves se cierran en media hora, más o menos; los más graves pueden tardar dos horas. Ahora mismo, lo que ve la gente que me examina no es más que un montón de cicatrices cerradas y manchas de sangre bajo las que no hay herida. Me doy cuenta de que les sorprende, pero verlas cerradas los tranquiliza. Se fijan un poco más en la del tobillo, la que me contagió. Se nota que la herida que hubo allí era grave, pero se cerró al cabo de unos cuantos días. El disparo en el estómago es apenas una sombra, lleva varias horas curándose y pronto estará cerrado del todo.
- Está bien -dice Marcus-. Vosotros podéis entrar, si queréis, la rubia se queda aquí.
- Por favor, sabéis que no es de un zombi -insiste Alex. De todas formas, creo que sabe que no van a ceder, pero empiezo a conocerla lo suficiente como para saber que ella tampoco lo hará.
- Alex, Lukas, entrad vosotros -les digo-. Yo me quedo aquí esta noche con Mishel. Si la chica sigue sana dentro de veinticuatro horas, ¿os convenceréis de que no está infectada?
Tardan un rato en responder, pero si han visto algún contagio sabrán que es cuestión de horas, o incluso menos, que la persona muera. Así que es un punto a nuestro favor.
- Yo me quedo también -dice Alex. Bueno, me lo esperaba.
- No, tú entras -respondo-. Mishel estará segura conmigo, y será más fácil si sólo tengo que preocuparme de protegerla a ella. Pasaremos la noche dentro del todoterreno, justo aquí delante, así que si hay algún problema podemos pedir ayuda.
Marcus me mira sin terminar de creerse mis palabras.
- Dentro de veinticuatro horas volveremos a examinarla y tomaremos una decisión -dice al fin-. Las armas nos las quedamos nosotros.
Dudo, más que nada por lo de las armas. Pero tampoco es que las necesite si tengo que despedazar un par de podridos.
- Responderéis rápido si pedimos ayuda -digo.
- Tenemos siempre un vigilante en la azotea, os estaremos viendo durante todo el día. Si tenéis algún problema no os dejaremos tirados. Si os marcháis en algún momento de aquí sin justificación, perderéis la oportunidad de entrar. Y si traéis compañía indeseable, tomaremos a vuestros amigos como rehenes.
Le tiendo la mano a Marcus. Al menos, si pasara algo, habría dejado a Alex y Lukas en un lugar seguro. Espero que ese pensamiento me ayude a aguantar.
lunes, 25 de junio de 2012
Confiar, o no confiar (II)
El trayecto hasta Cornwell dura unos treinta minutos, suficiente para provocarme dolor de espalda y algo de mal humor. Sophie se ha sentado en el lugar del copiloto para darle indicaciones a Lukas sobre cómo llegar al lugar donde se encuentra su grupo. A Arthur lo hemos acomodado en el asiento trasero, Isaac se ha sentado junto a él. Mishel y yo vamos acurrucadas en el maletero del todoterreno. Es bastante incómodo, y tenemos que compartir el espacio con una enorme caja de herramientas y las armas y munición que hemos podido llevarnos del cordón militar, que no son muchas, de todas formas. Por la ventanilla apenas veo nada, aparte de las copas de los árboles y el cielo que se empieza a oscurecer, aunque no parece que haya mucho que ver. Pienso en el lugar seguro que Sophie nos ha prometido. En si es verdad que es seguro, en si allí hay gente de fiar. En si nos van a dejar quedarnos con ellos al menos una noche. Al cabo de un rato Lukas aminora la velocidad y los tejados de las casas de las afueras sustituyen a los árboles. Supongo que hemos llegado.
A medida que nos adentramos en el pueblo intento captar todos los detalles que puedo sobre el entorno. A simple vista, parece vacío, al menos hasta donde podemos ver. Hemos recorrido una calle amplia con casitas iguales a ambos lados. Los jardines se ven algo descuidados, y eso provoca una sensación de abandono un poco inquietante. Cuando llegamos a una bifurcación, torcemos a la derecha y seguimos avanzando, aunque el paisaje no cambia, casas y árboles, algún parque, una pista de tenis, todo vacío. En cualquier momento espero ver un zombi doblar una esquina, pero eso no ocurre. Mientras recorremos el trayecto que Sophie indica a Lukas, no vemos ni uno.
- ¿No hay zombis en Cornwell? -pregunto al cabo de unos minutos. Me doy cuenta de que todos los ocupantes del vehículo se inquietan un poco.
- Algunos, aunque no muchos -dice Arthur-. Hemos limpiado muchas zonas... Sophie nos está dirigiendo al instituto por zonas seguras.
- ¿Al instituto? -pregunto. ¿Allí es donde están vuestros amigos?
Arthur asiente con un leve movimiento de cabeza. Me doy por satisfecho de momento. Una vez allí podré enterarme de por qué este pueblo está tan vacío, de vivos y de muertos.
Prácticamente ha oscurecido cuando Lukas detiene el coche. Me atrevo a asomarme por la ventanilla trasera del todoterreno y observo una calle bordeada de árboles y algunos edificios bajos. Junto a nosotros se eleva una construcción de dos pisos que supongo que es el instituto del que ha hablado Sophie. Todos nos quedamos callados sin salir del coche, supongo que nadie sabe muy bien qué hacer. Oigo a Lukas preguntar qué pasa ahora.
- Será mejor que esperéis aquí mientras entro y les cuento a los demás lo que ha pasado -dice Sophie.
Isaac habla antes de que baje del coche.
- Arthur se quedará con nosotros hasta que vuelvas.
Ella asiente y se baja sin decir nada. Nos quedamos callados durante unos minutos mientras el cielo termina de oscurecerse poco a poco. Empiezo a ponerme nerviosa pensando en qué clase de personas habrá ahí dentro y si nos van a permitir unirnos a su grupo. Sophie y Arthur parecen gente normal, pero aún así rezo por que ninguno de ellos sea un energúmeno como los últimos con los que nos topamos.
Al final, oímos voces fuera y la puerta del maletero se abre de repente. Alguien me enfoca en la cara con una linterna y me ciega por un momento. Levanto las manos y me quedo quieta y en silencio hasta que alguien me habla.
- Tranquilas, tranquilas -dice una voz de hombre. Me doy cuenta de que se refiere a Mishel y a mí y me pregunto cómo estará pasándolo ella.
- ¿Podría quitarme la luz de los ojos?
- Perdón -dice el hombre, con una risilla, y aparta la linterna de mi cara. Bajo de un pequeño salto mientras dejo que mis ojos se acostumbren de nuevo a la oscuridad. Un hombre y una mujer observan a Mishel, que sigue en el maletero, con una mezcla de curiosidad y cautela. Me acerco a ella y trato de calmarla.
- Tienes que venir conmigo -le digo en tono dulce-. No te pasará nada Mishel, estamos en un lugar seguro.
Tengo miedo de no estar diciéndole la verdad.
Un pequeño grupo de gente ha salido del instituto a darnos la bienvenida. Intento estudiarlos rápidamente, a pesar de la poca luz y de que nos enfocan con las linternas directamente a los ojos. A primera vista, veo que son cuatro hombres y tres mujeres, algunos de ellos llevan armas. Mientras bajamos del coche, un par de muchachos salen del edificio a toda prisa para llevarse a Arthur al interior, pero a nosotros nos cortan el paso. Cuando me acostumbro a la penumbra distingo a Alex ayudando a Mishel a bajar del maletero del todoterreno. Al final, somos nosotros cuatro frente a ellos siete, además de Sophie que observa desde la puerta del instituto. Es un edificio grande, y la parte del patio está bordeada por una valla con rejas de aspecto robusto. No parece mal lugar para resistir en un momento como éste. Me pregunto cuántos más habrá ahí dentro.
- Os agradezco que hayáis ayudado a Arthur y a Sophie -dice uno de los hombres, debe tener unos cuarenta años y lleva barba incipiente tocada de algunas canas-. Mi nombre es Marcus. No encantaría prestaros ayuda pero como entenderéis, no podemos dejar pasar a todo el mundo... Necesitamos saber que sois gente de fiar.
- ¿De fiar? -pregunta Lukas, un tanto exasperado-. Acabamos de pasar un infierno, o algo peor, no podemos volver a la ciudad...
Alex se adelanta y les cuenta sin entrar en detalles la pesadilla de la que venimos escapando.
- Hace sólo unas horas que perdimos a un buen amigo -dice, y parece que se le quiebra la voz un instante-. No tenemos nada, estamos agotados, asustados y hambrientos. Así que, si nos permitís entrar aquí, al menos podremos pasar la noche en un lugar seguro. Hemos ayudado a vuestros amigos. Hemos bajado del coche desarmados a pesar de que vosotros no lo estáis. Si ahora queréis, podéis coger nuestras cosas, las armas y la munición, nosotros somos pocos y no tenemos fuerzas para defendernos. Estamos dispuestos a trabajar con vosotros y a colaborar en lo que sea.
Trato de adivinar qué piensan ellos, pero no consigo leer sus expresiones. Diría que dudan... al menos la solución de Alex de convencerlos por las buenas es mejor que la que se me pasa por la mente, que no es otra cosa que reventarle la cabeza al tal Marcus. Me preocupa que nuestros anfitriones sean unos locos, pero si resultan ser buena gente, este podría ser un buen sitio para que mis compañeros descansen, un sitio para que estén seguros. Podrían quedarse aquí, y yo podría marcharme y no ser un peligro para todos cada vez que me entre hambre. Pienso en algo que no sea comer y escucho el final del pequeño discurso de Alex.
- Nos hemos puesto en vuestras manos, estamos confiando en vosotros. ¿No creéis que deberíais correspondernos?
Cuando ella se calla, se hace un silencio extraño, un silencio que parece que no se va a acabar nunca.
A medida que nos adentramos en el pueblo intento captar todos los detalles que puedo sobre el entorno. A simple vista, parece vacío, al menos hasta donde podemos ver. Hemos recorrido una calle amplia con casitas iguales a ambos lados. Los jardines se ven algo descuidados, y eso provoca una sensación de abandono un poco inquietante. Cuando llegamos a una bifurcación, torcemos a la derecha y seguimos avanzando, aunque el paisaje no cambia, casas y árboles, algún parque, una pista de tenis, todo vacío. En cualquier momento espero ver un zombi doblar una esquina, pero eso no ocurre. Mientras recorremos el trayecto que Sophie indica a Lukas, no vemos ni uno.
- ¿No hay zombis en Cornwell? -pregunto al cabo de unos minutos. Me doy cuenta de que todos los ocupantes del vehículo se inquietan un poco.
- Algunos, aunque no muchos -dice Arthur-. Hemos limpiado muchas zonas... Sophie nos está dirigiendo al instituto por zonas seguras.
- ¿Al instituto? -pregunto. ¿Allí es donde están vuestros amigos?
Arthur asiente con un leve movimiento de cabeza. Me doy por satisfecho de momento. Una vez allí podré enterarme de por qué este pueblo está tan vacío, de vivos y de muertos.
Prácticamente ha oscurecido cuando Lukas detiene el coche. Me atrevo a asomarme por la ventanilla trasera del todoterreno y observo una calle bordeada de árboles y algunos edificios bajos. Junto a nosotros se eleva una construcción de dos pisos que supongo que es el instituto del que ha hablado Sophie. Todos nos quedamos callados sin salir del coche, supongo que nadie sabe muy bien qué hacer. Oigo a Lukas preguntar qué pasa ahora.
- Será mejor que esperéis aquí mientras entro y les cuento a los demás lo que ha pasado -dice Sophie.
Isaac habla antes de que baje del coche.
- Arthur se quedará con nosotros hasta que vuelvas.
Ella asiente y se baja sin decir nada. Nos quedamos callados durante unos minutos mientras el cielo termina de oscurecerse poco a poco. Empiezo a ponerme nerviosa pensando en qué clase de personas habrá ahí dentro y si nos van a permitir unirnos a su grupo. Sophie y Arthur parecen gente normal, pero aún así rezo por que ninguno de ellos sea un energúmeno como los últimos con los que nos topamos.
Al final, oímos voces fuera y la puerta del maletero se abre de repente. Alguien me enfoca en la cara con una linterna y me ciega por un momento. Levanto las manos y me quedo quieta y en silencio hasta que alguien me habla.
- Tranquilas, tranquilas -dice una voz de hombre. Me doy cuenta de que se refiere a Mishel y a mí y me pregunto cómo estará pasándolo ella.
- ¿Podría quitarme la luz de los ojos?
- Perdón -dice el hombre, con una risilla, y aparta la linterna de mi cara. Bajo de un pequeño salto mientras dejo que mis ojos se acostumbren de nuevo a la oscuridad. Un hombre y una mujer observan a Mishel, que sigue en el maletero, con una mezcla de curiosidad y cautela. Me acerco a ella y trato de calmarla.
- Tienes que venir conmigo -le digo en tono dulce-. No te pasará nada Mishel, estamos en un lugar seguro.
Tengo miedo de no estar diciéndole la verdad.
Un pequeño grupo de gente ha salido del instituto a darnos la bienvenida. Intento estudiarlos rápidamente, a pesar de la poca luz y de que nos enfocan con las linternas directamente a los ojos. A primera vista, veo que son cuatro hombres y tres mujeres, algunos de ellos llevan armas. Mientras bajamos del coche, un par de muchachos salen del edificio a toda prisa para llevarse a Arthur al interior, pero a nosotros nos cortan el paso. Cuando me acostumbro a la penumbra distingo a Alex ayudando a Mishel a bajar del maletero del todoterreno. Al final, somos nosotros cuatro frente a ellos siete, además de Sophie que observa desde la puerta del instituto. Es un edificio grande, y la parte del patio está bordeada por una valla con rejas de aspecto robusto. No parece mal lugar para resistir en un momento como éste. Me pregunto cuántos más habrá ahí dentro.
- Os agradezco que hayáis ayudado a Arthur y a Sophie -dice uno de los hombres, debe tener unos cuarenta años y lleva barba incipiente tocada de algunas canas-. Mi nombre es Marcus. No encantaría prestaros ayuda pero como entenderéis, no podemos dejar pasar a todo el mundo... Necesitamos saber que sois gente de fiar.
- ¿De fiar? -pregunta Lukas, un tanto exasperado-. Acabamos de pasar un infierno, o algo peor, no podemos volver a la ciudad...
Alex se adelanta y les cuenta sin entrar en detalles la pesadilla de la que venimos escapando.
- Hace sólo unas horas que perdimos a un buen amigo -dice, y parece que se le quiebra la voz un instante-. No tenemos nada, estamos agotados, asustados y hambrientos. Así que, si nos permitís entrar aquí, al menos podremos pasar la noche en un lugar seguro. Hemos ayudado a vuestros amigos. Hemos bajado del coche desarmados a pesar de que vosotros no lo estáis. Si ahora queréis, podéis coger nuestras cosas, las armas y la munición, nosotros somos pocos y no tenemos fuerzas para defendernos. Estamos dispuestos a trabajar con vosotros y a colaborar en lo que sea.
Trato de adivinar qué piensan ellos, pero no consigo leer sus expresiones. Diría que dudan... al menos la solución de Alex de convencerlos por las buenas es mejor que la que se me pasa por la mente, que no es otra cosa que reventarle la cabeza al tal Marcus. Me preocupa que nuestros anfitriones sean unos locos, pero si resultan ser buena gente, este podría ser un buen sitio para que mis compañeros descansen, un sitio para que estén seguros. Podrían quedarse aquí, y yo podría marcharme y no ser un peligro para todos cada vez que me entre hambre. Pienso en algo que no sea comer y escucho el final del pequeño discurso de Alex.
- Nos hemos puesto en vuestras manos, estamos confiando en vosotros. ¿No creéis que deberíais correspondernos?
Cuando ella se calla, se hace un silencio extraño, un silencio que parece que no se va a acabar nunca.
martes, 19 de junio de 2012
Confiar, o no confiar (I)
No se ven otros coches por aquí, pero parece que haya marcas de neumáticos en el camino. No estoy seguro de cuánto tiempo ha pasado exactamente desde que todo empezó. ¿Dos meses? Puede que las marcas las dejaran los militares al marcharse, aunque no parece que haya habido mucho tráfico, de todas formas. Puede que alguien como nosotros, algún vehículo aislado, haya pasado por este camino.
- ¡Lukas, frena! -oigo desde atrás. Alex ha saltado hacia delante y señala al frente.
- ¡Mierda! -exclama Lukas, dando un frenazo. Nos agarramos al asiento, incluso Mishel parece haberse sobresaltado. Frente a nosotros, en medio del camino, hay alguien haciéndonos señas para que paremos.
- Joder, ha aparecido de la nada -dice Lukas, recuperando el aliento. Es una mujer, parece asustada. Alex abre la puerta de atrás pero le ordeno que se esté quieta.
- Espera, hay que asegurarse de que esto no es una trampa.
Ella se queda en silencio un segundo.
- Lo siento, no lo pensé.
- Tranquila -le digo-. Veamos qué tenemos aquí.
Bajo la ventanilla y apunto a la mujer con una de las pistolas que hemos cogido a los militares muertos. Ella parece asustarse y levanta las manos.
- Por favor... -suplica-. Necesito ayuda...
Está empezando a llorar. No me convence, podría estar mintiendo.
- ¿Quién eres? -pregunto.
- Me llamo Sophie -dice entre sollozos-. Necesito ayuda, por favor. Mi compañero está herido y no puedo llevarlo al pueblo sola.
- ¿Dónde está tu compañero?
- En el bosque, por allí -señala a la arboleda que queda a nuestra izquierda-. No está lejos, pero no puede caminar... No puedo llevarlo al pueblo sola, no llegaremos antes de que anochezca.
- ¿Qué le ha pasado?
- Se ha caído cuando estaba subido a un árbol -explica ella, parece desesperada-. Había puesto una trampa y vimos un pájaro atrapado, así que subió a por él... pero una de las ramas se quebró y cayó al suelo. Se ha caído otras veces pero nunca se había hecho daño. Creo que se ha roto algo... Por favor, ayudadme...
Veo que Isaac vacila ante las explicaciones de la mujer. Es normal que desconfíe de ella, después de lo que acabamos de pasar en los últimos días. No sé muy bien qué hacer, pero hay algo en lo que ha dicho que me intriga.
- Isaac, pregúntale por qué quiere ir al pueblo -sugiero en voz baja. Isaac asiente con la cabeza.
- ¿Por qué quieres llevarlo al pueblo? -pregunta-. ¿Qué hay allí?
Ella duda un momento, probablemente tenga las mismas reservas hacia nosotros. Sin embargo, al final parece decidirse.
- Allí hay... bueno, más personas, viven allí. Son buena gente. Ayudadme y... y os llevaré conmigo a Cornwell, a un lugar seguro.
Una oferta tentadora, sin duda. ¿Qué vamos a hacer? Isaac sigue sin estar seguro.
- ¿A qué distancia está tu amigo?
- No lo sé... unos diez minutos andando en esa dirección.
Nuestro silencio parece ponerla nerviosa.
- Por favor... no voy armada, mirad, esto es lo único que tengo -saca un pequeño cuchillo del bolsillo lateral del pantalón y lo pone en el suelo-. Estamos solos, no hay nadie más por aquí, al menos no de los nuestros.
Isaac no dice nada, pero sale del coche todavía con el arma en alto.
- Alex, coge un arma y ven conmigo -dice sin mirarme, con la vista fija en la mujer-. Si hay alguien herido te necesitaremos. Lukas, mantén el coche en marcha y ten a mano una pistola. Si oyes disparos, vuelve por donde hemos venido.
Nos acercamos a... Sophie, creo que se llama, que hace un esfuerzo por dejar de llorar. Tiene la piel oscura y el pelo rizado, y sus ojos enormes miran angustiados la pistola que Isaac apunta hacia ella, pero él no cambia la expresión.
- Tú vas delante -le dice secamente-, si pasa algo raro, no dudaré en disparar.
Sophie coge aire y asiente.
- Gracias -dice, antes de darse la vuelta y echar a andar. La seguimos en silencio.
Caminamos durante unos diez minutos, tal como ella había dicho. No pasa nada durante este tiempo, no vemos a nadie, tampoco a ningún zombi. Empiezo a pensar que dice la verdad, aunque Isaac no baja la guardia y mantiene a Sophie encañonada. Al cabo de un rato, la mujer se detiene y señala hacia el frente. Hay un hombre tendido en el suelo. Nos acercamos despacio.
- Arthur, he conseguido ayuda -dice ella con dulzura.
- Gracias a Dios -murmura el hombre. Luego, Sophie se vuelve hacia nosotros y nos lanza una mirada suplicante.
Isaac la hace venir hasta nosotros y coloca el cañón de la pistola en su espalda, luego me hace un gesto con la cabeza.
- Su turno, doctora Sky.
Me acerco en silencio al hombre, siento la mirada de Sophie clavada en la nuca. No sé si confiar en ella, no sé si confiar en nadie, nunca me había sentido tan perdida, así que dejo esa decisión en manos de Isaac. Aunque se haya vuelto un poco... extraño, me ha salvado la vida veces suficientes como para concederle ese honor. Decido hacer lo que sé hacer.
- ¿Cómo se llama? -le pregunto al hombre al tiempo que me arrodillo a su lado.
- Arthur.
- ¿Qué le ha pasado, Arthur?
- Me he caído, me he caído del árbol. Había puesto una trampa y cuando subí a por el pájaro... No sé qué pasó, estaba en el árbol y luego estaba en el suelo. Me duele el pecho...
- ¿Dónde te duele exactamente?
Señala con un gesto amplio la parte derecha del tórax. Me inclino sobre él y levanto suavemente su camisa.
- Echaré un vistazo.
Arthur es un hombre poco corpulento, pero parece fuerte. Se le debe dar bien trepar a los árboles y moverse entre las ramas. Palpo las costillas y él se queja un poco.
- ¿Puede respirar bien?
- No... no muy bien. Me duele mucho.
- Mmhh... creo que podría tener alguna costilla rota.
- ¿Rota? Oh, Dios, ¿qué vamos a hacer? -dice Sophie desde atrás. Le tiembla la voz.
- Has dicho que había más personas en el pueblo -respondo, dándome la vuelta. Arthur, a mi lado, trata de moverse.
- ¿Qué coño has hecho, Sophie? ¿Para qué se lo has dicho?
Ella vuelve a llorar. Creo que me recuerda a alguien.
- ¡Para que vinieran a ayudarte! ¿Qué esperabas que hiciera?
- ¡Pero si te está apuntando con una...! -se corta a mitad de la frase con una mueca de dolor. Le digo que se esté quieto.
- Arthur, hemos venido a ayudarle -intento tranquilizarle-. Tenemos un coche para llevarlo hasta Cornwell. Nosotros también hemos sufrido mucho, sólo queremos descansar en un lugar seguro.
Él cierra los ojos y trata de respirar profundamente, pero un pinchazo de dolor le desdibuja la expresión.
- Lo siento... lo siento Sophie. Me duele mucho. Estoy nervioso, por favor no me lo tengas en cuenta.
Cruzo una mirada con Isaac. Se acerca a mí, todavía sin bajar la guardia, todavía sin despegar la mirada de Sophie pero manteniendo a la vez controlado a Arthur. Aún así, ayuda a Arthur a ponerse de pie y prácticamente carga con él de vuelta al vehículo. Lukas nos observa llegar, entre sorprendido y aliviado, per rápidamente baja del coche para ayudar. Mishel se queda en el asiento, con la mirada perdida. Me preocuparé de ella después, ahora partimos hacia Cornwell.
- ¡Mierda! -exclama Lukas, dando un frenazo. Nos agarramos al asiento, incluso Mishel parece haberse sobresaltado. Frente a nosotros, en medio del camino, hay alguien haciéndonos señas para que paremos.
- Joder, ha aparecido de la nada -dice Lukas, recuperando el aliento. Es una mujer, parece asustada. Alex abre la puerta de atrás pero le ordeno que se esté quieta.
- Espera, hay que asegurarse de que esto no es una trampa.
Ella se queda en silencio un segundo.
- Lo siento, no lo pensé.
- Tranquila -le digo-. Veamos qué tenemos aquí.
Bajo la ventanilla y apunto a la mujer con una de las pistolas que hemos cogido a los militares muertos. Ella parece asustarse y levanta las manos.
- Por favor... -suplica-. Necesito ayuda...
Está empezando a llorar. No me convence, podría estar mintiendo.
- ¿Quién eres? -pregunto.
- Me llamo Sophie -dice entre sollozos-. Necesito ayuda, por favor. Mi compañero está herido y no puedo llevarlo al pueblo sola.
- ¿Dónde está tu compañero?
- En el bosque, por allí -señala a la arboleda que queda a nuestra izquierda-. No está lejos, pero no puede caminar... No puedo llevarlo al pueblo sola, no llegaremos antes de que anochezca.
- ¿Qué le ha pasado?
- Se ha caído cuando estaba subido a un árbol -explica ella, parece desesperada-. Había puesto una trampa y vimos un pájaro atrapado, así que subió a por él... pero una de las ramas se quebró y cayó al suelo. Se ha caído otras veces pero nunca se había hecho daño. Creo que se ha roto algo... Por favor, ayudadme...
Veo que Isaac vacila ante las explicaciones de la mujer. Es normal que desconfíe de ella, después de lo que acabamos de pasar en los últimos días. No sé muy bien qué hacer, pero hay algo en lo que ha dicho que me intriga.
- Isaac, pregúntale por qué quiere ir al pueblo -sugiero en voz baja. Isaac asiente con la cabeza.
- ¿Por qué quieres llevarlo al pueblo? -pregunta-. ¿Qué hay allí?
Ella duda un momento, probablemente tenga las mismas reservas hacia nosotros. Sin embargo, al final parece decidirse.
- Allí hay... bueno, más personas, viven allí. Son buena gente. Ayudadme y... y os llevaré conmigo a Cornwell, a un lugar seguro.
Una oferta tentadora, sin duda. ¿Qué vamos a hacer? Isaac sigue sin estar seguro.
- ¿A qué distancia está tu amigo?
- No lo sé... unos diez minutos andando en esa dirección.
Nuestro silencio parece ponerla nerviosa.
- Por favor... no voy armada, mirad, esto es lo único que tengo -saca un pequeño cuchillo del bolsillo lateral del pantalón y lo pone en el suelo-. Estamos solos, no hay nadie más por aquí, al menos no de los nuestros.
Isaac no dice nada, pero sale del coche todavía con el arma en alto.
- Alex, coge un arma y ven conmigo -dice sin mirarme, con la vista fija en la mujer-. Si hay alguien herido te necesitaremos. Lukas, mantén el coche en marcha y ten a mano una pistola. Si oyes disparos, vuelve por donde hemos venido.
Nos acercamos a... Sophie, creo que se llama, que hace un esfuerzo por dejar de llorar. Tiene la piel oscura y el pelo rizado, y sus ojos enormes miran angustiados la pistola que Isaac apunta hacia ella, pero él no cambia la expresión.
- Tú vas delante -le dice secamente-, si pasa algo raro, no dudaré en disparar.
Sophie coge aire y asiente.
- Gracias -dice, antes de darse la vuelta y echar a andar. La seguimos en silencio.
Caminamos durante unos diez minutos, tal como ella había dicho. No pasa nada durante este tiempo, no vemos a nadie, tampoco a ningún zombi. Empiezo a pensar que dice la verdad, aunque Isaac no baja la guardia y mantiene a Sophie encañonada. Al cabo de un rato, la mujer se detiene y señala hacia el frente. Hay un hombre tendido en el suelo. Nos acercamos despacio.
- Arthur, he conseguido ayuda -dice ella con dulzura.
- Gracias a Dios -murmura el hombre. Luego, Sophie se vuelve hacia nosotros y nos lanza una mirada suplicante.
Isaac la hace venir hasta nosotros y coloca el cañón de la pistola en su espalda, luego me hace un gesto con la cabeza.
- Su turno, doctora Sky.
Me acerco en silencio al hombre, siento la mirada de Sophie clavada en la nuca. No sé si confiar en ella, no sé si confiar en nadie, nunca me había sentido tan perdida, así que dejo esa decisión en manos de Isaac. Aunque se haya vuelto un poco... extraño, me ha salvado la vida veces suficientes como para concederle ese honor. Decido hacer lo que sé hacer.
- ¿Cómo se llama? -le pregunto al hombre al tiempo que me arrodillo a su lado.
- Arthur.
- ¿Qué le ha pasado, Arthur?
- Me he caído, me he caído del árbol. Había puesto una trampa y cuando subí a por el pájaro... No sé qué pasó, estaba en el árbol y luego estaba en el suelo. Me duele el pecho...
- ¿Dónde te duele exactamente?
Señala con un gesto amplio la parte derecha del tórax. Me inclino sobre él y levanto suavemente su camisa.
- Echaré un vistazo.
Arthur es un hombre poco corpulento, pero parece fuerte. Se le debe dar bien trepar a los árboles y moverse entre las ramas. Palpo las costillas y él se queja un poco.
- ¿Puede respirar bien?
- No... no muy bien. Me duele mucho.
- Mmhh... creo que podría tener alguna costilla rota.
- ¿Rota? Oh, Dios, ¿qué vamos a hacer? -dice Sophie desde atrás. Le tiembla la voz.
- Has dicho que había más personas en el pueblo -respondo, dándome la vuelta. Arthur, a mi lado, trata de moverse.
- ¿Qué coño has hecho, Sophie? ¿Para qué se lo has dicho?
Ella vuelve a llorar. Creo que me recuerda a alguien.
- ¡Para que vinieran a ayudarte! ¿Qué esperabas que hiciera?
- ¡Pero si te está apuntando con una...! -se corta a mitad de la frase con una mueca de dolor. Le digo que se esté quieto.
- Arthur, hemos venido a ayudarle -intento tranquilizarle-. Tenemos un coche para llevarlo hasta Cornwell. Nosotros también hemos sufrido mucho, sólo queremos descansar en un lugar seguro.
Él cierra los ojos y trata de respirar profundamente, pero un pinchazo de dolor le desdibuja la expresión.
- Lo siento... lo siento Sophie. Me duele mucho. Estoy nervioso, por favor no me lo tengas en cuenta.
Cruzo una mirada con Isaac. Se acerca a mí, todavía sin bajar la guardia, todavía sin despegar la mirada de Sophie pero manteniendo a la vez controlado a Arthur. Aún así, ayuda a Arthur a ponerse de pie y prácticamente carga con él de vuelta al vehículo. Lukas nos observa llegar, entre sorprendido y aliviado, per rápidamente baja del coche para ayudar. Mishel se queda en el asiento, con la mirada perdida. Me preocuparé de ella después, ahora partimos hacia Cornwell.
jueves, 14 de junio de 2012
Volumen II
El viaje transcurre en silencio. Nadie tiene mucho que decir y supongo que sí mucho en qué pensar. Al menos a mí me ocurre, igual que cuando huimos del hospital, cuando perdimos a Mel, o cuando los locos del Purgatorio me encerraron durante siete días en un cuartucho oscuro. Reproduzco mentalmente las escenas de las últimas horas y los escalofríos me recorren el cuerpo: los gritos, la oscuridad, el dolor, el cabrón asqueroso sobre mí, Isaac despedazando cuerpos, Sam derribado por una bala en un acto de misericordia más que de asesinato. Debo agradecerle a Isaac que le evitara el sufrimiento. No se convertirá en un zombi. Ahora descansa.
Nos hemos alejado ya unos cuantos kilómetros del cordón militar. De lo que queda, al menos, de la barrera que tenía que impedir que la plaga se extendiera. Me pregunto qué habrá más allá. Todos nos lo preguntamos, claro, qué vamos a pensar si no. Es complicado convivir con la incertidumbre.
- No sé hacia dónde ir -dice Lukas. Parece que habla más para sí mismo que para los demás. No me había dado cuenta de que había detenido el coche.
- ¿Véis algún camino? -pregunto desde el asiento de atrás.
- No, sólo árboles y maleza.
Isaac abre la puerta del coche.
- Iré a ver qué hay en los alrededores -dice-. Podéis aparcar por ahí.
Señala un bosquecillo a unos cien metros de donde estamos. En realidad no es más que un pequeño grupo de árboles.
- Quedaos dentro con los seguros puestos y no llaméis la atención. Tenéis las armas si las necesitáis -advierte, y baja del todoterreno de un salto.
- ¡Ten cuidado! -le grito, pero ya ha cerrado la puerta y se aleja rápidamente de nosotros.
Avanzo unos minutos entre la maleza sin saber realmente qué ando buscando. No sé muy bien hacia dónde voy a ir, o qué voy a hacer con ellos. Están destrozados y a estas alturas me siento incapaz de protegerlos. Me muevo rápido, aunque empiezo a sentir el cansancio ahora que la adrenalina del momento se está disipando. Busco algún camino, aunque sea de tierra, para no seguir avanzando sin rumbo campo a través. El todoterreno lo aguantaría pero no tenemos gasolina ilimitada y deberíamos encontrar refugio, algún lugar para descansar y reponer fuerzas.
Camino un rato bordeando un grupo de árboles. La silueta de la ciudad maldita que acabamos de abandonar se desdibuja a mis espaldas a medida que una niebla baja se posa sobre los edificios. Nos quedan un par de horas de luz, como mucho. A la derecha creo distinguir una autopista, pero no me parece una opción demasiado segura. Sigo adelante un trecho más, el terreno que se extiende ante mí es una llanura ondulada salpicada por pequeñas zonas boscosas. Creo que veo una casa... Me acerco despacio, intentando no hacer ruido ni llamar la atención.
Desde el todoterreno no se ve gran cosa. No nos hemos cruzado con nadie desde que atravesamos el cordón militar, ni vivo ni muerto. No es que eso me tranquilice, porque en algún sitio tienen que estar, los militares y los zombis que los obligaron a huir. Si rompieron la cuarentena, la situación debía ser realmente grave, tal vez aparecieron otros focos, o tal vez lo que hicieron fue ampliar la zona restringida. Aunque lo lógico sería ir cerrando el cerco hasta acabar con todos los infectados... Quién sabe qué puede haber pasado ahí fuera, hace semanas que no veo un periódico, ya ni hablar de un ordenador o un teléfono móvil. Las comunicaciones con el exterior se cortaron con la cuarentena. Tal vez el mundo entero está lleno de muertos vivientes.
- ¿Creéis que Isaac encontrará algún camino? -pregunto a nadie en concreto. Mishel no parece inmutarse. Lukas se encoge de hombros.
- Algo tiene que haber -dice sin mucha convicción-. Aunque sea una carretera rural, no sé.
Se queda callado.
- Mishel, ¿tú cómo te encuentras?
Otra que no dice nada. Me dejo caer sobre el asiento y la cabeza me empieza a dar vueltas. El oído me duele y el zumbido no se va. Mishel empieza a llorar.
- Me duele el estómago -dice entre sollozos. Acurrucada en el asiento del coche tiene el aspecto de una niña asustada. No nos hemos llevado muy bien desde que nos conocimos, pero después de lo que ha pasado, necesita una amiga. Supongo que yo también.
A medida que me acerco me doy cuenta de que no es más que una caseta de madera, un cobertizo destartalado y con aspecto de abandono. Tal vez podría echar un vistazo al interior... La puerta está entreabierta, la empujo con cuidado, entonces escucho un ruido, un murmullo. Me preparo para atacar a lo que sea que está en el interior, situándome a un lado de la puerta y abriéndola de golpe de una patada. Algo sale corriendo de dentro, una forma oscura y pequeña, sin saber qué es me echo encima y la atrapo. Cuando me doy cuenta, un pequeño animal se revuelve entre mis brazos, intentando escapar. Debería soltarlo, pero no lo hago. En lugar de eso, le retuerzo el cuello bruscamente, y deja de moverse. Observo un segundo la bola peluda en mis manos. Era un mapache. Ahora es mi cena. Busco unos minutos de intimidad en el cobertizo para disfrutar a solas del bocado.
Me limpio la cara con las mangas antes de salir del cobertizo. La sangre del mapache pasa desapercibida entre las otras manchas de mi ropa. Miro a mi alrededor, todo continua igual que hace unos minutos. Me siento mejor después de mi aperitivo, con más energía para seguir buscando. No es lo mejor que he comido... pero es lo que me apetecía ahora mismo. Mejor no pensar más en ello. Todavía no tengo muy claro cuál es mi lugar en la cadena alimentaria.
Nos hemos alejado ya unos cuantos kilómetros del cordón militar. De lo que queda, al menos, de la barrera que tenía que impedir que la plaga se extendiera. Me pregunto qué habrá más allá. Todos nos lo preguntamos, claro, qué vamos a pensar si no. Es complicado convivir con la incertidumbre.
- No sé hacia dónde ir -dice Lukas. Parece que habla más para sí mismo que para los demás. No me había dado cuenta de que había detenido el coche.
- ¿Véis algún camino? -pregunto desde el asiento de atrás.
- No, sólo árboles y maleza.
Isaac abre la puerta del coche.
- Iré a ver qué hay en los alrededores -dice-. Podéis aparcar por ahí.
Señala un bosquecillo a unos cien metros de donde estamos. En realidad no es más que un pequeño grupo de árboles.
- Quedaos dentro con los seguros puestos y no llaméis la atención. Tenéis las armas si las necesitáis -advierte, y baja del todoterreno de un salto.
- ¡Ten cuidado! -le grito, pero ya ha cerrado la puerta y se aleja rápidamente de nosotros.
Avanzo unos minutos entre la maleza sin saber realmente qué ando buscando. No sé muy bien hacia dónde voy a ir, o qué voy a hacer con ellos. Están destrozados y a estas alturas me siento incapaz de protegerlos. Me muevo rápido, aunque empiezo a sentir el cansancio ahora que la adrenalina del momento se está disipando. Busco algún camino, aunque sea de tierra, para no seguir avanzando sin rumbo campo a través. El todoterreno lo aguantaría pero no tenemos gasolina ilimitada y deberíamos encontrar refugio, algún lugar para descansar y reponer fuerzas.
Camino un rato bordeando un grupo de árboles. La silueta de la ciudad maldita que acabamos de abandonar se desdibuja a mis espaldas a medida que una niebla baja se posa sobre los edificios. Nos quedan un par de horas de luz, como mucho. A la derecha creo distinguir una autopista, pero no me parece una opción demasiado segura. Sigo adelante un trecho más, el terreno que se extiende ante mí es una llanura ondulada salpicada por pequeñas zonas boscosas. Creo que veo una casa... Me acerco despacio, intentando no hacer ruido ni llamar la atención.
Desde el todoterreno no se ve gran cosa. No nos hemos cruzado con nadie desde que atravesamos el cordón militar, ni vivo ni muerto. No es que eso me tranquilice, porque en algún sitio tienen que estar, los militares y los zombis que los obligaron a huir. Si rompieron la cuarentena, la situación debía ser realmente grave, tal vez aparecieron otros focos, o tal vez lo que hicieron fue ampliar la zona restringida. Aunque lo lógico sería ir cerrando el cerco hasta acabar con todos los infectados... Quién sabe qué puede haber pasado ahí fuera, hace semanas que no veo un periódico, ya ni hablar de un ordenador o un teléfono móvil. Las comunicaciones con el exterior se cortaron con la cuarentena. Tal vez el mundo entero está lleno de muertos vivientes.
- ¿Creéis que Isaac encontrará algún camino? -pregunto a nadie en concreto. Mishel no parece inmutarse. Lukas se encoge de hombros.
- Algo tiene que haber -dice sin mucha convicción-. Aunque sea una carretera rural, no sé.
Se queda callado.
- Mishel, ¿tú cómo te encuentras?
Otra que no dice nada. Me dejo caer sobre el asiento y la cabeza me empieza a dar vueltas. El oído me duele y el zumbido no se va. Mishel empieza a llorar.
- Me duele el estómago -dice entre sollozos. Acurrucada en el asiento del coche tiene el aspecto de una niña asustada. No nos hemos llevado muy bien desde que nos conocimos, pero después de lo que ha pasado, necesita una amiga. Supongo que yo también.
A medida que me acerco me doy cuenta de que no es más que una caseta de madera, un cobertizo destartalado y con aspecto de abandono. Tal vez podría echar un vistazo al interior... La puerta está entreabierta, la empujo con cuidado, entonces escucho un ruido, un murmullo. Me preparo para atacar a lo que sea que está en el interior, situándome a un lado de la puerta y abriéndola de golpe de una patada. Algo sale corriendo de dentro, una forma oscura y pequeña, sin saber qué es me echo encima y la atrapo. Cuando me doy cuenta, un pequeño animal se revuelve entre mis brazos, intentando escapar. Debería soltarlo, pero no lo hago. En lugar de eso, le retuerzo el cuello bruscamente, y deja de moverse. Observo un segundo la bola peluda en mis manos. Era un mapache. Ahora es mi cena. Busco unos minutos de intimidad en el cobertizo para disfrutar a solas del bocado.
Me limpio la cara con las mangas antes de salir del cobertizo. La sangre del mapache pasa desapercibida entre las otras manchas de mi ropa. Miro a mi alrededor, todo continua igual que hace unos minutos. Me siento mejor después de mi aperitivo, con más energía para seguir buscando. No es lo mejor que he comido... pero es lo que me apetecía ahora mismo. Mejor no pensar más en ello. Todavía no tengo muy claro cuál es mi lugar en la cadena alimentaria.
Vemos regresar a Isaac al cabo de un rato, no sabría decir cuánto tiempo ha pasado. Mi reloj se rompió hace días. Cuando Isaac llega parece más tranquilo, más centrado. Se mete en el coche y cierra la puerta con fuerza.
- He encontrado una pequeña carretera que parece despejada -dice-. Ni siquiera está asfaltada, pero tiene que llevar a algún lugar.
Si se aleja de la ciudad, me vale.
- Debe ir hacia Cornwell -dice Lukas. Es el que mejor conoce la zona.
- ¿Qué sabes del lugar? -pregunta Isaac.
- Si no me he desorientado mucho, está en esa dirección. Es un pueblo pequeño, tranquilo. No creo que tenga muchos habitantes...
- Eso significa pocos zombis, también -añado.
- Aún así, no bajemos la guardia -advierte Isaac.
- No lo haremos -respondo-. Pero deberíamos ponernos en marcha ya.
Isaac asiente y Lukas arranca el vehículo. Seguimos sus indicaciones hasta el camino. Todavía ni un alma. No he decidido aún si es buena o mala señal.
miércoles, 11 de mayo de 2011
Antología Z de Somos Leyenda y Athnecdotario Incoherente
Ya que la historia que normalmente nos ocupa, por el momento, anda parada, hoy os traigo algo más de lectura Z para que vayáis pasando el mono. Y es que Athman, forero en Somos Leyenda y autor del blog Athnecdotario Incoherente, ha impulsado en dicho foro un certamen a partir del cual, recopilando los mejores relatos presentados, se ha creado una antología. La Antología Z de Somos Leyenda y Athnecdotario Incoherente se puede descargar de forma gratuita en formato .pdf aquí.
Además de desear que os gusten los relatos, entre los que se encuentra uno escrito por mí, me gustaría felicitar a Athman por este proyecto y agradecer la oportunidad de participar en él.
Por si tenéis curiosidad, la portada es de Nacho de Marcos, cuyo trabajo podéis ver en su blog.
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