Cumpleaños

Aprovechó los primeros rayos de luz, después de una noche de intensa lluvia, para limpiar de barro y maleza el empedrado del camino principal. Las dos hileras de cipreses, una a cada lado, lo observaron en silencio mientras trabajaba. Al terminar, se tomó unos segundos para admirar su obra antes de volver a su caseta, darse una ducha, y ponerse el traje negro. Todavía quedaba tiempo hasta las nueve.

Preparó un termo de café mientras esperaba. Había hecho de más otra vez. Después de tantos años cocinando para dos, le estaba costando mucho esfuerzo cambiar sus costumbres. Se sirvió un poco de café y dio un par de sorbos. Habían pasado ya varios meses, pero continuaba echando de menos al viejo.

Puntual, como siempre, recorrió el breve trecho desde su caseta hasta el portón y abrió el enrejado. Una mujer menuda, envuelta en demasiadas capas de ropa para un día cálido y soleado como aquel, le sonrió a modo de bienvenida. Llevaba consigo unas flores blancas y un bolso de tamaño descomunal.

–Buenos días, señora Nirav. Tenga cuidado, por favor. He quitado el barro del camino, pero todavía está mojado.

–Ah, anoche llovió mucho, ¿verdad? –rió ella, y echó a andar–. Hoy es el primer día de primavera. Por eso llovió tanto. ¿Lo sabías, Kuzita?

Él asintió con un movimiento de cabeza.

–Claro –dijo–. Es un día especial para mí.

–¿Especial?

–Sí, señora Nirav. Hoy es mi cumpleaños.

–¡Tu cumpleaños, es cierto! –dijo ella, y se puso a rebuscar en su bolso hasta encontrar un paquetito blanco–. Te he traído unos dulces para celebrarlo. Eran los favoritos del viejo Buhra. Adelante, prueba uno.

Kuzita mordisqueó un pastelito sin muchas ganas y se quedó en silencio. En realidad, no sabía con certeza si aquel era realmente el día de su nacimiento. Se detuvo frente a una tumba vieja, pero bien cuidada, y esperó mientras aquella anciana diminuta cambiaba las flores marchitas por las nuevas, blancas y jóvenes.

–Señora Nirav, ¿se acuerda de cuando el viejo Buhra me encontró?

Ella se inclinó y recuperó una de las flores. Luego se volvió hacia Kuzita, ofreciéndole una amplia sonrisa en un rostro lleno de arrugas. Le encantaba contar historias.

–Por supuesto, hijo, no podría olvidarlo.

Kuzita había escuchado aquel relato muchas veces, suficientes para conocerlo de memoria. El viejo siempre se lo contaba el día de su cumpleaños. Aquel era el primero sin él.

–Vayamos a visitarlo –dijo ella–, y te lo contaré.

Echaron a andar entre las tumbas, cogidos del brazo.

–Aquel invierno fue más frío de lo normal, y el primer día de primavera amaneció nevado. El viejo Buhra no era tan viejo entonces, lo llamábamos Buhra a secas. Y como cada día, Buhra se levantó al amanecer y descubrió el cementerio cubierto de una gruesa capa de nieve. Cualquiera se hubiese quedado en casa, pero él nunca descuidaba sus obligaciones. Se abrigó bien, cogió una pala, y se dispuso a despejar los caminos por si algún insensato decidía visitar aquel día el camposanto. Y entonces, escuchó algo extraordinario. El llanto de un bebé. Allí, entre las lápidas, encontró a un recién nacido, desnudo, azulado por el frío. Lloraba débilmente, como si estuviera agotado pero no quisiera darse por vencido. Lloraba con sus últimas fuerzas, y Buhra llegó justo a tiempo. Cogió al pequeño, lo envolvió con su abrigo y por primera y última vez en su vida, salió a toda prisa del cementerio antes de terminar sus tareas. Lo llevó a casa del médico del pueblo, mi casa, donde mi esposo y yo acabábamos de levantarnos. Mi querido Dakta no podía creerlo, pero reaccionó rápido y entre todos conseguimos darle calor de nuevo al bebé. Recuperó algunas fuerzas con un buen biberón de leche caliente, pero no sabíamos cuánto tiempo había pasado expuesto al frío, o si lograría salir adelante. Y mira cómo has crecido, Kuzita. El viejo Buhra era un tacaño cascarrabias, pero hizo un gran trabajo contigo.

–Gracias, señora Nirav.

Llegaron juntos a una tumba todavía reciente. El nombre de Buhra se leía en el mármol. Ella todavía traía una flor entre las manos, se inclinó para dejarla en el suelo.

–Lo echas de menos, ¿verdad, muchacho?

–Sí, mucho.

–No te avergüences de ello. Es natural para un hijo echar de menos a su padre.

Kuzita sonrió. A pesar de haberlo cuidado durante toda su vida, poca gente en el pueblo veía al viejo como su padre.

–Es hora de volver a casa, y tú tienes obligaciones. Nos veremos mañana, cuida de mi querido Dakta hasta entonces.

–Por supuesto, señora Nirav. Cuídese, y gracias por los dulces.

Se comió un par de pastelitos más cuando se quedó solo, antes de despedirse de su viejo maestro y volver al trabajo. Entonces, poco después, escuchó un sonido inusual en el cementerio. El llanto de un bebé. Guiándose por su oído, Kuzita avanzó a saltos entre las tumbas hasta descubrir al pequeño al pie de una escalera, frente a un antiguo mausoleo. Se quitó su chaqueta y lo envolvió rápidamente para darle calor. Repitiendo las acciones del viejo Buhra aquella primera mañana de primavera treinta años atrás, corrió a buscar al médico. Ya no había necesidad de cambiar sus costumbres, podía continuar cocinando para dos.

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