Ruiditos

Sonó un rasgueo en los barrotes de la cuna. La niña alzó la cabeza, miró a los lados y, pasados unos segundos, volvió de nuevo a su estado habitual de concentración en el juego. La segunda vez que lo escuchó, se puso en pie, dejó la muñeca en el suelo y se acercó a la fuente del sonido.

El bebé la recibió con una risilla, y volvió a deslizar suavemente los dedos por los barrotes, produciendo otra vez el mismo sonido. La niña alargó la mano e imitó el movimiento de su hermano. El pequeño lo celebró con una carcajada.

- ¿Te gusta?

Esbozó lentamente una sonrisa maquiavélica, aquella que siempre le cruzaba el rostro cuando se le ocurría una buena idea. Ah, pero aquella no era buena, era magnífica. Buscó entre los juguetes esparcidos en el suelo hasta dar con el que buscaba, el sonajero de color azul brillante, y se lo mostró a su hermano pequeño. Lo agitó un poco, y al niño se le iluminaron los ojos. Ella, siguiendo con su calculado plan, deslizó el sonajero por los barrotes de la cuna, haciendo que el chiquillo lanzara un grito de emoción y alargara los bracitos para cogerlo.

- Toma –le dijo-. Ahora vamos a hacer algo fantástico.

El bebé, impaciente, tomó el sonajero entre las manos y lo deslizó de nuevo por los barrotes de la cuna. Hizo lo mismo con los dedos, luego de nuevo con el sonajero.

- ¡Otra vez! –gritó su hermana.

El niño comenzó a golpear los barrotes con el juguete, entre risas, una y otra vez, marcando un ritmo constante e incansable. Su hermana le aplaudía, animándolo a seguir, hasta que estuvo tan concentrado que su brazo se convirtió en un metrónomo. El momento que la pequeña estaba esperando.

Recorrió la habitación dando saltos, buscando otros instrumentos para completar su sinfonía. La muñeca que ríe y llora se sumó enseguida con su melodía bipolar, y la niña dio una vuelta sobre sí misma bailando al ritmo de la música.

El siguiente fue el silbato que venía como regalo en el paquete de cereales. Se lo puso entre los labios, y comenzó a marcar un tempo un poco más rápido, un contrapunto al persistente ritmo de su hermano. Y al final, en el punto más álgido de su magnífica creación, cogió la campanilla de encima de la cómoda, la que trajo la abuela de su viaje a los Pirineos, y la agitó al tiempo que se retorcía en una pirueta imposible.

Extendió los brazos y cerró los ojos, maravillada. Luego los abrió, espoleada por una nueva ráfaga de energía, y siguió bailando y tocando aquella frenética composición, su ópera prima, su obra maestra.

La puerta se abrió de golpe, y la música se detuvo.

- ¿Queréis dejar de armar tanto jaleo? ¡Por amor de Dios!

Los niños se quedaron quietos, mudos ante los gritos de su madre, pero la muñeca que ríe y llora continuaba berreando en el suelo.

- Apaga eso, cariño –pidió la mujer, un poco más calmada.

La pequeña, sin protestar, bajó el pequeño interruptor en la espalda de la muñeca, que se quedó en silencio.

- Vamos, cielo, ve a hacer los deberes, tu hermano tiene que hacer la siesta.

La niña bajó la cabeza y salió de la habitación. Se sentó en la mesa de la cocina, donde había dejado las cosas del colegio. Comenzó a escribir, aunque prestaba más atención al sonido del lápiz rasgando el papel que a las palabras que ponía. Se acompasaba con el tic tac del reloj de la pared, formando una nueva melodía más lenta, más triste. Le añadió unas suaves patadas contra la pata de la silla, luego unos golpecitos con los nudillos bajo la mesa.

- ¿Quieres dejar de hacer ruiditos? –dijo su madre al entrar.

“Ruiditos”, pensó la pequeña. Ella había pensado titularla “Sinfonía número 2”, pero la idea de su madre tampoco estaba mal.

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