Lolo

Las seis y cuarto y, una vez más, su padre sin aparecer. Adriana lo llamó al móvil, aunque sabía que probablemente no le respondería, ya que nunca había aprendido a utilizarlo. Dio una vuelta por la casa, salió a la terraza, lo volvió a llamar. Los minutos se volvieron siglos. Imaginó al anciano vagando solo por las calles, puede que buscándola, asustado porque se había levantado de la cama y no había nadie en casa con él. Sólo se había ausentado unos minutos, apenas nada, ¿acaso puede ser tan rápido un hombre de más de setenta años? Tal vez su padre se hubiera perdido, tal vez hubiera tenido un accidente. Sintió una punzada de pánico en el estómago, de culpabilidad, porque era su responsabilidad cuidar del anciano.

Entonces, la puerta de la casa se abrió con un fuerte estrépito. Adriana corrió a la entrada para ver entrar a su padre, golpeando el suelo con fuerza con el bastón. Parecía malhumorado, pero no desorientado, enfermo o herido. Adriana respiró al fin, pero el alivio duró poco.

- ¡Lolo se ha escapado! –gritó, y apartando de un empujón a su hija, se adentró en la casa.

“Otra vez eso no, por favor” rezó Adriana, y echó a correr tras él. En pocos segundos, el anciano se había convertido en un huracán. Llamaba a voces a su perro Lolo, sin ser consciente de que Lolo se había escapado muchos años atrás, cuando él era niño. Lo buscó por la casa. Entró en el salón y miró en cada rincón: detrás de las cortinas, bajo la mesa, en el hueco que quedaba entre el sillón y la ventana. A cada lugar lo seguía una pequeña decepción, pero no cesaba en su búsqueda frenética.

- No está aquí –murmuraba, y continuaba con el siguiente. Adriana le pedía que parase, le decía que Lolo no estaba en casa.

- Déjalo, no vas a encontrarlo – pero él la ignoraba-. Papá, por Dios, ¡deja de buscarlo! ¡No está aquí!

- No está aquí –repetía para sí mismo el anciano, y buscaba al perro en otro rincón.

Salió del salón y se fue a la cocina, golpeado el suelo con el bastón al ritmo de su cojera, seguido por su desesperada hija, incapaz de detenerlo en su implacable determinación por encontrar al animal. Lo buscó bajo las camas, en la bañera, en la terraza, y cuando se le acabaron las ideas, comenzó a buscarlo también en los lugares más inverosímiles. Debajo de los cojines del sofá, dentro de la nevera, la lavadora o el congelador, repitiendo siempre su breve letanía:

- No está aquí.

Y entonces continuaba con los armarios, sacaba las cacerolas y escudriñaba su interior, abría el horno y el microondas, destapaba todos los botes que Adriana no podía arrancarle a tiempo de las manos. Luego sacó la ropa de los armarios, abrió el retrete, deshizo las camas.

- No está aquí –decía, y tiraba de otro cajón hasta hacerlo caer al suelo-. No está aquí –y seguía destripando lo que encontrase, esperando hallar al perro en el interior del objeto más diminuto. Adriana lo seguía, gritaba entre sollozos, trataba de detenerlo, pero él siempre lograba liberarse y continuaba con su desquiciada búsqueda. Cada minuto que pasaba lo desesperaba más y más, cada puerta que abría descubriendo otra decepción.

- ¡No está aquí!

Su hija, aterrorizada e impotente, le gritaba para que dejase de buscar.

- ¡No está aquí!

Ninguno de los dos escuchaba al otro aunque, al fin y al cabo, ambos repetían la misma frase sin parar.

La escalada de gritos terminó cuando, aguda y estridente, la voz de Adriana se alzó por encima de todo el estrépito que el anciano estaba provocando.

- ¡Papá, deja de buscarlo! ¡Lolo no está aquí, no lo vas a encontrar!

El anciano se detuvo, observando durante unos instantes el desastre que su obsesión por el perro había ocasionado. Alzó la cabeza, miró a su hija, y le dio la razón.

- No está aquí –dijo-. Lolo no está en la casa. Se ha escapado, claro, andará por la calle.

- ¡No! –exclamó Adriana, pero su padre ya iba camino de la puerta. No llegó a tiempo de pararlo, así que se vio obligada a seguirlo hasta la calle. ¿Cómo podía un hombre tan mayor ir tan deprisa? Cojeaba, imparable, al ritmo del bastón que golpeaba el suelo como si fuesen tambores de guerra. Llamó a todas las puertas que encontró, gritando el nombre del perro, llamó a las ventanas y a los buzones, trató incluso de levantar las tapas de las alcantarillas y de introducirse en jardines ajenos, golpeaba con los nudillos a las ventanillas de los coches y se agachaba, en una insólita muestra de flexibilidad para alguien de su edad, para mirar debajo de los vehículos aparcados junto a la acera. La espiral de gritos entre padre e hija continuaba, cada uno ignorando lo que el otro decía, alzando más la voz a cada paso, volviéndose locos el uno al otro.

La descontrolada carrera los llevó finalmente, y sin darse cuenta, de vuelta a la puerta de su propia casa. El anciano golpeó la puerta con el bastón, esperando que alguien abriera y le devolviera a Lolo.

- No hay nadie, papá, es nuestra casa –dijo Adriana-. Vamos dentro, venga.

Esta vez, el hombre no se marchó, ni protestó, ni preguntó por Lolo. Solamente bajó la cabeza, derrotado.

- No lo voy a encontrar. Mi Lolo, ya no lo encontraré nunca.

- No pasa nada, papá –de pronto, el ciclón había perdido toda su fuerza. Adriana lo rodeó con el brazo-. Ven conmigo.

Seguían en la calle cuando escucharon los ladridos. Se volvieron al unísono para encontrar, a pocos metros, al marido de Adriana acompañado por un perro de raza indeterminada, y pelaje de un color más indeterminado aún.

- ¡Lolo! –exclamó el anciano. El marido de Adriana levantó la vista, sin entender qué ocurría.

- ¿De dónde lo has sacado? –preguntó la chica. Él se encogió de hombros.

- No sé, empezó a seguirme. Pensaba llevarlo mañana a la protectora, pero parece que a tu padre le cae bien.

En anciano abrazaba al animal con tanta fuerza que no le dejaba respirar.

- Qué susto me has dado, pedazo de cabrón –le decía al oído-. ¿Sabes cuánto tiempo llevo buscándote?

- Toda la vida –respondió Adriana-. Puede que más.

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