lunes, 25 de junio de 2012

Confiar, o no confiar (II)

El trayecto hasta Cornwell dura unos treinta minutos, suficiente para provocarme dolor de espalda y algo de mal humor. Sophie se ha sentado en el lugar del copiloto para darle indicaciones a Lukas sobre cómo llegar al lugar donde se encuentra su grupo. A Arthur lo hemos acomodado en el asiento trasero, Isaac se ha sentado junto a él. Mishel y yo vamos acurrucadas en el maletero del todoterreno. Es bastante incómodo, y tenemos que compartir el espacio con una enorme caja de herramientas y las armas y munición que hemos podido llevarnos del cordón militar, que no son muchas, de todas formas. Por la ventanilla apenas veo nada, aparte de las copas de los árboles y el cielo que se empieza a oscurecer, aunque no parece que haya mucho que ver. Pienso en el lugar seguro que Sophie nos ha prometido. En si es verdad que es seguro, en si allí hay gente de fiar. En si nos van a dejar quedarnos con ellos al menos una noche. Al cabo de un rato Lukas aminora la velocidad y los tejados de las casas de las afueras sustituyen a los árboles. Supongo que hemos llegado.


A medida que nos adentramos en el pueblo intento captar todos los detalles que puedo sobre el entorno. A simple vista, parece vacío, al menos hasta donde podemos ver. Hemos recorrido una calle amplia con casitas iguales a ambos lados. Los jardines se ven algo descuidados, y eso provoca una sensación de abandono un poco inquietante. Cuando llegamos a una bifurcación, torcemos a la derecha y seguimos avanzando, aunque el paisaje no cambia, casas y árboles, algún parque, una pista de tenis, todo vacío. En cualquier momento espero ver un zombi doblar una esquina, pero eso no ocurre. Mientras recorremos el trayecto que Sophie indica a Lukas, no vemos ni uno.
- ¿No hay zombis en Cornwell? -pregunto al cabo de unos minutos. Me doy cuenta de que todos los ocupantes del vehículo se inquietan un poco.
- Algunos, aunque no muchos -dice Arthur-. Hemos limpiado muchas zonas... Sophie nos está dirigiendo al instituto por zonas seguras.
- ¿Al instituto? -pregunto. ¿Allí es donde están vuestros amigos?
Arthur asiente con un leve movimiento de cabeza. Me doy por satisfecho de momento. Una vez allí podré enterarme de por qué este pueblo está tan vacío, de vivos y de muertos.


Prácticamente ha oscurecido cuando Lukas detiene el coche. Me atrevo a asomarme por la ventanilla trasera del todoterreno y observo una calle bordeada de árboles y algunos edificios bajos. Junto a nosotros se eleva una construcción de dos pisos que supongo que es el instituto del que ha hablado Sophie. Todos nos quedamos callados sin salir del coche, supongo que nadie sabe muy bien qué hacer. Oigo a Lukas preguntar qué pasa ahora.
- Será mejor que esperéis aquí mientras entro y les cuento a los demás lo que ha pasado -dice Sophie.
Isaac habla antes de que baje del coche.
- Arthur se quedará con nosotros hasta que vuelvas.
Ella asiente y se baja sin decir nada. Nos quedamos callados durante unos minutos mientras el cielo termina de oscurecerse poco a poco. Empiezo a ponerme nerviosa pensando en qué clase de personas habrá ahí dentro y si nos van a permitir unirnos a su grupo. Sophie y Arthur parecen gente normal, pero aún así rezo por que ninguno de ellos sea un energúmeno como los últimos con los que nos topamos.
Al final, oímos voces fuera y la puerta del maletero se abre de repente. Alguien me enfoca en la cara con una linterna y me ciega por un momento. Levanto las manos y me quedo quieta y en silencio hasta que alguien me habla.
- Tranquilas, tranquilas -dice una voz de hombre. Me doy cuenta de que se refiere a Mishel y a mí y me pregunto cómo estará pasándolo ella.
- ¿Podría quitarme la luz de los ojos?
- Perdón -dice el hombre, con una risilla, y aparta la linterna de mi cara. Bajo de un pequeño salto mientras dejo que mis ojos se acostumbren de nuevo a la oscuridad. Un hombre y una mujer observan a Mishel, que sigue en el maletero, con una mezcla de curiosidad y cautela. Me acerco a ella y trato de calmarla.
- Tienes que venir conmigo -le digo en tono dulce-. No te pasará nada Mishel, estamos en un lugar seguro.
Tengo miedo de no estar diciéndole la verdad.


Un pequeño grupo de gente ha salido del instituto a darnos la bienvenida. Intento estudiarlos rápidamente, a pesar de la poca luz y de que nos enfocan con las linternas directamente a los ojos. A primera vista, veo que son cuatro hombres y tres mujeres, algunos de ellos llevan armas. Mientras bajamos del coche, un par de muchachos salen del edificio a toda prisa para llevarse a Arthur al interior, pero a nosotros nos cortan el paso. Cuando me acostumbro a la penumbra distingo a Alex ayudando a Mishel a bajar del maletero del todoterreno. Al final, somos nosotros cuatro frente a ellos siete, además de Sophie que observa desde la puerta del instituto. Es un edificio grande, y la parte del patio está bordeada por una valla con rejas de aspecto robusto. No parece mal lugar para resistir en un momento como éste. Me pregunto cuántos más habrá ahí dentro. 
- Os agradezco que hayáis ayudado a Arthur y a Sophie -dice uno de los hombres, debe tener unos cuarenta años y lleva barba incipiente tocada de algunas canas-. Mi nombre es Marcus. No encantaría prestaros ayuda pero como entenderéis, no podemos dejar pasar a todo el mundo... Necesitamos saber que sois gente de fiar.
- ¿De fiar? -pregunta Lukas, un tanto exasperado-. Acabamos de pasar un infierno, o algo peor, no podemos volver a la ciudad...
Alex se adelanta y les cuenta sin entrar en detalles la pesadilla de la que venimos escapando.
- Hace sólo unas horas que perdimos a un buen amigo -dice, y parece que se le quiebra la voz un instante-. No tenemos nada, estamos agotados, asustados y hambrientos. Así que, si nos permitís entrar aquí, al menos podremos pasar la noche en un lugar seguro. Hemos ayudado a vuestros amigos. Hemos bajado del coche desarmados a pesar de que vosotros no lo estáis. Si ahora queréis, podéis coger nuestras cosas, las armas y la munición, nosotros somos pocos y no tenemos fuerzas para defendernos. Estamos dispuestos a trabajar con vosotros y a colaborar en lo que sea.
Trato de adivinar qué piensan ellos, pero no consigo leer sus expresiones. Diría que dudan... al menos la solución de Alex de convencerlos por las buenas es mejor que la que se me pasa por la mente, que no es otra cosa que reventarle la cabeza al tal Marcus. Me preocupa que nuestros anfitriones sean unos locos, pero si resultan ser buena gente, este podría ser un buen sitio para que mis compañeros descansen, un sitio para que estén seguros. Podrían quedarse aquí, y yo podría marcharme y no ser un peligro para todos cada vez que me entre hambre. Pienso en algo que no sea comer y escucho el final del pequeño discurso de Alex.
- Nos hemos puesto en vuestras manos, estamos confiando en vosotros. ¿No creéis que deberíais correspondernos?
Cuando ella se calla, se hace un silencio extraño, un silencio que parece que no se va a acabar nunca.

martes, 19 de junio de 2012

Confiar, o no confiar (I)

No se ven otros coches por aquí, pero parece que haya marcas de neumáticos en el camino. No estoy seguro de cuánto tiempo ha pasado exactamente desde que todo empezó. ¿Dos meses? Puede que las marcas las dejaran los militares al marcharse, aunque no parece que haya habido mucho tráfico, de todas formas. Puede que alguien como nosotros, algún vehículo aislado, haya pasado por este camino. 
- ¡Lukas, frena! -oigo desde atrás. Alex ha saltado hacia delante y señala al frente.
- ¡Mierda! -exclama Lukas, dando un frenazo. Nos agarramos al asiento, incluso Mishel parece haberse sobresaltado. Frente a nosotros, en medio del camino, hay alguien haciéndonos señas para que paremos.
- Joder, ha aparecido de la nada -dice Lukas, recuperando el aliento. Es una mujer, parece asustada. Alex abre la puerta de atrás pero le ordeno que se esté quieta.
- Espera, hay que asegurarse de que esto no es una trampa.
Ella se queda en silencio un segundo.
- Lo siento, no lo pensé.
- Tranquila -le digo-. Veamos qué tenemos aquí.
Bajo la ventanilla y apunto a la mujer con una de las pistolas que hemos cogido a los militares muertos. Ella parece asustarse y levanta las manos.
- Por favor... -suplica-. Necesito ayuda...
Está empezando a llorar. No me convence, podría estar mintiendo.
- ¿Quién eres? -pregunto.
- Me llamo Sophie -dice entre sollozos-. Necesito ayuda, por favor. Mi compañero está herido y no puedo llevarlo al pueblo sola.
- ¿Dónde está tu compañero?
- En el bosque, por allí -señala a la arboleda que queda a nuestra izquierda-. No está lejos, pero no puede caminar... No puedo llevarlo al pueblo sola, no llegaremos antes de que anochezca.
- ¿Qué le ha pasado?
- Se ha caído cuando estaba subido a un árbol -explica ella, parece desesperada-. Había puesto una trampa y vimos un pájaro atrapado, así que subió a por él... pero una de las ramas se quebró y cayó al suelo. Se ha caído otras veces pero nunca se había hecho daño. Creo que se ha roto algo... Por favor, ayudadme...


Veo que Isaac vacila ante las explicaciones de la mujer. Es normal que desconfíe de ella, después de lo que acabamos de pasar en los últimos días. No sé muy bien qué hacer, pero hay algo en lo que ha dicho que me intriga.
- Isaac, pregúntale por qué quiere ir al pueblo -sugiero en voz baja. Isaac asiente con la cabeza.
- ¿Por qué quieres llevarlo al pueblo? -pregunta-. ¿Qué hay allí?
Ella duda un momento, probablemente tenga las mismas reservas hacia nosotros. Sin embargo, al final parece decidirse.
- Allí hay... bueno, más personas, viven allí. Son buena gente. Ayudadme y... y os llevaré conmigo a Cornwell, a un lugar seguro.


Una oferta tentadora, sin duda. ¿Qué vamos a hacer? Isaac sigue sin estar seguro.


- ¿A qué distancia está tu amigo?
- No lo sé... unos diez minutos andando en esa dirección.
Nuestro silencio parece ponerla nerviosa.
- Por favor... no voy armada, mirad, esto es lo único que tengo -saca un pequeño cuchillo del bolsillo lateral del pantalón y lo pone en el suelo-. Estamos solos, no hay nadie más por aquí, al menos no de los nuestros.


Isaac no dice nada, pero sale del coche todavía con el arma en alto. 
- Alex, coge un arma y ven conmigo -dice sin mirarme, con la vista fija en la mujer-. Si hay alguien herido te necesitaremos. Lukas, mantén el coche en marcha y ten a mano una pistola. Si oyes disparos, vuelve por donde hemos venido.
Nos acercamos a... Sophie, creo que se llama, que hace un esfuerzo por dejar de llorar. Tiene la piel oscura y el pelo rizado, y sus ojos enormes miran angustiados la pistola que Isaac apunta hacia ella, pero él no cambia la expresión. 
- Tú vas delante -le dice secamente-, si pasa algo raro, no dudaré en disparar. 
Sophie coge aire y asiente. 
- Gracias -dice, antes de darse la vuelta y echar a andar. La seguimos en silencio.


Caminamos durante unos diez minutos, tal como ella había dicho. No pasa nada durante este tiempo, no vemos a nadie, tampoco a ningún zombi. Empiezo a pensar que dice la verdad, aunque Isaac no baja la guardia y mantiene a Sophie encañonada. Al cabo de un rato, la mujer se detiene y señala hacia el frente. Hay un hombre tendido en el suelo. Nos acercamos despacio.
- Arthur, he conseguido ayuda -dice ella con dulzura.
- Gracias a Dios -murmura el hombre. Luego, Sophie se vuelve hacia nosotros y nos lanza una mirada suplicante.
Isaac la hace venir hasta nosotros y coloca el cañón de la pistola en su espalda, luego me hace un gesto con la cabeza.
- Su turno, doctora Sky.
Me acerco en silencio al hombre, siento la mirada de Sophie clavada en la nuca. No sé si confiar en ella, no sé si confiar en nadie, nunca me había sentido tan perdida, así que dejo esa decisión en manos de Isaac. Aunque se haya vuelto un poco... extraño, me ha salvado la vida veces suficientes como para concederle ese honor. Decido hacer lo que sé hacer.
- ¿Cómo se llama? -le pregunto al hombre al tiempo que me arrodillo a su lado.
- Arthur.
- ¿Qué le ha pasado, Arthur?
- Me he caído, me he caído del árbol. Había puesto una trampa y cuando subí a por el pájaro... No sé qué pasó, estaba en el árbol y luego estaba en el suelo. Me duele el pecho...
- ¿Dónde te duele exactamente?
Señala con un gesto amplio la parte derecha del tórax. Me inclino sobre él y levanto suavemente su camisa. 
- Echaré un vistazo.
Arthur es un hombre poco corpulento, pero parece fuerte. Se le debe dar bien trepar a los árboles y moverse entre las ramas. Palpo las costillas y él se queja un poco.
- ¿Puede respirar bien?
- No... no muy bien. Me duele mucho.
- Mmhh... creo que podría tener alguna costilla rota.
- ¿Rota? Oh, Dios, ¿qué vamos a hacer? -dice Sophie desde atrás. Le tiembla la voz.
- Has dicho que había más personas en el pueblo -respondo, dándome la vuelta. Arthur, a mi lado, trata de moverse.
- ¿Qué coño has hecho, Sophie? ¿Para qué se lo has dicho?
Ella vuelve a llorar. Creo que me recuerda a alguien.
- ¡Para que vinieran a ayudarte! ¿Qué esperabas que hiciera?
- ¡Pero si te está apuntando con una...! -se corta a mitad de la frase con una mueca de dolor. Le digo que se esté quieto.
- Arthur, hemos venido a ayudarle -intento tranquilizarle-. Tenemos un coche para llevarlo hasta Cornwell. Nosotros también hemos sufrido mucho, sólo queremos descansar en un lugar seguro.
Él cierra los ojos y trata de respirar profundamente, pero un pinchazo de dolor le desdibuja la expresión.
- Lo siento... lo siento Sophie. Me duele mucho. Estoy nervioso, por favor no me lo tengas en cuenta.


Cruzo una mirada con Isaac. Se acerca a mí, todavía sin bajar la guardia, todavía sin despegar la mirada de Sophie pero manteniendo a la vez controlado a Arthur. Aún así, ayuda a Arthur a ponerse de pie y prácticamente carga con él de vuelta al vehículo. Lukas nos observa llegar, entre sorprendido y aliviado, per rápidamente baja del coche para ayudar. Mishel se queda en el asiento, con la mirada perdida. Me preocuparé de ella después, ahora partimos hacia Cornwell.

jueves, 14 de junio de 2012

Volumen II

El viaje transcurre en silencio. Nadie tiene mucho que decir y supongo que sí mucho en qué pensar. Al menos a mí me ocurre, igual que cuando huimos del hospital, cuando perdimos a Mel, o cuando los locos del Purgatorio me encerraron durante siete días en un cuartucho oscuro. Reproduzco mentalmente las escenas de las últimas horas y los escalofríos me recorren el cuerpo: los gritos, la oscuridad, el dolor, el cabrón asqueroso sobre mí, Isaac despedazando cuerpos, Sam derribado por una bala en un acto de misericordia más que de asesinato. Debo agradecerle a Isaac que le evitara el sufrimiento. No se convertirá en un zombi. Ahora descansa.


Nos hemos alejado ya unos cuantos kilómetros del cordón militar. De lo que queda, al menos, de la barrera que tenía que impedir que la plaga se extendiera. Me pregunto qué habrá más allá. Todos nos lo preguntamos, claro, qué vamos a pensar si no. Es complicado convivir con la incertidumbre.
- No sé hacia dónde ir -dice Lukas. Parece que habla más para sí mismo que para los demás. No me había dado cuenta de que había detenido el coche.
- ¿Véis algún camino? -pregunto desde el asiento de atrás.
- No, sólo árboles y maleza.
Isaac abre la puerta del coche.
- Iré a ver qué hay en los alrededores -dice-. Podéis aparcar por ahí.
Señala un bosquecillo a unos cien metros de donde estamos. En realidad no es más que un pequeño grupo de árboles.
- Quedaos dentro con los seguros puestos y no llaméis la atención. Tenéis las armas si las necesitáis -advierte, y baja del todoterreno de un salto.
- ¡Ten cuidado! -le grito, pero ya ha cerrado la puerta y se aleja rápidamente de nosotros.


Avanzo unos minutos entre la maleza sin saber realmente qué ando buscando. No sé muy bien hacia dónde voy a ir, o qué voy a hacer con ellos. Están destrozados y a estas alturas me siento incapaz de protegerlos. Me muevo rápido, aunque empiezo a sentir el cansancio ahora que la adrenalina del momento se está disipando. Busco algún camino, aunque sea de tierra, para no seguir avanzando sin rumbo campo a través. El todoterreno lo aguantaría pero no tenemos gasolina ilimitada y deberíamos encontrar refugio, algún lugar para descansar y reponer fuerzas. 


Camino un rato bordeando un grupo de árboles. La silueta de la ciudad maldita que acabamos de abandonar se desdibuja a mis espaldas a medida que una niebla baja se posa sobre los edificios. Nos quedan un par de horas de luz, como mucho. A la derecha creo distinguir una autopista, pero no me parece una opción demasiado segura. Sigo adelante un trecho más, el terreno que se extiende ante mí es una llanura ondulada salpicada por pequeñas zonas boscosas. Creo que veo una casa... Me acerco despacio, intentando no hacer ruido ni llamar la atención. 




Desde el todoterreno no se ve gran cosa. No nos hemos cruzado con nadie desde que atravesamos el cordón militar, ni vivo ni muerto. No es que eso me tranquilice, porque en algún sitio tienen que estar, los militares y los zombis que los obligaron a huir. Si rompieron la cuarentena, la situación debía ser realmente grave, tal vez aparecieron otros focos, o tal vez lo que hicieron fue ampliar la zona restringida. Aunque lo lógico sería ir cerrando el cerco hasta acabar con todos los infectados... Quién sabe qué puede haber pasado ahí fuera, hace semanas que no veo un periódico, ya ni hablar de un ordenador o un teléfono móvil. Las comunicaciones con el exterior se cortaron con la cuarentena. Tal vez el mundo entero está lleno de muertos vivientes.
- ¿Creéis que Isaac encontrará algún camino? -pregunto a nadie en concreto. Mishel no parece inmutarse. Lukas se encoge de hombros.
- Algo tiene que haber -dice sin mucha convicción-. Aunque sea una carretera rural, no sé.
Se queda callado.
- Mishel, ¿tú cómo te encuentras?
Otra que no dice nada. Me dejo caer sobre el asiento y la cabeza me empieza a dar vueltas. El oído me duele y el zumbido no se va. Mishel empieza a llorar.
- Me duele el estómago -dice entre sollozos. Acurrucada en el asiento del coche tiene el aspecto de una niña asustada. No nos hemos llevado muy bien desde que nos conocimos, pero después de lo que ha pasado, necesita una amiga. Supongo que yo también.




A medida que me acerco me doy cuenta de que no es más que una caseta de madera, un cobertizo destartalado y con aspecto de abandono. Tal vez podría echar un vistazo al interior... La puerta está entreabierta, la empujo con cuidado, entonces escucho un ruido, un murmullo. Me preparo para atacar a lo que sea que está en el interior, situándome a un lado de la puerta y abriéndola de golpe de una patada. Algo sale corriendo de dentro, una forma oscura y pequeña, sin saber qué es me echo encima y la atrapo. Cuando me doy cuenta, un pequeño animal se revuelve entre mis brazos, intentando escapar. Debería soltarlo, pero no lo hago. En lugar de eso, le retuerzo el cuello bruscamente, y deja de moverse. Observo un segundo la bola peluda en mis manos. Era un mapache. Ahora es mi cena. Busco unos minutos de intimidad en el cobertizo para disfrutar a solas del bocado.


Me limpio la cara con las mangas antes de salir del cobertizo. La sangre del mapache pasa desapercibida entre las otras manchas de mi ropa. Miro a mi alrededor, todo continua igual que hace unos minutos. Me siento mejor después de mi aperitivo, con más energía para seguir buscando. No es lo mejor que he comido... pero es lo que me apetecía ahora mismo. Mejor no pensar más en ello. Todavía no tengo muy claro cuál es mi lugar en la cadena alimentaria.



Vemos regresar a Isaac al cabo de un rato, no sabría decir cuánto tiempo ha pasado. Mi reloj se rompió hace días. Cuando Isaac llega parece más tranquilo, más centrado. Se mete en el coche y cierra la puerta con fuerza.
- He encontrado una pequeña carretera que parece despejada -dice-. Ni siquiera está asfaltada, pero tiene que llevar a algún lugar.
Si se aleja de la ciudad, me vale.
- Debe ir hacia Cornwell -dice Lukas. Es el que mejor conoce la zona.
- ¿Qué sabes del lugar? -pregunta Isaac.
- Si no me he desorientado mucho, está en esa dirección. Es un pueblo pequeño, tranquilo. No creo que tenga muchos habitantes... 
- Eso significa pocos zombis, también -añado.
- Aún así, no bajemos la guardia -advierte Isaac.
- No lo haremos -respondo-. Pero deberíamos ponernos en marcha ya.
Isaac asiente y Lukas arranca el vehículo. Seguimos sus indicaciones hasta el camino. Todavía ni un alma. No he decidido aún si es buena o mala señal.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Antología Z de Somos Leyenda y Athnecdotario Incoherente

Ya que la historia que normalmente nos ocupa, por el momento, anda parada, hoy os traigo algo más de lectura Z para que vayáis pasando el mono. Y es que Athman, forero en Somos Leyenda y autor del blog Athnecdotario Incoherente, ha impulsado en dicho foro un certamen a partir del cual, recopilando los mejores relatos presentados, se ha creado una antología. La Antología Z de Somos Leyenda y Athnecdotario Incoherente se puede descargar de forma gratuita en formato .pdf aquí.

Además de desear que os gusten los relatos, entre los que se encuentra uno escrito por mí, me gustaría felicitar a Athman por este proyecto y agradecer la oportunidad de participar en él.

Por si tenéis curiosidad, la portada es de Nacho de Marcos, cuyo trabajo podéis ver en su blog.


jueves, 28 de abril de 2011

Un lugar al que ir

Tengo la sensación de que voy a morir en cuanto me detenga. Sigo en movimiento casi por inercia, dejando atrás el bullicio de un hatajo de hienas dando cuenta de un cadáver fresco. Me zumban los oídos, mi visión es un túnel. De vez en cuando algún movimiento inesperado me asusta, entonces me doy cuenta de que es uno de mis compañeros, corriendo junto a mí.
Poco a poco las naves y los almacenes se dispersan y se alejan. Los gemidos de los muertos apenas se oyen. Aminoramos el paso, pero sin parar del todo. Un poco más allá, a nuestra derecha, se ve una carretera, docenas de vehículos se apilan en recuerdo de un apresurado intento por escapar del horror. Cambiamos ligeramente el rumbo para alejarnos de ellos, puede que los ocupantes todavía sigan en el interior. Poco a poco las calles y los edificios quedan atrás y el silencio nos rodea. Dejamos de correr, ahora caminamos con precaución. Frente a nosotros se extiende un terreno desigual, dominado por la maleza y alguna edificación solitaria. Doy un tirón a Mishel para que siga caminando.



Escruto con atención el espacio que nos rodea. Escucho algunos gemidos, pero están lejos, no creo que supongan ahora mismo una amenaza. Trato de conducir al grupo hacia espacios despejados, si vuelven a acorralarnos estamos muertos. De hecho todavía me sorprende haber podido sacarlos del almacén... aún habiendo perdido a Sam. Los metí en una puta ratonera... pero ¿qué opciones tenía? Exhaustos, desnutridos, apaleados por aquellos cabrones, no era precisamente fácil mantenerlos vivos. No va a ser fácil ahora tampoco. Lukas camina algo alejado, en completo silencio. Mishel parece un fantasma, pálida y completamente inexpresiva. Alex sangra por el oído. Me acerco y paso los dedos por el reguero oscuro que le baja hasta el cuello. Ella se sobresalta. Es sangre seca.
- Me dieron una patada en la cabeza -explica-. Uno de aquellos salvajes. Yo estaba en el suelo.
- ¿Te duele ahora?
- Un poco. Oigo un zumbido.
Oír su voz es reconfortante. Al menos parece consciente y alerta. Escuchamos algunos ruidos y un olor nauseabundo aparece de golpe. No veo podridos por aquí, pero está claro que están cerca. ¿Dónde?




Isaac se pone en tensión. Todos nos detenemos un momento. Nos quedamos quietos y en silencio mientras él se adelanta unos pasos, buscando el origen de los ruidos y el olor. Entonces se da la vuelta y nos hace señas para que nos acerquemos. Dudo un instante, pero confío en que no nos conduciría hacia algo peligroso. Cuando llegamos a su altura, lo entiendo todo.


La zanja.


La puta jodida zanja. Nos corta el paso. Abajo, en el fondo, un par de podridos intentan moverse entre una masa de cuerpos sin vida. Probablemente eran zombis que los militares eliminaron para impedir que salieran de la ciudad. Debieron de acumularse cientos de cuerpos, incluso miles, así que cavaron una zanja y los echaron dentro. Los que se mueven deben de haberse caído dentro después.


Levanto la vista, el cordón militar no puede estar muy lejos. La última vez nos obligaron a volver a la ciudad a base de balas. Me pregunto si vale la pena volver a intentarlo.




- ¿Qué es esto? -dice Lukas. Mira hacia abajo con expresión de asco.
- Es una idea del ejército -responde Alex-. Los podridos que se alejan de la ciudad se caen dentro y no pueden salir.
- Si alguno lo consigue -añado yo-, un poco más allá hay un cordón militar. Disparan a cualquiera que se acerque. Incluso a los vivos.
Lukas nos lanza una mirada sorprendida.
- ¿Habíais estado aquí antes?
- No exactamente -le explico-. Pero me temo que tanto la zanja como el ejército rodean la ciudad entera. Algo así nos contó... un viejo amigo. Era militar.
- Entonces... ¿qué hacemos?
Se hace el silencio por un momento. Trato de pensar en alternativas, pero sólo veo dos. Atravesar la zanja y jugárnosla con el ejército, o volver a la ciudad y jugárnosla con los saqueadores y los podridos. Observo a mis compañeros y me pregunto si aguantarían alguna de las dos opciones, cualquiera de ellas es una muerte más que probable. Mi instinto me dice que vuelva a la ciudad. A la caza, a ser un animal. Perder la poca humanidad que me queda en favor de la supervivencia. Pero ellos... no puedo conducirlos a una perdición así. No puedo llevar a Alex a ese infierno de nuevo. Si tan solo pudiera sacarla de aquí, ponerla a salvo... luego yo podría volver a donde pertenezco.
- Vamos a intentar atravesar la zanja.




- ¿Crees que tenemos posibilidades? -pregunta Lukas. Isaac se encoge de hombros.
- Es la única forma que tenemos de salir de aquí -responde-. Es eso o volver atrás.
Nadie dice nada. Pero yo no pienso volver atrás.
- Vamos.
Echamos a andar, bordeando la zanja. Es demasiado ancha para cruzarla de un salto, incluso en los puntos más estrechos, así que la forma de atravesarla es bajar y subir por el otro lado. También podríamos utilizar algo para pasar de un lado a otro.
- ¿Veis algo que pueda servir como puente? -pregunto a los demás. Isaac se para un momento.
- Tengo una idea -dice-. No os mováis de aquí.
Se asoma con cuidado a la zanja y, lentamente, se desliza hacia abajo por la pared de tierra. El barro se adhiere a su cuerpo a medida que baja. Un puñado de podridos se aproximan, él los aparta a golpes y se acerca a los cadáveres que hay en el suelo. Coge aire, se agacha y levanta a uno, cargándolo al hombro. Lo coloca encima de otros dos. Luego repite la acción con otro, y otro más. Los podridos se le echan encima, se sacude y los aparta. ¡Uno le ha mordido!
- ¡Isaac!
- ¡Estoy bien, tranquila! -grita él, desde abajo. Los mordiscos no parecen afectarle demasiado aparte de causarle algunas molestias. Eso no consigue calmarme, de todos modos. Pero la pila de muertos gana altura poco a poco, construyendo un macabro puente hasta el otro lado. 




Tengo ante mí una pequeña montaña de cadáveres tan alta como yo. Los brazos y la espalda me duelen por el esfuerzo, no creí que la tarea sería tan agotadora. Creo que es suficiente para que los demás puedan atravesar el hueco, aunque tengan que bajar un poco, ya que la pila no llega hasta la superficie. Con una señal de la mano les indico que ya pueden pasar, yo me ocuparé de mantener a raya a los podridos que se acerquen. Son pocos, y de uno en uno no suponen una gran amenaza. Mientras no aparezca uno de los rápidos, estaremos bien.


Lukas es el primero en pasar. Se desliza suavemente por la pared de barro y se coloca a cuatro patas sobre el primero de los cuerpos. Es una buena idea, guardará mejor el equilibrio. Se hace el silencio mientras avanza con cautela, procurando no tocar las heridas de los cadáveres. Al llegar al otro extremo, se encarama con cuidado a la pared y con un último esfuerzo, consigue subir. Mira a su alrededor, como cerciorándose de que no hay peligros cercanos. Entonces sonríe.
- ¿Siguiente?
Alex lleva a Mishel hasta el borde de la zanja. Al principio parece que no entiende lo que está pasando, así que se pone frente a ella y la mira directamente a los ojos.
- Tienes que pasar por encima de los cuerpos y llegar al otro lado -dice con voz firme. Tras un momento de vacilación se pone en marcha. Imitando a Lukas, gatea sobre la pila de cadáveres con expresión ausente. En el otro extremo, Lukas la ayuda a subir. 




Finalmente llega mi turno. Paso sobre los muertos con extremo cuidado, tratando de no recordar la última vez que estuve en este agujero. Lukas me ayuda a subir cuando llego al otro lado. Una vez a salvo, Isaac se encarama con dificultad a la pila de cuerpos y consigue salir. Necesita un pequeño tirón por nuestra parte y se queda en el suelo unos segundos, de rodillas, recuperando el aliento. Esperamos pacientemente a que se recupere, después del trabajo que ha hecho se encuentra al límite de sus fuerzas. Da la sensación de que se obliga a levantarse cuando por fin se pone de pie. Se adelanta unos pasos de nuevo para encabezar la marcha. Los demás lo seguimos en silencio.


A lo lejos se distinguen algunas formas. El cordón militar, supongo. Por el momento no se observa movimiento, pero lo más posible es que dentro de poco escuchemos su aviso. O tal vez un disparo, si son menos amigables que los de la otra vez. En todo caso, Isaac levanta las manos y nos sugiere que hagamos lo mismo. Que no nos tomen por zombis, al menos.


Pasa un minuto, dos, tres. Seguimos avanzando.


No llega ningún aviso, tampoco ningún disparo. Nos acercamos a la parafernalia que el ejército montó, ahora se ven claramente: todoterrenos, camiones e incluso tanques forman una frontera infranqueable para cualquiera que intente pasar.


El aviso sigue sin llegar. Una pregunta retumba en mi cabeza, en la de todos imagino.


- ¿Dónde están los soldados?


Nadie responde. Aminoramos el paso. Al fin, nos encontramos frente a frente con lo que debería ser el ejército. Pero aquí no hay nadie.




Está vacío. Los coches, los camiones... Todo está vacío. Me acerco con cuidado a la barricada, haciendo gestos a mis compañeros para que esperen un poco más atrás. Hay un par de todoterrenos y una camioneta junto a mí, me asomo al interior para no encontrar nada. Una inspección más detallada revela que hay algunos huecos en el cordón militar. Algunos vehículos han abandonado su posición. Todo apunta en una sola dirección.


Mis temores se confirman cuando llego al otro lado de la barricada. Decenas de cadáveres con uniforme militar, tendidos en el suelo. Un puñado se tambalean torpemente sobre sus piernas dirigiéndose hacia mí. Me acerco a los cuerpos en busca de armas, pero alguien los ha desvalijado ya. Al final, dentro de uno de los todoterrenos encuentro una bolsa con varias pistolas y una docena de cargadores. Cojo una y vuelvo con mis compañeros. Por la expresión de su rostro, ellos también se han dado cuenta de lo que ha ocurrido aquí.




Isaac quiere que subamos a un todoterreno. Lo hacemos sin protestar, aterrorizados, no tanto por los pocos podridos que rondan los alrededores, sino por lo que ello significa. Significa que han atravesado el cordón militar, que probablemente era la última barrera que impedía la expansión de la epidemia. Significa no sólo la ciudad está infestada, que no sabemos qué podemos encontrar ahí fuera. Significa que no estamos a salvo aún, y que no sabemos si algún día llegaremos a estarlo. Significa que esta pesadilla no se ha terminado.


Lukas pone el vehículo en marcha y comprueba que tiene combustible. Isaac, asomado a la ventanilla, dispara a unos cuantos zombis que se acercan peligrosamente. Me ha dado otra pistola a mí, pero usarla ahora sería desperdiciar las balas, y no sabemos cuándo las vamos a necesitar.


Nos movemos, campo a través, alejándonos de la ciudad. Pasamos junto a un pequeño campamento del ejército que ahora parece desierto. Todo a nuestro alrededor tiene el mismo aspecto de abandono, de desesperanza. No sabemos a dónde vamos... ni si queda algún lugar al que ir.






Fin del Volumen I

domingo, 23 de enero de 2011

Sin mirar atrás

Los podridos gritan ahí fuera, dan golpes en la puerta, se empeñan en entrar. A mis pies se apilan unos cuantos cadáveres, los que Lukas y yo hemos podido matar. ¿Matar? ¿Se mata a los muertos? Qué más da, dentro de nada seremos como ellos, ya es sólo cuestión de tiempo que nuestras fuerzas no sean suficientes y consigan meterse aquí dentro. No sé a qué viene esta estúpida obstinación por mantenerse con vida, después de todo. La vida es un estado pasajero, y luego... joder, luego resulta que hay algo y es todavía peor. Aunque no sé si realmente están muertos.
- ¡Alex!
Lukas me llama, está sujetando del cabello a uno de los engendros que ha conseguido colar la cabeza mientras intenta mantener la puerta cerrada con el peso de su cuerpo. Una lluvia de martillazos, finalmente el cráneo se astilla y hundo la herramienta en la masa encefálica. La sangre salpica, me asalta la duda de si puedo contraer la infección al contacto con ella. Cuando se queda inmóvil, tiro del cuerpo hasta que queda dentro y Lukas puede cerrar de nuevo. Era una señora mayor, con un vestido de flores.



Me abro paso entre la muchedumbre que se agolpa frente a la nave. Esperaba que me atacasen a mí, al menos algunos de ellos, pero parece que mis compañeros son más apetecibles. Tal vez porque son humanos del todo, no lo sé. Intento cargarme a todos los que puedo, pero con una multitud así me llevaría días, y ni siquiera sé si tengo algunos minutos. Tengo que llegar hasta la puerta, abrir un camino, darles tiempo para escapar, cualquier cosa. Aparto a los podridos, los lanzo contra los otros, se caen al suelo en montones desordenados y tratan torpemente de ponerse en pie. Lo conseguirán aunque tarden un rato, son criaturas perseverantes. Ahora parece que reparan por fin en mi presencia, algunos me atacan, lanzando dentelladas desesperadas, y yo sonrío. Es todo lo que me hace falta para sentir ese subidón de adrenalina y lanzarme contra ellos con fuerzas renovadas.



Nos apuntalamos contra la puerta, que vibra con cada golpe, con cada embestida de la masa que pugna por entrar. Llamo a Mishel a gritos, le pido que venga a ayudar. Tarda unos segundos en reaccionar, como si al principio no entendiera lo que le estoy diciendo. Al fin viene, aunque entre ella, Lukas y yo no sumamos para nada las fuerzas necesarias para contener a la turba. Sam respira con dificultad a un lado.
- ¿Cómo vais, chicos? -dice, articulando lentamente las palabras, la voz débil.
- Aguantando -responde Lukas-. ¿Y tú, Sam?
- Igual -dice él-. Aguantando -hace una pausa, me da la sensación de que sonríe-. Tened fe, saldréis de ésta.
- Saldremos de ésta -corrijo.
Los pies me resbalan hacia delante, la puerta cederá pronto. Nuestras esperanzas también.





Levanto uno de los cuerpos, se revuelve mientras lo sostengo sobre mi cabeza. Un hormigueo me recorre los brazos, por mis venas corre energía pura. Lanzo al podrido contra un pequeño grupo, retroceden y caen, aúllan tratando de ponerse en pie de nuevo. Recibo un mordisco en el hombro, me vuelvo, dando un fuerte codazo que le rompe la nariz al muerto y hace saltar unos cuantos dientes. Me rodean, pero avanzo. Si consigo llegar a la puerta, luego podría proteger al grupo hasta alejarlo de la horda, o contener a los podridos hasta que ellos encontrasen otra salida en la nave. Ya estoy cerca, sólo un poco más, una cabeza aplastada contra el asfalto, mi bota contra una espalda, sobre un cuello. Aguantad, por favor...


Los golpes se vuelven de pronto más débiles, hasta el punto de que dejamos de sentir la puerta vibrar a nuestras espaldas. Los aullidos, sin embargo, parecen incluso más intensos, más ansiosos y desquiciados. Entonces, una voz se eleva por encima de los gritos.
- ¡Alex!¡Sam!
El corazón me da un vuelco. Tenemos una oportunidad de salir de aquí con vida.
- ¡Isaac!
Todos nos ponemos más alerta si cabe, abrimos ligeramente la puerta, una fina rendija. Fuera, Isaac pelea contra una masa de engendros, intentando mantenerlos lejos de nosotros. Gira ligeramente la cabeza, nos ve asomar.
- ¡Buscad otra salida mientras los contengo aquí!
No perdemos tiempo, mientras Lukas se queda junto a la puerta, para defenderla si algún zombie se le escapa a Isaac, Mishel y yo nos ponemos a recorrer la penumbra de la nave en busca de una nueva salida del almacén.




Los podridos se abalanzan sobre mí, hambrientos y desesperados, sus dedos agarrotados se cierran sobre mis brazos, me sacudo violentamente para quitármelos de encima. Algunos vienen a por mí, pero otros intuyen que lo que hay detrás es mucho mejor, más apetecible. Tras la puerta del almacén siento la presencia de mis compañeros, también es más apetecible para mí... Pero no, no es lo que quiero. Lo que quiero es protegerlos. Los intentos de los hambrientos por entrar me enfurecen, lanzo una descarga de golpes sobre ellos y grito a mis espaldas que, por favor, se den prisa. Son muchos, contenerlos no es fácil.




Las ventanas del almacén están altas, al menos tres metros sobre nuestra cabeza. Las cajas que quedan esparcidas por la nave no formarán una escalera suficiente. ¿Una salida de emergencia? Tal vez pueda encontrarla... 
- Vamos Mishel, ayúdame.
Recorro el perímetro de la estancia, dando traspiés, buscando una puerta o un hueco en la pared. Lo único que encuentran mis manos, palpando la penumbra, es la pared desnuda. De pronto mis dedos topan con algo distinto, una superficie fría y metálica. ¡Una puerta! Contengo la respiración y tiro de la manivela, la hoja se abre tras un breve forcejeo. Levanto la mirada, esperanzada, pero no veo la luz del exterior, algo está tapiando la apertura. Una pared de ladrillo.
- No...
Golpeo el muro con el puño, con la mano abierta, araño los ladrillos hasta hacerme heridas en los dedos. Las lágrimas me resbalan por la mejilla, abriendo un surco entre la suciedad y la sangre seca. Llorando, recorro el resto de la nave con desesperación, pero no hay ninguna otra salida. Una horda de zombis aúlla en el exterior, el almacén es una ratonera.


Vuelvo temblando hasta mis compañeros, Mishel sigue junto a Lukas, donde la dejé. Niego con la cabeza, aunque por mi expresión es sencillo adivinar que no traigo buenas noticias. 
- ¡No hay otra salida! -grita Lukas, espero que Isaac pueda oírle. 




La voz del chico nuevo se abre paso entre los gemidos de los muertos. No recuerdo cómo se llama, pero no importa. Es una mala noticia, porque ahí dentro tampoco están seguros. No puedo enfrentarme solo a toda una horda, me dedico únicamente a contener a los que se acercan demasiado, pero es un ejercicio agotador incluso para mí. Tarde o temprano entrarán y el almacén se convertirá en una ratonera. Lo único que se me ocurre es sacarlos de ahí, cubrirles mientras se alejan lo suficiente y rezar por que ninguno de los que están cerca eche a correr.
- ¡Voy a tratar de abrir un camino a través de los zombis! -les grito-. ¡Preparaos para correr!


Un escalofrío me recorre cuando pienso en pasar a través de esa horda de muertos. Respiro, nos miramos, el último momento de calma antes de la tempestad. No puedo evitar ponerme a temblar al escuchar los aullidos al otro lado de la puerta metálica. Sam se adelanta unos pasos, no sin esfuerzo.
- Vamos, preparémonos -dice. Me doy cuenta de la gravedad de su estado con sólo verle el gesto desarmado.
- No podemos salir, es un suicidio -interrumpo. Sam me observa con seriedad, nunca lo había hecho de ese modo.
- Si nos quedamos aquí, entrarán tarde o temprano. Eso sí es un suicidio, no podríamos salir. Tal vez no sea la mejor opción, pero es la única que tenemos.
Me muerdo el labio pero soy incapaz de replicar. Está bien, no hay nada que discutir. Lukas y yo cargamos con Sam. Respiro de nuevo, esperamos el aviso de Isaac.




- ¡Ahora!
La puerta del almacén se abre a mis espaldas, veo de refilón a Alex y el otro chico ayudando a salir a Sam. Ella se vuelve un instante hacia la puerta.
- ¡Mishel! ¡Vamos! -grita. Me deshago de un par de podridos que rondan al pequeño grupo, pero apenas avanzan. Mishel sigue dentro del almacén, parece que no quiere salir. Los empujo un poco, obligándolos a dar unos pasos hacia delante.
- ¡Nos os paréis! 
Me inclino un poco hacia el interior del almacén, mis ojos tardan una fracción de segundo en acostumbrarse a la oscuridad, pero puedo percibir a Mishel incluso antes. La cojo del brazo y la saco al exterior de un tirón.
- ¡Corre!
Le lleva unos segundos reaccionar, pero al segundo empujón parece ponerse en marcha. Un poco más adelante se encuentran los otros tres, enseguida los alcanza, son extremadamente lentos. Los zombis se agolpan a nuestro alrededor y yo no paro de moverme de un lado a otro, lanzándolos por los aires o pateando sus cuerpos desvencijados. Comienzo a dudar, tal vez no haya sido buena idea sacarlos de ahí. Pero ahora ya no hay vuelta atrás, el cerco se cierra. Veo a Alex esgrimir el martillo, con Sam colgando de su hombro. El otro chico está justo a su lado, tratando de mantener a los muertos lejos de ellos.




Cargo con todo el peso de Sam cuando Lukas se ve obligado a separarse para poder alejar a los zombis. Todavía lleva la pistola en la mano, pero intenta evitar los disparos, sabe que apenas queda munición. Al final la situación se vuelve insostenible y suena el primer disparo, provocando una pequeña lluvia de sangre junto a nosotros. Nos movemos junto a la pared del almacén, para tener menos frentes abiertos, pero aun así estamos agotados. Levanto el brazo que me queda libre y descargo un martillazo sobre el cráneo de una adolescente. Tengo que dar un fuerte tirón para sacarlo, el cuerpo cae como una marioneta sin hilos. Sam gruñe, para él, cada paso supone un gran esfuerzo. Isaac nos grita desde atrás para que nos demos prisa.




Los ataco incluso con los dientes, aunque su carne nada tiene que ver con lo que desearía llevarme a la boca. Desesperado, llevando mis fuerzas al límite, aparto a un pequeño grupo que se acercaba peligrosamente a mis compañeros con una fuerte embestida. Derriban a otros en su caída, tenemos espacio para avanzar unos metros más.




Lukas se ha alejado demasiado, ahora tiene problemas para volver junto a nosotros. Isaac le grita que siga avanzando, por el momento es capaz de defenderse. Sam vuelve a gruñir y siento que se mueve, dando una sacudida. Baja la cabeza y mira al suelo, hay algo que nos impide el paso. Cuando miro en la misma dirección una película de sudor frío empieza a cubrirme la frente. Hay un cuerpo en el suelo, agazapado. Sam sacude la pierna, es el movimiento que acababa de sentir. El muerto tiene los dientes clavados en su pierna. Atravesando el pantalón, la sangre baja por la bota y se mezcla con el barro y la suciedad. Un martillazo certero afloja la presa, pero la herida es grave. Sam se tambalea.
- Suéltame, y corre -dice en un susurro. Muevo la cabeza. No, me niego a que esto esté ocurriendo.


Isaac se da cuenta de que nos hemos parado y trata de acercarse, nos ordena continuar. Empujo a Sam, que dibuja una mueca de dolor al apoyar en el suelo la pierna herida. Isaac entiende que algo no va bien, le basta una mirada del bombero para comprender qué está ocurriendo. Parece dudar un instante, luego se vuelve para acabar con un par de zombis que alargan los brazos en nuestra dirección.
- ¡Alex, corre! -me ordena. Las lágrimas me nublan la mirada.
- Vete, pequeña -dice Sam, vuelve a tener en el rostro su eterna sonrisa-. Cuida del grupo. Y no pierdas el martillo.
Quiero decir algo, pero la voz me falla. Al final, es Isaac quien tiene que tirar de mí para que lo deje. Me obliga a avanzar mientras aparta zombis de nuestro camino, echamos a correr para ganarles ventaja. Rápidamente alcanzamos a Mishel y a Lukas, que me mira horrorizado al advertir la ausencia de Sam. No necesito explicarle nada, intento pensar en correr, sólo correr y escapar de la muchedumbre, ganar ventaja metro a metro mientras sus pasos lentos y descoordinados quedan atrás.


Y salimos. Salimos de la horda, vivos, agotados. Isaac se detiene y le quita la pistola a Lukas, pero no permite que ninguno de los demás nos paremos. Rezo por que quede una bala.




Mantengo la cabeza fría y el pulso firme. Sam apenas resiste de pie, ya tiene el cuello y los brazos cubiertos de mordeduras y un pequeño grupo de podridos parece que tiene intención de cebarse con su cuerpo. Cruzamos una mirada fugaz, suficiente para que él entienda lo que voy a hacer, suficiente para que yo pueda leer el agradecimiento en sus ojos.




La detonación silencia por un segundo los aullidos de los muertos. Es como si la bala me hubiese atravesado el pecho, como si el esternón se me partiera en dos. Me destroza por dentro.


Pero no me detengo, sigo corriendo, mis piernas actúan con voluntad propia, movidas por el instinto de supervivencia. Mis compañeros son borrones a los lados, mi respiración se mezcla con la suya. No dejo de correr, no deseo otra cosa que correr hasta el fin del mundo y dejar esta ciudad en ruinas, alejarme de todo esto y nunca mirar atrás.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Vía de escape

No es fácil mover un grupo como el nuestro. Sam necesita ayuda para caminar y es obvio que las heridas le duelen aunque no se queje. Mishel no dice nada, está como ida y todavía no ha abierto la boca. Tengo que tirar de ella para que empiece a caminar. Isaac va unos metros por delante, los demás todavía estamos en el umbral de la puerta. Nos hace una señal para que lo sigamos y nos ponemos en marcha. 
Hemos caminado apenas unos metros cuando se detiene y levanta la cabeza. Atento, muy quieto, escruta los alrededores.
- ¿Qué pasa? -le pregunto desde atrás. Me manda callar con un gesto de la mano. Se da la vuelta y echa a correr, pasa junto a nosotros y rodea el edificio. Instintivamente nos movemos hacia atrás, quedándonos muy juntos, como si ello pudiera protegernos. No nos atrevemos a respirar. Si ha vuelto a abandonarnos, estamos muertos.


A lo lejos, se oye un murmullo de lamentos cada vez más próximo. No sé si ha sido el jaleo de la pelea, los disparos, o los gritos de Alex y Mishel cuando estaban siendo torturadas por todos esos malnacidos, pero algo los está atrayendo hacia aquí. Vienen, y son muchos, y aunque yo podría huir fácilmente de ellos siento la imperiosa necesidad de proteger a mis compañeros.


Isaac vuelve a aparecer por el lateral del edificio, respiro de nuevo, aunque por la expresión de su rostro el alivio durará poco tiempo. Se acerca a nosotros y habla en voz baja.
- Hay que largarse echando leches.
No me atrevo a preguntar el motivo, pero es obvio que nuestras vidas corren peligro. Los saqueadores, los podridos... qué más da, hay que escapar. Nadie pregunta nada, Isaac y Lukas cargan con Sam y yo tiro de Mishel. Tratamos de correr, pero somos lentos. Me duele todo el cuerpo tras la paliza que me han dado esos cabrones, y estoy segura de que Mishel se siente igual, o peor. La cabeza no para de zumbarme y sigo sangrando por el oído, con cada paso un pinchazo de dolor me perfora el cráneo.
Me doy cuenta de que Isaac nos conduce por la ruta que inicialmente queríamos seguir, no sé si por casualidad, en dirección a la salida de la ciudad. Trato de recordar el plano y la altura a la que estaba el cordón militar. Queda lejos todavía, un trecho que podría ser insalvable para alguien herido. ¿Dónde podría encontrar material con el que atender a Sam?


Intento pensar rápido en cómo escapar de lo que se nos viene encima. Lo primero que trato de hacer es, obviamente, correr en la dirección contraria. El problema es que ninguno de mis compañeros está en condiciones para correr, así que avanzamos lentamente entre los edificios de la zona industrial, buscando la salida de la ciudad. Los podridos tampoco son rápidos, por suerte, aunque no las tengo todas conmigo. Pero claro, como todo en este puto apocalipsis, la cosa se complica.
Uno de los saqueadores escapó cuando entré en el edificio de oficinas. No le presté atención y lo dejé vivir. Grave error.
Vuelve, trae a unos cuantos más junto a él. Puedo ver la diminuta figura acercándose acompañada de unas cuatro o cinco personas más. Una vía de escape que se cierra... a menos que yo la abra de nuevo.


- Tenéis que apartaros -dice Isaac mientras nos empuja a un lado de la calle.
- ¿Qué? ¿Qué pasa? -le pregunto, la voz me suena aguda por el miedo y la tensión. Él ni siquiera me mira, está concentrado en algo que está lejos, al otro lado de la fila de naves industriales. Es... oh, joder, no... por favor, que no vuelvan a venir, por favor... 
- Puedo con ellos -responde Isaac-, pero tenéis que esconderos, no puedo estar pendiente de ellos y de vosotros a la vez.
- Es muy peligroso... -susurra Sam detrás de mí.
- Ya lo sé, por eso necesito concentración -Isaac parece ya un tanto exasperado, nos empuja hacia la puerta metálica de una de las naves-. Meteos ahí dentro y por favor, no hagáis ninguna tontería. No salgáis hasta que venga a buscaros.
La patada que da a la puerta hace que por un instante acuda a mi mente la imagen de Mel. Tiene que golpear una segunda vez, y la puerta cede. Entramos, él se queda fuera.


Me aseguro de que Alex y Lukas aseguren la puerta de la nave desde dentro. Les recuerdo una vez más que no se muevan de allí, cojo aire y emprendo la carrera.
A medida que me acerco a los saqueadores mis compañeros desaparecen progresivamente de mi mente y mi atención se estrecha hasta concentrarme únicamente en las figuras que tengo delante. Siento un cosquilleo en brazos y piernas, ese extraño calor en las venas, aumento la velocidad y salto.
Los saqueadores lanzan algunos disparos hacia el lugar donde estaba hace un segundo. De repente sus movimientos se me antojan sumamente lentos. Son cuatro, llevan armas, pero no desperdiciarán demasiada munición si conservan algún resquicio de inteligencia. Me muevo tan rápido como puedo, convirtiéndome en un objetivo difícil. Ahora estoy suficientemente cerca como para ver sus expresiones de asombro. Sonrío casi sin darme cuenta. No saben lo que se les viene encima.
La carrera me ha dado un gran impulso, así que lo aprovecho y salto. Un par de balas pasan peligrosamente cerca, levanto las piernas y aterrizo sobre uno de los hombres, hundiendo mis botas en su pecho. Veo cómo abre la boca intentando respirar, buscando desesperadamente el aire, pero lo único que consigue es comenzar a escupir sangre con un sonido ahogado. Con los pulmones destrozados ya no supone una amenaza. Uno menos.


Se oyen gritos en el exterior. Suenan disparos. La saliva se me atraganta.


Giro sobre mí mismo y agarro con fuerza el brazo del hombre que tengo más cerca, una bala me roza el cuello como una caricia ardiente. Deja una quemadura, no me duele, tiro del brazo que he agarrado sintiendo como el codo del tipo se disloca y él deja escapar un alarido. Uso su cuerpo como escudo y cargo contra uno de los otros dos, siento un par de disparos impactar contra él pero me frenan sólo de forma momentánea.


Nadie respira dentro de esa nave industrial. Sam tose, a Mishel se le escurre una lágrima por la mejilla. Un murmullo creciente se aproxima.


Caigo sobre el tercero, entre él y yo el cuerpo de su compañero moribundo. Me lanzo a su cuello y arranco un pedazo de carne, la trago casi sin masticar y vuelvo sobre él. En pocos segundos su cara y su cuello no son más que una masa deforme. Cuando levanto la cabeza, el último de los saqueadores corre como un poseso, alejándose entre los edificios. No, no cometeré dos veces el mismo error.


Algo golpea la puerta. No nos movemos.
Golpea de nuevo.
Lukas se acerca, lleva en las manos una pistola con unas pocas balas en el cargador.
- ¿Isaac? -susurra junto a la puerta. Un nuevo golpe como respuesta.


Echo a correr tras él, sorprendiéndome a mí mismo sonriendo en la persecución. Me siento tentado de reducir la velocidad, darle un pequeño margen para que la caza sea más divertida, como un gato que juega con el ratón haciéndole creer que puede escapar. Pero no, no es momento de perder el tiempo. Acelero y casi lo alcanzo, él, en una maniobra desesperada, me descerraja dos tiros que casi aciertan en la cabeza. Caigo sobre él con fuerza demoledora, en pocos segundos dejo de oír sus gritos. Tengo hambre.


Tratamos de sujetar la puerta, de buscar algo con lo que tapiarla, pero no nos da tiempo. Poco a poco comienza a ceder y el primer podrido se abre paso por la pequeña rendija que la horda ha conseguido abrir. Lukas lo golpea con fuerza, haciendo que caiga al suelo, y suelta una lluvia de patadas sobre su cabeza. Abrir un cráneo no es tan fácil como hacen ver en las películas.
Otro logra colarse, hora de volver a usar el martillo. 


Arranco los pedazos de carne casi sin respirar, comiendo con avidez, completamente descontrolado. Cuando un alarido a mis espaldas me hace volver a la consciencia, me encuentro a mí mismo sobre un cuerpo destrozado, irreconocible. Me vuelvo malhumorado, buscando lo que ha interrumpido mi almuerzo, y la realidad me golpea como un mazo. Los podridos han llegado a la nave donde escondí a mis compañeros, y saben que están allí. Se arremolinan alrededor de la puerta, gritando desquiciados. Tal vez ya estén muertos... Vuelvo a correr, todavía con restos de sangre entre los labios.