domingo, 14 de febrero de 2010

Una sensación familiar

Cuando Sam me hace la pregunta, ya estoy saliendo del apartamento. Oigo que vienen detrás de mí, pero no me detengo. Llego abajo y salgo a la calle, corriendo. Miro a todas partes, buscando alguna pista, algo que me indique por dónde ha podido marcharse Isaac, la forma de encontrarlo. Pero a mi alrededor no hay más que una calle desolada.
- ¡Isaac! -comienzo a llamarlo a voces, cada vez más enfadada-. ¡¡Isaac!!

Él no aparece, obviamente. Me cuesta creerlo, ¿cómo ha podido hacer algo así? Escojo una dirección cualquiera y continuo avanzando, aunque Sam no tarda en darme alcance.

- No sabemos dónde puede estar, Alex -me dice, agarrándome con fuerza de los hombros y mirándome directamente a los ojos, como para asegurarse de que lo estoy escuchando-. Yo tampoco quería que se marchara, pero vagar por la calle dando gritos no es la solución...

Bajo la mirada, avergonzada. No sé qué esperaba, ¿que Isaac apareciera de repente pidiendo perdón por habernos dado un susto como éste? No parece el tipo de persona que dé marcha atrás en sus decisiones.


Me doy cuenta de que un puñado de zombies, probablemente los que vagabundeaban por las calles de alrededor, se están acercando peligrosamente. Sam me pasa el brazo por el hombro, empujándome suavemente en dirección contraria.

- Vamos pequeña, volvamos a casa.


La bienvenida de Mishel no es demasiado calurosa. Nos espera en el portal del edificio, con los brazos cruzados sobre el pecho. Juntos, subimos de nuevo al apartamento.

- Deberíamos deshacernos de la muerta -dice Sam, señalando hacia la habitación donde está el cadáver. Me da la sensación de que busca algo que hacer, mantenerse ocupado, pero lo cierto es que el olor es cada vez más desagradable, así que después de todo accedo a ayudarle.

Había tocado cadáveres antes, pero nunca había sido tan asqueroso. Pasado de largo el rigor mortis, la mujer no es más que un trozo de carne inerte que pesa más de lo que aparenta. Entre los dos cargamos con ella hasta la ventana y, después de asegurarnos de que en la calle no hay nadie aparte de los zombies, la tiramos. El cuerpo produce un sonido sordo al impactar contra el asfalto que nos hace encogernos. Abajo, los despojos que se habían acercado, atraídos por mis gritos, se arremolinan alrededor de la mujer, pero pronto pierden el interés y comienzan a alejarse. Al menos, ha servido para que se olvidaran de nosotros. El último favor de nuestra desaparecida anfitriona.


Una vez nos quedamos solos de nuevo, nos sentamos en el salón. Me quedo callada tratando de no pensar, porque ya sé a dónde se van a dirigir mis pensamientos, y lo que menos me apetece ahora es discutir. No gano nada echando la culpa a los demás, pero... joder, Mishel, en qué mal momento apareciste. Sam parece captar mi hostilidad, ya que intenta actuar como pacificador.


- Intentemos pensar en algo, ¿de acuerdo chicas? -dice, sonriendo-. Intentemos pensar qué vamos a hacer ahora.


Eso, vamos a pensar. ¿Qué podemos hacer? Porque no se me ocurren muchas opciones...

- Ya intentamos salir de la ciudad... -comienzo-. ¿Podríamos intentarlo por otra zona?

- Es difícil que no esté todo el perímetro vigilado -dice Sam-. Pero tal vez si exploramos un poco podamos descubrir si hay algún punto por el que sea posible pasar.

- Deberíamos señalar de alguna forma que estamos aquí, para que vengan a rescatarnos -interviene Mishel. Sam niega con la cabeza.

- Según informó Mel, nadie está buscando supervivientes... nadie va a venir a por nosotros, me temo.


Ella empalidece de repente. No estaba con nosotros cuando Mel nos dijo que había poca o ninguna esperanza de rescate, así que no lo sabía.

- Además, no nos interesa captar la atención de compañía indeseable... -añado-. Los tipos de los trajes podrían volver a aparecer, y no parecían muy pacíficos.

La discusión se prolonga durante largo rato. Sin embargo, no hacemos más que dar vueltas en círculos alrededor de los mismos temas: no podemos salir de la ciudad, al menos por el momento, y tampoco esperar a que nadie venga a buscarnos, porque lo más probable es que no ocurra. No tenemos teléfonos ni forma de contactar con nadie. Así que, ¿qué nos queda? Tratar de sobrevivir hasta que podamos salir de este infierno, hasta que encontremos la forma de burlar la férrea cuarentena que los militares mantienen.
Al final, decidimos quedarnos aquí, en el apartamento, durante unos días. Tenemos alimentos y agua para aguantar cuatro o cinco. Luego... habrá que salir. Buscaremos zonas poco pobladas, bordearemos la ciudad por las afueras. Espero que en algún punto del viaje podamos salir de una vez por todas.

Tomada la decisión, se hace de nuevo un silencio incómodo. Sam se pone a reordenar el salón de manera que estemos más cómodos. Hemos dormido aquí esta noche, y probablemente lo hagamos las que quedan. Tres personas adultas y ni siquiera nos atrevemos a dormir solos...
A mi lado encuentro, tirado en el suelo, un papel arrugado con garabatos escritos. Es la nota de Isaac. Sin leerla, la cojo y me la guardo en el bolsillo. Mishel comienza a darle órdenes a Sam sobre cómo colocar los muebles. Creo que será mejor que me aleje de aquí para evitar otra discusión, así que salgo del apartamento y subo a la azotea.

La ciudad no parece más que un esqueleto de lo que era. Es increíble cómo todo se ha ido a pique en sólo una semana... Cómo nuestras vidas se han convertido en una lucha continua. Y después de todo, tengo la sensación de que algo se está repitiendo. Me siento igual que cuando era una niña: me asusta la oscuridad, tengo miedo de dormir sola, y mis noches están repletas de pesadillas por culpa de unos monstruos que no puedo sacarme de la cabeza. Igual que entonces, abandonada por la persona en quien más confiaba.

lunes, 25 de enero de 2010

Despedida

Después de deshacernos del zombie de la azotea, no hemos visto ninguno más. El piso está limpio, excepto por el cadáver, aunque no supone demasiada amenaza... De todas formas, deberíamos deshacernos de él. Bueno, de ella. No parece buena idea sacarlo del piso ahora, de noche y con todos esos despojos merodeando por las calles, así que hemos cerrado la puerta de la habitación y nos hemos instalado en el salón, donde hay una gran chimenea. Al menos, hemos podido encender el fuego y cenar de forma más o menos decente. No ha habido ningún otro incidente, pero Mishel y Sam parecen nerviosos... Isaac está algo callado, apenas ha cenado y se ha sentado un poco apartado a limpiar su pistola. Mishel me toca el hombro. ¿Qué les pasará a estos dos?

-
Alex, acércate -me dice en voz baja. Me pregunto a qué viene ese aire de secreto.
- Mira, hay algo que deberías saber... -empieza
Sam, muy serio. Ahora me preocupo un poco, eso no es propio de él-. Es sobre Isaac.
- Sí, ya lo sé, estaba muy raro después de cargarse al...

- No, no es eso -me interrumpe él-. Fue antes. Cuando el muerto se te echó encima, reaccionó de una forma extraña... estaba inexpresivo, y luego está lo de la fuerza... escuchamos cómo se rompían los huesos del zombie, eso no es normal...

Empiezan a asustarme. Cierto que a mí me sorprendió mucho también que tuviera tanta fuerza después de encontrarse tan mal, pero pensé que sería por la adrenalina del momento.

- Y no sólo eso -añade
Mishel-. Se le empezaron a marcar las venas oscuras, igual que cuando el zombie le mordió. Yo creo que se está convirtiendo de nuevo.

- ¿Qué? No, espera, no puede ser... -les digo, angustiada. No, no puede ser. Por favor.

- ¡Es lo que ha pasado! -responde
Mishel-. Creo que lo mejor es prevenir... ya sabes... mientras duerme o algo así.
- ¡Tú estás loca! -le digo, casi gritando, y me pongo de pie-.
Jodida psicópata... -añado entre dientes mientras me alejo de ella, aunque se me empieza a formar de nuevo un nudo en la garganta.

Se han acostado todos y sus respiraciones suenan rítmicas, están todos dormidos menos yo. El día ha sido agotador pero no tengo sueño, ni siquiera estoy cansado, me siento más activo que nunca. Observo la estancia detenidamente deteniendo la mirada sobre el cadáver que reposa sujetando el pié.
- Parece una reina en su trono
apuntándonos con su cetro -murmuro entre dientes casi sin darme cuenta. Me incorporo y me dirijo al baño del apartamento y me miro al espejo, estoy sudando y me noto más caliente de lo normal, quizá tenga fiebre, aunque me siento bien, más activo que nunca. De pronto recuerdo que tengo hambre, vuelvo a la habitación, avanzando a oscuras sin dificultad con mucho cuidado, casi sin hacer ruido. Un olor determinado capta mi atención, me acerco sigilosamente hasta Mishel, como un depredador la observo, la huelo, ya estoy a escasos centímetros de ella y sigue dormida... no, no, No! Me detengo y me alejo de ella, reviso entre nuestras pertenencias y saco un trozo de carne congelada, bueno, al menos debería haberlo estado -sonrío y ahora sí, me dejo llevar por ese nuevo impulso.

Ya no tengo hambre, me detengo frente a la ventana y observo en la distancia las criaturas que pueblan ahora la ciudad. Una lágrima relame mi mejilla hasta la comisura de mis labios. ¿Qué me pasa? ¿Qué me han hecho?
Seco con el reverso de mi mano la lágrima caída y no puedo evitar ver el rastro de sangre que ha dejado mi furtiva cena.


Me despierta el murmullo de unos pasos fugaces. Levanto la cabeza rápidamente, apartándome el pelo de los ojos, pero el sobresalto apenas dura unos instantes, hasta que me doy cuenta de que la silueta que se recorta frente a la ventana es la de Isaac. Me levanto y trato de no hacer ruido hasta llegar a donde está. Se limpia la cara con la manga de la chaqueta antes de volverse hacia mí. A pesar de la oscuridad, me da la sensación de que estaba llorando.
- Siento haberte despertado -dice, en voz baja.
- No pasa nada... Antes dormía como un tronco, pero últimamente me despierto a todas horas.
Se queda mirando a través de la ventana, en silencio. Apenas se ve nada en el exterior.
- Isaac, ¿estás bien?
- Me encuentro bien.
- Deberías estar agotado.
- Lo sé.
Trato de descifrar su expresión, aunque casi no puedo verle la cara.
- Parece que te estás recuperando de la infección -le digo, intentando animarle. Lástima que estas cosas se me den tan sumamente mal. Obviamente, no lo consigo. Vuelve a mirar por la ventana, apartando su rostro de mi vista. Está preocupado por lo que le está ocurriendo... y no me extraña.
- Mañana estarás muy cansada si no descansas bien -responde en un susurro. Capto la indirecta y vuelvo silenciosamente al sofá donde estaba, aunque no sé si podré volver a dormirme.

- ¡Alex despierta! -dijo Sam claramente alterado mientras zarandeaba demasiado bruscamente a la doctora para despertarla- ¡Vamos Mishel, arriba maldita sea! Se que estáis cansadas y que todavía no ha salido del todo el Sol, pero hay una nota y creo que es de Isaac.
Como un resorte Mishel coge el maltrecho papel que Sam sujeta con su mano derecha y a medida que lo lee sus ojos se desorbitan ligeramente mientras una sonrisa involuntaria asoma en la comisura de sus labios.

-¿Quieres leer en voz alta, maldita sea? -comenta la doctora Sky visiblemente alterada.

-Se ha largado, mejor, así un problema menos -dice Mishel con un tono de voz que presenta claramente alivio.

-No entiendo cómo lo ha hecho - dice Sam visiblemente consternado. -¿Es culpa nuestra? ¿Creéis que nos oyó anoche? ¡Malditos demonios! con lo sencillo que era todo antes de que ese cabrón putrefacto le mordiese.

-¿Fácil? -dice Mishel asombrada.

-Sí, fácil, ¡Isaac señalaba y yo sólo tenía que dar un mamporro! Y por descabellados que fueran sus planes han salido bien, es decir, seguimos vivos, ¿no? Además, el jodido poli tenia buena puntería, voto por buscarle - dice Sam enérgico.

-¿Y alguno de los presentes tiene alguna remota idea de cómo rastrear a una persona en una ciudad? Sólo podemos ir a nuestro aire, además puede que ya esté muerto, uno solo es carne de cañón por esta paradisíaca ciudad. - dice Mishel con el rintintín del que no esta de acuerdo con la idea.

-Y tú que opinas Alex, ¿qué hacemos?- comenta Sam bastante más apagado, tras la verdad que esconden las palabras de Mishel.

martes, 12 de enero de 2010

El vecino de arriba

- Esperad aquí un momento -susurra Sam. Con el hacha preparada, se acerca lentamente a la puerta, también manchada de sangre, y da dos fuertes golpes con el puño. Esperamos en silencio una respuesta, un sonido, algo que nos indique qué hay dentro del piso, qué ha causado este estropicio. No ocurre nada. Repite los golpes, esta vez con más fuerza. Supongo que si hubiera algún muerto en el interior, lo hubiéramos oído gemir, o al menos arrastrarse en dirección a la entrada. Aunque a estas alturas, es difícil estar seguros de nada.
- ¿Entramos? -añade Sam, en voz baja. Asentimos y nos ponemos en marcha, detrás de él, procurando caminar con el máximo sigilo posible. Un desagradable olor nos da la bienvenida, y no puedo evitar rememorar la zanja con la que nos encontramos hace un par de días. El olor es el mismo, aunque menos intenso. Es olor a cadáver.
- Tengo náuseas... -murmura Mishel, angustiada. Me cubro la nariz y la boca con la manga de la chaqueta, y ella me imita. A medida que nos adentramos en el piso, el olor es más intenso. Al final, inevitablemente nos encontramos con la fuente.

Entramos en el dormitorio y la escena es, por decirlo suavemente, bastante desagradable. La pobre mujer debe de llevar varios días muerta, sobre un charco de sangre de color oscuro del que surgen las marcas que hemos seguido desde la entrada del piso. El hecho de que tenga la cabeza destrozada hace pensar que estaba infectada y alguien la mató, tal vez, el propietario del pie que todavía mantiene agarrado con su mano amoratada y fría. Me pregunto si esa persona fue quien dejó las trazas de sangre en el suelo, al alejarse de ella. Lo cual indicaría, por otra parte, que probablemente ahora se encuentre rondando cerca de aquí, convertida ya en un despojo. Y eso no nos conviene para nada.
- Es horrible... -murmura Mishel a mis espaldas.
- ¿Cómo puede alguien arrancar un pie de esa manera? -añade Alex, perpleja.
- Creo que prefiero no saber los detalles... -le respondo-. Su propietario podría seguir por aquí. Deberíamos registrar el piso a fondo.
Los demás están de acuerdo, así que una a una, revisamos todas las habitaciones de la vivienda. El piso es pequeño y muy pronto llegamos a la conclusión de que, aparte del cadáver, estamos solos. Por el momento, hemos encontrado un buen lugar donde descansar, lo cual es bastante reconfortante, pero no creo que me quede tranquilo hasta asegurarme de que el zombi cojo no anda cerca. A juzgar por lo que hemos visto hasta ahora, sólo se me ocurre un sitio donde pueda estar.


- Deberíamos revisar también la azotea -dice Isaac, muy serio-. Las marcas de sangre subían las escaleras, el muerto podría estar allí.
No me atrae especialmente la idea de ir en busca de un zombie que bien podría no estar solo, por mucho que a la luz del día no parezcan tan peligrosos, pero tampoco me gustaría que apareciera aporreando la puerta mientras dormimos. He tenido suficientes sorpresas para toda mi vida.

- Vamos -digo, decidida.


Sam
y yo encabezamos la marcha. Nuestro armamento, el que ya comienza a ser propio de cada uno: un hacha y un martillo, ambos cortesía del servicio de bomberos. Isaac, detrás, lleva una pistola, aunque hemos acordado que lo mejor es ahorrar toda la munición posible. Mishel se ha hecho con un palo de golf, aunque no parece que tenga muchas ganas de usarlo. Tampoco a mí me gusta destrozar cabezas... Subimos un pequeño tramo de escaleras y poco después encontramos la puerta que conduce a la azotea. Está abierta y manchada de sangre. Esperamos unos instantes, en silencio, atentos al menor sonido que pudiera denotar una presencia extraña, pero no se oye nada. Me asomo por el umbral de la puerta, sólo un poco, y analizo con cuidado todo mi campo de visión, pero parece que no hay nadie. Me adelanto un poco más, y es entonces cuando algo pesado y frío me cae encima.


Todo parece transcurrir más lentamente ante mis ojos, veo al condenado sobre la doctora moverse muy lentamente, mientras ella abre la boca para gritar y el rostro de nuestros compañeros se desencaja en una mueca de horror a cámara lenta. Lo veo todo como si no fuera real, como si no fuera conmigo y por un segundo me quedo observando como la criatura mantiene fuertemente su presa contra el suelo y se dispone a morderla, entonces me cabreo, me cabreo de verdad.
Propino una patada en el costado de la criatura antes de que cumpla sus deseos y ésta sale despedida unos pocos metros a un lado, rodando por el tejado. Le falta un pié, sin duda el amigo de la vecina de abajo, un chico listo pienso. Avanzo hacia él con paso seguro, no se por qué pero no tengo miedo, es como un sueño en el que manejo mi voluntad. Sigo pataleando a la criatura mientras ésta se revuelve para intentar atraparme, demasiado lento. De pronto deja de moverse, me cercioro de que la última patada ha debido romperle el espinazo, tengo las botas llenas de sangre pero no me importa, siento una falta de sensibilidad un tanto extraña y de repente me siento tremendamente agotado, hambriento y pesado... me fallan las fuerzas pero huelo algo apetecible, me giro y sonrío a mis compañeros, sus caras me muestran su máximo esplendor de sorpresa, pero no me importa... demasiado.

Me levanto del suelo trastabillando, todavía con el pulso acelerado por el susto. Por suerte Isaac se ha deshecho del engendro antes de que tuviera tiempo de nada, aunque ha estado cerca... Me doy cuenta de que se ha formado un silencio extraño y veo a Sam y Mishel, completamente inmóviles, que observan a Isaac con expresión de sorpresa. En su rostro se dibuja una sonrisa, como la de quien escucha de pronto una canción que le gusta o recuerda una buena comida. Se acerca a nosotros lentamente, ni siquier parece cansado después de la paliza que le ha dado al despojo hace un momento. Lo cierto es que ha sido bastante sorprendente, sobre todo sabiendo que hace un minuto, en el piso, apenas podía mantenerse en pie. ¿Qué le pasa? Está como ido...
- ¿Isaac?

Se detiene y mira a su alrededor, como confundido. No sé si pronunciar su nombre lo ha devuelto a la realidad o sólo ha sido cuestión de suerte.

martes, 5 de enero de 2010

En imágenes

Esta no es una entrada al uso, no forma parte del relato. Es una pequeña petición que voy a hacer a los lectores de esta historia...
Nes·calina ha estado últimamente haciendo algún que otro boceto de los personajes de Plaguelanders. Si la cosa progresa, sus dibujos podrían ilustrar las entradas del relato. Para ello, sin embargo, necesita un poquitín de ayuda... vuestra. Así que, si queréis, os podéis pasar por su blog y dar vuestra opinión sobre cómo retratar a los personajes. Sería muy interesante que los lectores nos dijérais cómo los habéis imaginado, para hacerlos lo mejor posible.

De momento, podéis ver los bocetos de Alex y de Mishel. Próximamente, el resto. ^^

Actualización: ¡Hay más!

domingo, 3 de enero de 2010

Escaleras

El motor gime agonizante ante los intentos de Sam por que vuelva a arrancar. Es el único sonido que se escucha en el interior del vehículo. Aunque lentos, los cadáveres van acercándose a nuestra posición.
- ¡Tenemos que salir!
Mi aviso parece hacer reaccionar a los demás, que rápidamente cogen las mochilas y las pocas armas que nos quedan y salen del todoterreno. Hago lo mismo, y al poner en el suelo la pierna herida una ráfaga de dolor sube desde mi tobillo hasta el pecho. Me agarro a la puerta del vehículo para poder permanecer de pie.
- ¡Isaac! -me llama la doctora, los demás están unos metros por delante. Me dirijo a ellos cojeando, tratando de ignorar el dolor que todavía atenaza cada centímetro de mi cuerpo.

En principio, no resulta difícil ganar ventaja a los despojos. Son bastante lentos, y en pleno día parecen todavía más torpes y descoordinados, aunque no sé por qué. Los seres humanos somos seres diurnos, pero ellos... no sé qué son ellos. Sólo sé que no quiero andar cerca, así que continuo caminando tan rápido como puedo y sujeto con fuerza la pistola en mi mano derecha.
- ¿Hacia dónde vamos? -pregunta Mishel. Sam, que va en cabeza, se encoge de hombros.
- ¿Alguno conoce la zona? -dice. Miramos a nuestro alrededor, pero ninguno sabe exactamente dónde estamos. La mayoría de edificios son bloques de apartamentos, en apariencia antiguos, y en los bajos hay pequeños comercios. Tal vez alguna de las viviendas pueda suponer un refugio más o menos seguro... No sé por cuánto tiempo voy a poder seguir caminando.


Intentamos movernos rápido, evitando a los cadáveres que nos vamos encontrando. Por el momento, parecen bastante dispersos, y si se acercan no es difícil acabar con ellos, vienen uno a uno, y nosotros somos cuatro. Bueno, realmente, Mishel no va armada y se esconde detrás de Sam cuando alguno se aproxima demasiado, y entre él y yo apenas sumamos uno y medio... Isaac no tiene buen aspecto, creo que la pierna le duele mucho más de lo que intenta aparentar. Hay que darse prisa, buscar un refugio donde pueda recuperarse. Si pudiera saber qué le pusieron aquellos tipos, o qué está causando las infecciones...

Comienzan a aparecer más despojos. Es raro, parece como si pudieran detectarnos sin vernos... sé que parece una burrada, pero cada vez siento más curiosidad por esos seres, a pesar de la pena, el miedo, o la repugnancia que puedan inspirar. Su conducta parece errática pero ¿y si...?

- ¡Por aquí! -grita Mishel, señalando un edificio de varias plantas a un lado de la calle. Parece una finca de apartamentos, y la puerta principal está entreabierta. Nos acercamos con cautela, atentos al menor ruido que pueda surgir de su interior, pero todo parece en silencio. Una vez dentro, cerramos la puerta y nos quedamos quietos, expectantes. Pasan los minutos y no ocurre nada.

- Parece que no hay nadie por aquí -dice Sam en un susurro-. ¿Qué tal si subimos arriba a ver qué encontramos?
Nos miramos un momento, como dudando, aunque creo que esta es nuestra mejor opción. Volver sobre nuestros pasos nos llevará a la misma situación que antes, y esta es una buena oportunidad para encontrar un sitio seguro y tranquilo. Necesito descansar...

En el rellano del primer piso no hay nada más que una mesilla y una planta de plástico. Probamos las cuatro puertas de las viviendas, pero todas están cerradas. Subimos al segundo piso, y al tercero, y la escena se repite. Nos queda el último piso, y la azotea. Empiezo a pensar que no encontraremos un refugio decente cuando llegamos al cuarto. Me apoyo contra la pared, agotado, mientras observo el escenario que mis compañeros miran en silencio. Una de las puertas está abierta de par en par, y del interior del piso surgen unas trazas de sangre en el suelo que suben la escalera en dirección a la azotea.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Cuatro ruedas

Hay seis o siete zombies en la calle, los esquivamos con facilidad. Parece que siguen concentrados alrededor de la comisaría, así que a medida que nos vamos alejando, avanzar se hace bastante más fácil. Al principio no me convenció la idea de coger un vehículo... podría convertirse en una trampa mortal si nos rodean... pero mientras nos mantengamos suficientemente alejados, la cosa puede funcionar.
Hemos cogido uno de los vehículos que había en el garaje, bajo las oficinas. Es un todoterreno, el único que tenía las llaves en el contacto. Sam va conduciendo, Mishel está en el asiento del copiloto. Yo voy detrás, Isaac está tumbado en el asiento con las piernas encima de mis rodillas. Antes, cuando casi se desmaya, me he asustado de verdad. Creo que fue una bajada de tensión. Me preocupa qué vaya a pasarle ahora... aquello que le pusieron evitó que se convirtiera pero no sabemos qué otros efectos puede tener.

Sam detiene el coche y Mishel se da la vuelta.
- Hay una tienda ahí delante -dice-. Deberíamos coger algo de comida, y sobre todo agua.
- Iremos tú y yo -le digo a Mishel-. Una mochila cada una, entramos, las llenamos, y nos largamos tan rápido como sea posible. Sam, mantén el motor en marcha para poder salir pitando.
Sam sonríe y hace un saludo militar.
- ¡A la orden!
Suspiro y bajo de un salto. Mishel me imita. Empezamos a correr.

Me incorporo cuando estoy seguro de que el coche se ha parado. El sol entra por la ventanilla y me da de lleno en la cara. Miro mi reloj, pero está roto. Debió de romperse por la caída de esta madrugada. Estamos en una calle que no había visto nunca. En el asiento de delante veo a Sam. ¿Dónde están las chicas?
- Parece que ya estás mejor -dice mi compañero, desde el asiento del conductor. Aunque sigue doliéndome todo el cuerpo, asiento con la cabeza y le pregunto por Alex y Mishel.
- Dentro de la tienda -explica-. A por algo de provisiones. Luego buscaremos un buen refugio.
- ¿Ahí dentro? ¿Solas? -exclamo, comenzando a asustarme. Sam levanta las manos en un gesto tranquilizador. Me enseña un walkie-talkie.
- Tienen una pistola y un martillo, y un walkie por si necesitan una intervención de urgencia.
- ¿De dónde ha salido eso? -pregunto, creo que estoy recibiendo demasiada información para mi cerebro recién recuperado-. ¿Y de dónde ha salido este coche?
- Debajo de las oficinas había un garaje, con vehículos de la policía. Cogimos el coche de ahí, y los walkies estaban en la guantera.

Voy a preguntar algo más, pero se oye un crujido procedente del aparato y la voz de la doctora, hablando entrecortadamente.
- ¡Sam, prepárate para arrancar enseguida!
Mi compañero quita el freno de mano y los dos observamos la puerta de la tienda, conteniendo la respiración. A los pocos segundos, las chicas aparecen cargando con las mochilas llenas y corriendo tan rápido como pueden. Suben al todoterreno a toda prisa y Sam arranca enseguida. Mientras doblamos la esquina, un par de muertos aparecen a la vista. Otros están saliendo de la tienda. Por suerte, nosotros vamos sobre cuatro ruedas. Poco a poco, los vamos dejando atrás.

- ¿Habéis conseguido algo? -pregunta Sam. Mishel responde, todavía recuperando la respiración.
- Tenemos para unos cuantos días...
- ¿Qué ha pasado ahí dentro? -dice Isaac. Parece que está un poco mejor.
- Salieron unos cuantos de detrás de una estantería -respondo-. Evitamos dispararles, para ahorrar munición, así que corrimos...
Avanzamos unas calles más, recuperándonos del susto. Por suerte, hemos conseguido bastante agua y provisiones para los próximos días. Ahora tenemos que encontrar un buen refugio para pasarlos a salvo...

- Alex... -dice Isaac, en voz baja. Me acerco para ver qué quiere decir-. Este coche, es un vehículo de la policía, ¿verdad?
- Sí... No irás a detenernos, ¿no?
- No, no, es sólo que me extraña que hubiera vehículos en un garaje cuando todas las unidades de la ciudad fueron movilizadas por la cuarentena. La única razón por la que se me ocurre que estuvieran allí es porque fuera un taller de reparación...
No acabo de entender lo que implican sus palabras hasta que el coche hace un ruido extraño y el motor se apaga. Miramos a la vez por el cristal trasero. Los muertos que acabábamos de dejar atrás empiezan a ganar terreno.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Muertos

Sam tiene razón, no podemos quedarnos aquí. En nuestro precipitado escape de la comisaría, perdimos gran parte de nuestras provisiones... y de todas formas, los tipos de los trajes podrían volver en cualquier momento. No me apetece volver a verlos, aunque reconozco que me gustaría hacerles algunas preguntas... Dentro de un par de horas será pleno día, y podremos salir. Hasta entonces, no queda otra que esperar, y tal vez planear lo que vamos a hacer.
Isaac se ha quedado dormido, los demás estamos sentados en el suelo, en silencio, sin mirarnos.
Sólo se oye la trabajosa respiración de nuestro compañero, teñida de fondo por el lamento de los muertos. Mishel intenta en vano hacer funcionar un teléfono móvil. Está empezando a sollozar de nuevo, pero esta vez no la culpo. De repente, los acontecimientos de esta noche fatídica vuelven a mi cabeza y me golpean con fuerza. Noto como se me estrecha el nudo en la garganta. Tengo que hacer algo para mantener la mente ocupada, así que me dedico a vacíar las dos mochilas que nos quedan y hacer inventario de lo que tenemos: medio litro de agua, una bolsa de nueces, un montón de barritas energéticas...

Mel está muerto.


Angustiada, me intento concentrar todavía más en la tarea. Dieciocho barritas energéticas, tres jeringuillas, un paquete de vendas...

Todo el mundo está muerto, joder.


Hundo la cabeza entre las rodillas, agotada. Por un instante, deseo estar muerta también. Empiezo a llorar en silencio.



Me despierto mareado, sin saber muy bien dónde estoy ni qué me ha pasado. Desafortunadamente, no pasa mucho tiempo hasta que lo recuerdo. Me duele todo el cuerpo, especialmente el tobillo... Abro los ojos con esfuerzo. Alguien me está hablando, mientras me zarandea con suavidad. ¿Quién es? Ah, sí... la doctora... No entiendo lo que dice...
- Isaac... Isaac, ¿crees que vas a poder levantarte? -su voz me llega lejana, amortiguada. Intento enfocar la mirada. No tiene muy buena cara.

- Creo... que necesitaré un poco de ayuda -consigo articular, al fin.

- Sam, ¿puedes ayudarme? -dice, dándose la vuelta. No alcanzo a ver a Sam, sólo siento su brazo agarrarme con fuerza por las axilas, levantándome con una facilidad asombrosa. Todo empieza a darme vueltas... Alex aparece por el otro lado, y me apoyo sobre ella. Sam se adelanta unos pasos mientras nosotros avanzamos lentamente tras él. Mishel está a su lado, cargando con una de las mochilas.


Los seguimos a lo largo de los pasillos hasta llegar a un espacio grande, más oscuro. Empiezo a marearme de nuevo... me fallan las piernas y la visión...

- ¡Sam, ayúdame! -grita la doctora. Apenas la oigo... apenas oigo nada, ni veo... Me dejan sobre un asiento mullido. Hablan entre ellos, pero no entiendo nada. Cierro los ojos y me quedo quieto. Creo que nos movemos.