domingo, 27 de diciembre de 2009

Cuatro ruedas

Hay seis o siete zombies en la calle, los esquivamos con facilidad. Parece que siguen concentrados alrededor de la comisaría, así que a medida que nos vamos alejando, avanzar se hace bastante más fácil. Al principio no me convenció la idea de coger un vehículo... podría convertirse en una trampa mortal si nos rodean... pero mientras nos mantengamos suficientemente alejados, la cosa puede funcionar.
Hemos cogido uno de los vehículos que había en el garaje, bajo las oficinas. Es un todoterreno, el único que tenía las llaves en el contacto. Sam va conduciendo, Mishel está en el asiento del copiloto. Yo voy detrás, Isaac está tumbado en el asiento con las piernas encima de mis rodillas. Antes, cuando casi se desmaya, me he asustado de verdad. Creo que fue una bajada de tensión. Me preocupa qué vaya a pasarle ahora... aquello que le pusieron evitó que se convirtiera pero no sabemos qué otros efectos puede tener.

Sam detiene el coche y Mishel se da la vuelta.
- Hay una tienda ahí delante -dice-. Deberíamos coger algo de comida, y sobre todo agua.
- Iremos tú y yo -le digo a Mishel-. Una mochila cada una, entramos, las llenamos, y nos largamos tan rápido como sea posible. Sam, mantén el motor en marcha para poder salir pitando.
Sam sonríe y hace un saludo militar.
- ¡A la orden!
Suspiro y bajo de un salto. Mishel me imita. Empezamos a correr.

Me incorporo cuando estoy seguro de que el coche se ha parado. El sol entra por la ventanilla y me da de lleno en la cara. Miro mi reloj, pero está roto. Debió de romperse por la caída de esta madrugada. Estamos en una calle que no había visto nunca. En el asiento de delante veo a Sam. ¿Dónde están las chicas?
- Parece que ya estás mejor -dice mi compañero, desde el asiento del conductor. Aunque sigue doliéndome todo el cuerpo, asiento con la cabeza y le pregunto por Alex y Mishel.
- Dentro de la tienda -explica-. A por algo de provisiones. Luego buscaremos un buen refugio.
- ¿Ahí dentro? ¿Solas? -exclamo, comenzando a asustarme. Sam levanta las manos en un gesto tranquilizador. Me enseña un walkie-talkie.
- Tienen una pistola y un martillo, y un walkie por si necesitan una intervención de urgencia.
- ¿De dónde ha salido eso? -pregunto, creo que estoy recibiendo demasiada información para mi cerebro recién recuperado-. ¿Y de dónde ha salido este coche?
- Debajo de las oficinas había un garaje, con vehículos de la policía. Cogimos el coche de ahí, y los walkies estaban en la guantera.

Voy a preguntar algo más, pero se oye un crujido procedente del aparato y la voz de la doctora, hablando entrecortadamente.
- ¡Sam, prepárate para arrancar enseguida!
Mi compañero quita el freno de mano y los dos observamos la puerta de la tienda, conteniendo la respiración. A los pocos segundos, las chicas aparecen cargando con las mochilas llenas y corriendo tan rápido como pueden. Suben al todoterreno a toda prisa y Sam arranca enseguida. Mientras doblamos la esquina, un par de muertos aparecen a la vista. Otros están saliendo de la tienda. Por suerte, nosotros vamos sobre cuatro ruedas. Poco a poco, los vamos dejando atrás.

- ¿Habéis conseguido algo? -pregunta Sam. Mishel responde, todavía recuperando la respiración.
- Tenemos para unos cuantos días...
- ¿Qué ha pasado ahí dentro? -dice Isaac. Parece que está un poco mejor.
- Salieron unos cuantos de detrás de una estantería -respondo-. Evitamos dispararles, para ahorrar munición, así que corrimos...
Avanzamos unas calles más, recuperándonos del susto. Por suerte, hemos conseguido bastante agua y provisiones para los próximos días. Ahora tenemos que encontrar un buen refugio para pasarlos a salvo...

- Alex... -dice Isaac, en voz baja. Me acerco para ver qué quiere decir-. Este coche, es un vehículo de la policía, ¿verdad?
- Sí... No irás a detenernos, ¿no?
- No, no, es sólo que me extraña que hubiera vehículos en un garaje cuando todas las unidades de la ciudad fueron movilizadas por la cuarentena. La única razón por la que se me ocurre que estuvieran allí es porque fuera un taller de reparación...
No acabo de entender lo que implican sus palabras hasta que el coche hace un ruido extraño y el motor se apaga. Miramos a la vez por el cristal trasero. Los muertos que acabábamos de dejar atrás empiezan a ganar terreno.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Muertos

Sam tiene razón, no podemos quedarnos aquí. En nuestro precipitado escape de la comisaría, perdimos gran parte de nuestras provisiones... y de todas formas, los tipos de los trajes podrían volver en cualquier momento. No me apetece volver a verlos, aunque reconozco que me gustaría hacerles algunas preguntas... Dentro de un par de horas será pleno día, y podremos salir. Hasta entonces, no queda otra que esperar, y tal vez planear lo que vamos a hacer.
Isaac se ha quedado dormido, los demás estamos sentados en el suelo, en silencio, sin mirarnos.
Sólo se oye la trabajosa respiración de nuestro compañero, teñida de fondo por el lamento de los muertos. Mishel intenta en vano hacer funcionar un teléfono móvil. Está empezando a sollozar de nuevo, pero esta vez no la culpo. De repente, los acontecimientos de esta noche fatídica vuelven a mi cabeza y me golpean con fuerza. Noto como se me estrecha el nudo en la garganta. Tengo que hacer algo para mantener la mente ocupada, así que me dedico a vacíar las dos mochilas que nos quedan y hacer inventario de lo que tenemos: medio litro de agua, una bolsa de nueces, un montón de barritas energéticas...

Mel está muerto.


Angustiada, me intento concentrar todavía más en la tarea. Dieciocho barritas energéticas, tres jeringuillas, un paquete de vendas...

Todo el mundo está muerto, joder.


Hundo la cabeza entre las rodillas, agotada. Por un instante, deseo estar muerta también. Empiezo a llorar en silencio.



Me despierto mareado, sin saber muy bien dónde estoy ni qué me ha pasado. Desafortunadamente, no pasa mucho tiempo hasta que lo recuerdo. Me duele todo el cuerpo, especialmente el tobillo... Abro los ojos con esfuerzo. Alguien me está hablando, mientras me zarandea con suavidad. ¿Quién es? Ah, sí... la doctora... No entiendo lo que dice...
- Isaac... Isaac, ¿crees que vas a poder levantarte? -su voz me llega lejana, amortiguada. Intento enfocar la mirada. No tiene muy buena cara.

- Creo... que necesitaré un poco de ayuda -consigo articular, al fin.

- Sam, ¿puedes ayudarme? -dice, dándose la vuelta. No alcanzo a ver a Sam, sólo siento su brazo agarrarme con fuerza por las axilas, levantándome con una facilidad asombrosa. Todo empieza a darme vueltas... Alex aparece por el otro lado, y me apoyo sobre ella. Sam se adelanta unos pasos mientras nosotros avanzamos lentamente tras él. Mishel está a su lado, cargando con una de las mochilas.


Los seguimos a lo largo de los pasillos hasta llegar a un espacio grande, más oscuro. Empiezo a marearme de nuevo... me fallan las piernas y la visión...

- ¡Sam, ayúdame! -grita la doctora. Apenas la oigo... apenas oigo nada, ni veo... Me dejan sobre un asiento mullido. Hablan entre ellos, pero no entiendo nada. Cierro los ojos y me quedo quieto. Creo que nos movemos.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Despertar

No había nada cuando desperté, tan sólo una oscuridad líquida que lo impregnaba todo. No tengo manera humana de calcular el tiempo que estuve así, lo mismo habría dado un año, que una década o que un minuto, al ser consciente de algo así, el terror se apoderó de mi, pero todo era inútil. La desesperación, la amargura, la impotencia... nada podía hacer por cambiar mi estado. Y de pronto, el líquido alquitranado y pegajoso empezó a formar un torbellino, que me atrapó en su recorrido, vaciándose rápidamente llevándome hacia la superficie, una superficie que no estaba allí momentos antes, pero que sentía de alguna forma que me aproximaba a ella.

-¡¡Ha abierto los ojos!!! -exclamó Sam dando un respingo con el hacha enarbolada por si acaso.
Ante mi borrosa visión, enseguida aparecieron las chicas, Mishel cubriéndose tras Sam y Alex, mientras ésta última se acercaba con cuidado pistola en mano.



-¿Tenéis un poco de agua? Estoy seco -conseguí exclamar, no sin dificultad.

-¡Por Dios, ha funcionado! ¡Sea lo que sea que le inyectaron ha evitado que se convierta en un muerto! -dijo Mishel asombrada.


Entonces me acordé, y no pude evitar dirigir mi mirada hacia la pierna herida por el mordisco, alcé el rostro hacia el de Alex y sin mediar palabra la expresión de mi cara le preguntó, ¿qué me ha pasado?


Apenas podía creerlo. Había pasado poco tiempo desde que los tipos con trajes de seguridad se marcharon. Después de extraerle a Isaac muestras de sangre y tejido de la herida, dijeron que tal vez no se convertiría. Por lo que pude escuchar de su conversación, no habían probado el compuesto con un paciente en fase tres (sea lo que sea lo que eso signifique). Luego, se marcharon, sin esperar a ver si su predicción se cumplía o no. No dieron explicación de quiénes eran ni de qué pretendían descubrir con todo aquello, aunque obviamente era algo relacionado con lo que estaba causando este maldito apocalipsis.
Mientras Sam se apresuraba a buscar en las mochilas la única botella de agua que pudimos salvar en nuestra apresurada huída, me acerqué a Isaac y le puse la mano en la frente. La fiebre había bajado significativamente y probablemente ahora se reducía a unas décimas. La sangre había dejado de coagularse y parecía fluir sin problemas. En su piel, todavía pálida, las venas iban dejando de marcarse y su aspecto era menos aterrador. No podía creer lo que veían mis ojos... Incluso alrededor de la herida de su tobillo se apreciaba una ligera mejoría. ¿Estaba remitiendo de verdad la infección?
Mishel, a unos pocos pasos de mi posición, me miraba preocupada, leyendo en mi rostro esa misma pregunta.
Ayudamos a Isaac a incorporarse y apoyar la espalda en la pared. Le conté todo lo que había ocurrido mientras él estaba inconsciente. A nuestro lado, Sam y Mishel recordaban aquellos difíciles momentos al ritmo de la historia. Al terminar, nos quedamos mirando a nuestro recién recuperado compañero.

- Y tú, ¿cómo te encuentras?


-Siento palpitaciones en cada centímetro de mi cuerpo, así como el recuerdo de que se me quemaban las venas...*tose ligeramente*...no se si podré levantarme. ¿Estamos a salvo aquí?-No lo creo, podemos esperar un par de horas, pero deberíamos partir en cuanto amanezca, aquí no tenemos con qué hacernos fuertes- dijo Sam con tono de preocupación.

Asentí cerrando los ojos cuidadosamente para aprovechar las pocas horas que quedaban para marcharnos y descansar. Estaba vivo, no termino de comprender aún cómo es posible... todavía tengo en el cuerpo las sensaciones de agonía y fogonazos de dolor, tan sólo espero recuperarme del todo.



Mientras el resto del grupo preparaba algo de comida y recogía las cosas preparandonos para la marcha me dormí como últimamente era costumbre, con la nana de los muertos sonando a lo lejos, en la calle.

sábado, 24 de octubre de 2009

Fase tres

- Debiste cortarle el pie al ver la mordedura. Un torniquete no es suficiente.
- Si hubiera tenido un equipo quirúrgico, lo habría hecho -respondo malhumorada, mientras termino de ajustar una venda alrededor de la pierna, justo por encima de la heri
da-. O qué, ¿le amputo el pie con el hacha de Sam?
- Por ejemplo.
- ¿Tengo que volver a explicarte por qué no es una buena idea?
- Dejadlo ya, chicas -interviene Sam, en tono cansado, probablemente de oirnos discutir. Mantiene la vista fija a través de la ventana y ni siquiera se da la vuelta para hablarnos. Está evitando mirar a Isaac. Mishel también se mantiene alejada, se limita a observar cómo limpio la herida de nuestro compañero y envuelvo su tobillo en un rudimentario vendaje. Mi provisión de medicinas es jodidamente limitada y lo único que he podido hacer es darle ibuprofeno para la fiebre y una buena dosis de aspirinas con la esperanza de enlentecer el ritmo al que se coagula su sangre. El torniquete evitará que vuelva la hemorragia, pero la infección... se ha extendido tan rápido que apenas he tenido tiempo para reaccionar. Durante un rato, perdía y recuperaba la consciencia, pero cada vez me costaba más despertarlo. Al final ha dejado de responder del todo. Está en c
oma, me temo. A este ritmo, no creo que sobreviva a la próxima hora. Y todo apunta a que se reanimará convertido en un maldito antropófago. Mierda, no puedo dejar que pase eso, tengo que hacer algo... Y lo único que se me ocurre, es que mientras lo mantenga con vida no se transformará en una de esas criaturas.

- ¿Por qué no nos vamos antes de que se convierta en zombie? -dice Mishel, volviendo a la carga, aunque ahora percibo más miedo que malicia en su voz. Lo que más me fastidia es que sé que está siendo la más sensata de los tres. Sam me ahorra tener que responder a eso.

- Desde aquí veo una farmacia.

Me pongo en pie de un salto y corro junto a Sam. No debe de faltar mucho para el amanecer, ya que a través de la penumbra puedo distinguir el cartel del establecimiento. Una farmacia, justo al otro lado de la calle. Tan sólo son unos metros... tomo la decisión en una fracción de segundo.

- Aho
ra vuelvo -le digo a Sam, y luego, en voz baja, añado- vigílalos.
Cojo una mochila y una pistola, el martillo ya lo llevo colgado de la cintura. El pobre Sam apenas tiene tiempo de gritarme que no lo haga, que es muy peligroso, antes de verme desaparecer por la escalera que conduce a la planta baja.

Siento el pulso descontrolado y la respiración acelerada mientras bajo la escalera con la pistola en alto. No se ve ningún cadáver por aquí, aunque en algunos lugares encuentro señales de su paso: manchas de sangre en las paredes, muebles destrozados... Intento ignorarlas y sigo corriendo. Algo tiene que haber en esa farmacia que me ayude a
mantener a Isaac con vida un poco más de tiempo...

Al llegar a la planta baja me desoriento un poco. Está muy oscuro y no veo nada; por el momento decido escuchar en busca de señales de movimiento. Todo parece tranquilo, así que rebusco en la mochila hasta encontrar una linterna. Al encenderla, veo que me rodean unos diez vehículos de la policía, entre coches y furgonetas. Me dedico a explorar la estancia con el débil haz de luz, concentrándome en encontrar una salida segura para evitar esa opresión en el pecho que me dice que voy a arrepentirme de esto.

De repente, escucho un golpe a mi izquierda. Al darme la vuelta, descubro un cadáver en el interior de uno de los coches, que grita enloquecido mientras aporrea la ventanilla con todas sus fuerzas. Al salir corriendo me doy cuenta de que había dejado de respira
r y cojo una gran bocanada de aire mientras me abalanzo sobre una puerta metálica. Afortunadamente, está abierta. Parece que el apocalipsis pilló desprevenido a todo el mundo, y ni siquiera hubo tiempo de asegurar las salidas. Sin embargo, en mi precipitada carrera hacia el exterior mientras huía del zombie atrapado en el coche, olvidé que la calle está plagada de ellos.

Al salir del garaje me encuentro a unos veinte metros de la entrada de la comisaría, donde los muertos están más concentrados. Lógico, después de haber entrado hace un rato... aunque a mí me parece que fue hace siglos. Sin entretenerme, echo a correr hacia la farmacia intentando hacer el menor ruido posible, aunque sé que pronto o tarde repararán en mi presencia. La tensión que siento es tan grande que creo que voy a romperme en pedazos...


Esperaba poder romper la puerta de la farmacia con el martillo, pero
no será necesario. La puerta está abierta de par en par y el interior del establecimiento aparece destrozado bajo la luz de mi linterna. Alguien ha pasado por aquí y ha dejado los estantes prácticamente vacíos. El estómago se me encoge y me falta el aire, pero no puedo marcharme sin más. Tal vez encuentre algo útil, tiene que haber un almacén o algo, ¡joder!
Parece que no hay nadie, así que me adentro en la farmacia, con la pistola preparada, eso sí. No confío demasiado en mis habilidades de lucha, pero al menos me defenderé si me ataca alguien... o algo. En la trastienda encuentro un armario que los saqueadores han dejado casi intacto. Meto en la mochila todo lo que pueda ser de utilidad: jeringuillas,
gasas, vendajes y medicaciones de distintos tipos. Estoy arrodillada en el suelo, rebuscando en un cajón, cuando escucho un sonido extraño detrás de mí, como un chasquido. Me doy la vuelta despacio, con la pistola agarrada firmemente y casi sin respirar. Me encuentro cara a cara con el cañón de un arma enorme que apunta directamente a mi cabeza.
- No te muevas -dice el visitante. Su voz suena distorsionada porque habla a través de una máscara de gas. Lleva una especie de traje de seguridad, que le cubre todo el cuerpo y le hace parecer más corpulento de lo que en realidad es aunque, de hecho, es un hombre enorme. Tiene, además, un chaleco repleto de bolsillos, pero no puedo ver qué lleva en ellos. La visión me resulta terrorífica, nunca había estado tan quieta.

Ladea la cabeza. Me pone nerviosa no poder verle la cara.

- ¿Sabes qué hago con los saqueadores como tú? -dice en tono amenazador. Entonces me echo a temblar.
- N-no... ¡no soy ninguna saqueadora! -consigo articular, tartamudeando-. Necesitaba medicinas... mi amigo se está muriendo...

- ¿Muriendo? ¿De qué?

Me quedo callada, no sé si responder a la pregunta. No puedo confiar en alguien que me apunta a la cabeza con un cacharro que parece sacado de una película. Entonces acciona el cargador, y vuelve a preguntar.

- Dime de qué se muere o no sales de aquí.

- Una... una de esas cosas le atacó y...

Me callo al ver que saca un walkie del bolsillo.

- Aquí Johan. Tengo algo.

- Mirad qué he encontrado ahí dentro -dice Johan, triunfante, al salir de la farmacia. Me ha robado la pistola y me ha sacado del local prácticamente a rastras. Fuera están los que supongo que son sus compañeros, cinco o seis tipos vestidos igual que él, empuñando armas como la suya. Aquí hay más luz y puedo ver en sus trajes el acrónimo NBD. Me empuja hasta situarme unos pasos por delante de él, mostrándome a los demás como un trofeo. Contengo la respiración al ver las armas apuntando en mi dirección.
- Johan nos ha traído un regalito... -dice uno, avanzando hacia mí. Cómo me gustaría partirle la cara.
- No es para eso, gilipollas -interrumpe Johan, agresivo-. Creo que nos puede conducir hasta un paciente en fase dos o tres.
- ¿Dónde está? -pregunta otro, visiblemente interesado. No me gusta nada el rumbo que está tomando todo esto. Johan se acerca a mí y me golpea la espalda con el cañón del arma. Me quedo paralizada un instante, me vuelve a golpear con más fuerza y me hace tropezar. Oigo algunas risas amortiguadas.

- Llévanos hasta él.

No me hace ninguna gracia que estos animales encuentren a Isaac, pero no tengo ninguna duda de que sus amenazas van en serio. No sé de dónde pueden haber salido ni quienes son, ya que no responden a mis preguntas. Temblando de miedo, los conduzco hasta los demás, temiendo que mi acción sea una condena a muerte para todos.


Llegamos hasta el despacho donde están mis compañeros. Los tres siguen allí, Mishel y Sam al parecer discutiendo, Isaac en el suelo, inmóvil. Por favor, por favor que no esté muerto...
Los recién llegados no pierden el tiempo. Irrumpen en la estancia con las armas preparadas, dando un susto de muerte a Sam y a Mishel. Nos empujan hasta un rincón sin contemplaciones. Sam intenta resistirse, pero lo único que consigue es un culatazo en la cara. Un par de ellos forcejean con él hasta inmovilizarlo, no dudan en asestarle puñetazos y patadas cada vez que intenta algún movimiento. Otros dos se han encargado de sujetarnos a Mishel y a mí. Les grito todos los insultos que conozco e intento liberarme, pero mi oponente no tiene problema en estamparme contra la pared mientras me retuerce el brazo y yo grito de dolor. Aunque nos amenazan con las pistolas, evitan utilizarlas. Deben de estar ahorrando munición.

Los dos que han quedado libres se han arrodillado alrededor de Isaac. No puedo ver lo que están haciendo con él pero me temo que no es nada bueno. Soy una jodida idiota, no debí conducirles hasta aquí...

- ¿Tienes la vía? -dice uno de los que están con Isaac, reconozco la voz de Johan.

- Sí, ya está. Parece que intentaron parar la coagulación de la sangre. Está muy fluida para estar en fase tres, pero el estado de coma no deja lugar a dudas.

- Bien -dice Johan-. Puedes empezar.

jueves, 15 de octubre de 2009

Treinta y cinco minutos

No estaba sorprendido, recordaba perfectamente el rostro del cadáver que me había mordido. Y casi desde el primer segundo sentí un calor abrasador en la zona donde estaba la herida, pero un frío intenso que recorría mis venas. Miro el reloj, y tan sólo han pasado unos minutos desde que he sido mordido, no podemos estar seguros de nada aunque en mi interior ya sé que algo no va bien. Mis compañeros me miran horrorizados, no saben qué hacer, las dudas fluyen por sus ojos nítidamente.
-No tiene por qué pasar nada, quizá sea una infección o un efecto de mordedura, las transformaciones milagrosas sólo pasan en las películas- añadió Sam restándole tensión al momento.

-¡¡Todo lo que nos pasa tiene que ver con las películas!! -exclamó Mishel nerviosa y desconfiada.

Alex
no dice nada, sólo me quita el sudor en un paño empapado de agua, sin mirarme directamente a la cara. Ninguno sabe con certeza lo que va a pasar, pero yo ya me siento condenado.
Quince minutos, siento como la fiebre sube rápidamente, empiezo a temblar...
La doctora Sky y el resto están en una pequeña discusión, los nervios están a flor de piel, siento como si los escuchara cada vez un poco más lejos, y calculo que no deben de estar a más de 10 metros en la estancia.
Veinte minutos desde la mordedura, Sam me da algo de comer, dice que me dará fuerzas. Debo tener muy mal aspecto tal y como me mira Mishel, es la que menos disimula y puede que en este caso la que me muestre más sinceridad. Gracias a ella ahora sé que doy miedo. Me despierto como si hubiera pasado una eternidad, miro el reloj y veo que sólo han pasado dos minutos, Alex está a mi lado, ha intentado reanimarme pero en ningún momento he sentido cómo me sacudía, ni cómo me gritaba. Treinta minutos; Sam disimula, pero tiene su hacha bien afianzada, y sé que está en tensión por cómo aprieta los puños contra el mango. Me miro los brazos y parecen más delgados, quizá sea mi imaginación, lo que sí asusta son mis venas, me duelen, y se marcan más de lo habitual. Apenas puedo oírles, tan sólo un martilleo en mi cabeza, doloroso y rítmico. Parece el martilleo de un corazón desbocado, luchando por escapar, por sobrevivir. Despierto de nuevo, miro el reloj, treinta y cinco minutos y otra aparente eternidad. Si no fuera por el reloj diría que llevo días así. Me sobresalto cuando Alex señala mi brazo, las venas están negras y mi aspecto general no promete ser mejor. Siento como si transportaran hielo líquido, quemando de frío... y de pronto siento un quemazón en el pecho, muy fuerte. Siento mi cuerpo convulsionar antes de que la oscuridad se apodere de mí.

viernes, 2 de octubre de 2009

Cristales rotos


Por un instante me vi suspendida en el aire, después, mi cuerpo impactó brutalmente contra la cubierta del edificio que había junto a la comisaría. A mi espalda escuché el aullido desgarrador de la criatura al precipitarse al vacío, luego un fuerte estruendo y los gritos de Sam y Mishel mientras corrían hacia el borde del tejado. Me incorporé lentamente, recuperándome del golpe, y gateé hasta situarme a su lado. Abajo, en el suelo, el cadáver que nos había perseguido se arrastraba por el callejón, pero no había rastro de Isaac.
- Tiene que haberse metido por alguna de las ventanas -dijo Sam, respondiendo a la pregunta que todos teníamos en la cabeza.

Entramos en el edificio a través de una trampilla, con suma cautela y las armas preparadas, ya que no sabíamos qué podíamos encontrarnos en el interior. Sam, que encabezaba la marcha, nos indicó que guardáramos silencio mientras comenzábamos a avanzar por un pasillo estrecho y de techo bajo. Mishel iba detrás de él, sin abrir la boca, y yo iba en último lugar, vigilando continuamente mis espaldas. No encontramos rastro de Isaac en aquel nivel, así que descendimos al piso inferior. Tampoco nos cruzamos con ningún muerto, aunque seguíamos oyendo sus gemidos lejanos, en la calle.

Recorrimos el piso inferior conteniendo la respiración. Sam se asomaba a todas las habitaciones, que parecían oficinas, y negaba, con un suspiro, en cuanto comprobaba que estaban vacías. En una de ellas encontramos un par de cadáveres, definitivamente muertos ya que tenían el cráneo destrozado. Al parecer, alguien había pasado por allí antes que nosotros. No supe si tranquilizarme o alarmarme por ello.
Finalmente, tras abrir una de las puertas, Sam soltó una exclamación que apenas entendí, y todos nos precipitamos dentro de la habitación. Era una especie de despacho que parecía haber sido abandonado a toda prisa, con papeles desperdigados sobre la mesa y una silla volcada. Cerca de la ventana había un cuerpo inerte, sobre una alfombra de sangre y cristales rotos. Nos aproximamos a él con cautela, y finalmente respiramos al comprobar que su pecho subía y bajaba, rítmicamente, y que por tanto estaba vivo, al menos de momento. Me arrodillé a su lado mientras Sam se quedaba en la puerta, vigilando, y Mishel observaba preocupada desde una distancia prudencial.
Tenía pulso, un poco acelerado, y respiraba al parecer sin dificultad. La ropa y la piel aparecían manchadas de sangre, aunque no podía decir si era toda suya o no. Estaba inconsciente, y tenía varios cortes y arañazos en las manos y en la cara, que no parecían ser demasiado graves. Empezó a volver en sí mientras revisaba su pierna derecha, ya que tenía el pantalón empapado en sangre, y entonces, al retirar la bota destrozada, vi la herida, más o menos a la altura del tobillo. Ésta sí parecía grave... Isaac me miró con expresión sombría mientras las manos comenzaban a temblarme y casi sin darme cuenta me ponía a negar con la cabeza.

- No... no... no...

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Muerte en la azotea

Tenemos que salir de aquí, rápido, ya. Hay que buscar una forma de escapar... pero no puedo pensar si Mishel no deja de sollozar detrás de mí.
- ¡Cállate, por favor! -le grito, exasperada. Ella me mira, dolida, y se lleva una mano al hombro dislocado. Es una lesión dolorosa, pero, por suerte, una de las primeras cosas que aprendí a solucionar. Le agarro el brazo y, con un movimiento brusco, coloco la articulación en su sitio. Se oye un fuerte crujido seguido de un grito de dolor. Espero que así deje de lloriquear.

Sam nos alerta, se oyen ruidos en los pisos inferiores, estaremos perdidos si no hacemos algo. Mel está muerto. Isaac podría estarlo. Me tiemblan las manos, creo que estoy perdiendo los nervios. Corro hacia uno de los extremos de la azotea. El edificio contiguo a la comisaría es una especie de garaje donde los policías dejan los coches patrulla, aunque en la parte superior se ven ventanas, probablemente haya algún tipo de oficina. Su cubierta es plana, así que si pudiéramos llegar hasta ella, tal vez tuviésemos una oportunidad de salir de esto con vida... Pero estamos demasiado altos para saltar, y no podemos volver al piso de abajo. Alex, ¡eres una científica! ¡piensa algo! Miro a mi alrededor, buscando algo que pueda sernos útil.

- ¡Una escalera! -exclama Sam. En el suelo de la azotea hay una escalera, probablemente utilizada para el mantenimiento de las antenas de radio y telefonía, de las que estamos rodeados. La coge triunfante y se asoma a la barandilla para colocarla, yo dirijo una mirada nerviosa a la puerta de acceso a las escaleras. Desde abajo siguen llegando gemidos, gritos y golpes, desesperadamente intento distinguir la voz de Isaac, pero no lo consigo.

Mierda. Mierda, mierda, mierda. La escalera no llega, ha caído sobre la cubierta del edificio anexo y seguimos sin poder escapar, y los ruidos son cada vez más intensos. Escuchamos unos pasos vacilantes que se acercan. Por favor, por favor, que sea Isaac. Sam se acerca sigilosamente a la puerta, con el hacha en alto. Una figura atraviesa el umbral, y se vuelve hacia él con los brazos estirados y la mirada perdida. Sam, sin vacilar, le parte el cráneo con el hacha, salpicándose de sangre y astillas de hueso. Consciente de que pueden llegar más, saco el arma con la que he estado practicando antes. Sin embargo, de momento, no aparece ninguno más, y lo más urgente es encontrar una forma de escapar de aquí. Mishel está llorando de nuevo, voy a volverme loca.

- ¿Crees que alguna de las antenas nos serviría para pasar al otro edificio? -dice Sam. Me asomo a la barandilla de nuevo, tal vez si encontramos un lugar donde fijar uno de los extremos...

- Si apoyamos un extremo al aparato de aire acondicionado podría actuar como tope... y podríamos deslizarnos hasta abajo -le digo. Es un poco arriesgado, pero a estas alturas, qué más da, moriremos de todas formas.
Sam se acerca a una de las antenas y comienza a darle hachazos en la base. Va sonriendo a medida que el metal cede a sus brutales golpes, y de repente Mishel y yo tenemos que apartarnos para que la antena no nos aplaste. Cae con un fuerte estrépito, lo cual me temo que atraerá a más cadáveres, así que debemos ser rápidos. Colocamos la antena bien apoyada: la base, en la cubierta del otro edificio, apoyada en un aparato de aire acondicionado, el otro lado, sobre la barandilla de la azotea de la comisaría. Está bastante inclinada, pero confío en que podremos bajar por ella. Sam y Mishel bajan primero, deslizándose lentamente por el metal. A ella le sigue doliendo el brazo, así que necesita un poco de ayuda. Una vez llegan abajo, los escucho respirar aliviados, y les lanzo las mochilas que hemos podido rescatar durante nuestra huida. Antes de tener tiempo de darme la vuelta, oigo uno de esos escalofriantes aullidos a mi espalda, no necesito mirar para saber qué es, agarro firmemente la pistola y, dándome la vuelta, disparo. La bala impacta en su pecho, pero el maldito despojo apenas se tambalea. Disparo de nuevo, esta vez acierto en el ojo y el cuerpo cae al suelo, inerte.

Se oyen de nuevo ruidos y pasos en las escaleras, pero no me atrevo a cerrar la puerta. ¿Y si es Isaac a quien impido salir? Me quedo un momento muy quieta, conteniendo la respiración, con el pulso tan acelerado que me pregunto por qué no estoy sufriendo un infarto. Y entonces, aparece. Cubierto de sangre y con el dolor grabado en el rostro, rápidamente cierra la puerta y se dirige a mí, cojeando.

- ¡Hay uno de los rápidos! -grita Isaac, con la voz rota.

Era noche cerrada cuando salí al tejado de la comisaría, sentía el incesante martilleo de mi agitado corazón en las sienes. Ladré una advertencia a la doctora en cuanto la vi cerca de una improvisada pasarela, mientras, empecé a avanzar lo más deprisa que pude, cojeando. Me dolía horrores, pero a mis perseguidores eso no les importaba, seguían ascendiendo por las escaleras implacables, hambrientos. Conseguí alcanzar a Alex justo cuando apareció al exterior, allí estaba, mirándonos con ojos crueles y rostro desencajado, empezó a caminar, cada paso más rápido que el anterior, abalanzándose contra nosotros iniciando una pequeña carrera. Sam nos gritaba desde el otro edificio desesperado y encogido de consternación, Mishel lloraba acurrucada sin querer mirar la escena que acontecía a escasos metros de ellos. Alex empezó a cruzar por la pasarela, ayudándome con mi cojera, el zombie se aproximaba, "demasiado rápido" -pensé, iba a alcanzarnos y probablemente a lanzarnos al vacío. Empujé a Alex con todas mis fuerzas hacia el tejado del edificio colindante, y salté, la predecible criatura, saltó detrás de mí. Había una cuenta pendiente entre él y yo, al parecer él también lo entendió así. No podría decir cuantos metros caí hasta estamparme contra el cristal de una ventana, probablemente unos dos o tres pisos por debajo. No pensé que llegaría con la pierna herida, al saltar, pero oí el grito desgarrador de la endemoniada criatura al caer al vacío justo antes de que la oscuridad se cerniera sobre mí, dejándome nadar en un mar de inconsciencia.