lunes, 7 de junio de 2010

Conflictos familiares

Al salir de la entrevista con el Orador me siento todavía un poco confusa. Demasiada información después del largo periodo de aislamiento. De vuelta a la nave principal de la iglesia me cruzo con Lukas, que parece dirigirse al despacho de su padre. Podría haberme contado la verdad y me hubiera ahorrado el mal rato que acabo de pasar. Hubiese atendido a Ness igualmente y ahora no sentiría que me han estado tomando el pelo todo este tiempo.


Me reúno con Sam, Mishel está a su lado. Me saluda fugazmente y se aparta a un lado, buscando algo dentro de su mochila. Sam me mira interrogante, no hace falta que formule la pregunta para que se la responda.
- Quiere que me vaya de aquí -anuncio con voz monótona. Sam levanta una ceja.
- ¿Qué? ¿Por qué?
- La gente tiene miedo -explico-. Ha corrido la voz de que estuve en contacto con una infectada... ya sabes, la chica enferma que Lukas me pidió que viera. Supongo que habrás escuchado cómo acabó la historia. No tuve contacto con ella realmente, sólo estuve en la misma habitación. Pero como los refugiados están asustados, el Orador quiere que me marche para que vuelvan a sentirse seguros.
- He oído los rumores. Es muy injusto...
- Lo sé, pero no he podido convencerlo para que cambiara de opinión. Es un manipulador, Sam. Hace de la gente lo que quiere. Ten cuidado con él a partir de ahora.
Sam parece meditar unos instantes, hasta que sonríe y se encoge de hombros.
- Por suerte, no voy a tener que verlo mucho tiempo más -dice-. Será mejor ir recogiendo nuestras cosas, ¿cuándo quieres que nos marchemos?
- ¿Nosotros? -respondo, levantando las manos en señal de negación-. No, no. No nos vamos. Me voy.
Se echa a reír, como si hubiese oído un chiste.
- Tú no te vas de aquí sola, pequeña.
- Pero tú no tienes por qué marcharte, puedes vivir aquí, es un lugar seguro...
- Es seguro hasta que esas cosas consigan entrar. Nadie puede sobrevivir aquí para siempre. Además, te recuerdo que nuestro plan era buscar una salida de la ciudad. ¿Ya lo has olvidado?

Niego con la cabeza. No, no lo he olvidado. En realidad, me iría ahora mismo si no fuera por el peligro que espera fuera. Además, por muy egoísta que pueda parecer, lo cierto es que pensar que Sam va a venir conmigo supone un alivio enorme, y una pequeña esperanza de sobrevivir más allá de los próximos dos días.
- Entonces... ¿nos marchamos mañana, cuando sea pleno día?
- ¿Cómo que nos vamos? -Mishel se acerca de improviso, irrumpiendo en la conversación. Sam y yo la miramos.
- Será mejor que recojas tus cosas si quieres venir -le dice él. Yo lo miro con incredulidad. ¿De verdad espera que me parezca bien?
- Bueno, tampoco es que quiera quedarme aquí, con todos esos pirados -dice. Se da la vuelta y se pone a guardar algunas cosas en su mochila. Yo sigo la conversación con la boca abierta, sin dar crédito. ¿Qué le pasa a Sam? 

Como leyéndome el pensamiento, me aparta un poco y me habla en voz baja.
- Está muy arrepentida por lo que hizo -dice-. No es mala, sólo estaba muy asustada.
Me quedo mirando a Sam un instante, hasta estar convencida de que habla en serio. Tampoco tengo fuerzas para discutir con él, lo único que deseo es descansar y comer algo. Suspiro y dejo que se salga con la suya, después de todo, tal vez Mishel pueda ser útil en algún momento, aunque sólo sea para entretener a los muertos.


Con un suspiro, me siento en el suelo y me pongo a revisar mi mochila y mis pertenencias, más bien escasas. Los medicamentos y demás utensilios médicos siguen en su sitio, parece que nadie ha tocado nada de esto durante los días que he pasado encerrada. También está la pistola y una cajita de munición. En el fondo encuentro algo de dinero, un par de billetes arrugados. Los vuelvo a dejar donde estaban, aunque para mí ya no tengan ningún valor.
- Hola -dice alguien a mi lado. Miro hacia arriba, es Lukas. No trae muy buena cara, yo le respondo con una mueca. Me pongo de pie para poder mirarlo a los ojos.
- Ya me he enterado de tu jugada -respondo-. Muy hábil.


Baja los ojos, como arrepentido. No sé si creerme su actitud.
- Quería pedirte perdón -susurra-. Fue una estupidez no contarte la verdad. Estaba tan desesperado que no podía pensar. Lo siento.
Me quedo callada un momento, dudando si confiar en él o no.
- Eres igual de manipulador que tu padre.
Mi respuesta hace que cambie la expresión de su rostro.
- Oye, yo no soy como mi padre -dice-. Casi todo lo que te dije era verdad. Cuando llegué aquí fui el primer sorprendido de encontrármelo al mando, no había sabido nada de él desde mucho antes de la epidemia. Y de repente ahí estaba, con un montón de personas creyéndolo a ciegas, y yo fui suficientemente tonto como para contarle lo que le había ocurrido a Ness y pedirle cobijo. La utilizó para manipularme tanto como quiso, me vi obligado a obedecerlo en todo ya que amenazaba continuamente con matarla... Pero ahora ella no está, así que no puede continuar con su chantaje. La verdad es que aquí dentro no me queda nada más que recuerdos muy dolorosos.
- Siento no haber podido hacer nada por ella.
Asiente con la cabeza, esbozando una débil sonrisa.
- No es culpa tuya que todo se haya ido a la mierda -dice, a modo de consuelo.
- Al menos aquí tienes un lugar seguro donde vivir.
- De eso precisamente quería hablar. Me he enterado de que os marcháis. Me gustaría, si me lo permitís, ir con vosotros.
- ¿Con nosotros?
- Ya sé que me he portado mal contigo, y entenderé que me digas que no, pero no quiero seguir viviendo aquí.
- ¿Y qué pasa con tu padre?
- A mi padre no le he importado lo más mínimo durante veintisiete años, y ahora espera que me convierta en su siervo en este circo que ha montado. No dejo atrás una vida feliz, precisamente. 
- Entonces, ¿estás seguro de que quieres marcharte? Eres consciente del peligro que hay afuera, ¿no es así?
Lukas asiente. Después de lo que le ocurrió a Ness, debería ser muy consciente de ello.
- Lo único que deseo es dejar atrás esta ciudad maldita.
- En eso estamos todos de acuerdo.


Voy a buscar a Sam y le hablo de la propuesta de Lukas. En realidad, no me parece mal que venga con nosotros. Parece que sabe manejar un arma, podría hacer un buen trabajo protegiendo al grupo. Lo cierto es que Sam es fuerte, pero no puede ocuparse de todo, y yo me manejo de manera muy limitada con el martillo, por no hablar de Mishel... Lukas supondría una buena incorporación al grupo. Sam está de acuerdo conmigo, así que le comunico a Lukas la noticia. Se alegra visiblemente cuando le digo que pude venir.
- Pero tendrás que ser tú quien se lo diga a tu padre -le advierto. No creo que al Orador le haga gracia que nos llevemos a uno de los suyos, y menos a su hijo.
- Ahora mismo -dice Lukas, y se da media vuelta.


Espero sentada en el suelo a que vuelva, preguntándome cómo reaccionará el Orador ante la noticia. En la parte más elevada de la iglesia hay vidrieras de colores, no había reparado en ellas hasta ahora. La luz de la tarde aparece teñida de una tonalidad rosada, en el exterior el día es soleado, pero aún así más gris que aquí dentro. Mishel y Sam hablan a pocos metros de mí, pero no les presto atención. Después de pasar una semana a oscuras me quedo casi embobada mirando cómo se cuelan los rayos de sol por los cristales de colores.
Al rato, algo llama mi atención. Alguien anda dando voces por la iglesia, me pongo de pie rápidamente y me acerco a la fuente. Un pequeño grupo de gente se ha congregado alrededor de la escalera que da acceso al despacho del Orador. Lukas y él discuten invisibles en el piso superior, el eco de la escalera nos trae sus voces ligeramente distorsionadas. Tardo un poco en entender lo que dicen.

- ...perfectamente. No hace falta que me lo expliques -dice Lukas-. Por si se te olvidaba, yo estaba ahí fuera mientras montabas todo este teatro de la secta.
El Orador habla en voz más baja, apenas se escucha un grave murmullo uniforme, ininteligible.
- Tú no te has preocupado de nadie en tu vida -responde Lukas-. Puedes engañar a otros, pero no a mí, te conozco desde hace demasiado tiempo.
Le sigue otro susurro que no logro entender, es como escuchar a alguien hablar por teléfono.
- ¡Soltadme imbéciles! ¿Qué pretendes hacer, ordenar que me maten?
- Lukas, no puedes marcharte de aquí -por primera vez el Orador aumenta el volumen y su voz se hace claramente audible-. Los retendré a ellos también si es necesario.
- No voy a ayudarte en tu absurda historia del reino de la muerte y toda esa patraña aunque me obligues a permanecer aquí, ¿es que no lo entiendes?
- Salir de aquí es un suicido. ¿Qué vas a hacer?
- No, el suicidio es quedarse aquí esperando a que se os acabe la comida y el agua. Nadie va a venir a rescatarnos, papá, al menos quiero intentar salir de esta ciudad y dejar atrás todo este horror.
- El Señor enviará un emisario de entre los muertos que...
- Déjalo ya, ¿de verdad te crees las cosas que dices? 
- Por supuesto, y así deberías hacerlo tú. Aquí, ayudándome a proteger a...
- No puedes retenerme aquí por la fuerza -dice Lukas, interrumpiendo de nuevo a su padre.
- Puedo hacer que reconsideres tu postura. Piénsalo, ellos son unos desconocidos, Lukas, yo soy tu padre.
- Nunca has actuado como un padre, no intentes convencerme de eso ahora.
Se hace el silencio durante unos interminables instantes.
- Muy bien. Te irás de aquí si es lo que quieres.


En pocos segundos el Orador aparece en escena. Intercambia unas palabras con uno de sus hombres, luego sube a la tarima del altar con expresión grave y se aclara la garganta, preparado para dirigirse a un público que se ha vuelto hacia él, expectante. Al poco Lukas aparece por el pasillo escoltado por dos de los hombres de su padre, pero nadie le presta atención. Cruza conmigo una mirada llena de ansiedad. Siento un nudo en el estómago.


- La falta de fe es uno de los grandes males de nuestro tiempo -comienza el Orador-. Sin embargo amigos, la comunidad que hemos construido aquí sí la tiene. ¡Y eso es bueno! Nuestra fe es lo que mantiene alejado al ejército de los muertos, nuestra fe es lo que hace que el Señor mantenga firmes nuestros muros. Pero hemos descubierto algunas manzanas podridas que carecen de fe. Algunos de los aquí presentes, sin duda a causa de su contacto con los muertos, han sido pervertidos por el mal que ahora los llama a sus filas. Nuestro cometido es, pues, entregárselos a su legítimo propietario. Me llena de dolor hacerlo, pero no podemos permitir que el mal permanezca en este lugar. Aquellos que no tienen fe deben ser expulsados sin demora.


Tras decir esto, y aun sin darme tiempo a procesarlo, me veo rodeada por dos Guardianes armados que me agarran de los brazos. Tengo la sensación de que podrían levantarme del suelo sin esfuerzo.
- Tienes dos minutos para recoger tus pertenencias -murmura uno de ellos antes de soltarme. Temblando, me doy la vuelta para ir a por mi mochila y me doy cuenta de que Lukas, Mishel y Sam se hallan en la misma situación. Los hombres me siguen mientras voy a por mis cosas y muchos de los otros supervivientes se arremolinan alrededor de nosotros, gritando insultos y pidiendo a voces que nos echen de allí. El Orador los anima desde el altar. En su expresión imperturbable es difícil adivinar si siente dolor por la pérdida de su hijo.


Los Guardianes nos empujan al exterior de la iglesia, seguidos por una pequeña multitud que vitorea cada muestra de violencia. Intercambio una mirada angustiada con Sam, en su rostro se refleja la impotencia del que es incapaz de hacer nada para cambiar su situación. Prácticamente nos arrastran a la entrada, en la parte baja del muro, y nos obligan a pasar a punta de pistola. No entiendo cómo ha pasado esto, nosotros nos queríamos marchar voluntariamente...


Cuando la abertura en el muro se cierra al otro lado, contengo la respiración. Dentro del recinto se escuchan los vítores amortiguados de los supervivientes aclamando al Orador y los Guardianes, cada vez más débiles a medida que se alejan de la barricada y probablemente vuelven al interior de la iglesia. A nuestro alrededor se hace el silencio, los cuatro nos quedamos muy quietos, expectantes. Un grito de ultratumba rompe entonces la quietud de la ciudad.

sábado, 29 de mayo de 2010

Sacrificios

El Orador espera en su pequeño despacho, vigilado por un par de hombres. De camino, la gente se aparta y nos mira con recelo. Sam me ha contado que durante todos estos días el Orador ha estado dando pequeños discursos como el que escuchamos al llegar aquí, una historia un poco enrevesada sobre que los muertos son el ejército de los cielos y sólo este lugar es seguro ahora. Me da miedo el fanatismo que transmite, porque muy probablemente no sólo los guardianes estén convencidos de ello, sino muchos de los supervivientes refugiados aquí.

El hombre que me ha acompañado al despacho me hace pasar con un gesto de la cabeza. En el interior, el Orador me recibe con una amplia sonrisa. El cabello pulcramente peinado y la barba recortada contrastan con el aspecto de los demás supervivientes, con el pelo enmarañado y sin afeitar. Imagino que mi apariencia debe ser aún peor.
- Bienvenida, bienvenida -dice. Una vez estoy dentro, su expresión cambia y se pone serio. Me mira con gravedad y yo me encojo.
- Parece que te has recuperado de tu enfermedad ¿Te encuentras mejor?
- Sí, ya estoy mejor.
- Lamento que tuvieras que pasar por la cuarentena, pero ya sabes, son las reglas.
"Las reglas", pienso. Prefiero no darle mi opinión sobre las reglas.
- Verás, aquí hay muchos refugiados que sólo quieren un lugar seguro en el que vivir. Para mantener a flote este lugar, es muy importante el estado de ánimo de la gente. Y la gente, como imaginarás, tiene miedo. Las noticias vuelan, y todo el mundo sabe que tú y Lukas estuvisteis implicados en un incidente con una infectada. Al saber que estabais fuera de la cuarentena, una oleada de miedo ha invadido este lugar. Necesito que perciban la amenaza en el exterior, y no aquí, de lo contrario el Purgatorio dejaría de ser un punto seguro. Entiendes lo que quiero decir, ¿verdad?

Y tanto, pienso. Me he convertido en un estorbo y en una amenaza para la seguridad de este lugar. Qué sorpresa.
- ¿Me pides que me marche?
El Orador asiente con la cabeza.
- No es necesario que lo hagas ahora mismo pero, en el plazo de unos días, te agradecería que lo hicieras.
- Sabes que no estoy infectada -replico-. Sabes qué me espera ahí fuera. 
Se queda en silencio, meditando unos instantes. No me ilusiona la idea de permanecer aquí mucho tiempo, en especial después de cómo me han tratado durante la cuarentena. Como si fuera un animal, cuando estaba claro que no estaba infectada. Sin embargo, si me marcho de aquí yo sola, no me dirijo a otra cosa que a una muerte segura, y tampoco estoy dispuesta a dejar que Sam arriesgue su vida por algo que únicamente me concierne a mí.
- Sin duda el exterior es un lugar desagradable -dice con gravedad-, pero no estoy dispuesto a poner en peligro todo lo que he levantado aquí por una sola persona. Lamento decirte que no eres imprescindible para nadie.
Trago saliva. Eso me ha dolido.
- ¿Eres tú imprescindible? -espeto.
- El Purgatorio es imprescindible. Toda esta gente necesita algo en lo que creer, algo que los haga sentir seguros en este mundo caótico.
Me gustaría lanzarme sobre él y partirle la cara, pero eso solo resultaría en más problemas. Este cabrón está engañando a todo el mundo, creando una secta a su alrededor con el único objetivo de protegerle. 
- El Purgatorio solamente es imprescindible para ti -digo, e inmediatamente me arrepiento. Por la expresión de su cara acabo de firmar mi propio destierro, o algo peor.
- Sé que solo me atacas porque tienes miedo. Y es normal que lo tengas, probablemente mueras ahí fuera. De verdad lo siento, pero son tiempos complicados. Todos debemos hacer sacrificios.

Me impaciento. Jodido mentiroso. ¿En serio quiere hablar sobre sacrificios? ¿Él, sentado en su cómodo despacho mientras docenas de personas velan por su seguridad?
- Es que no entiendo por qué cojones quieres que me marche ahora, si sabes perfectamente que no supongo una amenaza para nadie. ¿Por qué no me echaste al principio, y te ahorraste todo lo que vino después?
Hace una pausa antes de responder.
- Porque Lukas me lo pidió.
La respuesta me descoloca, no me lo esperaba.
- ¿Lukas?
El Orador asiente.
- Me rogó que te permitiera estar aquí mientras Ness estuviera viva, tenía la vana esperanza de que le ofrecieras una cura. De lo contrario, no hubiéramos montado todo el numerito de la cuarentena. Sólo existía porque debíamos tener a Ness aislada de los demás cuando ocurriera lo inevitable.
- Pero Lukas me dijo que habíais tenido más personas allí...
Suelta una risa amarga, parecida a un ataque de tos.
- Lukas te mintió. 
- No lo entiendo... él ha estado aislado también.
- Por supuesto, no esperarías que anduviera a sus anchas por aquí después del incidente, cuando tú estabas encerrada y vigilada veinticuatro horas al día. Hubiera sido muy imprudente por mi parte cometer tal incoherencia.
Miro al Orador con expresión de desconcierto. 
- Verás, Alexandra, yo no había previsto nada de esto. Pero cuando surgieron las sospechas sobre tu infección, me vi obligado a tomar medidas. Ya te he dicho que no pienso arriesgar el refugio que he construido, y mucho menos voy a permitir que los superivivientes perciban que aquí no están a salvo. Las órdenes que tienen mis hombres son muy claras, cuando hay sospechas de infección, se llevan al sospechoso a la casa y le pegan un tiro en la cabeza, así de simple. Te permitimos vivir porque Lukas se empeñó en ello. Ahora, sin embargo, la necesidad ha desaparecido y el miedo entre mi gente permanece. No quiero tener que matarte, Alex.
- Prefieres dejar que lo hagan los zombies.
- Es un modo de verlo. Ahora, si eres tan amable de marcharte, no hace falta que vengas a despedirte cuando te vayas de aquí.

Me pongo de pie y me doy cuenta de que me tiemblan las piernas. Las palabras del Orador me han afectado más de lo que creía y todavía estoy asimilando la información. Me dirijo a la puerta sin saber qué pensar.
- ¿Por qué me has contado todo eso?
Ladea la cabeza.
- Al menos ahora sabrás por qué mueres.
- ¿No te preocupa que se lo cuente a los demás?
Suelta otra vez esa risa áspera.
- Nadie va a creerte. A ojos de los demás eres una chiflada.
Me quedo quieta en el umbral de la puerta, derrotada.
- ¿Y qué pasa con Lukas? -pregunto, antes de salir.
- Él no sabe nada de esto, y es mejor que siga siendo así. No le guardes rencor. Sabes que actuaba cegado por el dolor. Quería hacer todo lo posible por Ness.
- Entonces, ¿a él no vas a echarlo?
El Orador niega con la cabeza.
- ¿Por qué?
- Porque, por mucho que me pese y por mucho que él me odie -responde-, Lukas es mi hijo.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Siete días

Siete días. Un semana interminable aquí dentro, sin apenas comer, sin hablar con nadie, sin ver más luz que la que se cuela entre los tablones que tapian la ventana. Los guardianes del Orador han tardado todo este tiempo en convencerse de que no me voy a convertir en una de esas cosas que se arrastran al otro lado de los muros de chatarra. Estaba abandonando ya las esperanzas de que me sacasen de aquí...


Sin embargo, lo peor no ha sido el encierro. Lo peor ha sido el no tener nada en que ocupar la mente. Al principio, intentaba controlar mis pensamientos a toda costa. Las imágenes venían en tropel y no había forma de contenerlas: veía el hospital abarrotado, la sangre, los gritos y el miedo alrededor, veía la zanja llena de cadáveres, Mel tendido en un charco de sangre, Isaac muriéndose en mis brazos... Veía todo el horror que ha quedado grabado en mi cerebro desde que todo empezó. Y luego me iba atrás, más lejos, y veía las guardias en Urgencias y las peleas por teléfono, y a mi padre preocupado por vivir tan lejos, y aquella vida me parecía tan distante y esta tan surrealista que esperaba despertarme en cualquier momento de un tremendo delirio. 


La puerta se abre y yo me aparto a un lado, expectante. Es uno de los hombres del Orador. Se queda junto a la puerta y hace un gesto para que lo siga.
- Vamos, ya no hace falta que estés aquí por más tiempo.
Me pongo de pie y salgo de la habitación con paso vacilante. Aunque me he recuperado de la fiebre que me tuvo fuera de juego durante algunos días, estar aquí dentro no me ha sentado precisamente bien. La luz me ciega y las piernas me fallan un instante, pero me repongo enseguida. Quiero salir cuanto antes.


Salgo al exterior detrás de él. Me cubro los ojos con el dorso de la mano, deslumbrada por un momento ante la claridad del día. Doy unos pasos, un tanto torpes después de unos días sin apenas levantarme. Entonces, algo impacta brutalmente contra mí. Escucho una voz que grita, tardo un momento en entender lo que dice.
- ¡¡Alex!!
Algo me agarra, no me puedo mover. Me revuelvo un poco y por fin consigo liberarme del potente abrazo. Me encuentro con unos ojos azules ligeramente humedecidos. Nos miramos un instante y no puedo contener las lágrimas.
- Sam... No sabes como te he echado de menos...
Me fallan las fuerzas, se me doblan las rodillas. Sam me sujeta justo a tiempo y me abraza de nuevo.
- Yo también pequeña -dice, sonriendo. 


Dirijo una última mirada a la casa donde he pasado la última semana y mis ojos se cruzan con los de Lukas, que está justo en la puerta. Lleva grabada en el rostro una expresión de derrota, una vez el dolor de los primeros momentos se ha disipado. Quiero decirle algo, pero aparta la vista y se pone a hablar con uno de los hombres armados que vigilan el refugio. Sam, pasándome un brazo por el hombro, me conduce suavemente de camino a la iglesia. Me cuenta que durante estos días él y Mishel han estado colaborando en el mantenimiento del refugio, a la espera de que me liberasen. 
- Intenté ir a verte muchas veces -explica-. Pero no me permitían entrar, siempre me echaban de allí de malas maneras. ¿Te trataron bien?
Me encojo de hombros.
- No ha sido como estar en un hotel -digo yo-. Simplemente, me tenían allí encerrada, sin ningún contacto con el exterior.


Cuando llegamos a la iglesia, me encuentro de frente con Mishel. Resulta obvio que le incomoda mi presencia, lo cual no me extraña lo más mínimo. Pudo evitar que pasara por la cuarentena, pero en lugar de ello se quedó callada. Maldita traidora, ni siquiera le digo hola. Mejor pasar de largo que ponerme a discutir con ella delante de todo el mundo, ahora no tengo fuerzas suficientes para odiarla. Sam se da cuenta de la tensión que hay entre nosotras y me aparta de ella, llevándome al rincón donde tienen guardadas sus cosas. A un lado, veo mi mochila y mi chaqueta, cuidadosamente doblada. Sam se da la vuelta un momento, reprimiendo una sonrisa, y rebusca en su mochila. Saca algo y lo esconde en la espalda. Ahora sonríe abiertamente y me contagia la expresión.
- ¿Qué tienes ahí? -pregunto.
- Es un regalo para ti.
- ¿Un regalo?
Entonces, me enseña lo que estaba ocultando. Es un cinturón para llevar herramientas. En la otra mano sujeta mi martillo, parece que ha hecho un esfuerzo por limpiarlo. No puedo evitarlo, y me echo a reír. 
- ¿Te gusta?
- Me encanta. ¿De dónde lo has sacado?
Duda un momento antes de responder.
- Se lo robé a un muerto -dice, casi parece que se siente culpable. Me vuelvo a reír.
- Espero que no opusiera mucha resistencia.
Cojo el cinturón y me lo pruebo. Cuelgo el martillo en uno de los compartimentos.
- Te queda bien.
Me vuelvo a reír. No sé qué hubiera sido de mí sin este hombre, sin duda ha sido él quien ha evitado que me viniera abajo aún en los peores momentos. Y sin embargo, sé que en el fondo también está sufriendo, igual que todos, puede que incluso más. Estoy segura de que es perfectamente consciente de lo que significa este horror que nos ha tocado vivir.


Uno de los hombres del Orador se acerca a nosotros. Lo reconozco, es el mismo que me ha sacado del encierro. Su expresión deja entrever que no trae buenas noticias.
- El Orador quiere verte -dice, dirigiéndose a mí. Esto no puede acabar en nada bueno.

jueves, 29 de abril de 2010

Desde la distancia

Es curioso como el horror se convierte en algo cotidiano. Tal vez mi nueva condición, que todavía no he podido determinar, tenga algo que ver con ello, o quizá sea porque cuando uno vive en el infierno necesita volverse insensible a las atrocidades que tiene que soportar. 
Me quedo observando unos instantes la carne que se descongela lentamente en el fregadero. Cuando he llegado, en la casa todavía había electricidad, así que he sacado de la nevera y el congelador todo lo que no se había echado a perder. Ha sido una suerte encontrar varios pedazos de carne de ternera en perfecto estado. Siento que empiezo a salivar, el hambre me retuerce las entrañas... pero intentaré esperar un poco más o me destrozaré las encías con el hielo.
No había nadie en la casa cuando llegué esta madrugada. Por la forma en que lo he encontrado todo, los habitantes no llegaron siquiera a huir. Creo que ni siquiera estaban aquí cuando se desató el caos, y que nunca volvieron. A mí me da igual, he intentado mantenerme lejos de cualquier contacto humano, hace días que sólo trato con los despojos que, de vez en cuando, deciden atacarme en un inconsciente acto suicida. Llevo tiempo sin escuchar otra voz que sus lúgubres lamentos... y creo que es lo mejor. Durante algunos días seguí el rastro de mis antiguos compañeros, pero me detuve al toparme con una barricada de escombros. Ahora ellos están con otros supervivientes que pueden protegerlos, en lugar de conmigo... que sólo podría hacerles daño. Recordarlos me hace dibujar una sonrisa triste. Tal vez algún día pueda reunirme con ellos. Por el momento, me contento con observar sus movimientos en la distancia. Desde aquí puedo ver el recinto donde se encuentran, una pequeña plaza fortificada presidida por una majestuosa iglesia; aunque no alcanzo a ver los detalles se adivina una gran actividad en su interior. Algunos despojos se acercan, los vigilantes acaban con ellos con rapidez. De vez en cuando creo entrever la silueta de Sam caminando a grandes zancadas, o a Mishel correteando de un lado a otro. A la que no veo desde hace unos días es a Alex... confío en que esté bien. 


Me acerco de nuevo al fregadero, ya no puedo aguantar más. La carne sigue medio congelada cuando la devoro con desesperación, pero me da igual. Después de todo, no es más que un burdo sucedáneo de lo que mi cuerpo está realmente pidiendo.

sábado, 17 de abril de 2010

Dormida

Lukas llama de nuevo a la chica, sin obtener respuesta. Grita su nombre mientras se abalanza sobre ella; aparta las sábanas de un tirón para comenzar a zarandearla, en un intento desesperado por hacer que despierte. Ness abre los ojos sólo un momento, para después caer de nuevo en el abismo de la inconsciencia. Lukas la abraza, sollozando. No puedo imaginar lo duros que han sido estos últimos días para él, la total impotencia al ver cómo la vida de Ness se le escapa de las manos.


Desde la puerta de la habitación observo cómo el pequeño cuerpo baila inerte entre brazos del joven. No creo que ella despierte ya. Lukas llora y grita, y aunque es una escena que me parte el alma, una pequeña alarma se enciende en mi cabeza. Ness estaba infectada y ahora parece que ha muerto. Empiezo a retroceder, mirando a todos lados en busca de algo que pueda servir para defenderme. Poco después escucho un revoloteo de pasos y voces en el piso inferior.

Un pequeño grupo de hombres armados irrumpe en la habitación. Uno de ellos me ordena que me quede quieta. Obedezco sin rechistar, pegándome a la pared. Intento mantenerme inmóvil, casi sin respirar, temiendo que los fanáticos acaben matándonos. Casi todos se dirigen a Lukas. Lo apartan de Ness de un tirón y apuntan a la chica, tendida en la cama como si estuviese dormida. Hay un solo instante de completo silencio, antes de que los gritos comiencen de nuevo.
- ¡Apartaos de ella! -grita Lukas a los hombres del Orador, enajenado.
Uno de ellos lo encañona con el arma.
- ¡Apártate, ahora! -repite. El hombre, sin apenas cambiar la expresión de la cara, le da un empujón.
- Está muerta -dice fríamente-. Si se reanima, debemos acabar con ella. No podemos permitir que la plaga se extienda en el refugio.
- ¡No está muerta! -exclama Lukas, las lágrimas resbalando por su mejilla, completamente cegado por el dolor-. Está dormida...



- Acércate a la pared y no te muevas -le ordena el que parece dirigir la operación-. Estamos muy decepcionados contigo, Lukas. Te dimos un voto de confianza y tú lo has roto. Ella -me señala, yo me sobresalto- debería estar en cuarentena. No tiene permitido salir de la habitación. Y a ti no se te ocurre otra cosa que sacarla, ¡poniendo en peligro a todos los que estamos aquí!

Lukas intenta protestar, pero no se lo permiten.

- Deberás permanecer en cuarentena tú también -sentencia el hombre-, hasta que nos aseguremos de que el contacto con las infectadas no ha producido un contagio.

Lukas no dice nada. Durante un instante el silencio se adueña de nuevo de la estancia. Entonces, escuchamos un leve sonido, el murmullo de un cuerpo que se empieza a mover. Poco a poco, Ness está incorporándose, como si acabase de despertar de un mal sueño. Busco la puerta con la mirada, mi corazón bombea con fuerza, preparándome para una huída inminente. La chica abre los ojos y mira a Lukas. El tiempo se detiene durante unos segundos en los que todos permanecemos inmóviles. Después, una ráfaga de disparos rompe el hechizo. Ness se desploma de nuevo sobre la cama, el rostro desfigurado por las balas. El grito de dolor de Lukas es completamente desgarrador. Cae de rodillas junto a ella, como si el peso de la pérdida fuese demasiado grande como para mantenerse en pie. Observo el cuerpo sin vida de la chica. Sangra mucho para ser un despojo, pero poco para una persona sana. Durante los breves instantes en que estuvo despierta, no se comportó como uno de ellos. Parecía aturdida, pero miraba a Lukas a los ojos. Nunca sabremos qué le ocurrió realmente. Inevitablemente, pienso en Isaac.


El hombre que parece estar al mando ordena a otro que me lleve de nuevo a la habitación donde estaba, y que se asegure de que no salga de allí hasta que se me levante la cuarentena. No opongo resistencia, no tengo fuerzas para luchar. Recorremos la escalera y el pasillo acompañados por los gemidos de Lukas, completamente destrozado. Todavía lo oigo cuando me encierran de nuevo, un llanto que muestra la desolación más absoluta. Mis pensamientos, sin embargo, vuelven una y otra vez a un mismo punto: la única pista que podía seguir para saber qué está pasando, qué es esta infección, qué pasó con Isaac... está ahora cosida a balazos. Mis esperanzas acaban de borrarse de un plumazo. Me dejo caer sobre el colchón, todavía presa de la fiebre. No tengo fuerzas para llorar, dejaré que Lukas lo haga por los dos.

martes, 6 de abril de 2010

Información

No hay luz en la habitación, sólo una bombilla que cuelga del techo sin responder a los golpes que doy al interruptor. Busco a tientas el cubo al tiempo que mi cuerpo se estremece de nuevo, anunciando una arcada que al final se queda en nada. La siguiente me pilla desprevenida, menos mal que ya tenía el cubo aquí. Los temblores y el sudor frío son evidencias de la fiebre, pero estoy prácticamente segura de que no estoy infectada. Al menos, no en el sentido que desde hace algunas semanas ha tomado la palabra. Los síntomas encajan mejor con una intoxicación alimentaria. Pero eso, a los fanáticos de ahí fuera, no les importa. Intentan proteger a los suyos a toda costa, y en cierto modo es algo que puedo entender. Lo que no puedo entender es que Mishel se haya comportado como lo ha hecho. No espero de ella grandes heroicidades, pero... Una nueva arcada interrumpe mis pensamientos, haciendo que me doble por la mitad. Ya no me queda nada en el estómago. Ésta va a ser una noche muy larga...

Al amanecer me despiertan algunos rayos de luz que se cuelan entre los tablones que tapian la ventana. Ahora puedo ver mejor la habitación, apenas cuatro paredes desnudas delimitando un espacio ligeramente claustrofóbico. Intento incorporarme y todo me empieza a dar vueltas. Después de toda una noche vomitando y temblando de frío, me duele todo el cuerpo. Suspiro y vuelvo a tumbarme en el suelo, sobre el colchón, a la espera de que alguien venga a sacarme de aquí. No tengo fuerzas para hacerlo por mí misma.

No sé cuánto tiempo ha pasado cuando alguien golpea la puerta con fuerza. Una voz masculina se cuela en la habitación.

- ¿Hola? ¿Sigues viva?

Aturdida, tardo un poco en responder. La voz me resulta familiar pero no consigo identificar al propietario.

- Viva, sí.

La puerta se abre sólo un poco. Por la ranura veo la silueta de una figura humana, es Lukas. Me intento poner de pie para ir hacia él, aliviada por fin ahora que voy a salir de este agujero.

- No, no -dice él-. Quédate donde estás, en el rincón.

Lukas entra en la habitación, callado y sin mirarme, coge el cubo del suelo y se lo lleva fuera. Luego, trae uno nuevo. Después de tenerlo tanto tiempo ahí, agradezco el detalle.

- Dentro hay algunas cosas -dice señalando al suelo. Me acerco al cubo, en su interior encuentro un par de mantas, una botella de agua y otra de bebida isotónica. Miro a Lukas con expresión interrogante.

- Me lo dio tu amigo para ti -explica. El bueno de Sam, se me escapa una leve sonrisa. Asegurándose de que no me deshidrate.

- ¿Te ha dicho algo? -pregunto.

Lukas me mira un instante, creo distinguir un atisbo de pena en su expresión. Nunca me ha gustado que otros se compadezcan de mí, pero eso no es lo que me preocupa ahora. Lo que me preocupa es que conoce la gravedad de mi situación y, a juzgar por lo que deja entrever, no se adivinan buenas noticias.

- Sólo que te diera esas cosas -murmura al fin-. Que no estás infectada... y que te llamas Alex.

Ha ido acercándose a la puerta mientras hablaba. Ya en el umbral, se dispone a encerrarme de nuevo.

- ¡Espera! ¿Cuánto tiempo me váis a tener aquí?

Ya no está cuando termino la pregunta. Me quedo mucho tiempo mirando la puerta mientras siento que mi cuerpo vuelve a caer en garras de la fiebre. Jodido estafilococo. Doy un trago a la bebida isotónica y me dispongo a dormir de nuevo, creo que lo mejor será dejar que mi sistema inmune haga tranquilamente su trabajo. Sin embargo, algo me lo impide. Se acercan pasos nerviosos, yo me encojo debajo de las mantas. Parece que los ruidos proceden del piso superior.

- ¿Sigues ahí?

Esta vez sí, reconozco a Lukas a la primera. Ni siquiera ha llamado, perdida la pose seria y distante de hace un rato, su pregunta se me antoja incluso suplicante.

- Sí -respondo secamente. No esperará demasiada simpatía por mi parte.

- Es Ness -susurra desde el exterior. Tengo que acercarme a la puerta para poder escuchar lo que dice-. Está peor.

- Lo siento mucho. Pero no puedo hacer nada desde aquí. No tengo medios, no tengo información.

- Tal vez yo tenga información que pueda ser útil...

Esto ya se pone interesante. Me siento en el suelo, pegada a la puerta. A través de la madera se percibe el roce del cuerpo de Lukas, inquieto al otro lado.

- Te escucho.

- Todo lo que te dije el otro día es cierto -comienza-. Habían pasado ya bastantes días desde que se declaró la cuarentena y el ejército sitió la ciudad. Estábamos asustados, nos quedaba poca comida... y entonces conseguimos contactar con otros supervivientes a través de un equipo de radio. No estaban lejos, decían que tenían provisiones para varios meses y lugar para algunos más, así que Ness y yo decidimos ir con ellos. Cometimos un error al planificar nuestra huida y nos vimos rodeados al poco de salir de la casa. Uno de ellos, como ya sabes, mordió a Ness en el brazo. Al final consiguió que la soltara y logramos trepar hasta el techo de una furgoneta, pero había docenas de ellos, era sólo cuestión de tiempo que nos dieran caza... Y entonces alguien comenzó a matarlos. Venían disparos desde varias direcciones, estábamos aterrorizados... en pocos minutos no quedaba un solo zombie en pie. Entonces fue cuando aparecieron, unos siete u ocho hombres con máscaras antigás y trajes que parecían de ciencia ficción.

Me quedo helada. ¿Máscaras antigás? Eso me suena...

- Nos dijeron que fuéramos con ellos o Ness acabaría convertida en una de esas cosas -continúa, la voz se le quiebra cuando intenta ahogar un sollozo-. Los acompañamos hasta un furgón blindado, donde le inyectaron a Ness lo que supuestamente iba a curarla. Se la querían llevar a "un lugar seguro" y no permitían que yo fuera con ella... La encerraron en la parte de atrás y me obligaron a quedarme abajo, a punta de pistola. Sin embargo el vehículo no avanzó mucho: se toparon de frente con una horda... Conseguí llegar hasta ellos y sacar a Ness de allí en medio de la pelea, nos alejamos tanto como pudimos, hasta dar con este lugar. Ness aguantó bien unas horas, luego empezó a empeorar...

No me muevo ni un milímetro, pero mi mente trabaja a toda velocidad. Los hombres de los trajes tienen que ser los mismos que estuvieron con nosotros, o al menos, sus compañeros. No entiendo qué plan están siguiendo. Se intentaron llevar a Ness en un furgón, pero de Isaac sólo tomaron muestras... Puede que en aquél momento no tuvieran los medios necesarios para trasladarlo.

Y por otra parte, lo que le inyectaron a Ness... ¿es lo mismo que recibió Isaac? ¿Qué pasará si muere? ¿Tendrá el mismo efecto habiendo recibido el tratamiento en un estadio tan temprano de la infección? Por el momento, lo único que puedo concluir es que, fuera lo que fuera lo que le administraron, ha ralentizado el avance de la transformación. Isaac, sin embargo, mejoró con aquella supuesta cura, aunque es posible que la transformación siguiera su curso, lentamente... No me atrevo a aceptar esa idea, Isaac no puede ser uno de esos despojos, no puede estar muerto... Tal vez le inyectaran otra cosa...

- Ahora sí te lo he contado todo -la voz de Lukas transmite la más absoluta desesperación-. ¿Hay algo que puedas hacer? Por favor...

- Puedo verla -le digo-. Pero no te prometo nada.

Escucho el cerrojo y, poco después, la luz del pasillo, aunque sea la de una débil bombilla, me ciega durante unos segundos. Realmente no creo que pueda ayudar en nada a la chica, pero es posible que examinarla me aporte información sobre lo que está pasando y sobre lo que le hicieron a Isaac. Me siento despreciable por aprovecharme del dolor de Lukas para satisfacer mi curiosidad... pero también estoy procurando por mi propia supervivencia.

Me ayuda a ponerme de pie, todavía no me he recuperado del todo, aunque llevo ya varias horas sin náuseas. Lástima que no pueda decir lo mismo de la fiebre... Subimos las escaleras despacio, a mi ritmo, y llegamos a la habitación.

- Ness, he vuelto a traer a la doctora -anuncia Lukas con un deje de esa esperanza que se niega a perder. Esperamos un momento la respuesta de la chica.

Pero Ness ya no se mueve.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Infectada


Salimos de la entrevista con El Orador un tanto confundidos. Este lugar parece seguro como refugio, pero no es que me convenza demasiado la forma de funcionar. Tampoco es que vayamos a quedarnos aquí para siempre, lo más probable es que mañana nos marchemos. Y esta noche dormiremos tranquilos, lejos del infierno que es la ciudad. Lo cierto es que eso me reconforta.

Durante las pocas horas que quedan para que sea noche cerrada, procuramos colaborar en lo posible en el mantenimiento del refugio. No hay mucho que hacer por hoy, así que buscamos un buen lugar para cenar y dormir, en las naves laterales de la iglesia, junto a otros grupos como el nuestro. Nadie nos dice nada, no parecen muy comunicativos. Mientras cenamos, Lukas se acerca a nosotros.
- Dicen por ahí que os marcharéis por la mañana -dice a modo de saludo. Asiento con la cabeza.
- Las noticias vuelan.
- Me preguntaba... ¿Podrías echarle un vistazo a Ness antes de que os vayáis?
Miro fugazmente a mis compañeros. Supongo que puedo hacerlo antes de irnos.
- Claro -respondo. Lukas esboza una sonrisa triste.
- Gracias -dice. Luego, se marcha en silencio.

La noche transcurre sin incidencias. Los sonidos de los muertos se escuchan muy lejos, tanto que apenas me perturban a la hora de dormir. Agotados sobre las mantas, un poco incómodos por estar en el suelo, finalmente todos caemos presas del sueño.

Me despiertan algunos ruidos a mi alrededor. Mishel y Sam siguen durmiendo, pero ya hay algunas personas levantadas y rondando por aquí. Apenas he tenido tiempo de recogerme el pelo cuando Lukas se acerca con las manos en los bolsillos. Me escapo con sigilo, para no despertar a los demás, y lo sigo de nuevo hasta la zona de cuarentena. Casi no hay luz todavía, pero el día ya se adivina nublado cuando llegamos a la puerta de madera marcada por el signo de la plaga.
La chica enferma continúa como la dejé ayer, con fiebre alta a pesar de la medicación, y bastante debilitada, incapaz de levantarse de la cama. Sin embargo, está despierta después de cuatro días luchando contra la infección.
- ¿Cómo te encuentras? -le pregunto mientras observo la herida del brazo.
- Me duele todo el cuerpo... -murmura-. Es como si tuviera hielo circulando por mis venas en lugar de sangre...
Me fijo en cómo se marcan sus venas bajo la piel. Se han oscurecido un poco más. La única explicación que se me ocurre es que, como le sucedió a Isaac, la sangre se está espesando en el interior de los vasos, coagulándose poco a poco. Dudo un momento, no sé si decirle a Lukas que está empeorando. Aunque lo creo, no puedo estar totalmente segura...
- No hace falta que disimules -dice entonces Ness-. Me encuentro peor que ayer, me encuentro peor cada hora que pasa, y tengo la sensación de que llevo meses en este estado... No puede ser buena señal.
- No lo es -respondo-. De verdad, lo siento mucho, pero no puedo hacer nada por ti...
- ¿Estás segura? -pregunta Lukas, aferrándose a una esperanza que Ness dejó ir hace tiempo.
Asiento con la cabeza. El rostro del chico se contrae de dolor, la impotencia que yo siento no es nada en comparación con la que él refleja.
- ¿Cuánto queda? -añade, con un hilo de voz.
- No lo sé. Ha resistido mucho tiempo... pero no tengo medios para darte una cifra. Horas, días... ¿De verdad no pasó nada extraño cuando se contagió?
- No, nada -dice, enfadado-. Y si no puedes ayudarla, mejor déjanos solos.
Me marcho sin decir nada. Esa reacción no hace más que confirmarme que me ha mentido, pero ocultar la verdad perjudica a Ness más que a nadie. "Qué más da", me digo. Nos vamos a marchar dentro de nada y probablemente no vuelva a verlos.

Estoy pensando en qué ruta deberíamos seguir cuando salgo de nuevo a la calle. El día comienza grisáceo y una tormenta se ve venir desde lejos. Al llegar a la iglesia, encuentro a Sam en la entrada, observando con el ceño fruncido el cúmulo de nubes que se acerca lentamente.
- ¿Cambio de planes? -le pregunto.
- Creo que no queda más remedio. Nada nos garantiza que para cuando llegue la tormenta estemos en un lugar seguro.
Mishel llega en ese momento, a tiempo de escuchar nuestra pequeña conversación.
- Deberíamos esperar a que mejore el tiempo -dice, con la mirada puesta en el cielo. Por una vez estamos de acuerdo.
- Nos quedamos hasta mañana, entonces.
Mis compañeros asienten en silencio.

Le comunicamos a uno de los guardianes nuestras intenciones de quedarnos un día más en el refugio. No parece importarle demasiado, simplemente se limita a asignarnos tareas. Envía a Sam a trabajar en la fortificación de una parte de la barricada, y a Mishel y a mí a ayudar a un pequeño grupo que está despejando de escombros una edificación cercana. Al parecer, un
vehículo chocó contra la parte baja y hubo un pequeño derrumbe. Hay algunos hombres apuntalando precariamente la pared dañada.
La mañana transcurre sin incidentes, aparte del momento en que intento cargar demasiado peso y lo que llevaba en brazos, un montón de pedazos de yeso desprendidos de la pared, acaba por caer al suelo y hacerse añicos. Uno de ellos se lleva por delante la manga de mi camiseta y parte de la piel de mi brazo. Por suerte, sólo ha sido un arañazo que enseguida dejará de sangrar. Mishel pasa a mi lado riéndose por lo bajo, con todas las personas que hay aquí, ha tenido que ser precisamente ella quien viera el estropicio. En fin...

Estamos agotados cuando llega la tarde y comienza a anochecer. La tormenta, que se ha pasado amenazando todo el día, está ya casi encima de nosotros. Llego a la iglesia después de un último viaje y encuentro allí a Mishel, parece que también acaba de llegar. Está rebuscando algo en mi mochila.
- ¿No tenías pastillas para el dolor de cabeza? -pregunta. Yo me encojo de hombros.
- No sé si queda algo, tal vez un paquete de aspirinas. Pero no estamos para derrochar precisamente...
No me vendría mal algo para el dolor de espalda también, aunque probablemente se me pase en cuanto haya descansado un rato. Sam se acerca enseguida y nos trae la cena, cortesía de los hombres de El Orador, en compensación por un día de trabajo. Lo que ellos llaman una "ración" no es más que una lata de champiñones y una botella de agua. No sé qué cantidad de comida tienen en sus reservas... pero si tienen que alimentar a toda esta gente, no me extraña que la racionen. Estamos terminando con la comida cuando notamos un revuelo alrededor, la gente está como inquieta. Entonces lo vemos, una figura humana de pie sobre el altar. Es El Orador.

- ¡Amigos! -exclama, elevando los brazos-. Cómo me alegro de teneros aquí un día más. Cómo me alegro de ver que seguís resistiendo. Porque en éste, nuestro pequeño reducto de salvación, continuamos a salvo del caos.
Los truenos comienzan a escucharse, todavía un poco distantes. Los guardianes gritan una oleada de vítores ante el pequeño discurso.
- En las últimas semanas hemos sido testigos de un auténtico apocalipsis -continúa-. Algunos dicen que fue un ataque terrorista o un experimento fallido. ¡Mentiras! ¡Todos sabemos por qué ha ocurrido todo esto! ¡Todos sabemos quién lo ha causado! ¡Dios!

Los guardianes vuelven a gritar. Yo me estremezco al ver como muchos de los refugiados observan embobados a El Orador. Empiezo a sentir frío y una ráfaga de dolor me cruza el abdomen.

- El Señor vio en qué se convertía esta sociedad: el crimen y la depravación ¡estaban por todas partes! Él fue quien decidió acabar con ello. ¿Sabéis donde están ahora todos los corruptos, todos los impuros? ¡Muertos! Mientras tanto nosotros sobrevivimos aquí, resistimos el azote de los muertos, porque Él nos ha señalado como los guardianes de su nueva sociedad.

Comienzo a contener la respiración. Sam y Mishel parecen tan impresionados como yo. Los truenos resuenan ya sobre nuestras cabezas, dando más fuerza a las palabras de El Orador. Sigue hablando, los guardianes vitoreándolo a cada pausa. Me siento peor, tengo náuseas. Me estoy mareando, necesito que me dé el aire. Me pongo en pie trabajosamente y, dando tumbos, me dirijo al exterior.

- Éste es el Reino de la Muerte, el infierno desatado sobre la tierra, y sólo en el Purgatorio permaneceréis a salvo. Ya no es el tiempo de los vivos, sólo unos pocos permaneceremos para aprender la lección. Sólo los que honremos a la Muerte, enviada desde los cielos para limpiar la tierra de los males del hombre. Mirad con respeto a los resucitados que caminan más allá de nuestros muros, porque son los soldados del ejército divino. Permaneced aquí, o salid y pasad a engrosar sus filas.

Escucho el apoteósico final del discurso y los gritos de entusiasmo de los guardianes y los supervivientes desde la entrada del templo, apoyada contra la pared y de rodillas en el suelo. El aire fresco del atardecer me sienta bien, y por un momento me encuentro mejor. Entonces, sin previo aviso, mi cuerpo se estremece en una arcada y acabo devolviendo toda la cena. Alguien se acerca corriendo, escucho la voz de Sam.
- ¡Alex! ¿Qué te pasa? ¿Estás bien? -exclama, al tiempo que se agacha junto a mí-. Estás sudando, ¿tienes fiebre?
- Me duele el estómago... -respondo con voz ronca-. Algo debe de haberme sentado mal...
Sam me da un poco de agua y un pañuelo para limpiarme. Está empezando a llover. Termino de beber un trago cuando alguien grita a nuestra espalda.
- ¡Está enferma! ¡Está infectada!
Antes de que me dé tiempo a reaccionar, dos guardianes me levantan del suelo de un tirón. Asustada, comienzo a gritar.
- ¡No estoy infectada! ¡No estoy infectada!
Desgraciadamente, los sudores fríos y las arcadas no me dan mucha credibilidad. Un pequeño grupo de curiosos se ha congregado en la puerta de la iglesia. Uno de los guardianes me levanta el brazo, dejando al descubierto la herida que me hice esta mañana.
- Un resucitado debe de haberla arañado -le dice a su compañero, y luego, dirigiéndose a los demás-: ¡Nos la llevamos a cuarentena!
- ¡No! -les grito, tratando de soltarme-. ¡No estoy infectada!
Los hombres tiran de mí escaleras abajo, ignorando las quejas y los empujones de Sam. Entre los supervivientes distingo a Mishel.
- ¡Mishel! ¡Tú viste cómo me hice la herida! -grito con todas mis fuerzas, aguantando el dolor que me atenaza las entrañas-. ¡Diles cómo me hice daño! ¡Mishel!
Ella, sin embargo, se limita a bajar la mirada y permanecer en silencio.
- ¡Mishel, por favor!
Continúo llamándola a voces, entre súplicas e insultos, mientras los guardianes me llevan a
rastras a la casa que hace las veces de cuarentena. El único mobiliario que me acompaña, cuando cierran la puerta de una diminuta habitación, es un cubo de fregar y un colchón en el suelo. Mis gritos se pierden en el estruendo de la tormenta.