domingo, 12 de octubre de 2014

Horas extra

Me dejo caer como un peso muerto y me quedo sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Los ojos me escuecen y me duele la cabeza por la falta de sueño. Llevo una semana con sus correspondientes noches sin poder descansar ni un minuto a causa de los nuevos pacientes. Yuri está ardiendo de fiebre, apenas puede dormir y cuando lo consigue se despierta gritando en medio de pesadillas horribles, temblando y cubierto de sudor frío. Por si eso fuera poco, Mishel ha empeorado notablemente en los últimos días, está constantemente asustada y cualquier pequeño ruido la sobresalta, y sus ataques de pánico son cada vez más frecuentes. Cuando se pone así, intenta atacar a cualquiera que se le acerca, así que ha estado quedándose en la enfermería conmigo. Yo, por mi parte, creo que podría caer dormida en cualquier rincón.

Isabelle llega después de atender una pequeña emergencia en el patio, al parecer uno de los chiquillos se ha dislocado el hombro en una aparatosa caída. Cuando entra en la enfermería trae algo entre las manos.
- ¿Tienes hambre? -pregunta, y reparo en que lo que trae es un bol con lo que parece una especie de puré.
- La verdad es que sólo tengo sueño -respondo. Ella barre la habitación con la mirada y se detiene un momento en Yuri, que parece dormido, y Mishel, sentada en el camastro donde yo suelo dormir con la mirada perdida en el vacío. Hace un gesto con la cabeza como asintiendo.
- Lo entiendo cariño, pero es la hora de comer y necesitas alimentarte -dice en tono maternal-. Todavía está caliente, y te he traído una manzana de postre.
Empleo mis últimas fuerzas en ponerme de pie y llegar hasta donde está ella, que me ofrece la comida con una sonrisa.
- ¿Por qué no bajamos al comedor para comer con los demás? -sugiero, pero Isabelle me alarga el bol sin dejar de sonreír.
- Lo siento, pero creo que deberías quedarte aquí con ellos, no podemos dejarlos solos.
- No tardaré más que diez minutos.
Isabelle niega con la cabeza.
- Es mejor así, cielo.
Tampoco tengo fuerzas para discutir, así que cojo la comida que me ofrece y me siento en una silla. Isabelle deja una pequeña manzana roja en una mesa junto a mí.
- Ya quedan pocas -comento.
- En pocos días vendrán los trabajadores de la granja y traerán lo que hayan podido recoger. Quizá traigan más. En fin, siento dejarte sola de nuevo, pero tengo que reunirme con Marcus.
- De acuerdo.
- Nos vemos esta tarde.
- Gracias por la comida.
Pero ya ha salido de la sala, no creo que me haya oído. Doy unas cuantas cucharadas al puré sin pensar demasiado. Me hubiera gustado salir de aquí aunque fuese para comer, y hablar con alguien que no esté enfermo o desequilibrado. Marcus me ha quitado incluso las guardias para que pueda pasar todo el tiempo en la enfermería, y siento que se está convirtiendo en mi prisión personal.

El tiempo pasa lentamente durante la tarde. Mishel ha pasado varias horas sin apenas moverse, así que decido probar suerte e intentar convencerla para que camine un poco. Incluso podría aprovechar para acompañarla y subir juntas a la azotea, necesito un poco de aire fresco.
- ¿No crees que te dolerá todo el cuerpo si te quedas quieta tanto rato? -le pregunto en tono amistoso. Ella no responde, claro. Ni siquiera me mira. No es que me pille por sorpresa.
- Venga, vamos a dar una vuelta -insisto, al tiempo que la tomo de la mano. La aparta casi como si se hubiera quemado.
Lo intento un rato más, tratando por todos los medios de no perder la paciencia. Al final parece que la estoy empezando a convencer, pero en ese momento alguien más entra en la enfermería, Mishel se asusta y todos mis progresos se van al traste. Cuando me doy la vuelta me doy cuenta de que es Marcus, acompañado de Isabelle y de otro hombre con el que no he hablado nunca. Traen un gesto grave en el rostro, y un millón de posibles desgracias se me pasan por la cabeza antes de hablar.
- Hola -les digo, volviéndome hacia ellos y olvidándome por un momento de Mishel.
- Doctora Sky -dice Marcus, esbozando una leve sonrisa-. Siento interrumpir sus tareas.
- No hay problema -respondo-. ¿Qué ocurre?
Marcus entrelaza los dedos y se pone un poco más erguido.
- Hay un problema, de hecho -explica-. En la granja. Uno de los trabajadores está herido. Christopher ha venido de allí a toda prisa para buscar ayuda -señala al otro hombre con un gesto de la mano-. ¿Puedes explicar qué le ha pasado a Ronald, por favor?
El tal Christopher se aclara la garganta antes de hablar.
- Estábamos reparando el techo de los establos para poder resguardar a los animales en invierno y no nos dimos cuenta de que una de las vigas más grandes estaba mal colocada. Durante las reparaciones algo falló y la viga cayó sobre el pobre Ronald. Le ha destrozado la pierna. Algunos compañeros de la granja saben primeros auxilios, pero esto es demasiado grave. Necesitamos un médico.
- Entiendo -digo, en voz tan baja que dudo que me hayan oído.
- Una de nosotras debería ir a la granja -interviene Isabelle-. Ronald está en un estado demasiado grave como para trasladarlo.
Siento como si una luz se encendiera en mi mente.
- Yo iré -digo sin dudar. Isabelle me mira un poco incrédula-. Si todos estáis de acuerdo, claro.
Mis interlocutores se miran entre ellos, parecen sorprendidos por mi determinación. Tal vez si los encerraran a ellos aquí durante tantos días su visión cambiaría un poco.
- Por supuesto que estamos de acuerdo -dice Isabelle.
- ¿Te ocuparás tú de los pacientes mientras ella esté fuera? -pregunta Marcus. Isabelle asiente.
- Yuri debería empezar a mejorar en pocos días.
Marcus lo mira de soslayo.
- Isabelle me convenció de que no está infectado con la plaga, pero ¿no será contagioso lo que tiene, no?
Mi jefa y yo nos miramos un instante, y al final ella es la que habla.
- No, para nada. Sus compañeros tenían razón cuando dijeron que era un borracho.
- Se está desintoxicando -digo, intentando suavizar la situación-. Pero el consumo no era tan grave como pueda parecer, mejorará pronto. Y Mishel sólo necesita tranquilidad.
- No mantendremos a un borracho aquí -dice Marcus, tajante.
- Ahora ya no está borracho -intervengo yo-. Lleva una semana sin beber, concédele un tiempo. Es fuerte, seguro que podrá trabajar.
Marcus asiente, pero no parece del todo satisfecho.
- Más le vale no dar problemas. Hay demasiadas cosas que hacer como para estar pendientes de alguien como él.
- Habrá que hacer algunos preparativos para tratar a... ¿Ronald? -digo, intentando cambiar de tema.
- Cierto, Alex. Prepara todo el material que creas que puedes necesitar -Isabelle vuelve a su tono autoritario habitual-. Parece que la lesión es grave, no descartes la cirugía.
- Lo prepararé ahora mismo.
- Va a haber muy poca luz -interviene Christopher-. No podemos viajar ahora.
Marcus asiente con la cabeza.
- Tiene razón. Habrá que esperar al amanecer.
- Tenlo todo preparado para entonces -ordena Isabelle.
- Sí, señora.

En cuanto se marchan, me pongo manos a la obra, y preparo una pequeña mochila con todo el material que se me pasa por la cabeza. Aguja, hilo de sutura, antisépitcos, antibióticos, gasas estériles, vendas, anestésicos... Me pregunto qué clase de lesión me encontraré. ¿Qué hago si realmente es muy, muy grave? Tal vez no debí ofrecerme tan alegremente para algo como esto...
- ¿Qué pasa? -dice una voz a mis espaldas. Yuri acaba de despertar y está medio incorporado en la cama.
- ¿Cómo te encuentras? -me acerco hasta él y le toco la frente, parece que la fiebre le está dando un respiro.
- No sé, no muy bien todavía, creo -como sin darse cuenta, se pasa la mano por la brecha que ya empieza a cerrarse-. ¿Fíodor y Eva? ¿Cómo están ellos?
- No lo sé. Sinceramente, no los he visto desde que se recuperaron del accidente. No me dejan salir de aquí, así que no puedo decirte mucho. Puede que Marcus los tenga haciendo alguna tarea.
Se incorpora del todo, taciturno.
- He oído lo que hablaban ahora. ¿Se va a algún sitio, doctora?
- Me voy a la granja, mañana al amanecer. Hay un hombre herido que tengo que atender.
Yuri tuerce la expresión.
- ¿No será peligroso? ¿No habrá zombis?
- No lo creo, hacen el camino todas las semanas. Debe de ser seguro, no te preocupes. Tú recupérate y déjame esto a mí.
- ¿Es verdad lo que ha dicho, doctora? ¿Que estoy enfermo por beber?
- Bueno, lo que te puso enfermo fue dejar de beber. Tu cuerpo tiene que acostumbrarse a funcionar sin alcohol y el proceso es bastante desagradable. Pero tienes que pasar por ahí.
Se deja caer de nuevo en la cama, abatido.
- ¿No hay alcohol aquí?
- Ni se te ocurra -le advierto-. Marcus te sacaría de aquí a patadas.


Me despierto un buen rato antes del amanecer. Esta noche no la he pasado en la enfermería, Isabelle por fin me ha dado un respiro ya que hoy me espera una caminata de tres horas, pero el cambio de cama y el hecho de dormir en una sala llena de gente me ha sentado peor de lo que esperaba. Todo está oscuro, pero mucho menos silencioso de lo que uno esperaría. Siempre hay alguien que ronca, que tose o que llora. Los minutos pasan muy lentamente hasta que alguien me viene a buscar.

Una expedición de tres personas sale del instituto de Cornwell con las primeras luces del día. Cristopher, el hombre que conocí ayer y que me explicó la situación de la granja, otro trabajador de la granja llamado Damon, moreno y más joven, y yo misma, cargando una mochila llena de material médico. Poner los pies en la calle me produce una sensación extraña después de haber pasado semanas sin salir del refugio, y al escuchar las puertas cerrarse a mis espaldas siento una punzada de miedo. Tantos días ahí dentro habían diluido la terrorífica realidad del exterior.

- La granja está a unos quince kilómetros al este -explica Christopher cuando echamos a andar-. Son unas tres horas a pie. El camino está bastante limpio pero de todas formas hay que andar con los ojos bien abiertos, y hacer el menor ruido posible.
- Entendido.
Christopher lleva un rifle a la espada, y Damon una pistola en el cinturón, pero me cuentan que prácticamente no disparan nunca. Prefieren usar lo que ellos llaman las "lanzas", que no son otra cosa que palos de madera maciza con un cuchillo incrustado y bien sujeto en la punta. A mí me han dado una pistola también, aunque ya me han advertido que sólo es para situaciones de vida o muerte.
- De todas formas, vemos pocos zombis por aquí -dice Christopher-. Si vienen solos es fácil abatirlos, y si son grupos pequeños lo mejor es tratar de evitarlos antes de que puedan seguirnos. Hoy sólo somos tres y la llevamos a usted, doctora, así que vamos a evitar riesgos a toda costa.
Avanzamos en silencio durante varios minutos recorriendo las calles desiertas de Cornwell, pasando frente a casas abandonadas y comercios saqueados. No hay nadie a la vista, ni vivo ni muerto, es una auténtica ciudad fantasma. Aprieto el paso para alcanzar a mis compañeros, y cuando me pongo a la altura de Damon se vuelve hacia mí para preguntarme.
- Dicen que se ha enfrentado a los zombis antes, doctora. ¿Es verdad? ¿Cuántos eran?
- Bueno, sí, es verdad... -no sé muy bien qué decirle-. Pero no sé cuántos eran, yo...
- Deja de atosigar a la doctora, Damon -interviene Christopher-. No queremos atraer a ningún bicho así que caminad en silencio.
Le agradezco en silencio que me evite hablar de cosas tan desagradables, y los tres continuamos nuestro camino sin decir una palabra. Poco a poco, las tiendas desaparecen y las casas se espacian más y más, hasta que salimos de Cornwell y tomamos una pequeña carretera rural que se adentra en un bosquecillo de abedules. Christopher parece conocer muy bien el camino, cada desvío que debemos tomar para evitar las zonas donde podría haber peligro. La vegetación crece a cada lado del camino, los árboles forman un pequeño techo sobre nuestras cabezas y crean una sensación de protección y seguridad. Sin embargo, sé que es una mera ilusión y mi instinto me dice que el peligro podría aparecer desde detrás de cualquier tronco, de cualquier rincón en la sombra. Entonces, sin motivo aparente, Damon se detiene.
- ¿Oís eso?
Escuchamos con atención, sin hacer el menor ruido. Cuesta identificarlo, porque se funde con el murmullo del viento y las hojas, un zumbido como el de un gigantesco enjambre de abejas resonando a lo lejos. Hace que se me ericen los pelos de la nuca.
- ¿Qué es? -pregunto, mi voz suena extrañamente ronca debido al miedo.
- Mantened los ojos bien abiertos -dice Christopher-. Yo iré delante. Tened las armas preparadas.
Nos ponemos en marcha de nuevo, más callados y alerta si cabe. Empiezo a arrepentirme de haber abandonado la seguridad de Cornwell, de haberme expuesto al terror del exterior sólo porque sentí que el trabajo me sobrepasaba. Con cada metro que avanzamos el zumbido se intensifica y con él mi miedo y el de mis compañeros. Pero no puedo dejar que me domine, no ahora que estamos tan cerca de la granja. Al fin y al cabo, hay alguien que necesita ayuda y tengo que cumplir con mi deber.

Al final, la pequeña carretera sale a un camino más amplio. Hay un coche abandonado justo en el cruce, y un poco más adelante la calzada se eleva en un puente estrecho y recto que pasa sobre una autopista. Al poner los pies en el puente un olor nauseabundo nos hace detenernos de golpe, y lo que en el bosque parecía un zumbido sin identificar se materializa en un coro de aullidos. Aterrorizada, miro alrededor, pero no veo a ningún zombi cerca. Unos pocos vehículos salpican la carretera, uno de ellos empotrado en el guardarraíl, pero no se atisba la menor señal de movimiento. En el otro extremo se abre de nuevo el bosque.

Christopher y Damon también parecen inquietos, aunque mantienen la compostura y dan unos pasos más hacia adelante. Se acercan al coche más cercano, un turismo cuya pintura se adivina roja debajo del polvo y las hojas secas. La forma en que Christopher se mueve parece medida, estudiada, como esperando ya por dónde aparecerá el peligro. Damon lo sigue de cerca, imitándolo en todo. En cuanto han estudiado a fondo este pequeño tramo del puente me hacen una señal para que me acerque, y es entonces cuando por fin identifico la fuente de los gemidos. Los zombis no están en el puente, sino debajo. La autopista, al menos la zona que puedo ver desde aquí arriba, está atestada de vehículos, y entre ellos, como si se tratara de un bullicioso hormiguero, vagan sin rumbo una cantidad de engendros digna de mis peores pesadillas.

Llego a la altura de los otros dos sin hacer el menor ruido. Luego, en un susurro apenas audible, le digo a Christopher:
- Dijisteis que no había zombis por aquí.
Él asiente, y responde en voz igual de baja.
- Eso creíamos. Esto es nuevo.
- ¿Pueden subir hasta aquí?
- Es difícil, no se puede llegar a este camino desde la autopista. Hay que dar un rodeo muy largo.
- No pueden trepar, ¿verdad? -interviene Damon. Nos mira alternativamente a Christopher y a mí.
- No he visto a ninguno que lo hiciera.
- Podrían trepar si hubiera algún tipo de escalera -añado yo. No quiero alarmarlos sin necesidad, pero con estas criaturas cualquier precaución es poca.
- Escuchadme -dice Christopher, muy serio-. Yo iré delante y me aseguraré de que el camino está limpio. Damon, tú vigilas que no aparezca ninguno por detrás. Doctora, usted va en medio, es la posición más segura. Tenga el arma preparada pero dispare sólo si es cuestión de vida o muerte. ¿Entendido?
Damon y yo asentimos con la cabeza, ya que aunque no lo haya dicho, va a ser crucial que podamos atravesar el puente sin que los zombis de abajo nos detecten. Enseguida nos ponemos cada uno en nuestra posición para iniciar un avance lento pero seguro. Cuando nos encontramos más o menos a mitad de camino, Christopher nos hace detenernos y se adelanta a inspeccionar el interior de los coches que tenemos delante. Me doy la vuelta para ver qué tal le va a Damon y veo que aprovecha la pausa para acercarse al borde del puente y observar la marabunta de podridos que invade la autopista. Se apoya en el guardarraíl, que inesperadamente cede ante su peso, haciendo que el joven pierda el equilibrio.

En un instante ha desaparecido. Después de una interminable fracción de segundo, un estruendo metálico me devuelve a la realidad.

- ¡Damon! -mi voz es un grito ahogado y cuando intento echar a andar, las piernas me tiemblan.
- ¿Qué pasa? -pregunta Christopher desde el otro lado.
- ¡Se ha caído!
Su rostro parece perder la serenidad por un momento, y rápidamente corre hacia donde estaba nuestro compañero hasta hace un segundo. Al final, reúno fuerzas suficientes para acercarme a él, y con un nudo en la garganta me atrevo a mirar hacia abajo.

Damon está tendido sobre el techo abollado de un autobús, inmóvil. Alrededor del vehículo se agolpan los zombis que, alborotados por el ruido del golpe del cuerpo contra el metal, alargan las manos y abren la boca ávidos de carne fresca. Christopher y yo pasamos unos segundos en silencio, los ojos fijos en nuestro compañero, sin que haga falta formular en voz alta la pregunta que ambos tenemos en la cabeza. Poco después, Damon abre los ojos y mueve un poco la cabeza.
- ¿Estás herido, muchacho? -pregunta Christopher. Intenta no levantar demasiado la voz, pero es inevitable que los zombis nos oigan. Damon trata de incorporarse, pero gime de dolor y se tumba de nuevo.
- Me duele todo el cuerpo.
Ha caído desde unos siete u ocho metros de altura, o eso creo. Podría haber sido fácilmente mortal, así que me preocupa que tenga alguna lesión grave.
- ¿Crees que te has roto algún hueso?
- No lo sé, no me puedo mover.
Damon continúa intentado incorporarse, sin éxito.
- ¡No te muevas! -le grito-. ¡Quédate tal y como estás!
- No puedo mover las piernas.
- ¿Te duelen?
- No -dice Damon, con la voz un poco quebrada. El miedo está empezando a apoderarse de él.
¿Puedes sentir algo? -le pregunto, intentando aparentar serenidad. 
- No -vuelve a repetir, ahora al borde del llanto.
- ¿Estás seguro de que no puedes moverte? -dice Christopher-. ¿Nada de nada?
Antes de que a Damon le dé tiempo a intentarlo de nuevo, le grito otra vez.
- ¡Estate quieto!
Vuelvo la cabeza y me encuentro con la mirada de Christopher a medio camino entre el dolor y el miedo.
- ¿Qué pasa?
Espero unos segundos y me dirijo a Damon.
- ¿Puedes mover los dedos de los pies?
El joven empieza a sollozar.
- No puedo.

Me siento en el suelo, con la cara hundida entre las manos.
- Estamos jodidos.
Christopher se arrodilla ante mí y me coge de los hombros con fuerza. Me obligo a levantar la cabeza y mirarlo a los ojos.
- Doctora -dice-. Dígame qué pasa.
- Creo que... creo que tiene una lesión de columna.
El rostro de Christopher se desencaja a medida que mis palabras toman forma en su cabeza. 

- ¿Qué hacemos? -le pregunto en un susurro. 
Él guarda silencio, trata de mantener la serenidad mientras piensa en algo, y yo trato de imaginar una ruta que nos permita llegar a Damon. Abajo, sobre el techo abollado del autobús, el joven intenta darse la vuelta.
- ¡Te he dicho que no te muevas! -le grito, tan fuerte que los zombis miran hacia arriba y se agitan al vernos.
Christopher me coge del brazo y me obliga a levantarme y dar unos pasos hacia atrás, alejándonos del borde del puente.
- ¿Cómo de jodidos estamos?
- No lo sé, habría que hacer... -el miedo puede también conmigo, hace que las palabras salgan atropelladas de mi boca y no pueda articular una frase coherente-, habría que hacer tantas pruebas... no hay manera de...
- ¿Está paralizado?
- Eso creo, yo no...
- Ahora mismo no puede ponerse de pie, ni andar.
- No.
- ¿Cuánto tiempo tendría que pasar para que pudiera?
Niego con la cabeza.
- Es imposible saberlo, hay demasiadas cosas que...
- Doctora -me corta Christopher-. ¿Va a poder salir de ahí por su propio pie?
Echo un vistazo rápido a la carretera.
- No lo creo. 
Christopher suspira y se acerca de nuevo al borde del puente. Mira hacia abajo, hacia los lados, está devanándose los sesos con esto. 
- ¿Hay alguna forma de que podamos ir a por él? -pregunto.
- Es muy difícil. Para llegar a la autopista hay que dar un rodeo muy grande a pie, y con todo esto infestado de zombis es muy, muy peligroso. No podemos hacerlo.
- Pero tenemos que hacer algo, no podemos dejarlo ahí.
Se hace el silencio durante unos segundos, hasta que la voz de Damon nos interrumpe.
- ¿Christopher? ¿Doctora? ¿Seguís ahí?
- Estamos aquí, chico -dice Christopher-. Escucha, no podemos sacarte de ahí nosotros solos. Tenemos que ir a la granja a por ayuda.
Damon rompe a llorar.
- ¡No, por favor! ¡No me dejéis solo!
Los zombis se alborotan al escuchar sus gemidos.
- Damon -le digo-. Es importante que no te muevas mientras esperas o podrías empeorar la lesión.
- No os vayáis, por favor -parece que no escucha nada de lo que decimos, no deja de suplicar que nos quedemos con él.
- Cálmate, muchacho -interviene Christopher-. Vamos a regresar con ayuda, te lo prometo.
- Por favor, por favor, no me dejéis aquí... -su voz se rompe, y aunque está intentando mantenerse quieto, su pecho no deja de subir y bajar con la respiración entrecortada del llanto.
- Volveremos, te prometo que volveremos -Christopher trata de tranquilizarlo, aunque está aterrorizado-. Vamos doctora, no debemos perder más tiempo.
Me parte el alma dejarlo así, pero Christopher tiene razón. No hay manera de que lo saquemos de ahí entre nosotros dos solos, de hecho, no sé cuántas personas necesitaremos para rescatarlo. 
- ¿Cuánto nos queda hasta la granja?
- No mucho ya, estaremos allí en media hora más o menos si no surgen más problemas.
- ¿Estará bien Damon?
Christopher me mira con expresión grave.
- Doctora -dice-, no podemos hacer nada. Tenemos que irnos.
Bajo la mirada.
- De acuerdo.
Echamos a andar, cabizbajos y en silencio, apretando el paso para llegar a la granja cuanto antes. A nuestras espaldas, Damon nos pide a gritos que no lo dejemos solo, su voz mezclada con los lúgubres aullidos de los cientos de engendros que lo asedian.

Christopher se adelanta y apenas puedo seguirle el paso. Cuando dejamos atrás el puente nos adentramos de nuevo en el bosque de abedules y los quejidos de los zombis empiezan a convertirse otra vez en un zumbido indeterminado, hasta que pasado un buen rato deja de escucharse del todo. Los gritos de Damon se han perdido en la distancia, pero puedo oírlos en mi cabeza como si lo tuviera a mi lado. Su voz desesperada es una brecha en mitad de mi pecho que casi no me deja respirar.

Nos encontramos el camino despejado, Christopher camina delante de mí sin detenerse durante media hora, más o menos. Vamos cada vez más deprisa, y el miedo y el agotamiento se van apoderando de mi cuerpo. La mochila en la espalda es cada vez más pesada, las piernas me duelen y me tiemblan más a cada paso.
- ¿Cómo puede ser que no haya ninguno por aquí, si ahí atrás estaba atestado? -hago la pregunta en voz muy baja, en parte por el cansancio y en parte por la ansiedad. No me permito bajar la guardia ni un instante.
- Estos caminos están muy aislados. La autopista está muy comunicada, pero aquí uno no llega a no ser que quiera hacerlo.
La explicación termina ahí, y el tenso silencio entre nosotros ya no se rompe hasta que torcemos por un camino estrecho y sin asfaltar que sale a la izquierda de la pequeña carretera. Unos metros más adentro, una valla metálica corta la senda e impide el paso. Junto a la valla, a un par de metros, se levanta una estructura de madera construida toscamente, una especie de torreta de unos cinco metros. Hay alguien arriba, vigilando, un hombre con un rifle colgado del hombro. Se asoma un poco al vernos llegar, hasta que Christopher le hace un gesto con la mano y se apresura para bajar por la parte de atrás de la torre. Corre hasta el tramo de valla donde nos encontramos y abre una puertecilla metálica para dejarnos entrar y cerrar rápidamente a nuestras espaldas.
- Christopher, gracias a Dios -murmura el hombre. Visto de cerca parece más mayor, con el pelo canoso y la barba a medio crecer. Me escanea con la mirada, una pequeña cicatriz divide una de sus cejas en dos.
- Es la doctora Sky -dice Christopher.

Sin pedir más explicaciones, el hombre echa a andar, casi a correr, y Christopher me indica con la mano que me ponga en marcha yo también. Comenzamos a cruzar el terreno de la granja, que hasta donde puedo ver está rodeado por una valla de metal como la que acabamos de cruzar, salpicada en algunos lugares con torres de vigilancia de construcción rudimentaria. En medio del terreno se levanta una casa de dos alturas con un porche de madera, y a un lado un gran granero. Un puñado de personas que se encontraban junto al granero echan a correr hacia la casa en cuanto nos ven. Christopher los ignora, habla con el hombre que nos ha recibido.
- ¿Qué hay de Ronald? ¿Algún cambio?
- Tiene muy mala pinta, te lo digo yo. Espero que la doctora pueda hacer algo...
Por el tono en que habla, parece que no le inspiro mucha confianza, aunque me importa bien poco. 
- Christopher, tenemos que ir a por Damon cuanto antes -digo, mi respiración acelerada hace que la voz me suene entrecortada.
- ¿Qué pasa con Damon? -pregunta el hombre antes de que Christopher tenga tiempo de responder.
- Se ha caído del puente cuando pasábamos por... -empiezo a explicar, pero Christopher se detiene de golpe y se vuelve hacia mí.
- Doctora -dice, interrumpiéndome-. No podemos perder más tiempo.
- ¿Qué coño ha pasado? -pregunta otra vez el hombre, más enfadado esta vez.
- Te lo explicaré luego -responde Christopher, en un tono que no invita a insistir. Antes de que podamos continuar la conversación llegamos al porche, donde nos recibe la pequeña multitud que se había congregado en el granero. En pocos segundos parece que todos tienen preguntas para nosotros.
- ¿Cómo está el camino?
- ¿Viste a mi hija en Cornwell?
- ¿Cómo están las provisiones?
Christopher levanta la mano pidiendo silencio.
- Nos ocuparemos de todo eso luego -dice-. Tengo que llevar a la doctora junto a Ronald, es lo más urgente.
- Pero Christopher -irrumpo atropelladamente-, ¿qué hay de Damon? Hay que ir a buscarlo, tenemos que pensar un plan, necesitaremos por lo menos...
- Doctora -me corta la frase a la mitad. Esta vez no hay ninguna otra explicación, sólo una mirada capaz de congelar el infierno, que me cierra la boca como un puñetazo en la mandíbula.

domingo, 7 de septiembre de 2014

El circo de los horrores

En el silencio del bosque el rugido de la camioneta se me antoja ensordecedor. Estoy solo en la parte de atrás de la camioneta, sentado en la zona de carga como un animal mientras el viejo conduce. Intento ponerme cómodo, mi cuerpo se recupera lentamente de los efectos de pasar un día y una noche a la intemperie colgado bocabajo. Llevamos un par de minutos en camino y no tengo ni idea de adónde vamos, sólo que si mi orientación no falla parece que nos dirigimos hacia la ciudad. Mordisqueo un pedazo de carne seca que el viejo me ha dado antes de salir. Sabe a rayos, pero al menos parece que mi estómago no la rechaza y distrae al hambre durante algunos segundos, haciendo menos penoso mi calvario.

Me ha bajado pasado el amanecer, convencido por fin de que no me iba a convertir en uno de esos engendros. No más de lo que ya lo soy, al menos. Sin embargo, para convencerlo he tenido que acceder a acompañarlo a cierto lugar que no ha querido revelarme, a buscar algo que al parecer necesita. Me ha sorprendido la agilidad con la que ha trepado por la torre para cortar la cuerda que me sujetaba. El golpe contra el suelo al caer ni siquiera me ha dolido, todo mi cuerpo estaba entumecido e insensible, mi visión borrosa y mi mente más turbia si cabe. La cuerda se había estrechado tanto alrededor de mi pierna que tenía el pie casi negro y por un tiempo he temido que se hubiera necrosado del todo. Apenas podía tenerme en pie cuando el viejo ha sacado una camioneta de entre los árboles y me ha encañonado para obligarme a subir. No ha respondido a ninguna de mis preguntas.

Avanzamos despacio por el camino sin asfaltar cuando veo un borrón salir de entre los árboles y perseguir el vehículo. Es... ¿Hamlet?

Sin perder un segundo, doy unos fuertes golpes al techo de la cabina para alertar al viejo, que al poco disminuye la velocidad y baja la ventanilla. Sólo unos centímetros, no baja la guardia ni por un instante.
- ¿Qué pasa? -pregunta, no puedo verle la cara pero por el tono de su voz me imagino su expresión desganada.
- ¡Para un segundo!
- ¿Para qué?
- ¡Tú para!
- ¡Dime por qué!
- ¡Tenemos que recoger al perro!
Se inclina un poco para ver por el retrovisor y frena del todo. Luego baja un poco más la ventanilla para asomarse y ver cómo Hamlet se acerca jadeando y con la lengua fuera. El perro sube de un salto a la zona de carga y el viejo arranca de nuevo.
- ¡Más te vale que ese chucho tuyo no cause problemas! -grita antes de subir del todo la ventanilla.
No me molesto en responder nada. En su lugar, miro a Hamlet y me río, un riachuelo de dolor me atraviesa las costillas.
- No hay manera de que me libre de ti, ¿no?

Avanzamos por el camino de tierra durante un rato más, no sabría decir cuánto, hasta que salimos a una carretera estrecha y descuidada dejando atrás el bosque. La ciudad se perfila a lo lejos, parece casi normal a la débil luz de la mañana. Nuestro camino pasa cerca de lo que queda del cordón militar en algunos tramos, captando la atención de algunos zombis que tratan de perseguirnos sin mucho éxito. Aun así, me pregunto por qué el viejo querría salir de la seguridad del bosque, qué es eso tan importante que tiene que recuperar en algún lugar. Bordeamos la ciudad durante unos kilómetros hasta que la camioneta se desvía y empieza a acercarse. La seguridad con la que parece conducir el viejo y la rapidez con la que encuentra los caminos despejados me hace pensar que no es la primera vez que hace este recorrido. No tardamos en llegar a la zanja que los militares cavaron para detener el avance de los zombis, y en unos minutos la cruzamos sobre un precario puente construido con maderas y vigas de hierro. Ante nosotros empiezan a aparecer barrios residenciales con casas vacías y jardines abandonados. Algunas de ellas tienen las ventanas tapiadas, otras las tienen rotas y parece que hayan sido saqueadas. De vez en cuando vemos algún caminante, solo o en grupos pequeños, que tratan de venir detrás de nosotros. Sin embargo, son lentos y difícilmente pueden seguirnos. De vez en cuando, el viejo da un bandazo para esquivar a alguno recién aparecido en mitad de la calzada, haciendo que Hamlet y yo perdamos el equilibrio y tenga que agarrarme a los laterales de la camioneta para no salir despedido.

Estoy empezando a cansarme y ponerme nervioso cuando la camioneta aminora y finalmente se detiene a la entrada de un gran parque a las afueras de la ciudad. Una verja alta, de hierro, rodea el recinto lleno de árboles y vegetación hasta donde puedo ver. Frente a nosotros se levanta una puerta de barrotes de hierro que cierra la verja y da entrada al parque. Varios zombis nos reciben pegados a la puerta, sacando los brazos por los barrotes como si creyeran que estirándose un poco más podrían agarrarnos. El viejo baja la ventanilla para hablar conmigo.
- Muchacho, aquí tienes tu primer trabajo. Despeja el camino y abre las puertas.
Así que para eso me necesitaba. No es ninguna sorpresa, supongo.
- ¿Tengo que matarlos sin un arma?
Rebusca un poco en la cabina, y me alarga una palanca a través de la ventanilla abierta.
- Recuerda que yo sigo teniendo la escopeta, no quiero ninguna tontería.
- Descuide, jefe -digo con sorna al tiempo que cojo la palanca, luego me vuelvo hacia Hamlet-. Tú te quedas aquí -le advierto, señalando el suelo de la camioneta con el dedo. Él me responde con un ladrido pero no se mueve, así que imagino que me ha entendido y salto de la camioneta. El impacto con el suelo me trae un doloroso recordatorio de lo que han sido las últimas cuarenta y ocho horas.

Doy unos pasos hacia la verja mientras calibro la situación. Puedo ver cuatro zombis pegados a la puerta, gruñendo y alargando sus brazos hacia mí. No parece que haya más en los alrededores, así que me encargaré rápidamente de estos y le enseñaré al viejo que más vale no tomarla conmigo. Inspecciono la puerta desde una distancia segura. Pensaba que estaría cerrada con cadenas o algo así, pero lo único que la mantiene cerrada es un pestillo de gran tamaño. Los zombis enloquecen cuando me acerco y casi parece que quieren saltar unos por encima de los otros. Me echan las zarpas encima en cuanto me tienen a su alcance, pero eso no me impide levantar el cerrojo y empujar las puertas hacia dentro con todas mis fuerzas, haciendo que los engendros se echen hacia atrás y que uno de ellos caiga al suelo de espaldas. Intenta ponerse de pie, pero le falta un brazo y sus movimientos son sumamente torpes. Los que han conseguido mantener el equilibrio corren hacia mí, yo levanto la palanca cogiéndola con las dos manos y descargo con fuerza un golpe en la cabeza del que ha llegado más cerca de donde estoy. El engendro se balancea y cae sobre el que está detrás de él. Los dos acaban en el suelo y aprovecho la oportunidad para destrozar también la cabeza del segundo, hasta que el extremo de la palanca acaba negro y la sangre espesa de los zombis me salpica las botas y los pantalones.

Me vuelvo hacia el viejo, que me mira desde dentro de la camioneta con expresión impasible. Levanto la palanca ensangrentada para que la vea bien, y después le sonrío enseñando los dientes. La distracción me cuesta cara, el zombi que ha quedado en pie se me echa encima y antes de que pueda reaccionar me derriba y caemos juntos al suelo, él encima de mí. Trata de morderme en la cara pero lo sujeto del pelo antes de que pueda acercar su boca a mí. Desesperado, me clava las uñas en el cuello y me araña la mejilla, pero no voy a dejar que haga nada más. Lo sujeto del pelo con fuerza, me inclino hacia adelante y estampo su cabeza contra el suelo, justo a mi lado. Levanto su cabeza y la vuelvo a bajar, una y otra vez con todas mis fuerzas, hasta que su cara se desfigura en una maraña de carne informe y finalmente deja de moverse.

Me pongo de pie y me acerco al último de los engendros, que todavía trata penosamente de ponerse de pie. Lo dejo tendido e inmóvil de una sola patada en la cara. Sólo estará quieto una fracción de segundo, porque el dolor parece no tener efecto alguno en estas criaturas, pero es tiempo suficiente para asestar el golpe de gracia. Un potente pisotón y su cráneo se hunde bajo la suela de mi bota. Ahora sí, despejado el terreno, me vuelvo de nuevo hacia el viejo y le dedico otra sonrisa. Limpio la sangre y los restos de tejido de la palanca y de mis zapatos en la ropa del zombi y vuelvo a subir a la camioneta.

Antes de arrancar de nuevo, el viejo me advierte.
- Vamos a encontrar más de esos en adelante, así que puedes quedarte con la palanca hasta que lleguemos a nuestro destino. Eso sí, un mínimo movimiento en falso y tendrás una bala en la cabeza antes de que puedas pestañear.
Le contesto con un gruñido. Si no le abro la cabeza a él no será porque no tenga ganas, pero por el momento me conviene contenerme. Ya he visto de lo que es capaz, así que guardo silencio mientras él arranca y nos adentramos en el parque.

No hemos recorrido cien metros cuando comprobamos que el viejo tenía razón. El camino de losas que atraviesa la vegetación está salpicado de sangre y suciedad y los zombis vagabundean entre los árboles pisando los restos de cuerpos medio descompuestos. El zumbido de las moscas y el olor me repugnan, incluso Hamlet se acurruca junto a mí en el suelo de la camioneta. Sin embargo, hay otra cosa que me llama la atención rápidamente, un detalle que hace que esta situación se haga todavía más inquietante. La mayoría de los zombis visten ropa normal, pero puedo ver a algunos con atuendos coloridos, aunque sucios y desgarrados, ropa extravagante más propia de una troupe de circo que de los paseantes de un parque urbano. El ruido de la camioneta los alerta, y muchos de ellos se acercan y tratan de agarrarnos. Conseguimos avanzar otro centenar de metros mientras me esfuerzo por apartarlos del vehículo a base de patadas y golpes de palanca, hasta que se agolpan en tal cantidad que el viejo se ve obligado a detenerse si no quiere destrozar la camioneta atropellándolos a todos. En este momento no necesito esperar a que me dé instrucciones, salto del vehículo y empiezo a golpear a diestro y siniestro a todos los engendros que nos atacan. Los zombis me rodean, me arañan y muerden, me cuesta un gran esfuerzo sacármelos de encima y poder moverme hasta la parte de delante del camino para abrir el paso a la camioneta. Apenas he tenido tiempo para abrir una brecha en la multitud, del tamaño justo para que la camioneta pueda pasar, cuando el viejo arranca y atraviesa la abertura que he creado, alejándose de donde estoy, sin siquiera esperar a que yo suba de nuevo.

Salgo corriendo detrás y escucho un alarido inhumano a mis espaldas. Me vuelvo justo a tiempo para ver a uno de los zombis disparado como una bala hacia mí, vestido con ropa de colores vivos, ahora ya apagados por las semanas a la intemperie, y todavía restos de pintura en el rostro. Siento como el tiempo se ralentiza y mi cuerpo entero se tensa para recibirlo a medida que se acerca a mí. Agarro la palanca con las dos manos, firmemente, y me coloco como un bateador dispuesto a batir su mejor récord. En el último momento, cuando el desgraciado está a punto de terminar su precipitada carrera, me desplazo ligeramente para esquivar su agarre y golpeo con todas mis fuerzas. El zombi cae como un peso muerto, destrozado, y queda inmóvil en el empedrado. Visto tan de cerca, es imposible no darse cuenta de que algún día fue un payaso. Por alguna razón la imagen me produce un escalofrío, pero no tengo tiempo de pararme a pensar nada porque el grupo de podridos del que estaba huyendo está ganando distancia, así que doy media vuelta y echo a correr detrás de la camioneta que ya me ha ganado demasiados metros. Cuando por fin le doy alcance a la camioneta, el viejo reduce un poco la velocidad y me grita que suba con el vehículo todavía en marcha. Me encaramo a la parte trasera como puedo y caigo de bruces en la zona de carga. Este maldito loco va a acabar matándome de verdad.

En cuanto logro recuperar el equilibrio, me acerco a la parte delantera y me pongo de pie para ver por encima de la cabina. La escena que se abre ante nosotros muestra una pequeña llanura despejada de vegetación en medio del parque en la cual se levantan los restos de lo que parece un circo. Una gran carpa se levanta en el centro de la llanura, con otras dos más pequeñas a los lados. Los colores de las lonas se ven apagados y sucios, y algunas partes parecen hundidas y hechas jirones. Ahora está claro que muchos de los zombis que hemos visto antes no eran sino artistas que debieron trabajar en este circo. Otra pequeña multitud de podridos empieza a concentrarse peligrosamente cerca de nosotros, pero en lugar de seguir en dirección a las carpas el viejo gira bruscamente y nos lleva por uno de los lados. No dejo de preguntarme qué es lo que hemos venido a buscar a este lugar.

Dejamos las carpas a nuestra derecha y, saliendo del camino empedrado, atravesamos la llanura en la que la hierba crece descontrolada. Puedo ver una buena cantidad de zombis rondando las carpas, tal vez incluso haya más en el interior, pero por suerte el viejo no parece muy interesado en descubrirlo. Pronto me doy cuenta de cuál es nuestro destino: nos dirigimos a la zona donde están las caravanas en las que debían de vivir los artistas de este circo. A medida que nos acercamos distingo un buen número de caravanas y remolques, muchos de ellos pintados de colores vivos. Pasamos junto a algunos de ellos, captando rápidamente la atención de los zombis que merodean por los alrededores. El viejo conduce nuestro vehículo hasta situarse junto a un enorme camión blanco que parece un monstruo dormido en la hierba y cubierto de polvo. Los zombis empiezan a aproximarse, Hamlet se tensa y gruñe y yo cojo la palanca preparado para saltar. Para mi sorpresa, una vez detenida la camioneta el viejo abre la puerta y salta al exterior también. Lleva en las manos la misma escopeta con la que seguramente me disparó, lo cual inmediatamente hace saltar mis alarmas ya que el ruido de los disparos podría atraer a muchos más zombis de los que ocuparnos. Sin embargo, cuando el primer engendro se le acerca el viejo no le dispara, sino que usa la escopeta a modo de bate para tumbarlo y, una vez lo tiene en el suelo, hunde la culata del arma en su cabeza. Luego se vuelve hacia mí y me dedica una sonrisa burlona. Bueno, no voy a dejar que ese engreído se lleve todo el mérito, así que salto de la camioneta y me pongo manos a la obra. Se han aglomerado unos cuantos zombis a nuestro alrededor y tenemos que dedicar un buen rato para terminar con todos. Me ocupo de la mayoría, en parte porque el viejo es mucho más cauteloso a la hora de enfrentarse a los podridos, y en parte porque ambos sabemos que disparar no es una buena idea aquí. En un par de ocasiones tengo que correr para apartar a los zombis de la camioneta para evitar que ataquen a Hamlet. Finalmente miramos a nuestro alrededor y encontramos el terreno despejado. El viejo me mira y suelta una carcajada, parece realmente entusiasmado, y al final, tal vez a causa de la adrenalina, incluso yo sonrío un poco.

Sin entretenerse, puesto que otros zombis podrían venir rápidamente, el viejo se vuelve hacia el enorme remolque del camión y lo mira como un niño a un regalo envuelto en papel brillante.
- No habrá podridos ahí dentro, ¿no? -le pregunto. Se vuelve a reír antes de responder.
- No lo creo, pero enseguida lo sabremos.
Saca una llave del bolsillo y abre el candado que cierra las puertas traseras del tráiler. Desde fuera, lo único que se ve son una pila de cajas y lo que parece una gran jaula. Por un momento temo que pretenda encerrarme ahí, pero él no parece prestarme mucha atención ahora mismo, está encaramado al remolque y se impulsa para subir.
- Vamos, muchacho, necesito tu ayuda para sacar mis cosas de aquí.
- ¿Qué tienes ahí escondido? -digo desde abajo.
- Lo sabrás enseguida -responde, sonriendo-. Tranquilo, no es nada peligroso.
Todavía un poco desconfiado, subo al tráiler y me pongo a su lado. Aquí dentro huele a polvo y a cerrado y está lleno de jaulas medio desmontadas y sacos llenos, aunque no se de qué. El viejo se adelanta rápidamente entre las jaulas y se para ante una lona que parece cubrir un trasto grande e irregular. Con un gesto dramático y teatral, tira de la lona y la aparta para dejar al descubierto su tesoro. Es algo que he visto antes, pero no recuerdo dónde: un montón de bidones de acero inoxidable, embudos y tubos de goma.
- ¿Se puede saber qué es eso?
El viejo, nuevamente, vuelve a reír.
- ¿No lo sabes, muchacho? ¡Es una fábrica de cerveza!
- ¿Qué?
- Mi propia fábrica de cerveza, de hecho.
- ¿Tuya? ¿Quieres decir que este camión también es tuyo?
- No, el camión pertenecía al circo, pero la destilería es mía.
- ¿Trabajabas tú en el circo?
- Así es. Cuidaba de los animales.
- Ya veo. Entonces, la mula y el mono...
- Sí, fueron los únicos a los que pude salvar.
Su voz baja un poco, y parte de la alegría que lo embargaba hace un momento parece desvanecerse.
- Lo siento -digo, aunque no creo que vaya a servir de mucho.
Después de unos segundos de silencio, el viejo sacude la cabeza.
- Venga, ayúdame a cargarlo todo. Los sacos también, están llenos de cebada.
- Espera, espera -levanto las manos-. ¿Hemos venido aquí, pasando entre todos esos zombis, a buscar tu destilería de cerveza?
- Exacto.
- Estás como una cabra, ¿lo sabías?

Tardamos menos de lo que creía en cargar todos los aparatos y sacos de cebada en la parte trasera de la camioneta. Hamlet nos mira con curiosidad mientras llevamos las cosas de un lado a otro, sorteando a los zombis inmóviles en el suelo. Siento un poco de lástima por el viejo, probablemente muchos de los que hemos matado fueron compañeros suyos. Una vez hemos acabado, él se sube en la camioneta, pero no hay espacio para Hamlet o para mí en la parte trasera. Entonces el viejo baja la ventanilla del conductor y saca algo por ella: es mi mochila.
- Toma muchacho, te devuelvo tus cosas -dice, y la suelta antes de que me de tiempo a cogerla-. Está todo menos tu arma -añade mientras la recojo del suelo.
- ¿Qué pasa, no tienes suficientes pistolas? -respondo bastante molesto.
- No puedo darte la espalda si estás armado.
- Entonces tal vez tenga que volver al bosque y recuperarla.
- Más te vale no volver a pisar mi bosque -dice muy serio-. Te agradezco lo que has hecho por mí, y por eso te dejo con vida, pero no quiero volver a verte.
Tampoco yo, pienso, pero prefiero no decir nada.
- Adiós entonces -añade finalmente-. Ten más cuidado en adelante, o acabarás muerto.
Me hace un gesto de despedida con la mano, sube la ventanilla y arranca la camioneta. Hamlet le ladra y lo persigue unos metros, aunque enseguida se cansa y vuelve a mi lado. La camioneta acaba desapareciendo en el camino del parque y nos quedamos solos de nuevo. Al menos he perdido de vista a ese viejo perturbado.

Miro a nuestro alrededor, a este absurdo circo de los horrores que nos rodea, mientras trato de decidir cuál será mi próximo paso. Tal vez sea más fácil sobrevivir en la ciudad que en el bosque después de todo. Por el momento quizá pueda encontrar algo útil por aquí, así que decido explorar un poco. Después de todo lo que ha ocurrido, mi único alimento ha sido la carne seca que me ha dado el viejo. Todavía estoy hambriento.

El primer lugar donde decido buscar es en las caravanas de los artistas del circo. Comida, herramientas, cualquier cosa que pueda ayudarme, tal vez incluso una nueva arma para sustituir la que se ha quedado el viejo o una caravana suficientemente segura como para descansar un rato y recuperarme del todo de mis heridas. Sin embargo, los ladridos de Hamlet llaman mi atención y me desvían de mi ruta. Está ladrándole a un podrido vestido de blanco que se acerca a él, así que me apresuro para protegerlo. Cuando me fijo mejor en el zombi, me doy cuenta de que la vestimenta que lleva me resulta familiar. Mono blanco, como de plástico, aunque lo lleva rasgado y ensangrentado en la zona del cuello, y cubriéndole la cara, una máscara antigás.

sábado, 28 de junio de 2014

Problemas de salud

Los primeros minutos del día, justo antes del amanecer, son los más tranquilos en la enfermería. Siendo justos, Isabelle y yo deberíamos turnarnos para pasar las noches aquí cuidando de los enfermos y disponibles para cualquier urgencia, pero ella tiene una niña pequeña de quien cuidar y en la práctica soy yo quien duerme en el camastro del fondo casi todos los días. La verdad es que no me molesta en absoluto, aquí tengo más calma e intimidad que en cualquier otro lugar del instituto, al menos hasta que Isabelle llega por la mañana. Por eso disfruto tanto de esos primeros minutos, cuando estoy sola y en silencio.

Esta noche la he pasado con el nuevo paciente, Yuri. Ha estado durmiéndose y despertándose a cada rato, pidiéndome agua, revolviéndose en sueños, pero durante la madrugada se ha calmado y me ha dejado descansar unas horas. No he podido dormir mucho, ya que cada hora uno de los vigilantes de Marcus venía a la enfermería para comprobar que todo marchase bien. Siempre hay alguien vigilando los alrededores desde la azotea y patrullando los pasillos, aunque hace semanas que no vemos un zombi. Esta noche, teniendo aquí a un grupo de recién llegados, la vigilancia se ha doblado. A pesar de que nos aseguramos de que no tuviesen ninguna herida ni signos de infección, toda precaución es poca. Si la plaga entra en el refugio será el final de la resistencia de Cornwell.

Aprovecho mientras Yuri sigue durmiendo para lavarme un poco y ponerme ropa limpia, y luego poner al día el inventario de la enfermería. Isabelle llega una media hora después, y por una vez, entra en la sala en silencio. Me alegro de que no haya despertado al ruso, y cuando levanto la cabeza del cuaderno en el que estoy haciendo el historial de Yuri, veo que viene acompañada. Lydia asoma en el umbral de la puerta, y me pide con un gesto que salga.
- ¿Qué ocurre? -le pregunto en un susurro. Por su expresión parece que algo no va bien.
- Es Mishel -responde. Siento una punzada de preocupación en el estómago.
Al ver mi cara, Lydia levanta las manos en un gesto tranquilizador.
- No ha pasado nada grave -dice-, pero estoy un poco preocupada por ella. Ayer me dijiste que teníais benzodiacepinas aquí...
La conversación me viene a la mente, ayer por la tarde, en la azotea, justo antes de que la limusina de los rusos se estrellara frente a nosotras. Tengo la sensación de que ha pasado mucho más tiempo.
- Sí, las tenemos. Te daré unas cuantas. A lo mejor así se tranquiliza un poco y te resulta más fácil hacer algún progreso.
Busco en nuestro pequeño almacén y encuentro la caja con las pastillas que busco. Meto diez en un botecito de plástico y se lo entrego a Lydia.
- Si toma una por la noche, le ayudará a dormir.
Lydia esboza una sonrisa cansada.
- Tal vez si está descansada pueda razonar un poco con ella.

Vuelvo junto a Isabelle justo después de que Lydia se marche y veo que le está tomando la temperatura a Yuri. Está despierto, aunque todavía no despejado del todo y el termómetro nos muestra que tiene unas décimas de fiebre. Podría ser cualquier cosa, una leve infección, parte de la respuesta al estrés tal vez.
- Alex, ¿has visto a muchas personas contagiarse de la epidemia?
Intuyo por dónde va Isabelle, y trato de tranquilizarla.
- He visto a unos cuantos. Estaría mucho más grave.
Ella asiente con la cabeza.
- ¿Cuál fue la progresión de los síntomas?
- La verdad -pienso un poco, aunque no es agradable sacar esos recuerdos a flote- es que la mayoría murieron por las heridas que los zombis provocaron, no por la infección. Pero cuando ése no fue el caso... fiebre alta, taquicardia, pérdida de consciencia, coma y muerte.
- ¿En cuánto tiempo?
- En una ocasión, poco más de media hora. En otra, más de tres días.
- Los pocos que he visto por aquí fueron más bien rápidos. Cuarenta y cinco minutos, una hora.
- Yuri ha sobrevivido a la noche, eso es una garantía, y antes de dejarlo dormir aquí nos aseguramos de que no tuviera ninguna herida. ¿De verdad crees que puede estar contagiado?
- En realidad no lo creo, pero debemos estar alerta. Marcus ha mantenido a los otros dos bajo vigilancia toda la noche. 
- ¿No se fía de ellos? -pregunto.
- Marcus no se fía de nadie.
- Se fió de nosotros.
Isabelle ríe.
- No, no lo hizo. Pero a los pocos días resultó evidente que no suponíais ningún peligro, y ahora Lukas y tú os habéis convertido en miembros productivos de nuestra comunidad. Suficientemente productivos incluso como para que nos hagamos cargo de vuestra amiga.
No me gusta cómo ha sonado eso último. Isabelle parece darse cuenta, porque enseguida añade:
- Son sus palabras, no las mías. Yo tengo mi propia opinión, pero mi autoridad termina en esa puerta.

Nuestra conversación se interrumpe cuando Yuri trata de incorporarse. Lo ayudamos a sentarse en la cama, él se lleva una mano a la brecha que tiene en la frente.
- Me duele la cabeza -dice.
- No me extraña -responde Isabelle-. ¿Te duele algo más?
- El estómago, un poco.
- Una resaca de campeonato -sentencia ella-, eso es lo que tiene.
Él no responde, sólo resopla y desvía la mirada. A mí me da la impresión de que no tiene fuerzas ni siquiera para discutir. Mi jefa, por otro lado, no parece resignada a dejarlo en paz.
- Sigue mi dedo con la mirada -dice, al tiempo que le muestra el dedo índice y lo mueve de un lado a otro. Los ojos de Yuri dibujan el mismo movimiento.
- ¿Puedes tocarte la nariz con el índice de una mano y luego con el otro?
Él nos mira a ambas, un poco confuso.
- Así -digo, y hago una demostración. Yuri me imita sin entusiasmo.
- ¿Tienes náuseas, te sientes mareado?
Niega con la cabeza.
- ¿Recuerdas lo que pasó antes del accidente? ¿Qué es lo último que recuerdas?
Vuelve a negar.
- Me quedé dormido en la parte de atrás de la limusina. Me desperté aquí.
- Tus compañeros nos han dicho que estuviste bebiendo -dice Isabelle. Yuri frunce el ceño.
- Todos estuvimos bebiendo.
- Pero ellos no se pusieron a conducir la limusina justo después.
De repente, Yuri parece contrariado.
- ¿Era yo quien conducía?
- ¿Ni siquiera recuerdas eso?
Nuestro paciente se lleva las manos a la cabeza, cubriéndose la cara.
- Dios mío... -murmura-. ¿Qué pasó exactamente? ¿Y el coche?
- Lo estrellaste -dice Isabelle sin la menor compasión-. Alex, tú lo viste ¿verdad? ¿No estabas de guardia?
- Sí -respondo. Yuri me mira con desesperación-. Escuchamos un gran estruendo, y cuando fuimos a ver, la limusina había chocado contra una farola. Estabas atrapado en el asiento del conductor, pero nuestros compañeros consiguieron sacarte. Fíodor y Eva estaban en la parte de atrás, salieron por su propio pie.
- ¿Qué pasa con la limusina? 
- Me temo que quedó destrozada.
El rostro de Yuri se deforma a medida que nuestras palabras resuenan en sus oídos y se asientan en su mente. Se pasa una mano por la cabeza, rozando un poco los puntos que cierran la herida. Al final, después de unos segundos con la mirada clavada en el suelo, murmura algo para sí mismo.
- Fíodor me va a matar.

Mantenemos a Yuri bajo estricta observación durante toda la mañana. Él se inquieta, parece ansioso por tener que pasarse el día sentado en la enfermería, sin nada más que hacer que escuchar a Isabelle darme órdenes y someterse a cada hora a un examen de temperatura, presión arterial y funcionamiento neurológico. A primera hora de la noche, cuando vuelvo de mi guardia en la azotea, lo encuentro temblando y empapado en sudor. Está solo, no veo a Isabelle por ningún lado, y eso me cabrea bastante porque no debería haber dejado sin vigilancia a un paciente en observación.
- ¿Cómo te encuentras?
Tarda un poco en responder.
- Cansado. Tengo escalofríos.
Sólo necesito rozarle la frente para saber que la fiebre le ha subido.
- ¿Dónde está Isabelle?
- ¿La otra médico? Vinieron a buscarla hace unos minutos.
Echo un vistazo alrededor hasta encontrar el cuaderno con el historial de Yuri y consulto las últimas anotaciones. A lo largo de las últimas dos horas le ha subido la temperatura y la presión arterial. Está empeorando, pero no lo suficientemente deprisa ni con los síntomas adecuados para sospechar que se trata de la plaga. Mis suposiciones, desde luego, van por otro camino muy diferente, pero los gritos de Isabelle interrumpen mis pensamientos.

- ¡Alex, por fin! -mi jefa entra en la enfermería dando voces, como siempre, pero la expresión que lleva en el rostro está lejos de ser la habitual. Automáticamente, me pongo en alerta. Mi enfado con ella se desvanece en cuanto pronuncia las primeras palabras.
- Tu amiga, la chica rubia -dice.
- Mishel.
- Ha perdido los nervios. Lydia no consigue calmarla. Está muy asustada, gritando y apartando a todo el que se acerca con patadas y arañazos. Creo que alguien ha ido a buscar a Lukas, pero tú deberías ir también, ver si entre los dos conseguís que se tranquilice.
- ¿Dónde está?
- Abajo, en el comedor.
Me dirijo la puerta.
- Quédate con Yuri, tiene fiebre -añado antes de salir a toda prisa.

Se ha formado una pequeña multitud alrededor de la puerta del comedor. Me abro paso sin prestar mucha atención a los que observan, sin dificultad porque casi todos se apartan al verme. No veo a Mishel ni escucho gritos, así que barro la sala con la mirada, buscándola. Encuentro a Lydia, que me hace señas para indicarme dónde está. Entonces la veo, acurrucada debajo de una de las mesas, cubriéndose la cabeza con las manos. Al acercarme, muy lentamente, descubro que está temblando y que llora, aunque lo hace tan bajo que es sólo un murmullo. Sin querer, golpeo una de las sillas y el ruido la sobresalta, todo su cuerpo se estremece y se le escapa un grito. Espero unos segundos para seguir avanzando, y entonces la llamo con voz muy suave.
- Mishel.
No responde y no sé qué hacer, así que me vuelvo hacia Lydia, que está unas mesas más allá.
- ¿Qué ha pasado?
Ella me responde en voz tan baja que tengo que hacer un gran esfuerzo para oírla.
- Estábamos preparando las mesas para la cena y alguien ha llamado a la puerta. Ha sido como si se disparase una alarma, de repente se ha puesto así.
En ese momento, Lukas pasa entre los mirones de la puerta y entra en el comedor. Le señalo a Mishel con un gesto de la mano.
- Está muy asustada -le digo cuando se pone a mi lado.
- ¿Por qué?
Me encojo de hombros ante su pregunta.
- Puede que esté teniendo alucinaciones.
- Como... ¿viendo cosas?
- Algo así. Tiene una buena colección de recuerdos donde elegir.
- Como todos.
Nos acercamos unos pasos más.
- Mishel -dice Lukas-. Mishel, somos nosotros. 
Ella tiembla y grita.
- ¡No me toquéis! ¡No os acerquéis!
- Mishel.
Ella grita con voz estridente al tiempo que patea una de las sillas en nuestra dirección.
- ¡Estan aquí! ¡Están por todas partes!
- ¡No hay nadie, Mishel, cálmate! -grita Lukas. 
Ella no reacciona a nada de lo que le decimos, y empieza a retroceder a gatas bajo la mesa para alejarse de nosotros. Cuando logra salir al estrecho pasillo entre las mesas se incorpora, levanta una de las sillas y la lanza hacia donde estamos. Nos encontramos demasiado lejos para que nos alcance, pero aun así nos agachamos por instinto.
- ¡Mishel, escúchame! -me intento hacer oír por encima de sus gritos-. Hemos venido aquí para ayudarte, vamos a sacarte de aquí.
- Sí -añade Lukas-. Nos encargaremos de ponerte a salvo.
- ¡No puedes! -exclama ella-. ¡Están por todas partes!
No deja de repetir lo mismo, pero insistimos un poco más.
- Podemos llevarte a un lugar seguro.
- Lejos del peligro.
- Míranos, Mishel, nos conoces.
- Somos tus amigos.
Ella continúa gritando, pero no tan fuerte. Poco a poco deja de lanzar cosas, se queda quieta. Nos mira en silencio, con la cara surcada por el reguero que han dejado sus lágrimas. Finalmente logramos llegar a pocos metros de donde está, y extiendo la mano. Lukas hace lo mismo.
- Ven con nosotros.
Vacila durante unos segundos interminables y luego da un paso y agarra mi mano. Todavía tiembla cuando Lukas y yo la rodeamos y se encoge al verse entre nosotros.
- Ya no estás en peligro, tranquila -dice él.
Nos cuesta un poco que eche a andar. Salimos del comedor muy lentamente, el grupo de curiosos que se había congregado a las puertas de la sala se separa en silencio para dejarnos pasar. Sólo unos metros más adelante, Mishel se desploma sobre las rodillas, llorando.
- Los he visto... estaban allí... a mi alrededor, en todas partes...
Nos agachamos junto a ella.
- Ya no están -le digo en voz baja.
- Nunca han estado aquí, este lugar es muy seguro.
Mishel levanta la cabeza y mira a Lukas sin decir nada.
- Pero... los he visto...
- Ya no están -le repetimos los dos, como le hablaríamos a un niño que acaba de despertar de una pesadilla-. Ya no están.

domingo, 18 de mayo de 2014

Bocabajo

El hambre me corroe y me ciega de tal manera que sólo puedo pensar en una cosa: voy a encontrar a ese viejo y a despedazarlo. El aire helado del amanecer me despeja la cabeza, y aunque la herida que tengo en la espalda arde con la bala todavía incrustada en mi carne, las piernas me responden con fuerza suficiente para ponerme en pie. Sólo el primer paso que doy está teñido de una leve vacilación, tal vez no tanto por el dolor como por el hambre y el agotamiento. Junto a mis pies corre un pequeño arroyo del que Hamlet bebe a lametones, y a mi alrededor los árboles se levantan hasta donde puedo ver. A un lado a pocos metros de donde estoy se levanta el terraplén por el que he bajado rodando. Me agarro a la pared del barranco y me impulso para subir, pero la tierra se desprende junto a un puñado de piedras que caen a mis pies. Las aparto de una patada y el perro ladra, sobresaltado.

Echo a correr, buscando un lugar por el que subir, no voy a dejar que mis ansias de sangre queden sin saciar. No paro hasta encontrar un lugar por el que la pendiente es menos pronunciada, y entonces salto y empiezo a trepar, sorteando los troncos de los árboles que crecen torcidos por el terreno desigual. Cada movimiento me atenaza de dolor, pero el hambre y la ira me impulsan hacia delante. Atravieso el bosque como un huracán hasta que el olor de un ser humano me hace detenerme durante un momento. Debo de estar cerca del campamento, ya siento que empiezo a salivar y las manos me tiemblan de ansia. Unos metros más adelante distingo la silueta del remolque donde vive el viejo al borde del claro, observo con atención pensando en cómo acercarme y sorprenderlo.

A medida que pasan los minutos hay cada vez más luz, así que me acerco un poco más despacio, con cautela. La mula, sujeta con una cuerda a un pequeño poste en el suelo, levanta la cabeza y me mira, yo me retiro un poco y descarto rápidamente la idea de atravesar el claro para llegar al remolque. No veo al viejo, debe de estar dentro, tal vez lo pille durmiendo y para cuando se despierte ya lo haya hecho puré. Rodeo el claro en silencio y me coloco detrás de la caravana, a unos diez o doce metros. No hay ventanas por donde pueda entrar, pero veo una trampilla medio abierta en la parte superior. Ahora sólo tengo que llegar hasta ella sin que el viejo me oiga. Me precipito hacia delante, loco por ponerle las garras encima, cuando un intenso dolor en la pierna izquierda me detiene de golpe. Algo me ha atrapado y detiene mi avance. Ahogo el impulso de gritar de rabia, en su lugar, aprieto los puños y la mandíbula y me vuelvo para ver qué es. Descubro, tal como sospechaba, que mi pierna está atrapada en un cepo. Gruño de dolor al agacharme y abro el cepo; en otro momento la herida me preocuparía pero ahora mismo estoy temblando de rabia y lo único que quiero es destrozar a ese cerdo.

Apenas pasan un par de segundos cuando lo veo claro. Junto a la caravana, a menos de dos metros, se levanta una torreta eléctrica de unos quince metros de altura, construida en metal y con cuatro brazos de los que cuelgan los cables. Lo único que tengo que hacer es escalarla y saltar al techo del remolque, entraré por la trampilla tan deprisa que al viejo no le dará tiempo de mearse en los pantalones. Con el sabor de la sangre en la boca, me lanzo hacia la torre a toda prisa, pero justo cuando alargo la mano para agarrar el primer tramo metálico, algo falla.

El mundo se sacude, hasta darse la vuelta por completo. Unos segundos después, me doy cuenta de que estoy bocabajo, colgado de mi pie derecho con una gruesa cuerda que llega hasta uno de los brazos de la torre. 

Intento doblarme y llegar con las manos a la cuerda para deshacer el nudo, pero el movimiento hace que una ráfaga de dolor me atraviese la espalda tan intensamente que no puedo ahogar un grito. Me dejo caer y me quedo colgando a metro y medio del suelo, balanceándome suavemente y haciendo que la estructura metálica cruja con un chirrido oxidado. Busco en mis bolsillos algo para cortar la cuerda, pero sé desde el principio que no voy a encontrar nada: todas mis cosas acabaron anoche bajo la propiedad del viejo que me obligó a entregarlo todo a punta de pistola. Tal vez si doy unos cuantos tirones con fuerza, el brazo de la torre ceda ante mi peso... pero no me da tiempo de intentarlo.

- Te daba por muerto -dice una voz desde algún lugar por encima de mi cabeza-. O por herido, al menos. Parece que tienes mucha energía para haber recibido una bala de escopeta hace sólo unas horas.

Me revuelvo, levantando la cabeza y buscando al viejo. Al final lo veo, encima de la caravana, con la escopeta en la mano. Debe de haber salido por la trampilla del techo y ahora está sentado en el extremo más cercano a mí. Me observa con los ojos entrecerrados y dirige el cañón del arma en mi dirección.

- He matado a ciervos con esta escopeta -añade-. ¿Por qué estás tan fresco tú?
Le enseño los dientes.
- A lo mejor no me diste -lo desafío.
- Claro que te di -dice, y baja de un salto con una agilidad que sorprende para un hombre de su edad.
Se acerca un poco y trato de darle un zarpazo, pero lo esquiva.
- Estate quieto, o esta vez la bala acabará en tu cabeza -advierte. Me rodea hasta colocarse a mi espalda y siento que su mano roza la zona de la herida. Intento volverme y agarrarlo, pero ya se esperaba mi reacción y rápidamente retrocede y me da en la cara con la culata de la escopeta. Cuando consigo enfocar la vista de nuevo, me está mirando fijamente desde un par de metros de distancia.
- Deberías tener la espalda cubierta de sangre. No deberías poder moverte apenas.
No ha formulado la pregunta, pero está claro lo que quiere saber. No digo nada.
- Estoy seguro al cien por cien de que eres el mismo al que sorprendí anoche merodeando por aquí -dice-. Te disparé en la espalda, todavía tienes la herida, pero has sangrado muy poco. ¿Por qué?
Continuo con mi silencio.
- Así que eres callado. Bien, tal vez después de unas horas ahí colgado se te suelte un poco la lengua.
Me revuelvo de nuevo, intentando alcanzar la cuerda con la mano, pero el viejo me grita antes de que consiga rozarla.
- Más te vale estarte quieto.
Se ha sentado en el techo de su caravana, con la escopeta en el regazo. Tiene el gatillo demasiado fácil como para que valga la pena arriesgarme, al menos de momento, aunque mantener el autocontrol me resulta extremadamente difícil.
- Veamos quién puede más -sentencia, al tiempo que los primeros rayos de luz alcanzan el claro.

Cuando el sol empieza a bajar, ninguno de los dos se ha movido. Hacia mediodía, el viejo ha sacado de un bolsillo de la chaqueta un pequeño paquete y se ha comido lo que parecían un par de tiras de carne seca. El resto del tiempo, simplemente me ha mirado en silencio. Incluso sus animales parecen entender que algo raro pasa, porque apenas los he escuchado en todo el día. A medida que van pasando las horas siento como aumenta la presión en mi cabeza, sobre todo en los ojos. Intento mover los brazos de vez en cuando, tengo los músculos agarrotados y los hombros me duelen. Aunque no hace mucho calor, estar al sol boca abajo todo el día me hace sentir aletargado, y finalmente me quedo inmóvil hasta que el aire frío del atardecer me despierta de nuevo. Para entonces la visión empieza a fallarme y siento mucha presión en los oídos, pero aún así soy bastante consciente de todo lo que sucede a mi alrededor. Por eso no me pasan desapercibidos los ruidos que proceden del bosque al caer la noche, y que indican que algo se mueve cerca de nosotros. 

El viejo también se da cuenta, levanta la cabeza y se pone en pie silenciosamente. Aunque tiene la escopeta en la mano, se cuela rápidamente en el interior del remolque y emerge de nuevo a los pocos segundos con una barra de hierro de un par de metros, acabada en punta. Escudriña los alrededores con atención, a la espera. Los ruidos se repiten, esta vez más cerca, y el viejo rompe el silencio con un susurro.
- Última oportunidad -dice. No le respondo. Mataré a lo que sea que se acerca, y luego lo mataré a él.

El olor de los zombis me llega enseguida, casi al mismo tiempo que sus quejidos, y por un momento me estremezco, no tanto por el miedo que les pueda tener sino porque los gritos parecen de auténtico sufrimiento. Pronto emergen de entre las sombras del bosque: uno, dos, tres. No parece haber más, lo cual es una buena noticia considerando que tengo que acabar con ellos estando aquí colgado. Cuando se acercan me pongo en tensión, anticipándome al ataque, pero no me prestan mucha atención, van directos a la caravana. El viejo está preparado también y no titubea, usa la barra de hierro para apartarlos de su hogar y empuja a uno de ellos en mi dirección. Reacciono rápido y lo agarro del cuello antes de que me ponga las manos encima pero el desgraciado aúlla como un perro y llama la atención de los otros dos, que parecen olvidarse del viejo y se echan encima de mí. Clavo los dedos en la cara del primero y me incorporo un poco, lo suficiente como para darle un tirón y retorcerle el cuello bruscamente. Escucho como sus huesos se rompen al mismo tiempo que uno de los otros dos me clava los dientes en el antebrazo. Suelto al primero, que cae al suelo y se queda inmóvil, abriendo y cerrando la boca y emitiendo un sonido gutural. 

El segundo continua enganchado a mi brazo, se lleva consigo un colgajo de mi piel cuando logro despegarlo, arrancándome un grito de dolor y de rabia. Le meto las manos en la boca y le separo las mandíbulas, haciendo presión con todas mis fuerzas mientras el tercero me da un mordisco en la espalda. Presiono todavía más, hasta sentir que la mandíbula del zombi se desencaja, y continuo hasta que la carne medio podrida se empieza a desgarrar y finalmente se separa del cráneo. El zombi se tambalea y pierde el equilibrio, yo me quedo con su mandíbula inferior en la mano. 

Me vuelvo para agarrar al tercero. Lo sujeto del pelo, largo y grasiento, para mantener su cabeza más o menos inmóvil y clavarle en el ojo la punta afilada del hueso de la mandíbula de su compañero. Con la palma de la mano, empujo bruscamente el hueso hacia dentro y el despojo cae al suelo. Respiro, agotado por el esfuerzo. Un poco más allá, el viejo ha dado el golpe de gracia al zombi que he mutilado hace un momento. Después de la pelea el bosque se ha sumido en un extraño silencio, roto solamente por los gorjeos del desgraciado que está a mis pies con el cuello roto. Levanto la vista y me encuentro con el cañón de la escopeta del viejo. No apunta al zombi, sino a mí.
- Lo siento, muchacho -dice-. Te di la oportunidad de bajar de ahí.
Se prepara para disparar, tardo un momento en entender por qué ha decidido matarme justo ahora.
- ¡No, espera! -grito-. ¡No dispares!
- Te han mordido -responde-. Ha sido una pelea digna de ver, pero estás condenado.
- ¡No! ¡No lo entiendes!
- ¿Prefieres agonizar hasta morir y convertirte en uno de ellos?
Lo digo sin pensar:
- No me convertiré en uno de ellos.
- Todos piensan que para ellos será diferente, pero nunca lo es.
- Lo es para mí, ¿no me ves? Estoy bien.
- Estás bien ahora, pero en unos minutos te subirá la fiebre. La sangre se te espesará en las venas y el dolor será tan insoportable que sólo desearás la muerte. Te ahorraré eso.
Niego con la cabeza.
- ¿Por qué piensas que no me mató tu bala? ¿Por qué crees que mi herida se ha curado tan rápido?
Entrecierra los ojos, estudiándome.
- Acabas de ver cómo le he arrancado la mandíbula a un zombi, ¿crees que una persona normal sería capaz de algo así?
- No sé lo que eres, chico, pero he visto morir a demasiados a manos de los zombis y no hay excepciones.
- Hay excepciones cuando el proceso de infección se altera.
- No se puede alterar la infección, la fiebre sube y...
- Sí, la fiebre -lo interrumpo-, la sangre coagulada, el dolor, lo sé, ya he pasado por ello.

No es hasta ver el cambio en su expresión cuando me doy cuenta de la información que acabo de revelar.

- Mientes. Estás desesperado, pero...
- No miento. Alguien intervino cuando me estaba muriendo y la transformación no se completó. Unos tipos con trajes de seguridad y máscaras antigás.

Al mencionarlos, su rostro se transforma.
- Habla -acerca un poco más el arma, lo justo para evitar que pueda alcanzarlo con las manos- o te juro que esta vez sí te volaré la cabeza.
Me resisto todavía un poco a darle esa información a un desconocido, pero estoy en una situación desesperada. Al final decido contarle cómo me convertí en lo que soy, aunque evito mencionar a Alex y a los demás. El viejo parece un poco incrédulo ante mi relato, pero acaba bajando la escopeta.
- Si sigues vivo por la mañana, te bajaré.