domingo, 20 de enero de 2013

Chertovski p´yan

Cuando llego a la enfermería tengo que abrirme paso entre un pequeño grupo de gente que se ha apelotonado en la puerta. En el interior veo a Marcus, de pie junto a la camilla en la que yace inerte el recién llegado. Isabelle está inclinada sobre él, limpiándole la herida de la cabeza, pero se vuelve rápidamente en cuanto me escucha entrar.
- Anda, ven aquí y ayúdame, hay que suturar esto.

El hombre de la camilla debe de rondar los treinta y cinco. Es alto, así que los pies le cuelgan por un extremo. El pelo rubio le ha crecido demasiado para el corte que lleva y la barba es por lo menos de un mes. Viste ropa elegante, pero sucia y bastante desgastada. Huele a alcohol.
- ¿Es la única herida que tiene? -pregunto, mientras me lavo las manos y me siento junto a Isabelle.
- Sí, lo han examinado a fondo -responde Marcus-. Debe de haberse golpeado la cabeza al tener el accidente, por eso ha perdido el conocimiento.
- Lleva mucho tiempo inconsciente -añado.
- ¿Crees que tendrá daño cerebral?
Me encojo de hombros. Puede que lo tenga, no hay manera de saberlo.
- Habrá que esperar a que despierte. ¿Cómo están los otros dos?
- Un poco nerviosos -dice Marcus-. Ahora los traen, para que les echéis un vistazo, aunque no tienen heridas de gravedad. Algunas magulladuras del accidente, creo.

Nos deja solas y nosotras terminamos de cerrar la herida y limpiarla. Me gustaría que nuestro paciente estuviera despierto para preguntarle qué hacía con una limusina en medio del apocalipsis. Supongo que ha sido un golpe de suerte que se hayan estrellado justo frente a nuestra puerta. En cualquier otro lugar, los zombis podrían estar dándose un festín con ellos.

Los otros dos ocupantes de la limusina llegan al poco tiempo. Aparecen acompañados de un par de muchachos armados que no les quitan el ojo de encima. Parecen tranquilos, hasta que se percatan de que su compañero está presente, aunque inconsciente aun. Entonces, el hombre lanza un alarido y se abalanza sobre él. Empieza a darle puñetazos en la cara y en el pecho, y a gritar palabras que no entiendo pero que sólo pueden ser maldiciones. Los chicos de Marcus reaccionan rápido, lo cogen de los brazos y lo apartan del herido, pero tardan un poco en reducirlo del todo. Sigue mascullando por lo bajo cuando por fin se da por vencido y se deja caer de rodillas, apresado por los muchachos. La mujer entonces se acerca a la camilla, donde Isabelle se apresura en comprobar las constantes del paciente.
- Tranquila -le dice-. Sigue respirando.
- Chertovski p´yan -dice ella con desprecio, y acto seguido escupe a su compañero. Esto ya es demasiado.
- ¿Se puede saber qué pasa? ¿Qué has dicho?
- Ella ha dicho: puto borracho -aclara el hombre.
- ¿Borracho? 
- ¿Por qué crees que ha estrellado el coche ese cabrón?
- ¿Estaba conduciendo borracho? -parece que tenemos una explicación lógica a por qué el tipo huele a alcohol.
- Eso he dicho. Nosotros -hace un gesto para señalar a la mujer- estábamos durmiendo detrás. Él se ha levantado sin decir nada y ha arrancado la limusina. ¡Era lo único que teníamos! ¡Ahora no tenemos nada!
Hace amago de levantarse de nuevo, pero los chicos lo retienen.
- No te emociones, colega -dice uno de ellos-. Tú también hueles a alcohol.
El hombre los mira, primero a uno, luego al otro, luego a Isabelle y a mí.
- Estuvimos bebiendo anoche -responde al fin-. Los tres. Luego nos fuimos a dormir. Nos despertamos cuando ese hijo de puta de ahí estrelló el coche.

Isabelle pone los brazos en jarras y se queda mirando a los visitantes durante unos segundos.
- Tú y tú, os vais a calmar y nos vais a contar qué ha pasado. Uno de vosotros -le dice a los muchachos- debería avisar a Marcus, creo que le interesará.
Uno de los chicos asiente y sale corriendo, el otro se queda, todavía vigilando de cerca al hombre que sigue de rodillas en el suelo. Isabelle acerca un par de sillas y les pide que se sienten mientras esperamos a Marcus. Aprovechamos esos instantes para tratar de calmarlos, ya que parecen bastante alterados. Puede que sigan un poco borrachos, también.

Marcus llega poco después. Con la situación un poco más calmada, empieza a hacer preguntas.
- Supongo que ahora ya podéis explicarnos con un poco más de detalle quiénes sois, de dónde habéis salido y qué hacéis aquí.
El hombre asiente, la mujer lo mira sin decir nada. Creo que no nos entiende.
- Me llamo Fiodor, ella es Eva -empieza él-. El capullo se llama Yuri. Llevábamos unos pocos días en el país cuando todo empezó. Vinimos con nuestro jefe, era el dueño de una empresa de gas natural en Rusia.
- Así que sois rusos -dice Marcus-, pero habláis nuestro idioma.
- Yo sí, Yuri también, creo. Eva no.
- Tendrá que aprender. Bien, continúa. Vinistéis con vuestro jefe.
- Sí, el señor Borovski. Iba a cerrar acuerdos de negocios. Nuestro jefe tiene mucho dinero. Fue cuando declararon la zona cero de cuarentena. Fuimos a varias reuniones, pero empezaron a haber rumores de que iban a ampliar la cuarentena y que nosotros estaríamos dentro. Empezaron a evacuar gente. Entonces nuestro jefe decidió marcharse, pero nos dijeron que no podíamos, que había que aislar la zona. Todo estaba lleno de militares. Él tenía un helicóptero. Se marchó en el helicóptero, sólo se llevó al piloto. No nos dijo nada, nosotros estábamos en el hotel y nos enteramos cuando él ya se había ido. Nos dejó tirados. No sé por qué lo dejaron salir, de hecho no sé si llegó a salir de la cuarentena, pero no supimos nada más de él y a nosotros no nos dejaron marcharnos. Luego los militares se fueron, y sólo quedó la gente, pero todo el mundo se estaba volviendo loco. Teníamos las llaves de la limusina, Yuri las tenía, él era el chófer, así que la cogimos y nos fuimos. Era una buena protección, cristales blindados y todo eso, y mucho espacio dentro. Hemos estado bien un tiempo, moviéndonos de sitio para encontrar comida. Pero el hijo de puta ha tenido que estrellarla. Siempre ha sido un borracho. El jefe debió despedirlo hace tiempo. 
- Yuri era el chófer... ¿y vosotros?
- Yo era el secretario personal del señor Borovski -dice-. Eva... ella era su... acompañante.
- Ya veo...

La historia del ruso me deja pensando, no sólo por el hecho de que se quedasen tirados mientras su jefe se largaba en su helicóptero, sino por lo que ha dicho sobre las zonas de cuarentena. Aunque nuestra ciudad fue la primera en caer, ya había oído por aquí que hubo otros focos, y que la zona de cuarentena tuvo que ser ampliada.
- ¿Dónde estábais cuando empezó esto? -les pregunto.
- En Arlington.
- Eso está... ¿a cuánto? ¿Ciento cincuenta, doscientos kilómetros?
- Unos doscientos -apunta Marcus. 
No dice nada, pero probablemente está pensando lo mismo que yo. La zona de cuarentena tiene que ser enorme, y no sabemos si han habido más ampliaciones. Sin embargo, puede que exista una zona segura más allá. El problema es que para llegar hasta allí, necesitamos un plan, y la gente de Cornwell parece más dispuesta a seguir con su día a día esperando que en algún momento alguien venga a rescatarnos.
- Habéis recorrido una gran distancia, ¿habéis visto signos de que todo este asunto de los zombis esté mejorando?
Fiodor niega con la cabeza.
- No hemos pasado por muchas ciudades porque nos dimos cuenta de que cuanto más nos acercábamos, más zombis había. Algunas son como hormigueros. Así que buscamos las zonas rurales. Estábamos en este pueblo porque parecía vacío, hay muy pocos por aquí.
- Eso es porque nos encargamos de mantenerlo limpio -dice Marcus.
La mujer le pregunta algo a su compañero. Él se pone a hablarle en ruso, imagino que explicándole lo que nos acaba de contar. Ella no para de hacer preguntas.
- Eva quiere saber si es seguro estar aquí... y en ese caso, si podemos quedarnos.
Marcus medita un instante.
- Podéis quedaros hasta que vuestro amigo se recupere, si colaboráis con las tareas del refugio. No podéis tener armas y dormiréis separados del resto en una habitación vigilada. Son normas de la casa, la doctora Sky pasó por lo mismo no hace mucho, ¿verdad?
Asiento con la cabeza, sin prestar demasiada atención.
- Cuando vuestro amigo esté recuperado, nos reuniremos y decidiremos si os quedáis o no.
- Yuri no es nuestro amigo -dice Fiodor a modo de respuesta.

lunes, 14 de enero de 2013

Turno de guardia

No me gusta montar guardia. Nunca pasa nada interesante, y eso significa que tengo tiempo para pensar. Pensar es malo, y más cuando se está solo. La cabeza se va a todas las cosas terribles que han pasado o pueden pasar, o a todas las personas que no voy a volver a ver, o a preguntarse si mi familia sigue con vida, o si Isaac está  bien. Y pensar en esas cosas con un rifle en la mano no es malo, es peor.

Me levanto de la silla y doy una vuelta por la azotea del instituto. La he recorrido ya un par de veces, pero tengo que pasar aquí cuatro horas, así que estiro las piernas una vez más. Me asomo por la barandilla y escruto las calles de los alrededores, pero todo está desierto, ni siquiera hay zombis cerca. De vez en cuando se acercan pequeños grupos, entonces el vigía avisa a los demás y un grupo armado sale a eliminarlos. Luego simplemente queman los cuerpos. Hace días que no viene ninguno, y prefiero que no lo hagan en mi turno de guardia, pero eso no quita que me aburra profundamente. En la enfermería, al menos, siempre puedo encontrar algo que hacer, aunque sea llevarle la contraria a Isabelle para enfadarla un poco, que creo que le sienta bien de vez en cuando.

Lydia sube al cabo de media hora para hacerme compañía y traerme algo de comer. Empieza a caer la tarde y el aire es fresco. Los días se empiezan a acortar, lo llevo notando algún tiempo. Sólo espero que el invierno no sea muy frío.
- ¿Quieres una manzana, Alex? -me dice Lydia-. Son de la granja.
- Claro -respondo, y casi no la cojo cuando me la lanza de cualquier manera. Es mucho más pequeña que las que vendían en las tiendas, pero está dulce. Me dura apenas un par de bocados.
Lydia se me acerca entonces y sé que quiere hablarme de algo. Déjame adivinar.
- Oye, Alex, tu amiga...
Lo sabía.
- No mejora, ¿verdad?
Lydia niega con la cabeza. Parece realmente preocupada por Mishel. Yo también lo estoy, lleva semanas en esa especie de estado de shock, apenas come y mucho menos duerme. Grita en sueños y se despierta llorando, aunque Isabelle me ha dicho que yo también lo hago. Normalmente, no me acuerdo de lo que sueño. Lo prefiero, la verdad.
 - ¿Hay algo que crees que pueda hacer? -le pregunto. Ella se encoje de hombros.
- Yo trabajaba con adolescentes en un instituto, no me había enfrentado nunca a algo así...
- En la enfermería tenemos algunas cajas de benzodiacepinas. Podrían calmarla un poco y así sería más fácil trabajar con ella.
- A lo mejor...

Un estruendo nos obliga a dejar la conversación a medias. Miramos alrededor, sin entender qué ha pasado. Ha sido cerca, de eso estoy segura. Recorro la azotea una vez más, buscando en los alrededores el origen del ruido. Lo encuentro cuando llego a la parte trasera del instituto, justo sobre el gimnasio.
- ¡Lydia, corre, ven aquí!
Un vehículo se ha estrellado contra una farola. Pero no cualquier vehículo, no.
- ¿Eso es...?
- Una limusina.
Una puta limusina. Como si este mundo no fuera suficientemente absurdo.

Los habitantes del refugio han escuchado también el ruido de la colisión, y salen al patio preguntando qué ha pasado. Lydia baja a toda prisa para informar a Marcus, pero yo me quedo en mi puesto, no puedo abandonar la guardia. Además, desde aquí tengo un asiento de primera fila para ver qué pasa con el accidente.

Por el momento, ninguno de los nuestros sale a la calle. Marcus sube a la azotea enseguida, y se coloca a mi lado para ver qué ha ocurrido. 
- Ten preparado el rifle -me dice, y lo miro dudando un poco-. Sólo por si acaso.

Obedezco la orden y cojo el arma con las dos manos, preparada para disparar, aunque de momento no hay objetivo al que apuntar siquiera. Esperamos durante unos minutos sin que pase nada, hasta que al fin vemos cómo se abre una de las puertas traseras de la limusina. Un hombre sale trastabillando y tosiendo, da unos pasos, y se deja caer sobre las rodillas, apoyando las manos en el suelo. Lleva un traje negro que incluso desde aquí se adivina sucio y desgastado, y tiene la cara roja y congestionada. Se lleva una mano a la cabeza, escasa de pelo, y niega lentamente. No parece darse cuenta de que lo estamos observando.

Se incorpora y vuelve la vista hacia la limusina. Otra persona está saliendo, el hombre se levanta para ayudarla. Es una mujer con una larga cabellera rubia y un vestido negro que deja poco a la imaginación. El hombre prácticamente tiene que sostenerla para que se mantenga en pie una vez ha salido a la calle. Se ponen a hablar en voz baja y ella rompe a llorar. Su compañero la deja un instante para correr al asiento del conductor y abrir la puerta. Le grita unas palabras a la mujer, no entiendo lo que dice, pero ella se acerca con paso inseguro y se asoma al interior. Está llorando en silencio. Ahí debería estar el conductor y por la expresión de ambos no debe de haber salido bien parado de la colisión. No tardaremos en saberlo, parece que el hombre trata de sacarlo del coche.

- Marcus, un herido.
- O un muerto. Esperemos un poco más.
Vemos al hombre forcejear un rato hasta que por fin logra sacar al conductor. Me siento mal por estar aquí simplemente observando, sin ayudar en nada, pero no puedo desobedecer a Marcus. Esperamos a que lo saque del todo. El conductor está inconsciente o muerto, y parece que no reacciona. Tumbado en el suelo, sus compañeros intentan despertarlo a base de sopapos, pero no hay suerte. Tiene la cara llena de sangre, tendrá alguna herida en la cabeza. No se dan por vencidos en su intento de reanimarlo, así que no creo que esté muerto.

- Marcus...
- No seas impaciente, muchacha.

Pero entonces, la mujer levanta la cabeza y nos ve. Le dice algo al hombre, y él se vuelve también hacia nosotros. Luego, haciendo grandes aspavientos con los brazos, se pone a gritar.
- ¡Ayuda! ¡Ayuda, por favor!
Marcus resopla. Le hace gestos para que baje la voz y lanza una mirada alrededor, comprobando que no se acercan zombis.
- ¿Cuántos sois? -le pregunta. 
- Sólo nosotros -dice el hombre, poniéndose de pie y acercándose al edificio-. Nosotros tres.
- ¿Formáis parte de algún grupo? 
- No, no, ningún grupo, sólo nosotros -habla con acento extranjero y parece que tiene que buscar las palabras.
- ¿Tenéis armas? 
Niega con la cabeza.
- No tenemos nada, tenemos el coche, pero ya no -parece desolado-. Ahora ya nada.
En un segundo le cambia la expresión y le asesta un puñetazo en el pecho al otro hombre, que sigue tendido en el suelo, al tiempo que grita algo incomprensible que suena como un insulto.
- Ayuda, por favor -suplica. La mujer repite las palabras otra vez. Marcus refunfuña.
- Quedaos ahí, saldremos a por vosotros. No os mováis, y no hagáis ruido.

Yo tengo órdenes de quedarme en la azotea, vigilando para dar el aviso si algún peligro se acerca, así que no me queda más remedio que observar la escena desde arriba. Una pequeña comitiva sale por la puerta trasera del instituto, con algunas armas, y les piden que se acerquen lentamente y con las manos en alto. La mujer dice algo en un idioma que no entiendo, el hombre le contesta y ambos se dirigen al grupo. El otro hombre sigue en el suelo, inmóvil. Aun sin quitar el seguro del rifle, apunto hacia él, preparada para disparar en caso de que se levante con hambre. 

La comisión de bienvenida somete a los recién llegados al examen de rigor. Al principio parece que no entienden lo que ocurre, pero pronto los convencen a ambos. La mujer tampoco llevaba mucha ropa, en realidad, iba incluso sin zapatos. Parece que están limpios, porque los dejan pasar. Luego, unos cuantos se arremolinan alrededor del que está en el suelo, para examinarlo a fondo también. Les lleva un rato, no sólo porque no es fácil desnudar a una persona inconsciente, sino porque tienen que mantenerse alerta en todo momento ante la posibilidad de que despierte convertido en zombi. Sin embargo, de momento no se apartan de él por lo que probablemente siga con vida. Una vez se dan por satisfechos, se lo llevan al interior del recinto. Un par de compañeros se quedan fuera y echan un vistazo al interior de la limusina destrozada. Sacan unas cuantas botellas del vehículo y vuelven rápidamente al instituto. No pasa mucho tiempo hasta que uno de los chicos de Marcus sube a la azotea y me informa de que viene a relevarme, aunque no han pasado aun las cuatro horas de guardia.
- Isabelle te reclama en la enfermería.
Le doy el rifle y me marcho a toda prisa, no conviene hacerla esperar.

martes, 30 de octubre de 2012

Cambios de humor

No sé exactamente cuántos días llevo dando vueltas por el cordón militar, creo que un par de semanas. Aquí no hay signos de vida, no he visto un ser humano en todo este tiempo. Sí me he encontrado con unos cuantos zombis, todavía con su uniforme, y con muchos cadáveres desperdigados que se descomponen rápidamente debido a la exposición a los elementos. El tiempo se está volviendo más frío, así que me he dedicado a buscar ropa de abrigo que me valiera para sacársela a los muertos. Me he hecho con una chaqueta y un par de botas nuevas, y también con un rifle y munición, aunque ni siquiera he tenido ocasión de usarlos. Los vehículos abandonados me han sido de gran ayuda, he encontrado muchas cosas útiles que he utilizado para preparar pequeñas trampas que he dejado esparcidas por el bosque. Sin embargo, hay algo que me inquieta, y es pensar qué ocurrió al romperse la cuarentena para que el ejército dejara todo esto aquí abandonado. Ni siquiera tiene pinta de que hayan intentado volver a por algo, es como si los que quedaron vivos se hubieran largado para no volver, como si no tuvieran ninguna esperanza de recuperar este lugar. 

Comienza a bajar el sol, así que salgo del coche donde he pasado casi todo el día y me dispongo a hacer mi ronda por el bosque. Parece que me estoy volviendo un poco nocturno, porque cuando mejor me siento es en las horas antes y después del atardecer. Por el momento, solamente he conseguido atrapar pequeños animales, ardillas y algunos ratones, pero es una dieta muy pobre, y me está costando encontrar y atrapar presas mayores. Tal vez debería intentar arrancar uno de esos todoterrenos y largarme de aquí, conducir hasta quedarme sin gasolina y luego instalarme en otro lugar. Puede que lo haga, uno de estos días, si me veo con fuerzas. De momento, vivo al día, no quiero pensar en el futuro más allá de encontrar algo que calme un poco el hambre que me corroe.

Trato de ser lo más sigiloso posible. Es un ejercicio de autocontrol que exige que ponga todos mis sentidos en lo que estoy haciendo para no cometer ninguna estupidez que espante a potenciales presas. Escucho un murmullo no muy lejos de aquí, pero todavía fuera de mi alcance para un ataque rápido, así que de momento decido revisar mis trampas. Llego a la primera, que no es más que un tubo clavado en el tronco de un árbol. En la parte de abajo he colocado una malla con algunas nueces, de manera que el animal entra para cogerlas pero luego no puede trepar por el interior del tubo, y se queda atrapado dentro.
- Mira qué tenemos aquí -murmuro. Llevo tantos días sin escuchar mi propia voz que incluso me sobresalto, pero dura solo un instante, porque empiezo a relamerme al ver que mi trampa finalmente ha servido para algo. Hay una ardilla dentro, que intenta morderme cuando la saco. Apenas noto sus dientes, rápidamente le retuerzo el cuello y me dispongo a disfrutar del pequeño bocado.

Estoy comiendo, rápidamente y en silencio, cuando escucho el suave sonido de las hojas contra el suelo, los pasos cautelosos de un animal. Cuando levanto la vista, me encuentro otra vez con ese perro. Lleva días siguiéndome, pero no se atreve a acercarse, y si me vuelvo en su dirección, sale huyendo. Tampoco sé por qué un animal seguiría a alguien como yo. Sin embargo, ahí está, parece que por fin se ha decidido a mostrarse y acercarse. Tal vez el hambre lo haya obligado a ello. "Lo siento", pienso, "pero esto es mío y no lo voy a compartir".

El animal se acerca un poco más y me mira fijamente. Más que a mí, a lo poco que queda de la ardilla entre mis manos. Mierda, empiezo a sentir lástima. Termino con la comida más deprisa aún.
- No hay nada para ti -le digo, aunque no sirve para disuadirlo. 
Se sacude un poco el pelaje negro y enmarañado y avanza unos pasos más.
- Vete, no queda nada -añado. Sigue mirando mis manos con esos ojos enormes y tristes. Mierda, no quiero un perro. Dejo los huesecillos de la ardilla en el suelo, lo único que no he podido masticar, y me marcho en busca de mis otras trampas. El perro se queda en el lugar donde he estado sentado, dando cuenta de mis sobras. Me alejo antes de que se le ocurra venir detrás de mí.

Mi suerte se termina pronto. Cuando la oscuridad comienza a envolver el bosque, me doy por vencido. El resto de mis trampas estaban vacías, así que echo algo de comida nueva en ellas y vuelvo al cordón militar. Trampas vacías, estómago vacío. El hambre me enfada. Vuelvo a pensar en marcharme de aquí, pero no sé qué voy a comer, allá donde vaya. 

Regreso a mi coche, un todoterreno que no arranca y cuyo motor ya he desvalijado para construir mis trampas del bosque. Compruebo sin mucho interés que todo sigue como lo dejé. No estoy cansado, así que me siento sobre el capó del coche y paso un rato escrutando la explanada que lleva a la ciudad. Más allá, estará la zanja repleta de muertos, las fábricas abandonadas, las casas vacías y los comercios saqueados. La noche es clara y puedo ver la silueta de algunos edificios, los más altos, completamente oscuros. Bajo del coche de un salto y me aventuro algunos metros en dirección a la zanja. Si escucho atentamente, puedo oír los gemidos de los muertos desde aquí. Me pregunto si habrá alguna forma de que los zombis atraviesen el hoyo, y si eso fue lo que hicieron para llegar hasta aquí. Camino un rato en la misma dirección, agudizando el oído a cada paso, acercándome a los lamentos de las criaturas que se han adueñado de la ciudad.


Un sonido extraño rompe la letanía. Un sonido que, a diferencia de los aullidos de los zombis, llevo mucho tiempo sin escuchar. Pasos rápidos, una respiración apresurada. Un ser humano, y no está lejos. Cierro los ojos y trato de determinar de dónde viene el sonido. Luego, echo a correr en su busca.

Procuro no perder de vista la hilera de vehículos muertos que delimitan el cordón militar, para no desorientarme en la oscuridad. Ahora lo escucho más cerca, alguien corre. Huye, más bien. Algo lo persigue, algo silencioso que, inesperadamente, lanza un lúgubre alarido a la noche. Ahora los veo, sus siluetas en la penumbra. El cazador se mueve con una rapidez aterradora y va ganando terreno segundo a segundo. Dudo un instante, pero no dejo de correr. Hace mucho que no me enfrento a uno de esos, y llevo días sin apenas alimentarme. No obstante, si no hago algo pronto le dará alcance al desgraciado que corre delante, así que acelero, siento tensarse mis músculos y el cosquilleo en las extremidades que precede a la acción. Lo intercepto con un placaje de los que hacen historia.

Mi velocidad, unida al impulso que llevaba la criatura, hacen que salgamos despedidos y rodemos por el suelo varios metros. No consigo mantenerlo sujeto y se pone rápidamente en pie, a sólo unos pasos de donde estoy. Sin embargo, no viene a por mí, continúa centrado en su presa y echa a correr de nuevo. La víctima, un poco más lejos, ha caído de rodillas al suelo. Me levanto rápidamente y salto de nuevo sobre el zombi, tumbándolo de un golpe y aplastando su cara contra el polvo. Parece que lo tengo inmovilizado, no sé cómo logra zafarse de mi presa e incorporarse de nuevo. Pero ahora las cosas cambian, ya que no se aleja. Se pone en pie para lanzarse sobre mí con todas sus fuerzas, dispuesto a arrancarme la cara de un mordisco. Tumbado en el suelo, freno su mordisco agarrándole las mandíbulas con las manos. Intenta morderme, desesperado, y siento cómo sus dientes se me clavan en las palmas y abren pequeños cortes. No podré continuar así mucho tiempo, así que descargo una poderosa patada en su estómago y logro alejarlo de mí. Ruedo para ponerme en pie y me preparo para su ataque. Como esperaba, carga contra mí, así que simplemente me desplazo un poco y lo detengo golpeando su cuello con el brazo. Una vez desequilibrado, basta una patada para echarlo al suelo. Me agacho junto a él, colocando una rodilla sobre su garganta, y agarro con fuerza su mandíbula. Tiro, la desencajo, doy un fuerte golpe con un movimiento rotatorio. Sigo así durante más de treinta segundos, hasta que consigo arrancarla. El zombi queda inmóvil en el suelo. Lanzo los dientes a lo lejos, y sin limpiarme la sangre negruzca de las manos, me voy a buscar a quien sea que este monstruito estaba persiguiendo. 

Distingo la silueta en el suelo, todavía de rodillas. Me apresuro a su lado pero, antes de haber dado tres o cuatro pasos, escucho un ruido detrás de mí, un gorgojeo que hace que me vuelva sobresaltado. El muerto, aún sin su mandíbula inferior, se lanza hacia mí como un animal, pero algo lo hace caer antes de que me alcance. No pierdo el tiempo, aprovecho su caída para terminar con esto de una vez aplastando su cráneo con la fuerza de mi bota.

Al terminar, miro alrededor, buscando qué es lo que lo ha hecho caer, y me encuentro de lleno con mi pequeño acosador particular. El perro negro, salido de la nada, y que de repente se ha enfrentado a un zombi para ayudarme. Lo cierto es que es toda una sorpresa, pero hay algo más urgente ahora de lo que ocuparme.
- ¡Vamos! -le digo al perro, y me alejo del cadáver para atender al vivo.
Cuando llego, me doy cuenta de que es apenas un muchacho, que no tendrá más de diecisiete o dieciocho años. Está llorando.
- Gracias... -susurra, mirándome asustado.
- ¿Estás herido? -le pregunto. Tarda un rato en responder. Al final asiente con la cabeza.
- Me ha mordido.

"Mierda."

- ¿Dónde te ha mordido? -pregunto, tratando de mantener la calma. El chico levanta el brazo y me lo muestra, aunque en la oscuridad sólo puedo ver una mancha oscura sobre su ropa.
- ¿Hace mucho tiempo?
- Unos minutos... me ha alcanzado y me ha mordido, no sé cómo he conseguido escaparme, pero me ha perseguido hasta aquí... ya no podía más, si no llega a ser por usted...
- No te preocupes -le digo, mientras me quito el cinturón-. Voy a usar esto para hacerte un torniquete, estarás bien, ya verás.
No sé si el cinturón será suficiente para detener la infección, pero creo que me dará algo de tiempo para llegar al cordón militar y amputar el brazo. Tengo que evitar que la infección se extienda, o al menos retrasarla al máximo. Lo ayudo a ponerse en pie y prácticamente lo llevo en brazos hasta llegar junto al todoterreno donde paso los días. Lo dejo suavemente en el suelo y busco una linterna entre mis cosas. Luego, me dispongo a examinar la herida.

La piel alrededor de la mordedura está morada, y los vasos sanguíneos comienzan a oscurecerse. Le pongo la mano en la frente para comprobar que tiene fiebre. No lo voy a poder salvar. La infección se está extendiendo. Dudo unos segundos. El perro nos ha seguido hasta aquí, está sentado a mi lado observando con curiosidad la situación. El muchacho va a morir, sin embargo... hay algo que puedo hacer. Algo que él... podría hacer por mí.

No sé si seré capaz.

- ¿Me voy a poner bien? -me pregunta aterrorizado.
- Claro que sí -le respondo-. Cierra los ojos, descansa un poco. Voy a buscar unas medicinas en el coche.

El chico obedece, apoya la espalda en la rueda del coche y se queda quieto. Yo saco la pistola de debajo del asiento. Antes de que abra los ojos, la bala le atraviesa la sien y cae a plomo como un peso muerto.

Iba a morir de todos modos, sólo le he ahorrado el sufrimiento.

El disparo ha asustado al perro, que sale corriendo y se pierde entre la noche. Observo al muchacho, en el suelo, con una expresión de serenidad en el rostro. Me doy cuenta de que estoy salivando, y comienzo el banquete.

Al rato, el perro vuelve a acercarse. Lo veo rondar los alrededores, husmear entre los cadáveres y rascar con las patas delanteras una calavera medio descompuesta.
- Eh, Hamlet, ven aquí -lo llamo. Me río, por primera vez en mucho tiempo. Comer me pone de buen humor.

jueves, 18 de octubre de 2012

La vida en Cornwell

Isabelle es una jefa dura. No me cuesta imaginar por qué los demás ayudantes que tuvo decidieron dedicarse a otra cosa. Le grita a todo el mundo, incluso a los pacientes. Cuenta con el visto bueno de Marcus para hacer lo que le plazca dentro de sus dominios, así que ha convertido la enfermería del instituto en un pequeño feudo en el que ella tiene poder absoluto. Sin embargo, hace bien su trabajo, y eso me gusta. Y después del infierno que he vivido, esto me parece un paseo. De hecho, ya he durado dos semanas, y eso es el doble de lo que aguantó el último que ocupó este puesto. Isabelle era enfermera en el centro de salud de Cornwell antes de la plaga. Es un poco irónico que una enfermera sea mi jefa ahora, pero la verdad es que no me supone un problema. Además de contar con mucha más experiencia, es una mujer llena de energía. Yo estoy agotada, física y mentalmente, y no podría asumir ahora mismo el liderazgo de nada. Me siento mucho mejor obedeciendo sus órdenes y tratando de pensar lo menos posible en un futuro que no sea el inmediato.

Por el momento, el tipo de problemas que hemos tenido en la enfermería de Cornwell han sido de poca gravedad. La mayoría, heridas que sólo necesitaban un poco de limpieza y cuidados, y tal vez un par de puntos de sutura. La enfermería cuenta con una camilla y una cama plegable para los pacientes, y las reservas de medicinas y material sanitario no están nada mal. Isabelle me ha contado que han estado saliendo periódicamente a limpiar zonas del pueblo y han ido reuniendo todas las cosas útiles que han podido encontrar. Esta mañana hemos terminado por fin un exhaustivo inventario de todos los suministros de que disponemos.
- Bien hecho, jovencita -me ha dicho cuando he terminado con la última caja, y ha mirado alrededor buscando otra cosa que encargarme. Aquí todo el mundo se dirige a mí como si fuese una niña. 

Al final, Isabelle no ha encontrado ninguna tarea para mí, ni para ella, así que hemos salido un rato la patio, para que nos diese un poco el aire. Un puñado de niños fingían conducir la moto que hay junto al muro exterior. Isabelle los ha echado de allí diciendo a gritos que iban a romperla, y los críos han salido huyendo aterrorizados. Me he sentido tentada de seguirlos, pero finalmente me he quedado con ella. Creo que con esa capacidad pulmonar esta mujer podría ser cantante de ópera. Puede que le gustase, parece que se lo pasa bien dando voces.
- ¿Alguna vez usáis esa moto? -le he preguntado cuando los niños se han marchado.
- No la hemos usado nunca, de momento, pero Marcus quiere mantener los vehículos en buenas condiciones -ha dicho ella-. Dice que podríamos necesitarlos en cualquier momento. 
He asentido, y nos hemos puesto a andar alrededor del patio. Sienta bien estirar las piernas.
- ¿Te gusta este lugar? -me pregunta de repente. Es la primera vez que se interesa por algo así, así que al principio me quedo un poco parada.
- Sí, claro que me gusta -le digo al final-. Tenemos de todo, la gente es amable y no hay zombis.
- Bien, me alegro. Tal vez tengamos que quedarnos durante mucho tiempo.
- Isabelle...
- Tú lo sabes mejor que ninguno de los que estamos aquí, ¿verdad? Has visto cómo está todo fuera de aquí.
Me quedo callada, pero no dejo de caminar. Asiento con la cabeza.
- Sabes que no van a venir a rescatarnos -dice.
- No lo sé -respondo yo-. Pero lo que he visto fuera... no da muchas esperanzas.
- Lo imaginaba, sobre todo después de ver en qué condiciones llegasteis a Cornwell. Tu amiga todavía no está recuperada, ¿verdad? Debe de ser terrible enfrentarse cara a cara con los zombis.
- Lo es, pero no fueron los zombis los que la dejaron así. Los zombis han matado a muchas personas, a nuestros amigos, a nuestras familias... pero a Mishel fueron seres humanos quienes le hicieron cosas terribles. Humanos, si es que se los puede llamar así...
- Dios mío... Lo siento mucho.
- Habrá que ser pacientes con ella -le respondo, y seguimos andando. 

Isabelle tiene razón, Mishel no está recuperada. Está igual, o peor. Tiene pesadillas todas las noches, y apenas conseguimos que coma. Lydia y yo intentamos estar pendientes de ella, pero es complicado, porque la mayor parte del tiempo parece que está en otro lugar. A veces se pone a gritar y a llorar diciendo que los zombis van a entrar o suplica que la suelten y que no le hagan daño. Es como si reviviera una y otra vez la pesadilla de aquellos días. Y de paso, me recuerda constantemente todo un infierno que me esfuerzo por olvidar. Después del descanso volvemos a la enfermería, aunque hay poco por hacer durante la tarde.  Aún así, lo dejamos todo preparado para atender a posibles heridos o enfermos, porque a última hora, poco antes de anochecer, van a llegar los miembros del grupo que se encontraban trabajando en la granja.

En las dos semanas que llevamos aquí, Isabelle me ha ido contando cómo se ha organizado el refugio y cuáles son los planes de Marcus. Parece que es consciente de que hay pocas probabilidades de rescate, porque ha hecho planes a largo plazo para este lugar. Y el principal, el más ambicioso, es conseguir una fuente de alimentación sostenible. Así que han decidido cultivar sus propios alimentos, y dado que el huerto de la azotea no es ni de lejos suficiente, han buscado otra solución, una granja que queda a unos seis kilómetros de Cornwell y que tiene la ventaja de tener un terreno bastante amplio completamente vallado. Hay ocho miembros del grupo allí ahora mismo, aunque puede que ya estén en camino, en realidad.
- ¿Qué hora es, Isabelle? ¿Cuánto van a tardar?
Isabelle suelta una risotada y da un vistazo a la ventana.
- No mucho, cielo -se vuelve a reír-. No estés tan ansiosa.
- No estoy ansiosa. Bueno... puede que un poco. ¿Traerán comida?
- Puede. Hay gallinas allí, así que suelen traer huevos. Con las verduras no sé si se han aclarado todavía, pero no queda mucho para que empiece a hacer frío así que no sé para cuándo las podremos tener.
- Vaya...
- Pero no pasa nada, tenemos provisiones acumuladas para el invierno. Estaremos bien, ya verás.
- ¡Tía Isabelle! ¡Doctora Sky! 
Una niña con largas trenzas se asoma a la puerta de la enfermería y nos llama a voces con una enorme sonrisa en los labios. La reconozco enseguida. Es Sara, la sobrina de Isabelle. Bueno, realmente no es su sobrina, pero Isabelle y su madre se criaron juntas y son como hermanas. La chiquilla nos hace gestos con las manos para que la sigamos.
- ¡Ya llegan!

La pequeña sale dando saltos, aunque nosotras nos retrasamos un poco porque tenemos que cerrar la enfermería. La niña vuelve a buscarnos y tira del brazo de Isabelle para que se dé prisa.
- ¡Ya vamos, ya vamos!
Nos apresuramos escaleras abajo y nos reunimos en el patio con el resto del grupo. Busco a Mishel con la mirada, pero antes de que la encuentre, ella me toca discretamente un hombro.
- Todos están emocionados, ¿verdad? -le digo, con una sonrisa. Ella mira distraída alrededor, como si acabase de darse cuenta de que todo el mundo está aquí.
- ¡Doctora Sky, ya están aquí! -grita Sara tirando de mi chaqueta. Unos cuantos muchachos abren la puerta trasera del instituto, que da acceso al patio, para dejar entrar al grupo.
- ¿Por qué entran por aquí, en lugar de por la puerta principal? -le pregunto a Isabelle.
- Ah, viene cargados con un par de carretillas -explica ella-. Y también está Lawrence, claro.
- ¿Quién es Lawrence?
- ¡Es él! -grita Sara señalando al frente. Un puñado de hombres y un par de mujeres tiran de dos carretillas llenas de trastos, y enseguida unos cuantos de los que estaban mirando se apresuran a ayudarlos. Detrás, entra el que debe de ser Lawrence.
- ¿Un camello?
Sara me tira de la manga.
- No es un camello, es un dromedario -dice, como si se lo explicase a un niño pequeño-. Sólo tiene una chepa, ¿ves? Es un dromedaaaario.
- Se dice joroba, cielo, no chepa -la corrige Isabelle.
- ¿De dónde habéis sacado un camello?
- Alex, ¿es que no lo has oído? Es un dromedario.
- Dromedaaaario -añade Sara con una risita.
- Está bien. ¿De dónde habéis sacado un dromedario?
- Lo encontraron en una de las primeras expediciones que hicimos -dice Isabelle-. Estuvimos explorando los alrededores para saber dónde había zombis o algún otro peligro y Lawrence andaba por ahí, solo.
- ¿De dónde salió? 
Isabelle se encoge de hombros.
- Nuestra hipótesis es que de un circo, pero no lo sabemos realmente. Pensamos que podíamos utilizarlo como animal de carga en la granja, así que lo adoptamos. No cuesta mucho mantenerlo, come hierba y hojas, y puede cargar bastante peso así que es muy útil.
Asiento con la cabeza mientras observo cómo descargan al animal, que busca un lugar tranquilo para descansar. Este lugar me sorprende cada vez más.

Un rato antes del anochecer, probamos los huevos frescos y algunas verduras que los compañeros de la granja han traído, aunque apenas podemos tomar un par de bocados cada uno, ya que la comida que producen todavía es escasa. El resto de la cena consiste en las habituales conservas que acumulamos en el instituto. Todos han vuelto ilesos, aunque han tenido que pasar una pequeña revisión de seguridad. Lukas habla con los agricultores, que ahora se quedarán en Cornwell durante unos diez o doce días y serán sustituidos por otros voluntarios en la granja. Al acabar, me acerco a hablar con él en la puerta del comedor antes de que se marche.
- Lukas, espera.
Se da la vuelta, aunque no dice nada. Los últimos rezagados de la cena pasan junto a nosotros sin apenas mirarnos.
- ¿Cómo estás? Hace días que no hablamos.
- Bueno... -mira a ambos lados, aunque en el comedor ya no queda nadie.
- Oye, si te pasa algo... puedes hablar conmigo, ya sabes.
Él niega con la cabeza.
- No me pasa nada, sólo... estoy concentrado en el trabajo.
- ¿Quieres ir a la granja la semana que viene?
- Lo he estado pensando, probablemente lo haga.
No deja de mirar a todas partes excepto a mí, es obvio que se siente incómodo.
- Lukas, ¿qué te ocurre?
- ¿Qué me ocurre? ¡Toda esta mierda, joder! 
- Lukas...
- Mira, no tengo ganas de hablar contigo. Me voy a la cama.
- ¡Oye! Yo no te he hecho nada para que te cabrees así -está empezando a hacerme sentir mal a mí también.
- Tú -empieza, pero parece que duda y no termina de hilar la frase-. Tú me haces pensar en ella, y no puedo soportarlo.
Me quedo en blanco, sin saber qué responder. Él aprovecha que me quedo bloqueada para dar la vuelta y marcharse sin despedirse. Menudo capullo.

Me voy a dormir.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Onegai shimasu

Paso varias horas deambulando sin rumbo. Mi plan llegaba hasta el momento de dejar a Alex y los demás en un lugar seguro y asegurarme de que estaban a salvo. Más allá de eso, no había pensado nada. Quizá creía que moriría o me convertiría definitivamente en un zombi descerebrado, pero lo cierto es que nada de eso ha ocurrido, y ahora me siento extraño y desorientado. No sé hacia dónde ir... no quiero volver a la ciudad, no es más que un hervidero de podridos y de hijos de puta. Vagar por las calles de Cornwell como estoy haciendo ahora tampoco es un buen plan a largo plazo, sabiendo que la comida normal me pone enfermo y que aquí no hay mucha carne fresca que cazar. Sin embargo, explorar zonas nuevas tampoco me atrae mucho por el momento, estoy demasiado cansado para eso, así que acabo tomando el camino por el que llegamos al pueblo.

Hacia mediodía, el cansancio y el hambre empiezan a pasarme factura. Tampoco ayuda que el sol me caiga de lleno encima. Me atonta, me vuelve más lento y más torpe. Creo que a los zombis les pasa algo parecido. No me gusta parecerme a ellos.

Me desvío del camino y me meto entre los árboles, buscando una sombra. En realidad, no hace mucho calor todavía. Queda poco para el verano pero el aire todavía es fresco. Creo que lo que me afecta, más que el calor, es que haya tanta luz, así que me siento bajo un árbol y cierro los ojos. Me quedo así, quieto, escuchando el silencio y los ruidos del bosque. Oigo a los insectos, el roce de las hojas, las criaturas que corretean y se esconden por encima de mi cabeza entre las copas de los árboles. Mi oído parece haberse vuelto más fino y creo ser capaz de seguir el trayecto que recorre algún animalillo no muy lejos de aquí. Algo corre sobre las ramas, sobre las hojas, y yo tengo hambre. Me esfuerzo en escuchar con atención, tratando de adivinar el recorrido de la criatura, y me doy cuenta de que viene hacia mí. Siento el impulso de levantarme y saltar a por ella, pero lo poco que sé de los animales que viven en los bosques es que salen huyendo al menor ruido, así que hago un esfuerzo de contención y me quedo inmóvil esperando que mi presencia pase inadvertida. No es fácil, porque la posibilidad de comer me activa mucho, y las extremidades me arden en un hormigueo eléctrico que me da ganas de saltar, correr y destrozar lo que encuentre. Pero no puedo actuar así si quiero sobrevivir en este mundo. Debo ser un cazador, un estratega. 

"Onegai shimasu"

Escucho la voz de mi antiguo entrenador en mi cabeza. Siempre empezaba así las sesiones de práctica: onegai shimasu. "Por favor". Yo tenía la energía de cualquier adolescente rebosante de hormonas, pero durante los entrenamientos, siempre conseguía concentrarme. Intento recuperar aquella sensación de control, aunque es complicado. Ahora me veo obligado a dominar un impulso mucho más intenso, el hambre atroz que me consume y que me ha obligado a apartarme de la única persona que me importaba en este maldito apocalipsis. 

Unas patas diminutas dan un salto justo por encima de mi cabeza, abro los ojos, me pongo en pie y salto hacia donde está el animal. Me cuelgo de una rama y estiro rápidamente el brazo para cogerlo, pero en lugar de eso la rama se parte y caigo de espaldas al suelo. La ardilla se escapa y, con el estruendo que he causado, no creo que vuelva. 

Y sigo teniendo hambre.

Me adentro más en el bosque, un buen trecho, hasta perder de vista el camino. Esta vez procuro ser silencioso. De vez en cuando, me paro a escuchar, hasta que vuelvo a oír a los animales, y entonces me detengo del todo y repito la operación. Me arrodillo en el suelo, las manos descansando sobre los muslos, y me concentro en los sonidos que me rodean hasta que sé que hay algo cerca, y entonces trato de cazarlo. Sin embargo, es difícil, muy difícil cazar así. Al final del día, solamente he conseguido comerme una ardilla, y sigo hambriento. Tengo que cambiar de estrategia, tal vez tender trampas a mis presas en lugar de tratar de cogerlas sin más. Dispararles no es una opción, tengo poca munición y podría necesitarla para algo más importante. Además, un disparo fallido ahuyentaría a todas las presas potenciales en muchos metros a la redonda. Llevo cuerda, un cuchillo y un mechero en la mochila, pero no sé si será suficiente con eso. Podría buscar algo más en otro lugar... de hecho, no debo de estar muy lejos del cordón militar. Dejaron cientos de cosas abandonadas allí. 

Creo que puedo llegar antes de que sea de noche, así que busco de nuevo el camino y me dirijo de vuelta. No es un lugar al que desee volver, pero podría ser útil, podría incluso encontrar un nuevo vehículo, o armas, o unas botas nuevas. Unas botas ligeras para el verano, eso sería genial. Aunque no sé dónde estaré cuando llegue el verano. Debería pensar en un plan, hacer algo para mejorar mi situación, aunque no se me ocurre qué. No sé muy bien dónde encaja alguien como yo en este mundo.

Ya veo algunos de los vehículos del ejército, todavía un poco lejos, cuando escucho ruidos detrás de mí. Me doy la vuelta sobresaltado, poniendo sin darme cuenta todo el cuerpo en tensión, preparado para atacar. Miro a mi alrededor, pero no hay zombis, ni humanos, ni nada, así que sigo andando. Sin embargo, poco después, los ruidos continúan, como si alguien me estuviera persiguiendo. Cada vez que me vuelvo, no hay nada. Puede que me esté volviendo loco. 

Enfadado, me doy la vuelta y espero, en mitad del camino, a que lo que sea que haya venga a por mí. Al final veo, entre unos árboles, a un perro que se esconde al darse cuenta de que lo he visto. 

Me quedo un rato mirando el lugar donde estaba, y sacudo la cabeza. Loco, sí. Puede que ya lo esté.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Reparto de tareas

El relato de Lydia sobre cómo vivieron aquí el comienzo de la plaga me deja pensando. Cuando declararon la cuarentena, todo el mundo esperaba una evacuación. Luego nos dimos cuenta de que no iba a llegar, de que nadie nos iba a sacar de aquella ciudad maldita. Pero alguien estaba intentando ayudar, no sé quién, tal vez el ejército, el gobierno o las naciones unidas, pero el caso es que hubo evacuaciones, que intentaron llevarse a la gente lejos del peligro. Aunque hubiera otros focos, aunque la zona de cuarentena se ampliara, no puedo evitar encender una leve, levísima esperanza, de que haya un lugar seguro y la humanidad no vaya a desaparecer en breve. Sin embargo, la realidad es que eso parece estar muy, muy lejos...

Miro a mi alrededor. Marcus ha impuesto un castigo al chico que abandonó el puesto de vigilancia anoche, alguien se ha puesto a protestar, aunque no sé muy bien qué ha pasado ya que nos hemos quedado un poco apartados del grupo. Al rato, como era de esperar, las cosas se han calmado y cada uno ha vuelto a sus asuntos. Marcus tiene pinta de ser un hombre estricto, pero este lugar está libre de zombis y hay comida y refugio para todos, así que por el momento no voy a ser yo quien proteste.

Por aquí, todo el mundo parece tener su rutina y dedicarse a sus tareas. Nosotros somos los únicos que estamos parados en medio del patio. Al fondo veo el todoterreno, y también la furgoneta y la moto de las que habló Lydia.
- ¿Qué hacemos ahora? -pregunto al fin. Nuestra guía parece dudar un momento.
- Bueno, ya os lo he enseñado todo -dice-. Creo que deberíamos ir a ver a Marcus para que os asigne alguna tarea. Todos debemos colaborar, ya sabéis... además, tener algo que hacer es bueno para el coco -añade, dándose unos golpecitos en la cabeza con dos dedos.
- ¿Qué haces tú, Lydia?
- Básicamente, un poco de todo -responde entre risas-. Más que nada, intento ayudar en la organización de este lugar y preocuparme de que todo el mundo se sienta bien -hace una pausa- dentro de lo que cabe, claro. Hemos vivido una situación muy traumática y la gente necesita apoyo. No es mi especialidad, pero hago lo que puedo.
- ¿Tu especialidad? ¿Te dedicabas a esto antes?
- Más o menos -responde-. Era psicóloga en un instituto. En este instituto, de hecho.
Empieza a caminar, los demás la seguimos.
- Debe ser raro verlo como está ahora, después de haber trabajado aquí.
Ella asiente con una mirada nostálgica mientras se adentra por los pasillos.
- Me gustaba más antes -dice-. Echo de menos a mis compañeros, la verdad. Incluso a los estudiantes -añade, y se vuelve a reír. Casi parece que sea un mecanismo de defensa.
- ¿Y tu familia? 
- Bueno, mi marido está aquí, ya os lo presentaré. El resto de nuestros familiares, los que vivían en Cornwell, quiero decir, fueron evacuados antes de quedarnos incomunicados. El único que quedó aquí con nosotros fue el hermano de mi marido, pero se marchó con un grupo, intentaban llegar al cordón militar por su cuenta. No volvieron.
El silencio que sigue es un poco incómodo.
- ¿Y qué hay de vosotros? ¿Sabéis algo de vuestras familias? -pregunta ella entonces. Nos cuesta un poco responder, así que doy el primer paso.
- Mis padres y mis hermanas viven lejos -explico-. La última vez que hablé con ellos fue hace meses, antes de que empezara todo esto... Mi padre me dijo que estaba pensando en volver a Canadá. Ojalá lo haya hecho y no le haya pillado esta mierda...
- ¿Tu padre es canadiense? -pregunta Lukas. Yo asiento con la cabeza.
- Y yo también, de hecho, aunque tenía cuatro años cuando llegué aquí.
- Vaya, quién lo diría -dice él-. Aunque al menos tu padre no es un capullo líder de una secta de pirados...
Lydia nos mira con cara rara.
- Ya te lo contaremos, es demasiado largo -dice Lukas-. La gente se ha vuelto bastante loca en la ciudad.
- ¿Qué hay de ti, Mishel? -se me ocurre preguntar. Ha sido una estupidez, porque ella se queda callada hasta que, al cabo de unos segundos, se echa a llorar entre temblores. Cada día estoy más convencida de que tengo un don para cagarla... Lydia nos mira con preocupación, pero no hace nada. Al final, abrazo a Mishel y nos quedamos quietas un rato, hasta que deja de llorar y vuelve a quedarse en ese silencio ausente.

Antes de que echemos a andar de nuevo, Marcus sale de un despacho unos metros más adelante, en este mismo pasillo. Estaba reunido con dos hombres más que pasan por nuestro lado sin siquiera mirarnos. Marcus se detiene junto a nosotros y pregunta si todo va bien.
- Parece que hemos tenido un pequeño momento de crisis -explica Lydia-. Pero te estábamos buscando. Sería buena idea encontrar alguna tarea que hacer para Alex y Lukas, para que no esté todo el día parados. Quizás también incluso alguna cosa para Mishel, puede que le venga bien.
Marcus asiente mientras se rasca la barbilla.
- Veamos qué tenemos por aquí -dice con su voz grave-. ¿Hay algo que sepáis hacer? ¿A qué os dedicabais antes de esto?
- Bueno, yo era músico -dice Lukas-. Y también he sido camarero. Y pintor -se ríe, no sabía que hubiera hecho tantas cosas diferentes-. No sé si algo de eso servirá aquí... Pero estuve en otro refugio, allí hacía de vigilante.
- ¿Y qué pasó, por qué te marchaste? -pregunta Marcus.
- Bueno... -Lukas duda un poco-. Las personas que compartían el refugio conmigo tenían unas creencias un poco extrañas. Formaron una especie de secta de la que yo no quería formar parte.
- La gente está loca, y esta mierda los ha vuelto más locos aún -sentencia Marcus-. Bien, podemos hablar con nuestro encargado de seguridad ¿Qué hay de ti, jovencita?
- Yo era médico -le digo-. Estaba haciendo la residencia en el hospital St. Mark.
Marcus me mira de arriba a abajo, sorprendido.
- Quién lo hubiera dicho -enseguida cambia la expresión a una amplia sonrisa-, ¡si pareces una chiquilla! Bien, es una buena noticia, Isabelle estará contenta de tener ayuda en la enfermería. ¿Te parece bien?
- Claro -respondo rápidamente, asintiendo con la cabeza. Marcus asiente también, satisfecho de haber aclarado las cosas tan rápidamente.
- Entonces, vamos a la enfermería a ver a Isabelle, y luego iremos a buscarle una tarea a Lukas -sentencia.
- Mishel, tú vienes conmigo -dice Lydia, cogiendo a nuestra compañera de la mano. Ella nos mira a Lukas y a mí un poco angustiada. No sé qué va a pasar con ella como continúe así.
- Ve con ella, nos veremos luego -le digo, tratando de tranquilizarla. Lydia tira de su brazo suavemente, pero Mishel no se mueve.
- No te va a pasar nada -le dice Lukas-. Son buena gente, ya lo has visto. Lo que nos pasó en la ciudad no va a volver a pasar.

Mala idea, compañero.

Mishel se pone muy nerviosa, le tiemblan las manos y se le dibuja en el rostro una expresión de terror. No parece más que una niña pequeña y asustada y me siento fatal por las cosas horribles que he llegado a pensar de ella. Se queda como bloqueada, sin responder a lo que le decimos durante un buen rato. Al final, Marcus se exaspera.
- Traeré a Isabelle.
Se marcha dando grandes zancadas por el pasillo mientras nosotros nos quedamos en silencio, escuchando los sollozos ahogados de Mishel, que se ha hecho un ovillo en el suelo y se cubre la cabeza con las manos. Intercambio una mirada de preocupación con Lydia, pero no sé qué hacer, estoy bloqueada.

Marcus vuelve unos minutos después, seguido de una mujer negra, rechoncha y ancha de espaldas que trae un botellín de agua. Lleva un chaleco con muchos bolsillos que casi no se puede abrochar. Deja que ella se adelante cuando están apenas a un par de metros, y nosotros le abrimos paso para que se acerque a Mishel.
- Pero bueno, ¿qué es esto? -dice en voz muy alta mientras pone los brazos en jarras.
- La chiquilla está en plena crisis de nervios -aclara Marcus con impaciencia. Se le notan las ganas de acabar con esta situación. La mujer asiente y saca de uno de los bolsillos del chaleco un bote de pastillas. Entrecierro los ojos para leer la etiqueta del frasco.
- Es valium, cariño -dice ella antes de que consiga leer nada, luego se vuelve hacia Mishel-. Vamos, cielo, un trago de agua y te sentirás mejor.
Todo se para durante unos segundos, mientras Mishel observa lo que le ofrece la mujer con gesto de desconfianza. Me arrodillo junto a ella y trato de abrazarla, pero se aparta de mí, como sobresaltada. Levanto las manos en gesto pacífico y la miro a los ojos.
- Es medicina, Mishel. Por favor, tómatela. 
Se toma su tiempo para decidirse, pero al final accede. Marcus, impaciente, se da la vuelta para marcharse.
- Ven conmigo, chaval -le dice a Lukas antes de irse-. Por cierto Isabelle, la muchacha es tu nueva ayudante.
- ¡Pero si está para tenerla de paciente! -exclama ella.
- La otra, mujer -dice riendo, y se aleja por el pasillo con Lukas tras él. 

Isabelle me mira, evaluándome.
- ¿Sabes algo de medicina? -pregunta muy seria. 
- Soy médico -le digo, casi con miedo. 
- ¡Gracias al cielo! -exclama, de repente parece muy alegre-. Así no habrá que perder tiempo enseñándotelo todo. Si hubieras visto a mis anteriores ayudantes...
- ¿Qué pasó con ellos?
- Oh, tranquila, todos sobrevivieron, pero cambiaron de ocupación... ¡espero que dures más que ellos conmigo!
- ¿Cuánto duró el último, Isabelle? -interviene Lydia con una sonrisilla maliciosa.
- ¡Una semana! -exclama ella. Yo trago saliva.

martes, 4 de septiembre de 2012

Empezar de cero

Me quedo un rato sola, en la acera, viendo cómo se aleja Isaac. Me quedo allí incluso después de haberlo perdido de vista, sin saber qué hacer. Sé que Isaac no va a volver, y que es probable que no volvamos a vernos. Eso me duele.

También sé que no queda otra opción, porque él no puede quedarse aquí, y si lo acompañara no sería más que un lastre. Isaac ha demostrado con creces que es capaz de sobrevivir por su cuenta, pero no puedo pedirle que se ocupe de mí. Entiendo su motivación, entiendo que no puedo ir con él, pero también tengo mucho miedo. Isaac me hacía sentir segura, y luego, cuando se marchó, me quedé con Sam. Ahora no tengo a ninguno de los dos. Está Lukas, pero no es lo mismo. Siento que estoy sola, y no me gusta estar sola en medio del fin del mundo. Supongo que tengo que empezar de cero en Cornwell.

Al cabo de un rato aparece alguien a mis espaldas. Cuando habla, reconozco la voz de Lydia.
- ¿Vienes?
Me doy la vuelta y, después de unos segundos, asiento con la cabeza y la sigo al interior.
- ¿Dónde está Mishel? -pregunto.
- ¿Mishel?
- La chica rubia, la que se quedó toda la noche en el todoterreno.
- Ah, sí, esa chica. Está con tu amigo, el que entró contigo. Nos ha costado un poco convencerla de que podía entrar en la ducha tranquila. Al final tu amigo la convenció, así que supongo que habrán subido arriba ya. 
Asiento y subo junto a ella las escaleras hacia el primer piso. De camino, nos cruzamos con un par de muchachos que bajan las escaleras emocionados.
- ¡Ya tenemos las llaves del coche! -dice uno de ellos dirigiéndose a Lydia-. ¡Marcus ha dicho que nosotros podemos meterlo en el patio!
Los chicos se alejan riendo. La gente aquí parece muy tranquila, muy segura. Me pregunto si llegaré a sentirme como ellos algún día. 
- ¿Qué vais a hacer con el todoterreno? -pregunto. Pensar en cosas más prácticas normalmente suele reducir un poco la angustia.
- Lo pondremos en el patio, con los demás vehículos -explica Lydia-, para usarlo cuando lo necesitemos.
- ¿Tenéis más vehículos?
- Sí, un par... una furgoneta y una moto. Pero no podemos usarlos a menudo, porque la gasolina que tenemos la necesitamos para el generador.
- Creo que el todoterreno es diésel -digo. Lydia se encoge de hombros.
- Entonces, supongo que tendremos que conseguir combustible si lo queremos utilizar.
No parece muy preocupada por ello. Enseguida llegamos a la puerta del aula donde Lukas y Mishel me esperan.
- Te dejo un rato con tus amigos -dice Lydia-. Volveré luego a buscaros y os enseñaré todo esto.

Lukas y Mishel están mirando a través de la ventana cuando entro en la habitación. Es la misma en la que hemos estado intentando dormir esta noche. Me acerco a ellos y echo un vistazo a la calle. Se ve el pequeño jardín que rodea al instituto, un tanto descuidado, la acera y la calle vacía. No me había fijado antes, pero los cuerpos de los zombis siguen ahí, en el suelo, estropeando la vista. Siento un escalofrío, no por los cadáveres en sí, sino por que me hayan pasado desapercibidos. Significa... significa que me estoy acostumbrando a este horror.
- ¿Qué tal la ducha? -pregunto, dirigiéndome a Mishel.
- No me lo podía creer -dice ella, esbozando una leve sonrisa.
- Puede que este lugar no esté tan mal -interviene Lukas-. ¿Qué ha pasado con Isaac?
- Ha decidido marcharse -explico-. Es un poco complicado, todo lo que ha ocurrido con él...
Les cuento a mis amigos la conversación que acabo de tener con Isaac. Mishel conoce gran parte de la historia, pero a Lukas le cuesta creerla. Cuando termino, tiene lágrimas en los ojos, pero sé que no es por Isaac.
- Ness... -susurra-. Pudo haberle pasado lo mismo...
- Lo siento mucho, Lukas.
Él niega con la cabeza. Tiene los ojos cerrados.
- Aquellos cabrones la acribillaron antes de que pudiéramos saber nada -dice, más para sí mismo que para nosotras-. Debería volver y matarlos a todos... Y tú, Alex, no me dijiste nada en el Purgatorio ¿por qué?
- Entonces ni siquiera sabía si Isaac estaba vivo -respondo. Es obvio que le molesta que le ocultara la información, debería recordarle las mentiras que me contó él en aquél momento. Voy a decir algo más, pero Lydia nos interrumpe. Entra en el aula con una sonrisa que ninguno de nosotros le devuelve.
- Si queréis venir conmigo, os enseñaré todo esto.

Cornwell es un pueblo pequeño, así que el instituto tampoco es muy grande. Aún así, ocupa toda una manzana: el edificio principal ocupa dos lados, formando un ángulo recto, el tercero está ocupado por el gimnasio, y el cuarto lado lo forma un muro no muy alto que los habitantes de Cornwell han reforzado con una valla que impediría que los zombis treparan y saltaran al interior. El edificio está rodeado por un jardín que ahora nadie cuida, ya que los habitantes salen lo menos posible. Además, procuran llamar poco la atención, así que no les importa que por fuera el instituto se vea abandonado. Por dentro, eso sí, han hecho un buen trabajo para dejarlo habitable y cómodo.

Lydia nos explica que la planta de abajo está prácticamente cerrada, ya que han tapiado todas las ventanas que dan a la calle y mantienen la mayoría de entradas cerradas a cal y canto. Tienen bien vigilada la principal, que se encuentra en la parte frontal del instituto, y una entrada trasera que da al patio, justo al lado del gimnasio. De la planta baja, mantienen en marcha el comedor, donde tienen reservas de comida suficientes para aguantar todavía varios meses resistiendo. En el sótano, además de los vestuarios en los que estuvimos ayer, hay un par de salas que se utilizaban para entrenamientos cuando el instituto funcionaba como tal, y una serie de salas de mantenimiento en las que hay una caldera y un generador que funcionan con gasolina.
- Electricidad y agua caliente -dice Lukas-. ¿Os dais cuenta de que eso es un lujo ahora mismo?
- Somos muy conscientes de ello -responde Lydia-. Racionamos mucho el uso del combustible. A veces es un poco complicado, porque somos casi cincuenta personas aquí, pero nos apañamos bastante bien.
- ¿Podemos ver el generador? -pregunta Lukas. Lydia niega con la cabeza.
- No tengo llaves del cuarto de mantenimiento. Vamos arriba, os enseñaré el resto.

El piso superior es el que han ocupado como dormitorio. Subimos las escalera y pasamos junto al aula donde estuvimos hace un rato, luego nos dirigimos al fondo del pasillo. Los refugiados de Cornwell se han instalado en varias aulas que dan al patio interior. Están llenas de sacos de dormir, mantas y almohadas. No hay mucho más que ver, así que Lydia nos lleva a la azotea para enseñarnos un pequeño huerto. Un hombre de unos cincuenta años nos saluda.
- Éste es Lewis -dice Lydia-. Le toca el turno de vigilancia.
- ¡Todo despejado! -exclama Lewis alegremente-. ¿Sois los chicos nuevos?
Asiento con la cabeza, tratando de esbozar una sonrisa.
- ¿Qué os parece nuestro pequeño refugio?
Lukas y yo nos miramos.
- Habéis hecho un trabajo increíble aquí -dice Lukas al final. El hombre asiente, satisfecho.
- Seguro que os gusta -dice, con una sonrisa.
- Les estoy enseñando todo esto -interviene Lydia-. Vamos, bajaremos al patio, es lo único que queda por ver.

Nos despedimos de Lewis y seguimos a Lydia hasta la planta baja. Cuando salimos al patio, vemos que se ha armado un pequeño revuelo. Todo el mundo está reunido alrededor de alguien que no podemos ver. Nos aproximamos un poco. Hay un chico joven en medio de la multitud con el que Marcus intercambia unas palabras. Lydia se acerca para ver qué está pasando, pero nosotros nos quedamos atrás, observando la escena a una distancia prudencial. Al poco, ella se da cuenta y vuelve a contarnos qué ocurre.
- Le va a caer una gorda -dice con expresión resignada-. Ese chico estaba de guardia cuando los zombis se acercaron anoche. Debería haber estado en su puesto, vigilando en la azotea como estaba haciendo Lewis hace un rato.
- ¿No estaba allí? -pregunta Lukas. Lydia niega con la cabeza.
- Abandonó su puesto y no quiere decir por qué -explica-. Creo que estaba con alguien más, creo que estuvo con una chica y no quiere implicarla. Así que va a asumir el castigo él sólo...
- ¿Qué castigo? -pregunto mientras los recuerdos del Purgatorio me provocan escalofríos.
- El que Marcus decida -dice Lydia-. Supongo que le tocará pasar algo de hambre y hacer trabajos extra. No pasó nada grave, pero podría haber pasado. Jospeh podría haber muerto, o vuestro amigo, el que se ha marchado.
- Supongo que Marcus es quién está al mando aquí.
Lydia parece un momento incómoda, pero se encoge de hombros.
- Es quién montó este refugio y se ocupó de todos cuando el gobierno nos abandonó aquí, a nuestra suerte.
- ¿Qué pasó? -pregunta Lukas.
- ¿No lo sabéis?
Lukas y yo movemos la cabeza al unísono.
- Estábamos atrapados en la ciudad. No sabemos nada de lo que ocurrió fuera.
- Bueno, en ese caso... -Lydia busca las palabras, se toma un momento para decidir por dónde empezar-. Veréis, cuando empezó la plaga, el ejército se puso a evacuar a todos los que estábamos cerca de la zona de cuarentena, para aislar a los afectados lo máximo posible. Empezaron a llevarse a los habitantes de Cornwell y los alrededores a otras ciudades, aunque no era fácil, porque había que poner en algún lugar a todas esas personas. Construyeron algunos campamentos de refugiados... Suena raro, ¿verdad? Parece que tuviera que ser algo propio del tercer mundo... Pero lo cierto es que ellos pudieron salir de aquí, sólo espero que estén bien...
Se queda un momento callada. Supongo que habría personas queridas para ella entre los que se marcharon.
- Puede que estén en un lugar seguro -digo, tratando de reconfortarla. Ella se limita a desviar la mirada.
- ¿Qué pasó entonces, Lydia? -pregunta Lukas-. ¿Por qué no evacuaron a todo el mundo?
- Empezaron a aparecer nuevos focos de infección. Otras ciudades, en otros países... es lo último que supimos. No había suficientes recursos para contener la epidemia. Creemos que ampliaron la zona de cuarentena y que nosotros quedamos dentro. Simplemente, un día dejaron de acudir los camiones a por la gente. A los pocos que se aventuraron a marcharse solos, no los hemos vuelto a ver. Marcus era el segundo al mando en el ayuntamiento de Cornwell, la mano derecha del alcalde. Él y la ayudante del sheriff fueron los únicos de entre todas las autoridades que se quedaron hasta el final, con los últimos ciudadanos por evacuar. No vinieron a por nosotros, así que Marcus puso en marcha el plan de emergencia local y reunió a todos los que quedábamos aquí. No nos ha ido tan mal, como podéis ver. Hemos hecho planes a largo plazo, con la idea de mantener este lugar en marcha durante mucho tiempo. Nos costó un poco asumirlo, pero ahora parece que la gente está aceptando que nadie va a venir a buscarnos, al menos en algún tiempo. Estamos solos.