domingo, 7 de diciembre de 2014

Atención domiciliaria

Christopher abre la puerta de la casa y me empuja al interior con un gesto un tanto brusco. La pequeña multitud que se ha congregado no deja de hacer preguntas, pero él no responde a ninguna.
- Hablaremos luego -dice en tono autoritario-. Ahora la prioridad es que la doctora vea a Ronald cuanto antes.
Un chico joven, casi adolescente, se adelanta un poco con el rostro congestionado.
- Por favor, dinos qué ha pasado con Damon.
- Vuelve al trabajo, Red.
Christopher se da la vuelta, entra y cierra la puerta tras de sí. Un improperio llega desde fuera, pero la puerta no vuelve a abrirse. Supongo que eso disipa cualquier duda que pudiera tener sobre quién está al mando aquí. Christopher se adelanta.
- Sígame -dice sin siquiera mirarme.

En cuanto atravesamos el vestíbulo las voces de la entrada se acallan y la casa queda sorprendentemente silenciosa. La madera del suelo cruje suavemente a nuestro paso y la luz de la mañana ilumina un salón con varios sillones de piel y una chimenea antigua. A diferencia del instituto, donde todas las ventanas de las plantas inferiores están tapiadas, aquí simplemente tienen barrotes de hierro labrado, por lo que la luz entra hasta el interior y provoca una sensación de normalidad que se me hace terriblemente extraña. La calma del salón me permite escuchar incluso mi corazón todavía acelerado.
- ¿De verdad piensas dejarlo allí? -estoy temblando de rabia y de miedo, pero me obligo a hablar.
Christopher, unos metros más adelante, se vuelve con expresión cansada.
- No hay nada que hacer -responde secamente.
- ¡Va a morir! ¡Tenemos que hacer algo!
- ¿Y qué propones? ¿Arriesgar las vidas de una docena de hombres por ese crío?
- Le prometiste que volverías a por él.
- No tenía alternativa.
- Nunca tuviste ninguna intención de volver, ¿verdad?
- Tenemos que subir a ver a Ronald.
- ¿Cómo puedes tener la sangre tan fría?
Christopher sacude la cabeza, tiene mala cara y parece a punto de perder los nervios.
- Doctora, hay un hombre en el piso de arriba con una herida muy grave. Un hombre al que no podemos permitirnos perder. Mi prioridad desde el primer momento ha sido traerla a usted aquí para que haga todo lo posible por salvarle la vida.
- ¿Entonces Damon es prescindible? Como no es importante, ¿lo dejamos morir?
- ¡No voy a arriesgar más vidas, doctora! ¿Cree que tomo decisiones como esta a la ligera? ¿Cree que no salvaría a Damon, si pudiera?
- ¡Ni siquiera vas a intentarlo!
- ¡No puedo dejar que muera nadie más! Usted misma vio cómo estaba la autopista, acercarse allí es un suicidio.
- Podríamos pensar en un plan.
- ¿Y luego qué? ¿Arriesgar las vidas de otros para rescatar a un lisiado? ¿No ve que es una locura?
- Dejarlo morir allí es inhumano y cruel.
- El mundo es ahora inhumano y cruel. Así que si no quiere que la muerte de un hombre pese sobre sus hombros suba ahora mismo al piso de arriba conmigo a ver a Ronald.

Lo dice como si tuviera alguna alternativa, pero está bastante claro que se trata de una orden. Se da la vuelta sin esperar mi respuesta y se dirige al pasillo, donde una escalera de madera conduce al primer piso. Me resisto a seguirlo durante unos segundos, y mientras estoy parada en mitad de la sala oigo abrirse la puerta de entrada. El muchacho que hace un momento preguntaba por Damon se precipita al interior a trompicones, seguido por un hombre y una mujer que tratan de detenerlo.
- ¡Christopher! -grita, los otros dos lo agarran de los brazos y le ladran que se esté quieto, pero se zafa y pasa a toda prisa frente a mí-. ¡Christopher!
En el pasillo, fuera de mi vista, Christopher le responde.
- Vuelve al trabajo, muchacho. No te lo quiero repetir.
- ¿Dónde está Damon? ¡Dímelo!
El hombre y la mujer que van tras el joven se apresuran al pasillo también, así que decido seguirlos.
- ¡Sal de aquí, Red! -grita la mujer, mientras el hombre balbucea una disculpa a Christopher.
- ¡No! ¡No me voy sin una respuesta!
El chico tiene los ojos enrojecidos y llenos de lágrimas. Mira a su alrededor desesperado, y se detiene en mí.
- ¡Doctora! Usted también estaba allí, ¿verdad? Usted sabe qué le ha pasado a Damon.
Se acerca y me coge de la chaqueta, zarandeándome como si esperase que así mi respuesta saliera disparada. Intento sujetarlo de las muñecas para que me suelte, pero las manos todavía me tiemblan y estoy tan nerviosa que apenas puedo articular una palabra.
- Yo... lo siento...
Entonces Christopher coge al muchacho del cuello y lo aparta de mí de un tirón que casi lo echa al suelo. Parece que esta vez ha llegado a su límite.
- ¡Doctora, suba al piso de arriba de una jodida vez!
Trago saliva y, a pesar de que no estoy del todo segura de que mis piernas vayan a sostenerme, doy unos cuantos pasos en dirección a la escalera. Me paro un momento para ver cómo Christopher arrastra al chico hacia la sala, ayudado por los otros dos.
- ¿A qué espera? -me ladra Christopher, haciéndose oír por encima de las protestas del joven. Finalmente, y sintiendo que no me queda alternativa, echo a correr escaleras arriba.

El pasillo al que llego tiene el suelo cubierto por una alfombra raída de color verde oscuro, dos puertas a la derecha, una a la izquierda y otra al fondo. Abajo continúan los gritos y el alboroto, así que tomo aire y empiezo a recorrer la distancia que me separa de la primera puerta. Levanto la mano para llamar, pero antes de hacerlo una voz suave llega desde la habitación del fondo.
- Hola -dice-. ¿Es usted la doctora?
Me vuelvo y me encuentro con un hombre alto y moreno, con una espesa barba y expresión interrogante. Se asoma por la puerta de la última habitación y espera mi respuesta.
- Sí, soy yo.
Cuando me acerco me doy cuenta de que en realidad es bastante más joven de lo que parece a simple vista.
- Me llamo Adrian. Soy el hijo de Ronald, Christopher me dijo que vendría hoy.
- Ya veo -respondo-. Me llamo Alex -le tiendo la mano, me la estrecha con energía-. Christopher está un poco ocupado, pero me ha dicho que hay que ver a tu padre urgentemente.
- Así es -dice con seriedad-. Venga conmigo, por favor.
Abre la puerta del todo para conducirme al interior de una habitación amplia presidida por una cama antigua, con cabecero y pies de madera trabajada, y rodeada por pocos muebles grandes y oscuros, de aspecto rústico. En el suelo, a un lado, veo un colchón con sábanas revueltas. El hombre que está en la cama rondará los sesenta años. El parecido con su hijo es obvio, aunque el cabello es prácticamente blanco y la barba mucho más recortada. La palidez de su piel y su expresión de agotamiento no son un buen presagio. Dejo mi mochila en el suelo con cuidado y me acerco para descubrir que está cubierto de sudor.
- ¿Ronald? -digo suavemente. El hombre se mueve ligeramente y abre los ojos, pero no dice nada.
- Papá, esta es la doctora que ha venido de Cornwell -interviene el hijo. Ronald asiente con un gesto apenas perceptible.
- Ronald, necesito ver su herida.
Vuelve a asentir, y aparto la sábana para dejar al descubierto sus piernas. Lo que veo hace que se me caiga el alma a los pies.

Adrian espera pacientemente detrás de mí. No dice nada, pero siento su mirada clavada en mi nuca y no me atrevo a decir en voz alta lo que pienso. El pie de Ronald es irreconocible, está completamente destrozado, hinchado y deforme con varias heridas abiertas alrededor de las cuales la piel está ennegrecida. Aún sin comprobarlo estoy segura de que hay huesos rotos. Probablemente se ha infectado. Esto es muy, muy serio.
- Adrian, ¿puedes conseguir agua y jabón? -pregunto-. Tengo que ver esto más de cerca.
- Creo que sí -responde Adrian, suena ansioso por hacer algo-. Iré a ver.
- Calienta el agua antes de traerla. Déjala hervir unos minutos, para que se esterilice. Asegúrate de que está bien limpia.
- ¡Sí!
La puerta se cierra y se me escapa un suspiro teñido de abatimiento. Ronald inclina la cabeza y hace un esfuerzo por hablar.
- Mala pinta, ¿eh? -consigue decir con gran esfuerzo.
- No puedo mentirle, señor. No tiene buen aspecto.
Me acerco al cabecero de la cama y acerco una mano a su frente para tomarle la temperatura.
- ¿Puedo?
- Adelante.
Tiene fiebre, aunque no excesivamente alta. Busco un termómetro en mi mochila, recuerdo haberlo guardado en uno de los bolsillos interiores... pero antes de que lo encuentre alguien entra en la habitación. Es Christopher. No me presta atención, sus ojos no se separan del hombre que está en la cama.
- Ronald, ¿cómo te encuentras?
- Jodido.
Por fin mi mano topa con el termómetro, lo saco de la mochila y le pido que se lo ponga bajo la lengua.
- Siento que haya tenido que ver la escena de abajo, doctora -dice Christopher.
- Creo que el chico está en su derecho de querer saber lo que ha pasado.
- Por favor, no empiece otra vez -la expresión le ha cambiado, y aunque conserva la firmeza, el cansancio está haciendo mella. Decido callarme por el momento, no tanto por Christopher como porque tengo delante a un hombre con una lesión muy grave, y no quiero tener una discusión delante de él. Le pido el termómetro de nuevo a Ronald, y el resultado solo confirma mis sospechas.
- Treinta y ocho con seis -murmuro por lo bajo.
- ¿Qué pasa doctora? -pregunta Ronald. Intercambio una mirada rápida con Christopher antes de responder, empiezo a entender cómo funcionan las cosas por aquí.
- Tiene fiebre, probablemente la herida esté infectada. Pensé que podía pasar, así que he traído antibióticos. ¿Tiene alguna alergia, señor?
- No... no que yo sepa -susurra él.
- Bien, entonces empecemos con la primera dosis.

Le acabo de dar la medicina cuando Adrian abre la puerta, va cargado con un cubo y una pastilla de jabón. Me lo muestra esperanzado, como si con un poco de limpieza la pierna de su padre fuese a sanar milagrosamente.
- Gracias -le digo-. ¿La has hervido?
- Sí, doctora. Durante cinco minutos.
- Bien. Déjalo en el suelo, junto a la cama.
No pierdo el tiempo. Me lavo las manos y empiezo a limpiar bien la herida y a examinarla con tanta precisión como puedo. Hay varias heridas, en realidad, una de ellas muy profunda, y por la forma en la que el pie está inflamado y deformado, hay algún hueso roto, probablemente varios. Presiono en algunos puntos, a lo que Ronald responde con un gemido de dolor.
- Lo siento -le digo, él se limita a asentir levemente con la cabeza y apretar los dientes.
Sin duda hay múltiples fracturas. La herida está infectada y empiezan a verse signos de necrosis. ¿Qué voy a hacer? Si ahora estuviera en el hospital, iría a buscar a algún médico más experimentado para lidiar con esto. Le pediría opinión a Emma, mi amiga y compañera de piso desde la facultad, una gran cirujana. Pero ahora ni siquiera sé qué fue de ella. Estaba conmigo en el hospital aquella noche terrible, pero nunca supe si logró escapar. Quizá si ella hubiera ocupado mi lugar, ahora podría hacer algo por Ronald, porque dudo que yo pueda. Sin ayuda, sin medios, no sé cómo me las voy a arreglar.

Paso un largo rato observando, pensando, buscando alternativas. Trato de recordar todo lo que aprendí en la facultad y en el hospital, los casos similares que he visto, cualquier cosa. Al final me aparto, me lavo las manos de nuevo y me pongo de pie. Christopher y Adrian me miran con expectación, pero no es a ellos a quienes me dirijo.
- Ronald, su situación es muy grave -empiezo.
- Lo suponía -responde él-. Doctora, vaya al grano.
- En condiciones normales requeriría una cirugía bastante complicada, pero no tengo ni los conocimientos ni los medios para practicarla -hago una pausa, ninguno de los presentes dice nada-. La herida está infectada. Mucho me temo que va a gangrenarse en poco tiempo. Lo siento.
Adrian se lleva las manos a la cara y la expresión de Christopher se vuelve más sombría si cabe.
- Tiene que haber algo que pueda hacer -dice Adrian, casi a modo de súplica.
- Lo siento, no puedo...
- Tiene que hacerlo, doctora -dice Christopher-. Tiene que haber una solución.
- La única alternativa para salvarle la vida sería la amputación, y aun así no podría garantizarles nada. Pero no sé si sería capaz de llevar a cabo una operación así.

Los dos me miran con expresión grave, y me piden que lo haga. Sin embargo, la decisión final no es de ninguno de ellos. Ronald tiene los ojos cerrados, su boca es una línea fina y recta.
- Puedo darle un rato para que lo piense, Ronald.
Asiente con la cabeza repetidamente.
- ¿Podéis dejarme unos minutos a solas?
- Por supuesto.
Paso por delante de Adrian y de Christopher sin apenas mirarlos y salgo de la habitación. El segundo me sigue casi de inmediato, Adrian se toma unos segundos con su padre antes de unirse a nosotros en el pasillo. No se escucha nada en el piso de abajo, el chico de antes y los otros dos deben de haber salido. Apoyo la espalda en la pared y levanto la vista hacia mis dos acompañantes.
- ¿Cuándo puede hacer la amputación, doctora? -pregunta Christopher. Me sorprende la decisión con la que habla, como si me preguntara por un mero trámite. Adrian no dice nada, nos mira alternativamente a Christopher y a mí con la expresión deformada por la ansiedad.
- En cuanto Ronald decida si quiere que la haga, supongo -respondo finalmente.
- ¿Puede hacerlo realmente? -interviene Adrian-. ¿Usted sola?
- No lo sé.
No parece del todo convencido.
- ¿De verdad es la única alternativa? ¿No hay nada que hacer para salvarle el pie?
- Se podría salvar en circunstancias normales, pero ahora mismo... seré sincera. No estoy segura de si aún amputando el pie va a sobrevivir.
- Oh, Dios...
- Doctora -dice Christopher, con voz firme-, tiene que salvarle la vida. Haga lo que tenga que hacer, pero Ronald no puede morir.
Tal vez debería morderme la lengua, pero no lo hago.
- Así que ahora está dispuesto a correr riesgos.
- Escuche bien, señorita -da un paso hacia mí, colocándose tan cerca que lo oigo respirar-. Usted ha sido traída aquí con el único propósito de salvar a ese hombre. Hemos corrido riesgos y hemos hecho sacrificios para que pueda hacerlo porque Ronald es un miembro vital para nuestra comunidad. Lo necesitamos para mantener en funcionamiento esta granja, incluso sin una pierna, sus conocimientos son imprescindibles para la supervivencia de todos.
- ¿Qué quiere decir?
- Esta granja es de mi padre -explica Adrian-. Lleva trabajando en ella toda la vida. Mi hermano y yo le ayudamos durante algunos años, pero incluso nosotros nos acabamos dedicando a otra cosa, ¿entiende? Todos los que estamos trabajando aquí estamos haciendo nuestro mejor esfuerzo por aprender lo que podamos, pero quien realmente sabe cómo dirigir la granja es él. Si muere, nos quedaremos sin guía.
- Hay provisiones en Cornwell, pero no sabemos cuánto van a durar -dice Christopher-, y para mantenernos con buena salud necesitamos alimentos frescos.
- Entiendo -digo yo, y asiento con la cabeza-. Haré todo lo que esté en mi mano, pero sólo si Ronald acepta.
- Gracias, doctora -dice Adrian, al tiempo que me pone una mano en el hombro. Siento que pesa una tonelada.
Christopher parece satisfecho con mi respuesta, y aunque apenas ha pasado un minuto, abre la puerta de la habitación y nos invita a pasar. Se acerca a Ronald para hablarle en tono tranquilo, amable.
- ¿Has tomado ya una decisión?
Ronald mira a su hijo y suspira.
- ¿Qué lección te estaría dando si no luchara hasta el final?
- En ese caso, no perdamos el tiempo -dice Christopher-. Doctora, haga una lista de todo lo que necesita.
Me tomo unos segundos en responder, mientras siento que el peso de la responsabilidad cae sobre mis hombros. Una llamarada de ansiedad me retuerce las entrañas. ¿Cómo he llegado hasta este punto? ¿Cómo le voy a amputar un pie a este hombre? Busco a tientas un lugar donde sentarme, porque mis piernas se han puesto a temblar de tal manera que temo que no van a poder sostenerme.
- ¿Está bien, doctora? -me pregunta Adrian cuando me dejo caer sobre una butaca-. Está pálida.
- Sí, sólo es el cansancio del viaje.
- Podrá hacer la cirugía igualmente, ¿verdad? -dice Christopher, aunque no parece tanto una pregunta como una orden. Me esfuerzo por serenarme y organizar mis pensamientos antes de hablar.
- Necesitaré agua limpia y jabón. Toallas limpias. Estaría bien un hornillo, o algo donde encender fuego. Hierve toda el agua antes de traerla. Creo que el resto de material lo llevo en la mochila...
- Adrian, ¿puedes hacerte cargo?
- Claro. Me llevaré esto para limpiarlo también -se acerca a la cama y recoge el cubo de agua que me ha traído hace unos minutos. Acaba de salir cuando recuerdo una cosa más.
- Christopher -le digo con un hilo de voz-, también voy a necesitar una sierra.
Él se queda en silencio un momento, pero no pierde la serenidad.
- Por supuesto. Encontraré una que pueda utilizar.

Cuando me quedo sola con Ronald, la ansiedad se incrementa.
- No tiene muy buena cara, doctora -tiene gracia que lo diga él.
- Estaré bien enseguida. 
- ¿Puedo hacerle una pregunta?
- Las que quiera.
- ¿Ha hecho esto antes? Esto de cortar una pierna a alguien.
- No, nunca.
Hace una pausa.
- Ya veo.
- Lo he visto hacer, si eso lo tranquiliza.
- No mucho.
- Ya, lo entiendo.
Nos quedamos callados unos segundos.
- Tenía asumido que iba a morir, aunque Christopher y mis hijos no perdieran la esperanza. Me consolaba pensar que me reuniría con mi esposa. Falleció hace doce años, ¿sabe? Un derrame cerebral. Todo fue muy rápido, los médicos dijeron que no sintió nada. Pero yo... yo no tendré tanta suerte, ¿verdad?
- Puedo reducir el dolor con algunos medicamentos, pero tal vez incluso así lo sienta.
Ronald respira profundamente y cierra los ojos. Permanece así, quieto y en silencio, de modo que yo reúno fuerzas para levantarme del sillón y empezar a sacar cosas de mi mochila. Dos bisturís y varias hojas de recambio, tijeras, gasas esterilizadas, alcohol, antiséptico, aguja e hilo de sutura, incluso una navaja. Lo voy dejando todo bien ordenado sobre una mesilla, todavía sin sacar del envoltorio. Me quedo un rato mirándolo todo, sin creerme aun lo que voy a hacer. 

Christopher y Adrian vuelven al cabo de un rato, cargados con las cosas que les he pedido. Los acompaña el que, por el gran parecido que mantiene con Adrian, debe de ser el otro hijo de Ronald. 
- Ah, Neil, has venido... -susurra Ronald. 
- Por supuesto -responde el recién llegado. No es tan alto como Adrian, aunque sí algo más ancho de hombros. La barba que le cubre la cara hace que ambos se parezcan tanto que Neil parece una versión más pequeña y compacta de su hermano. Los tres se acercan para dejar junto a la cama un par de cubos de agua y un hornillo de gas. Christopher me pone en las manos una sierra y cuando siento su peso en las manos se me hace un nudo en el estómago.
- Parece que lo habéis conseguido todo -digo sin apenas voz-. Gracias. Empezaré a prepararlo todo.

Me arrodillo en el suelo, junto al agua y el hornillo, con la sierra todavía en las manos. Está en bastante buen estado, así que lo principal ahora es limpiarla hasta que quede totalmente esterilizada. La limpio minuciosamente con agua y jabón, concentrada en que quede reluciente. Ronald habla con Christopher y sus hijos pero no presto atención a lo que dicen. Después del agua, repaso la sierra con alcohol y enciendo el hornillo para poner la hoja sobre la llama. Repito el proceso una vez más, para asegurarme de reducir al máximo el riesgo de infección. Hago lo mismo con las tijeras, la navaja, y cualquier cosa que no traiga dentro de un envoltorio cerrado, repitiendo los pasos una y otra vez hasta la saciedad. Ha pasado alrededor de media hora cuando termino con todos los preparativos. Me pongo de pie y me acerco a la cama, se hace el silencio en cuanto me ven llegar.
- Estoy preparada -digo, aunque sea mentira. Ronald es más sincero.
- Yo no -dice-, pero vamos allá.
- Te voy a dar algo para el dolor, pero no puedo anestesiarte del todo. Lo siento.
Ronald tuerce la expresión. Se le ve el miedo en los ojos, en el temblor de sus manos, en su respiración acelerada. Se toma las pastillas que le ofrezco y mira a sus hijos. Neil se adelante y le toma la mano.
- ¿Podemos ayudar en algo, doctora?
- Vais a tener que hacerlo. Habrá que sujetarlo bien. Aunque si no os sienta bien ver sangre, tal vez deberíamos buscar a alguien más.
- Haremos lo que haga falta, no se preocupe.
- Los tres ayudaremos -añade Christopher.
- Gracias -respondo-. Está bien, empecemos. Ronald, va a sentir unos pequeños pinchazos. Voy a ponerle unas inyecciones.
Tengo ya la jeringuilla preparada, limpio la piel de la pierna de Ronald con antiséptico e inyecto el contenido. Es un anestésico local y no muy fuerte así que no sé hasta que punto reducirá el dolor, porque en este punto cualquier ayuda es pequeña. Cortaré por debajo de la rodilla, preservando toda la articulación, pero no mucho más abajo para no dejar nada de tejido enfermo. Ato una goma alrededor de su pierna, un poco por encima del punto en el que cortaré, para reducir el flujo de sangre. Ahora sí, todos los preparativos están hechos. Ronald parece un poco más calmado, ya que había tranquilizantes entre las pastillas que le he dado hace unos minutos, pero sé muy bien que esto es solo la quietud que precede a la tempestad.
- Puede que sea conveniente darle algo que pueda morder -sugiero antes de empezar.
- ¿Para morder? 
Neil rebusca en un cajón.
- ¿Servirá esto? -me muestra un cepillo de dientes con un mango de goma.
Me encojo de hombros.
- Supongo que sí. 
Pone el cepillo entre los dientes de su padre, que no parece muy convencido. Sin embargo, no protesta, simplemente me mira y asiente con la cabeza a pesar de tener los ojos llenos de terror.

- Necesito que lo sujetéis bien -digo en un susurro. 
Christopher, Adrian y Neil se colocan alrededor de la cama y agarran a Ronald de la cintura, los brazos y las piernas. No puedo demorarlo más. Hago un enorme esfuerzo por mantener mi pulso firme y cojo el bisturí. A la primera incisión, Ronald se estremece, pero parece que la anestesia está surtiendo efecto, al menos de momento. Sin embargo, en cuanto el corte empieza a ganar profundidad, siento que sus músculos se tensan y que empieza a gemir de dolor. Unos segundos después, se sacude y lanza un grito. El movimiento me hace perder precisión y la sangre empieza a brotar, cubriéndome las manos y empapando las sábanas. El corazón se me acelera y cuando intento hablar apenas me sale la voz.
- Sujetadlo fuerte, que no se mueva.
Adrian, que está más cerca del cabecero de la cama, se inclina hacia su padre y empieza a hablarle con voz pausada.
- Todo saldrá bien -le dice-. Eres muy fuerte, eres un ejemplo para todos.
Neil y Christopher se afianzan en sus posiciones y me miran. En cuanto consigo serenarme, cojo aire y vuelvo al trabajo. Si me concentro, todo irá bien. Me lo repito como un mantra mientras voy cortando, poco a poco, la carne que recubre la parte superior de la pierna, en forma de semicírculo. Ronald alterna los gemidos con los gritos más desgarradores, se mueve y se estremece y me suplica entre llantos que detenga esta tortura. Aunque me parta el corazón, ahora no nos queda más remedio que llegar hasta el final. 
Una vez he terminado de cortar la parte de arriba, levanto la carne hasta dejar el hueso al descubierto. La sangre sale a borbotones y me cuesta horrores suturar las arterias principales para evitar que Ronald se desangre. Cuando termino estoy agotada, y todavía me queda más de la mitad.
Muevo un poco la pierna para poder cortar la parte de abajo y Ronald grita con todas sus fuerzas. Instintivamente, Christopher, Adrian y Neil miran en mi dirección. El último se queda observando la pierna de su padre casi como embelesado, sin apartar los ojos de la herida, y su cara empieza a palidecer. Me doy cuenta de lo que va a pasar unos segundos antes de que el rostro de Neil se convierta en una mueca y su cuerpo se retuerza en una violenta arcada. Le da el tiempo justo para darse la vuelta y vomitar en el suelo, de espaldas al resto de nosotros.
- Lo siento... Lo limpiaré -dice, tosiendo, pero en cuanto levanta la cabeza y sus ojos se posan en la cama empapada de sangre se le doblan las rodillas y cae redondo.
- ¡Neil! -grita Adrian.
- ¡Hijo! -Ronald se empieza a mover, y agarro su pierna con fuerza. Mierda, esto se me está yendo de las manos.
- ¡Dejadlo! -les grito-. ¡Sólo se ha desmayado! Ronald, no se mueva, y Adrian ¡no lo sueltes! Christopher, ¡ve a por ayuda!
Ni siquiera parece importarle que sea yo quien esté dando órdenes, sale a toda prisa de la habitación sin decir una palabra. Se hace el silencio por unos segundos y los aprovecho para recobrar el control de la situación.
- Vamos a seguir -digo, más para mí misma que para los demás, aunque parece que también ayuda a que Adrian recupere un poco la calma.

Empiezo a cortar la otra parte de la pierna, justo por la zona del gemelo, de la misma forma que lo he hecho con la zona superior. Resulta difícil mantener quieto a Ronald sólo con una persona, por lo que voy mucho más despacio. Por suerte, Christopher vuelve enseguida con refuerzos. Trae a dos compañeros más, un hombre y una mujer, a los que reconozco a los pocos segundos: son los mismos que han detenido al muchacho llamado Red cuando hemos llegado a la granja. Trato de no pensar en eso ahora, no quiero que nada me distraiga de mi trabajo. Sin necesidad de darles ninguna instrucción, la mujer se acerca a Neil, que sigue en el suelo, y lo aparta con cuidado de la cama para atenderlo, mientras que el hombre se coloca junto a Ronald y ayuda a Christopher y Adrian a sujetarlo.

El tiempo que me lleva cortar el gemelo y dejar el hueso al descubierto se convierte en una eternidad. Los quejidos de Ronald se me clavan en el cerebro y su sangre me cubre las manos y la ropa. Me pongo de pie para lavarme un poco y coger la sierra, y me doy cuenta de que todos en la habitación me miran con aprensión en sus ojos. 
- Esta es la parte más difícil. Sujetad bien a Ronald, por favor.
Coloco la sierra junto al hueso, y respiro hondo. Muevo el brazo, y los dientes de la hoja arrancan astillas a la tibia de Ronald. El hombre grita, casi sin fuerzas, con las lágrimas secas bajando por sus mejillas, pero ahora no puedo parar. "Lo siento mucho", pienso, y sigo cortando. Unos segundos después, los gritos se detienen y los músculos de Ronald, hasta ahora terriblemente tensos, se relajan súbitamente. Adrian grita.
- ¡Papá!
Los otros dos se suman a la alarma general.
- ¡Doctora!
- ¡¿Qué ocurre?!
Incluso Neil, que está empezando a recuperarse, se altera. Yo me mantengo tan serena como puedo, dejo de cortar por un momento y me acerco al cabecero de la cama para comprobar que Ronald tiene pulso, y sigue respirando.
- Se ha desmayado -les explico-. Por el dolor, probablemente. Intentaré hacerlo tan rápido como pueda para evitarle más sufrimiento.
Vuelvo a mi posición, y les pido a mis ayudantes que sujeten bien la pierna para que pueda serrar los huesos más fácilmente, aunque es una tarea dura. Las gotas de sudor me bajan por la frente y por el cuello y los brazos me duelen por el esfuerzo, pero no me detengo hasta que consigo que tanto la tibia como el peroné queden cortados, limpiamente, y la parte baja de la pierna de Ronald se desprenda por completo.

- Christopher, ¿puedes apartarla? -digo, señalando la extremidad recién amputada. Él me mira entre horrorizado y asqueado, pero la coge y se separa unos pasos de la cama. Se queda allí quieto, con el pie de Ronald en brazos, y yo dejo la sierra para coger aguja e hilo y suturar la herida. No la cierro del todo, dejo una pequeña abertura para poder drenar el líquido que se acumule. Al terminar, funcionando ya casi por inercia, quito la goma que le había puesto para permitir que la sangre fluya libremente de nuevo, limpio el muñón que ha quedado y lo cubro con un vendaje.

Finalmente me pongo de pie y me separo un poco de la cama para observar a Ronald. Su pecho sube y baja rápidamente y su piel está pálida y cubierta de sudor, pero creo que la pérdida de sangre no ha sido excesivamente grave después de todo. Creo que puedo lograr que sobreviva, si consigo mantenerlo libre de infecciones. Sin embargo, ahora necesito salir de aquí y respirar un poco, aunque sea sólo un momento. Puede que Christopher o Adrian me estén diciendo algo, pero apenas los oigo, los oídos me zumban y este lugar empieza a asfixiarme. Abro la puerta, exhausta y sin siquiera limpiarme la sangre que me cubre prácticamente de la cabeza a los pies. Me sorprende levemente encontrar el pasillo repleto de gente me mira entre la sorpresa y el horror. Dicen algo, pero tampoco los oigo. Mi visión se vuelve borrosa y el mundo se tambalea bajo mis pies. Al darme cuenta de lo que está pasando, busco a tientas algo a lo que agarrarme, pero sólo encuentro un vacío oscuro antes de perder el sentido.

18 comentarios:

  1. Genial! actividad otra vez en el blog, me gusto el baño de sangre en este capitulo aunque estuvo algo corto.
    xq has tardado tanto?

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    1. Por desgracia no puedo dedicarle al blog tanto tiempo como quisiera, ya que tengo muchas obligaciones, pero me alegra ver que los lectores seguís ahí :)

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  2. Tan genial como siempre... Ya echaba de menos una entrada y ha venido a suplir el parón de "The Walking Dead". xD

    Suerte, Irakolvenik, y sigue como siempre. ;)

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  3. aqui sigo y aqui seguire visitando el blog religiosamente cada noche jeje

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  4. Cuando subes el otro capítulo?? estoy ansioso por leerlo y la espera se me hace infinita...

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    1. Lo estoy escribiendo, siento mucho la tardanza!

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  5. ¡Espero que sobreviva! ¿Como le ira al otro personaje?

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    1. Gracias por tu comentario! En la próxima sabremos de Isaac ;)

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  6. ¡Han pasado 4 meses desde la última entrada del blog! ¿Es que ya no vas a subir más? Venga hombre, como mínimo una entrada informativa para saber que todavía lo visitas y que pronto vas a publicar una entrada ¿O es que ya ni siquiera lo visitas y el blog murió?

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    1. El blog no ha muerto! Está en parón porque estoy escribiendo la tesis y, sinceramente, apenas tengo tiempo que dedicarle. Pero planeo continuar con la historia en cuanto pueda.

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    2. Bueno... Si es una tesis entonces es comprensible.
      ¡Suerte!

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  7. Suerte con tu tesis, pero dime, ¿sobre que es? Quizás valga la pena leerla.

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  8. Luego de 8 meses de espera creo, definitivamente, que este blog murió.

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  9. Me niego a que haya muerto, yo sé que aún estás por ahí, Irakolvenik. ;_;

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  10. La enterramos. Y si despierta es un zombie!

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  11. Sigo viva! Y sigo escribiendo! Hay muchas cosas que requieren mi atención, pero no me olvido de este blog. Si algún día lo abandono, os dejaré un mensaje contando como acaba la historia!

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  12. Al menos pon un relato corto que no tenga nada que ver; para aguantar la espera.

    ¡Queremos seguir leyendo tu prosa!

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