viernes, 21 de septiembre de 2012

Reparto de tareas

El relato de Lydia sobre cómo vivieron aquí el comienzo de la plaga me deja pensando. Cuando declararon la cuarentena, todo el mundo esperaba una evacuación. Luego nos dimos cuenta de que no iba a llegar, de que nadie nos iba a sacar de aquella ciudad maldita. Pero alguien estaba intentando ayudar, no sé quién, tal vez el ejército, el gobierno o las naciones unidas, pero el caso es que hubo evacuaciones, que intentaron llevarse a la gente lejos del peligro. Aunque hubiera otros focos, aunque la zona de cuarentena se ampliara, no puedo evitar encender una leve, levísima esperanza, de que haya un lugar seguro y la humanidad no vaya a desaparecer en breve. Sin embargo, la realidad es que eso parece estar muy, muy lejos...

Miro a mi alrededor. Marcus ha impuesto un castigo al chico que abandonó el puesto de vigilancia anoche, alguien se ha puesto a protestar, aunque no sé muy bien qué ha pasado ya que nos hemos quedado un poco apartados del grupo. Al rato, como era de esperar, las cosas se han calmado y cada uno ha vuelto a sus asuntos. Marcus tiene pinta de ser un hombre estricto, pero este lugar está libre de zombis y hay comida y refugio para todos, así que por el momento no voy a ser yo quien proteste.

Por aquí, todo el mundo parece tener su rutina y dedicarse a sus tareas. Nosotros somos los únicos que estamos parados en medio del patio. Al fondo veo el todoterreno, y también la furgoneta y la moto de las que habló Lydia.
- ¿Qué hacemos ahora? -pregunto al fin. Nuestra guía parece dudar un momento.
- Bueno, ya os lo he enseñado todo -dice-. Creo que deberíamos ir a ver a Marcus para que os asigne alguna tarea. Todos debemos colaborar, ya sabéis... además, tener algo que hacer es bueno para el coco -añade, dándose unos golpecitos en la cabeza con dos dedos.
- ¿Qué haces tú, Lydia?
- Básicamente, un poco de todo -responde entre risas-. Más que nada, intento ayudar en la organización de este lugar y preocuparme de que todo el mundo se sienta bien -hace una pausa- dentro de lo que cabe, claro. Hemos vivido una situación muy traumática y la gente necesita apoyo. No es mi especialidad, pero hago lo que puedo.
- ¿Tu especialidad? ¿Te dedicabas a esto antes?
- Más o menos -responde-. Era psicóloga en un instituto. En este instituto, de hecho.
Empieza a caminar, los demás la seguimos.
- Debe ser raro verlo como está ahora, después de haber trabajado aquí.
Ella asiente con una mirada nostálgica mientras se adentra por los pasillos.
- Me gustaba más antes -dice-. Echo de menos a mis compañeros, la verdad. Incluso a los estudiantes -añade, y se vuelve a reír. Casi parece que sea un mecanismo de defensa.
- ¿Y tu familia? 
- Bueno, mi marido está aquí, ya os lo presentaré. El resto de nuestros familiares, los que vivían en Cornwell, quiero decir, fueron evacuados antes de quedarnos incomunicados. El único que quedó aquí con nosotros fue el hermano de mi marido, pero se marchó con un grupo, intentaban llegar al cordón militar por su cuenta. No volvieron.
El silencio que sigue es un poco incómodo.
- ¿Y qué hay de vosotros? ¿Sabéis algo de vuestras familias? -pregunta ella entonces. Nos cuesta un poco responder, así que doy el primer paso.
- Mis padres y mis hermanas viven lejos -explico-. La última vez que hablé con ellos fue hace meses, antes de que empezara todo esto... Mi padre me dijo que estaba pensando en volver a Canadá. Ojalá lo haya hecho y no le haya pillado esta mierda...
- ¿Tu padre es canadiense? -pregunta Lukas. Yo asiento con la cabeza.
- Y yo también, de hecho, aunque tenía cuatro años cuando llegué aquí.
- Vaya, quién lo diría -dice él-. Aunque al menos tu padre no es un capullo líder de una secta de pirados...
Lydia nos mira con cara rara.
- Ya te lo contaremos, es demasiado largo -dice Lukas-. La gente se ha vuelto bastante loca en la ciudad.
- ¿Qué hay de ti, Mishel? -se me ocurre preguntar. Ha sido una estupidez, porque ella se queda callada hasta que, al cabo de unos segundos, se echa a llorar entre temblores. Cada día estoy más convencida de que tengo un don para cagarla... Lydia nos mira con preocupación, pero no hace nada. Al final, abrazo a Mishel y nos quedamos quietas un rato, hasta que deja de llorar y vuelve a quedarse en ese silencio ausente.

Antes de que echemos a andar de nuevo, Marcus sale de un despacho unos metros más adelante, en este mismo pasillo. Estaba reunido con dos hombres más que pasan por nuestro lado sin siquiera mirarnos. Marcus se detiene junto a nosotros y pregunta si todo va bien.
- Parece que hemos tenido un pequeño momento de crisis -explica Lydia-. Pero te estábamos buscando. Sería buena idea encontrar alguna tarea que hacer para Alex y Lukas, para que no esté todo el día parados. Quizás también incluso alguna cosa para Mishel, puede que le venga bien.
Marcus asiente mientras se rasca la barbilla.
- Veamos qué tenemos por aquí -dice con su voz grave-. ¿Hay algo que sepáis hacer? ¿A qué os dedicabais antes de esto?
- Bueno, yo era músico -dice Lukas-. Y también he sido camarero. Y pintor -se ríe, no sabía que hubiera hecho tantas cosas diferentes-. No sé si algo de eso servirá aquí... Pero estuve en otro refugio, allí hacía de vigilante.
- ¿Y qué pasó, por qué te marchaste? -pregunta Marcus.
- Bueno... -Lukas duda un poco-. Las personas que compartían el refugio conmigo tenían unas creencias un poco extrañas. Formaron una especie de secta de la que yo no quería formar parte.
- La gente está loca, y esta mierda los ha vuelto más locos aún -sentencia Marcus-. Bien, podemos hablar con nuestro encargado de seguridad ¿Qué hay de ti, jovencita?
- Yo era médico -le digo-. Estaba haciendo la residencia en el hospital St. Mark.
Marcus me mira de arriba a abajo, sorprendido.
- Quién lo hubiera dicho -enseguida cambia la expresión a una amplia sonrisa-, ¡si pareces una chiquilla! Bien, es una buena noticia, Isabelle estará contenta de tener ayuda en la enfermería. ¿Te parece bien?
- Claro -respondo rápidamente, asintiendo con la cabeza. Marcus asiente también, satisfecho de haber aclarado las cosas tan rápidamente.
- Entonces, vamos a la enfermería a ver a Isabelle, y luego iremos a buscarle una tarea a Lukas -sentencia.
- Mishel, tú vienes conmigo -dice Lydia, cogiendo a nuestra compañera de la mano. Ella nos mira a Lukas y a mí un poco angustiada. No sé qué va a pasar con ella como continúe así.
- Ve con ella, nos veremos luego -le digo, tratando de tranquilizarla. Lydia tira de su brazo suavemente, pero Mishel no se mueve.
- No te va a pasar nada -le dice Lukas-. Son buena gente, ya lo has visto. Lo que nos pasó en la ciudad no va a volver a pasar.

Mala idea, compañero.

Mishel se pone muy nerviosa, le tiemblan las manos y se le dibuja en el rostro una expresión de terror. No parece más que una niña pequeña y asustada y me siento fatal por las cosas horribles que he llegado a pensar de ella. Se queda como bloqueada, sin responder a lo que le decimos durante un buen rato. Al final, Marcus se exaspera.
- Traeré a Isabelle.
Se marcha dando grandes zancadas por el pasillo mientras nosotros nos quedamos en silencio, escuchando los sollozos ahogados de Mishel, que se ha hecho un ovillo en el suelo y se cubre la cabeza con las manos. Intercambio una mirada de preocupación con Lydia, pero no sé qué hacer, estoy bloqueada.

Marcus vuelve unos minutos después, seguido de una mujer negra, rechoncha y ancha de espaldas que trae un botellín de agua. Lleva un chaleco con muchos bolsillos que casi no se puede abrochar. Deja que ella se adelante cuando están apenas a un par de metros, y nosotros le abrimos paso para que se acerque a Mishel.
- Pero bueno, ¿qué es esto? -dice en voz muy alta mientras pone los brazos en jarras.
- La chiquilla está en plena crisis de nervios -aclara Marcus con impaciencia. Se le notan las ganas de acabar con esta situación. La mujer asiente y saca de uno de los bolsillos del chaleco un bote de pastillas. Entrecierro los ojos para leer la etiqueta del frasco.
- Es valium, cariño -dice ella antes de que consiga leer nada, luego se vuelve hacia Mishel-. Vamos, cielo, un trago de agua y te sentirás mejor.
Todo se para durante unos segundos, mientras Mishel observa lo que le ofrece la mujer con gesto de desconfianza. Me arrodillo junto a ella y trato de abrazarla, pero se aparta de mí, como sobresaltada. Levanto las manos en gesto pacífico y la miro a los ojos.
- Es medicina, Mishel. Por favor, tómatela. 
Se toma su tiempo para decidirse, pero al final accede. Marcus, impaciente, se da la vuelta para marcharse.
- Ven conmigo, chaval -le dice a Lukas antes de irse-. Por cierto Isabelle, la muchacha es tu nueva ayudante.
- ¡Pero si está para tenerla de paciente! -exclama ella.
- La otra, mujer -dice riendo, y se aleja por el pasillo con Lukas tras él. 

Isabelle me mira, evaluándome.
- ¿Sabes algo de medicina? -pregunta muy seria. 
- Soy médico -le digo, casi con miedo. 
- ¡Gracias al cielo! -exclama, de repente parece muy alegre-. Así no habrá que perder tiempo enseñándotelo todo. Si hubieras visto a mis anteriores ayudantes...
- ¿Qué pasó con ellos?
- Oh, tranquila, todos sobrevivieron, pero cambiaron de ocupación... ¡espero que dures más que ellos conmigo!
- ¿Cuánto duró el último, Isabelle? -interviene Lydia con una sonrisilla maliciosa.
- ¡Una semana! -exclama ella. Yo trago saliva.

martes, 4 de septiembre de 2012

Empezar de cero

Me quedo un rato sola, en la acera, viendo cómo se aleja Isaac. Me quedo allí incluso después de haberlo perdido de vista, sin saber qué hacer. Sé que Isaac no va a volver, y que es probable que no volvamos a vernos. Eso me duele.

También sé que no queda otra opción, porque él no puede quedarse aquí, y si lo acompañara no sería más que un lastre. Isaac ha demostrado con creces que es capaz de sobrevivir por su cuenta, pero no puedo pedirle que se ocupe de mí. Entiendo su motivación, entiendo que no puedo ir con él, pero también tengo mucho miedo. Isaac me hacía sentir segura, y luego, cuando se marchó, me quedé con Sam. Ahora no tengo a ninguno de los dos. Está Lukas, pero no es lo mismo. Siento que estoy sola, y no me gusta estar sola en medio del fin del mundo. Supongo que tengo que empezar de cero en Cornwell.

Al cabo de un rato aparece alguien a mis espaldas. Cuando habla, reconozco la voz de Lydia.
- ¿Vienes?
Me doy la vuelta y, después de unos segundos, asiento con la cabeza y la sigo al interior.
- ¿Dónde está Mishel? -pregunto.
- ¿Mishel?
- La chica rubia, la que se quedó toda la noche en el todoterreno.
- Ah, sí, esa chica. Está con tu amigo, el que entró contigo. Nos ha costado un poco convencerla de que podía entrar en la ducha tranquila. Al final tu amigo la convenció, así que supongo que habrán subido arriba ya. 
Asiento y subo junto a ella las escaleras hacia el primer piso. De camino, nos cruzamos con un par de muchachos que bajan las escaleras emocionados.
- ¡Ya tenemos las llaves del coche! -dice uno de ellos dirigiéndose a Lydia-. ¡Marcus ha dicho que nosotros podemos meterlo en el patio!
Los chicos se alejan riendo. La gente aquí parece muy tranquila, muy segura. Me pregunto si llegaré a sentirme como ellos algún día. 
- ¿Qué vais a hacer con el todoterreno? -pregunto. Pensar en cosas más prácticas normalmente suele reducir un poco la angustia.
- Lo pondremos en el patio, con los demás vehículos -explica Lydia-, para usarlo cuando lo necesitemos.
- ¿Tenéis más vehículos?
- Sí, un par... una furgoneta y una moto. Pero no podemos usarlos a menudo, porque la gasolina que tenemos la necesitamos para el generador.
- Creo que el todoterreno es diésel -digo. Lydia se encoge de hombros.
- Entonces, supongo que tendremos que conseguir combustible si lo queremos utilizar.
No parece muy preocupada por ello. Enseguida llegamos a la puerta del aula donde Lukas y Mishel me esperan.
- Te dejo un rato con tus amigos -dice Lydia-. Volveré luego a buscaros y os enseñaré todo esto.

Lukas y Mishel están mirando a través de la ventana cuando entro en la habitación. Es la misma en la que hemos estado intentando dormir esta noche. Me acerco a ellos y echo un vistazo a la calle. Se ve el pequeño jardín que rodea al instituto, un tanto descuidado, la acera y la calle vacía. No me había fijado antes, pero los cuerpos de los zombis siguen ahí, en el suelo, estropeando la vista. Siento un escalofrío, no por los cadáveres en sí, sino por que me hayan pasado desapercibidos. Significa... significa que me estoy acostumbrando a este horror.
- ¿Qué tal la ducha? -pregunto, dirigiéndome a Mishel.
- No me lo podía creer -dice ella, esbozando una leve sonrisa.
- Puede que este lugar no esté tan mal -interviene Lukas-. ¿Qué ha pasado con Isaac?
- Ha decidido marcharse -explico-. Es un poco complicado, todo lo que ha ocurrido con él...
Les cuento a mis amigos la conversación que acabo de tener con Isaac. Mishel conoce gran parte de la historia, pero a Lukas le cuesta creerla. Cuando termino, tiene lágrimas en los ojos, pero sé que no es por Isaac.
- Ness... -susurra-. Pudo haberle pasado lo mismo...
- Lo siento mucho, Lukas.
Él niega con la cabeza. Tiene los ojos cerrados.
- Aquellos cabrones la acribillaron antes de que pudiéramos saber nada -dice, más para sí mismo que para nosotras-. Debería volver y matarlos a todos... Y tú, Alex, no me dijiste nada en el Purgatorio ¿por qué?
- Entonces ni siquiera sabía si Isaac estaba vivo -respondo. Es obvio que le molesta que le ocultara la información, debería recordarle las mentiras que me contó él en aquél momento. Voy a decir algo más, pero Lydia nos interrumpe. Entra en el aula con una sonrisa que ninguno de nosotros le devuelve.
- Si queréis venir conmigo, os enseñaré todo esto.

Cornwell es un pueblo pequeño, así que el instituto tampoco es muy grande. Aún así, ocupa toda una manzana: el edificio principal ocupa dos lados, formando un ángulo recto, el tercero está ocupado por el gimnasio, y el cuarto lado lo forma un muro no muy alto que los habitantes de Cornwell han reforzado con una valla que impediría que los zombis treparan y saltaran al interior. El edificio está rodeado por un jardín que ahora nadie cuida, ya que los habitantes salen lo menos posible. Además, procuran llamar poco la atención, así que no les importa que por fuera el instituto se vea abandonado. Por dentro, eso sí, han hecho un buen trabajo para dejarlo habitable y cómodo.

Lydia nos explica que la planta de abajo está prácticamente cerrada, ya que han tapiado todas las ventanas que dan a la calle y mantienen la mayoría de entradas cerradas a cal y canto. Tienen bien vigilada la principal, que se encuentra en la parte frontal del instituto, y una entrada trasera que da al patio, justo al lado del gimnasio. De la planta baja, mantienen en marcha el comedor, donde tienen reservas de comida suficientes para aguantar todavía varios meses resistiendo. En el sótano, además de los vestuarios en los que estuvimos ayer, hay un par de salas que se utilizaban para entrenamientos cuando el instituto funcionaba como tal, y una serie de salas de mantenimiento en las que hay una caldera y un generador que funcionan con gasolina.
- Electricidad y agua caliente -dice Lukas-. ¿Os dais cuenta de que eso es un lujo ahora mismo?
- Somos muy conscientes de ello -responde Lydia-. Racionamos mucho el uso del combustible. A veces es un poco complicado, porque somos casi cincuenta personas aquí, pero nos apañamos bastante bien.
- ¿Podemos ver el generador? -pregunta Lukas. Lydia niega con la cabeza.
- No tengo llaves del cuarto de mantenimiento. Vamos arriba, os enseñaré el resto.

El piso superior es el que han ocupado como dormitorio. Subimos las escalera y pasamos junto al aula donde estuvimos hace un rato, luego nos dirigimos al fondo del pasillo. Los refugiados de Cornwell se han instalado en varias aulas que dan al patio interior. Están llenas de sacos de dormir, mantas y almohadas. No hay mucho más que ver, así que Lydia nos lleva a la azotea para enseñarnos un pequeño huerto. Un hombre de unos cincuenta años nos saluda.
- Éste es Lewis -dice Lydia-. Le toca el turno de vigilancia.
- ¡Todo despejado! -exclama Lewis alegremente-. ¿Sois los chicos nuevos?
Asiento con la cabeza, tratando de esbozar una sonrisa.
- ¿Qué os parece nuestro pequeño refugio?
Lukas y yo nos miramos.
- Habéis hecho un trabajo increíble aquí -dice Lukas al final. El hombre asiente, satisfecho.
- Seguro que os gusta -dice, con una sonrisa.
- Les estoy enseñando todo esto -interviene Lydia-. Vamos, bajaremos al patio, es lo único que queda por ver.

Nos despedimos de Lewis y seguimos a Lydia hasta la planta baja. Cuando salimos al patio, vemos que se ha armado un pequeño revuelo. Todo el mundo está reunido alrededor de alguien que no podemos ver. Nos aproximamos un poco. Hay un chico joven en medio de la multitud con el que Marcus intercambia unas palabras. Lydia se acerca para ver qué está pasando, pero nosotros nos quedamos atrás, observando la escena a una distancia prudencial. Al poco, ella se da cuenta y vuelve a contarnos qué ocurre.
- Le va a caer una gorda -dice con expresión resignada-. Ese chico estaba de guardia cuando los zombis se acercaron anoche. Debería haber estado en su puesto, vigilando en la azotea como estaba haciendo Lewis hace un rato.
- ¿No estaba allí? -pregunta Lukas. Lydia niega con la cabeza.
- Abandonó su puesto y no quiere decir por qué -explica-. Creo que estaba con alguien más, creo que estuvo con una chica y no quiere implicarla. Así que va a asumir el castigo él sólo...
- ¿Qué castigo? -pregunto mientras los recuerdos del Purgatorio me provocan escalofríos.
- El que Marcus decida -dice Lydia-. Supongo que le tocará pasar algo de hambre y hacer trabajos extra. No pasó nada grave, pero podría haber pasado. Jospeh podría haber muerto, o vuestro amigo, el que se ha marchado.
- Supongo que Marcus es quién está al mando aquí.
Lydia parece un momento incómoda, pero se encoge de hombros.
- Es quién montó este refugio y se ocupó de todos cuando el gobierno nos abandonó aquí, a nuestra suerte.
- ¿Qué pasó? -pregunta Lukas.
- ¿No lo sabéis?
Lukas y yo movemos la cabeza al unísono.
- Estábamos atrapados en la ciudad. No sabemos nada de lo que ocurrió fuera.
- Bueno, en ese caso... -Lydia busca las palabras, se toma un momento para decidir por dónde empezar-. Veréis, cuando empezó la plaga, el ejército se puso a evacuar a todos los que estábamos cerca de la zona de cuarentena, para aislar a los afectados lo máximo posible. Empezaron a llevarse a los habitantes de Cornwell y los alrededores a otras ciudades, aunque no era fácil, porque había que poner en algún lugar a todas esas personas. Construyeron algunos campamentos de refugiados... Suena raro, ¿verdad? Parece que tuviera que ser algo propio del tercer mundo... Pero lo cierto es que ellos pudieron salir de aquí, sólo espero que estén bien...
Se queda un momento callada. Supongo que habría personas queridas para ella entre los que se marcharon.
- Puede que estén en un lugar seguro -digo, tratando de reconfortarla. Ella se limita a desviar la mirada.
- ¿Qué pasó entonces, Lydia? -pregunta Lukas-. ¿Por qué no evacuaron a todo el mundo?
- Empezaron a aparecer nuevos focos de infección. Otras ciudades, en otros países... es lo último que supimos. No había suficientes recursos para contener la epidemia. Creemos que ampliaron la zona de cuarentena y que nosotros quedamos dentro. Simplemente, un día dejaron de acudir los camiones a por la gente. A los pocos que se aventuraron a marcharse solos, no los hemos vuelto a ver. Marcus era el segundo al mando en el ayuntamiento de Cornwell, la mano derecha del alcalde. Él y la ayudante del sheriff fueron los únicos de entre todas las autoridades que se quedaron hasta el final, con los últimos ciudadanos por evacuar. No vinieron a por nosotros, así que Marcus puso en marcha el plan de emergencia local y reunió a todos los que quedábamos aquí. No nos ha ido tan mal, como podéis ver. Hemos hecho planes a largo plazo, con la idea de mantener este lugar en marcha durante mucho tiempo. Nos costó un poco asumirlo, pero ahora parece que la gente está aceptando que nadie va a venir a buscarnos, al menos en algún tiempo. Estamos solos.



domingo, 19 de agosto de 2012

Solo

Siento que una oleada de alivio recorre al grupo. Ya no tendrán que decidir si me dejan entrar, ya no tendrán que sentirse obligados a aceptarme entre ellos sólo porque le salvé la vida a uno de los suyos. Ya no soy un problema para ellos. Sin embargo, ellos no me importan lo más mínimo. Los únicos que me importan, ahora mismo, son mis compañeros. Mishel está tan trastornada que no sé si realmente es consciente de lo que está pasando, y a Lukas apenas lo conozco. Y luego está Alex.

Le ha dolido lo que acabo de hacer, y mucho. Lo sabía desde el principio, y ha sido lo único que me ha hecho dudar de mi decisión, pero lo que ha ocurrido esta noche me ha hecho darme cuenta de que no puedo quedarme con ellos. Por mucho que me duela, no seré una ayuda sino un problema. Por supuesto, no me dejará marcharme sin una explicación y probablemente lo acabe haciendo en contra de su voluntad, de todas formas. Entiendo que se siente protegida a mi lado, aunque lo que pasa es que no es consciente del peligro que corre.

Me coge de las muñecas y me mira con tanta tristeza que hace que me duela el pecho. 
- ¿Qué vamos a hacer sin ti? -se le quiebra la voz al final de la frase.
- Lo mismo que cuando me marché la otra vez, Alex -respondo, y el recuerdo de mi huida sin explicaciones parece que reaviva otra herida. 
Esta vez voy a hacer las cosas bien.
- Voy a marcharme hoy mismo -digo, dirigiéndome a Marcus y su grupo-. Podéis quedaros con el todoterreno. Sólo os pediré que me devolváis mi arma y que me deis una mochila con algunas cosas que pueda necesitar. 
Marcus asiente. Una mochila con utensilios de supervivencia a cambio de un todoterreno. Si tienen acceso a una fuente de combustible, es un gran negocio.
- También me gustaría tener unas palabras con Alex -añado-. En privado.
- No tengo inconveniente -dice Marcus-. ¿Podéis hablar aquí fuera, en la puerta? Nos llevaremos a Mishel dentro y nos ocuparemos de ella.
- De acuerdo -respondo. El grupo entra en el instituto, y nos quedamos solos. Respiro hondo, y trato de poner en orden mis pensamientos.

Alex se queda mirando la puerta cerrada unos momentos, y luego se vuelve hacia mí. Me cuesta sostenerle la mirada. Ella no dice nada, espera pacientemente a que yo empiece a hablar. La verdad es que tampoco le hace falta, el dolor se le ve claramente en el rostro. Vuelvo a coger aire.
- Sé que esto te duele mucho, Alex -empiezo-. Pero créeme, si me marcho es porque no he encontrado otra salida.
- Entonces me voy contigo.
- No, no puede ser. No puedo estar con nadie, no puedo estar cerca de las personas.
- ¿Por qué? -ahora parece asustada. No quiero que me tenga miedo, pero a lo mejor así aceptaría mejor mi partida.
- Porque soy un peligro para todos.
- ¿Un peligro? -dice, levantando las manos-. Pero si eres tú el que siempre nos ha protegido de todo.
- Lo sé, Alex, y siempre he querido protegeros. Pero hay algo en mí que va mal, y cuanto más tiempo paso junto a otras personas, se va volviendo peor. Esa fue la razón por la que me marché la otra vez, porque tenía miedo de haceros daño. Nunca me alejé mucho del grupo, pero no podía compartir una habitación con vosotros porque no sabía en qué momento podría perder el control.
- Isaac... ¿por qué no nos has contado nada? 
- ¿Qué os iba a contar? ¿Que soy medio zombi?
- ¿Eres medio zombi? ¡No me había dado cuenta!
El sarcasmo de su última frase me duele un poco, pero trato de no enfadarme. No quiero discutir con ella, sólo despedirme como es debido.
- Tienes que haberte dado cuenta de que no es seguro estar conmigo.
Alex hace una pausa, respira hondo y me mira. Supongo que a ella también le cuesta organizar sus emociones ahora mismo.
- Mira, esto es lo que sé -dice-. Un zombi te mordió. Te inyectaron algo que supongo que pretendía ser una cura, pero los tíos que lo hicieron no se quedaron para ver si hacía efecto, en lugar de eso tomaron unas cuantas muestras y se fueron, lo cual no entiendo. Y luego despertaste, era como un milagro, y entonces resultó que estabas un poco raro, pero antes de que pudiéramos aclarar qué iba mal, desapareciste. Me dolió mucho, ¿sabes? que te fueras sin decir nada. Aunque al menos, entonces, estaba Sam... Y después de que nos pasara de todo, en el peor momento, apareciste y me salvaste la vida. No creas que no vi lo que hiciste para protegernos... destrozaste a aquellos hombres. ¡Pero ellos eran unos monstruos! Y luego te dedicaste a matar zombis. Entonces, ¿por qué eres un peligro para nosotros?

Hace una pausa y los dos nos quedamos callados un rato. En ese momento, la puerta del instituto se abre y vemos aparecer a dos muchachos con una mochila. Me quedo quieto, congelado sobre mis pies, así que Alex se acerca a ellos por mí y la recoge. Vuelven dentro en un segundo, y ella revisa el contenido de la mochila.
- Una manta, cuerda, dos mecheros, agua, unas latas de comida, una navaja, una vela, una linterna y pilas -enumera-. Y tu pistola.
- Bien -asiento-. Puedes quedarte con la comida, no la voy a necesitar.
- ¿Por qué no la vas a necesitar? -pregunta con cautela.

No sé muy bien cómo empezar. Al final me decido a hablar.
- Esas cosas que hice a aquellos hombres, todas esas cosas horribles... podría hacerlas a cualquiera de vosotros, a cualquier persona dentro de ese instituto. Podría ocurrir en cualquier momento, no sé cuándo podría perder el control.
- Pero te has controlado mientras has estado con nosotros...
- Sí, pero recuerda que hacía poco tiempo que había... que había comido, porque eso fue lo que hice con aquellos cabrones. Me los comí -suena todavía peor en mi boca que en mi cabeza-. A medida que pasaban las horas se ha ido haciendo más difícil... tengo mucha hambre, Alex, y la comida normal me hace poner enfermo. Necesito carne fresca.

Da un par de pasos hacia atrás. Parece asustada. No quería darle miedo, pero supongo que es inevitable.
- Ayer, cuando llegamos y nos obligaron a desnudarnos, sentí que podía saltar sobre cualquiera de vosotros en cualquier momento. Preferí quedarme fuera con Mishel, porque no sabía cómo iba a reaccionar estando rodeado de gente. Después, cuando se acercaron los zombis, justo al salir el hombre de los bocatas... Una vez acabé con ellos, mi primer instinto fue lanzarme sobre el hombre y darme un festín. Tuve que emplear todas mis fuerzas para concentrarme en no hacerle daño. Me acerqué a él muy despacio, y conteniendo la respiración, y aún así el hambre hacía que me doliera el estómago y me hirviera la sangre. Estuve a punto de perder el control, y eso es algo que no me puedo permitir.
- Díos mío, Isaac...
- Nunca quise que me tuvieras miedo.
- Yo nunca te tendré miedo -dice ella, pero su forma de mirarme ha cambiado.
- Eso es una temeridad por tu parte -le digo, aunque se me escapa una sonrisa-. ¿Entiendes ahora por qué no puedo hacer otra cosa que marcharme?
Me mira un rato, y al final asiente lentamente con la cabeza.
- Si esta gente se entera de tu condición, no sólo no te dejarían entrar aquí, sino que tú también estarías en peligro. 
- Supongo que puedo contar con que no dirás nada. Si me convierto en una amenaza para ellos, no me extrañaría que Marcus viniera a por mí. La forma en que me han mirado... creo que me tienen miedo.
- No te preocupes -dice ella-. Mientras no hagas daño a ninguno de los suyos, no creo que pase nada.
- Para no hacer daño a nadie, necesito alejarme. ¿Lo entiendes?
Suspira.
- Lo entiendo. ¿Dónde irás?
- No lo sé -digo, y me vuelvo para mirar a mi alrededor-. Creo que al bosque, por el momento, lejos de la gente. A lo mejor un tiempo a solas me sienta bien. Quizás en algún momento pueda volver.
- Eso me gustaría.
- Siento tener que despedirme de ti. Desde aquella noche en el hospital pensaba que íbamos a estar juntos hasta que todo esto terminara. Formamos un buen equipo.
- Sí, aunque esto no tiene pinta de acabarse, ¿no crees?
- Te echaré de menos.
- Y yo. Si en algún momento necesitas ayuda, ya sabes dónde encontrarme -hace un gesto con la mano, señalando el instituto.
- Gracias. Tú puedes... no sé, proyectar el signo de Batman en el cielo, tal vez lo vea y pueda venir en tu ayuda.
Se ríe, el sonido de su carcajada me reconforta. Al final yo también me río. Otra vez esta chica me sorprende, sacando fuerzas de quién sabe dónde para seguir adelante.
- Buena suerte, Isaac -dice, y me abraza. Yo la abrazo también, y nos quedamos así un rato. Entonces, la maldita sensación en el estómago, el impulso de clavarle los dientes en el cuello, me obliga a separarme de ella. Cierro los puños con fuerza y trato de concentrarme de nuevo.
- Lo siento -me mira otra vez con esa tristeza suya que echa abajo mis defensas.
- Tú no tienes la culpa. Cuida de Mishel y Lukas. Y sobre todo, cuídate mucho, Alex.
- Y tú.

Me cuelgo la mochila al hombro y me doy la vuelta. Echo a andar, sin volver la vista atrás, aunque sé que ella está ahí, en la acera frente a la puerta del instituto. Sigo andando, sin volverme, hasta saber que ella ya me habrá perdido de vista. Miro a mi alrededor, las calles desiertas de Cornwell parece que me devuelven la mirada. Estoy solo.

miércoles, 15 de agosto de 2012

En deuda

El alboroto dura poco. Algunos de los habitantes del instituto salen intentando acallar los gritos de los que han observado la escena desde las ventanas y, sobre todo, de una mujer que llora histérica en la entrada principal. El hombre que había salido con la comida es sometido al examen de rigor, así que me doy la vuelta y trato de pensar en otra cosa. Me dirijo al coche en busca de Mishel, para compartir la cena con ella. Ya les daré las gracias por los bocatas mañana.

Golpeo con los nudillos la ventanilla trasera del todoterreno, aunque no veo a mi compañera. Detrás de nosotros, escucho cómo la puerta del instituto se cierra y las voces se acallan poco a poco. No creo que quieran llamar la atención de más compañía esta noche, así que se dan prisa en que el silencio vuelva a ser sepulcral, o por lo menos, que no se les escuche desde el exterior. Golpeo la ventanilla otra vez y entonces veo un bulto que se mueve. Un poco exasperado, trato de abrir la puerta, pero está cerrada desde dentro.
- Mishel, soy yo, Isaac. Traigo la cena.
Ninguna respuesta. Pero la veo, está escondida bajo los asientos. Sé que está traumatizada y todo eso, pero empieza a ponerme de los nervios.
- Por Dios, Mishel, tienes que tener hambre. No hay nadie más aquí. Baja un poco la ventanilla y te daré un bocadillo.
Tengo que esperar al menos medio minuto a que se decida, pero al fin se incorpora y abre la puerta, sólo una rendija, lo suficiente para que pueda darle su comida, y cierra de nuevo. Bueno, ya está, no tendré que preocuparme de ella en un rato.


Todos parecen muy alterados durante un buen rato, incluso después de que Joseph haya regresado sano y salvo de su encontronazo con los zombis y con Isaac. La mujer que chillaba antes, que debe de ser su pareja, sigue llorando en algún aula al final del pasillo. Desde la habitación en la que estamos Lukas y yo, vemos a varias personas ir y venir, pero nadie nos dice nada. Alguien está recibiendo una bronca monumental de Marcus, creo, se le oye gritar desde aquí. Lydia aparece de vez en cuando para traernos algo, una manta, un poco de agua, cualquier cosa, pero cuando le preguntamos no responde nada en claro. Al final, cuando todo parece más calmado, conseguimos que hable un poco más.
- ¿Tienes idea de dónde salieron los zombis? -le pregunto-. Creía que esta zona estaba limpia.
- Y lo estaba -dice ella, consternada-. No sabemos de dónde vinieron, ni por qué no lo supimos antes. El vigilante debería haberlos detectado mucho antes de que llegaran, pero parece que no estaba en su puesto. Marcus quería arrancarle la cabeza, no sé cómo lo van a castigar.
- ¿Cómo está Joseph? -le pregunta Lukas.
- Bueno, está asustado -dice-, pero no ha resultado herido. Vuestro amigo lo ha protegido bien. Ha luchado como un..
- Como un animal -termina Lukas. Me molesta un poco el comentario, pero no se aleja de la realidad.
- No quería decir eso -se disculpa Lydia-. Es sólo que... bueno, no había visto a nadie luchar así.
- Nosotros tampoco -le digo yo-. Sólo a Isaac.
- Cuando empieza, es como una máquina -interviene Lukas-. No para hasta destrozarlos a todos. 
Lydia se queda intranquila con esa explicación. Creo que ha sido poco afortunada. Intento suavizar la tensión un poco.
- Pero ya has visto cómo ha protegido a Joseph. A nosotros también nos salvó la vida. A mí me la ha salvado varias veces, de hecho.
- Supongo que le debemos eso...
- Espero que lo recordéis mañana, cuando se decida si puede entrar o no. 

Desenvuelvo mi bocata y me llega el olor de la carne ahumada. Sinceramente, no es lo que más me apetece ahora mismo, pero tengo tanta hambre que no puedo más, así que le doy un bocado, luego otro, me lo trago sin apenas masticar, y en un par de minutos lo he terminado y sigo con hambre. El hambre, que nunca se me pasa. Y entonces, apenas un minuto después, siento cómo se me revuelve el estómago y tengo el tiempo justo de ponerme de rodillas junto al todoterreno para no vomitarme encima. 

Cuando termino estoy temblando y me duele todo el cuerpo. ¿Me he intoxicado con ese bocadillo? Me pongo en pie como puedo, agarrándome al parachoques del vehículo, y escruto la penumbra intentando averiguar si Mishel está bien o también se ha intoxicado. Por lo que veo, está comiendo tranquilamente, al menos tan tranquilamente como podría hacerlo. Se vuelve hacia mí cuando se da cuenta de que la observo, pero no consigo deducir nada de su expresión. Parece que a ella no le ha hecho daño la comida, así que imagino que en mi caso ha sido por mi... nueva condición. Me siento fatal, tengo hambre y la situación no parece que vaya a mejorar, así que me doy por vencido. Me siento en el suelo, al otro lado del todoterreno, apoyo la espalda en la rueda y me dedico a esperar a que salga el sol de nuevo. Aunque tampoco estoy seguro de que eso vaya a solucionar nada.

Lukas y yo estamos solos en el aula. Llevamos aquí toda la noche, sentados en el suelo junto a un montón de mesas apiladas al fondo. Lydia nos ha traído sacos de dormir, agua y un par de mantas, así que realmente tenemos todo lo que necesitamos para descansar. También tenemos una vela con la que iluminamos la habitación, aunque sé que deberíamos apagarla. Sin embargo, no consigo tranquilizarme y me paso todo el tiempo observando la calle a través de la ventana, aunque ahora la oscuridad es tan profunda que apenas puedo distinguir la silueta del coche aparcado frente a la entrada. Lukas, cansado, me pide que deje de caminar por la habitación y trate de dormir un poco. 
- Vamos a estar aquí hasta que se haga de día -dice, echando un vistazo en dirección a la puerta-. Sabes que no podemos salir, ¿no? Han cerrado desde fuera.
- Lo sé -respondo. Me siento encerrada.
- Vamos a descansar un rato, ¿vale? Isaac estará bien, y a Mishel no le pasará nada mientras él ande cerca. 
Asiento con la cabeza de mala gana y me meto en el saco de dormir. Lukas apaga la vela y escucho cómo intenta acomodarse para pasar el resto de la noche. No sé qué le estará viniendo a la mente ahora mismo, probablemente lo mismo que a mí. Cuando cierro los ojos la cabeza se me llena de imágenes aterradoras: los zombis rodeando a Sam, unas manos sujetándome mientras otras me quitan la ropa, un arma apuntándome a la cabeza, Isaac infectado, la maldita zanja de los muertos. Hago un esfuerzo por dormir, aún sabiendo que todas esas cosas me perseguirán en mis pesadillas. Estoy tan cansada que, a pesar de todo, se me acaban cerrando los ojos y siento por un rato que puedo esconderme debajo de las mantas y olvidarme del mundo.

La temperatura baja poco antes del amanecer. El frío en la cara y en las manos hace que me sienta más relajado. Sigo teniendo hambre, de todas formas, creo que no me voy a librar nunca de esta sensación. Me esfuerzo por dejar la mente en blanco. Quiero estar lejos de aquí. Comer hasta hartarme. No, mierda, no pienses en comer. Joder, me comería hasta una rata. Y sin embargo el bocadillo... tal vez fuera por el pan. Mierda, Isaac, no pienses en comer. Alex y Lukas están bien. Mishel ha sobrevivido a la noche, no le ha pasado nada a nadie a pesar de los zombis. He cumplido mi deber, he hecho lo que debía. Ahora podré descansar.

No sé cuánto tiempo ha pasado cuando escucho a alguien acercarse y se abre la puerta del instituto. Aparece un grupo de cinco o seis personas, incluyendo al que parece ser el líder, un hombre de mediana edad llamado Marcus. Parece que van a cumplir su palabra y darnos una segunda oportunidad de entrar. Marcus se adelanta y sonríe, en un intento de parecer amigable, aunque noto que todavía desconfía un poco.
- Bueno, parece que estás bien a pesar de los problemas de anoche -dice, y me cuesta saber si eso le alivia o le preocupa-. ¿Cómo está la chica?
- Está bien -respondo-. En el coche.
Escruto el grupo en busca de alguna reacción. Sobre todo, encuentro miedo. Me gustaría que Alex estuviera entre ellos, seguro que sabría decir algo bueno por mí. Esas cosas se le dan mejor a ella.
- ¿Dónde están mis amigos? -pregunto-. Quiero verlos.
Marcus asiente, evitando el conflicto, y envía a uno de sus compañeros a buscar a Lukas y Alex. Aparecen al cabo de un par de minutos que se me hacen eternos. Tienen una pinta un poco ridícula con un chándal azul bastante horrible, pero parece que están bien. Alex ignora las advertencias de Marcus y corre a abrazarme.
- ¡Isaac! -exclama-. Estaba muy preocupada por ti. ¿Y Mishel?

Echo un vistazo rápido, primero a Alex, luego a Lukas. Todavía les queda un buen trecho para recuperarse del todo, pero están limpios, sus heridas tienen buen aspecto y se les ve tranquilos, dentro de lo que cabe. Eso me tranquiliza a mí también y hace que se suavice un poco la tensión del ambiente. Me dirijo al coche y golpeo suavemente el cristal de la ventanilla trasera. Mishel está sentada mirando en mi dirección, aunque un poco ausente hasta que el sonido la sobresalta. Le pido que abra la puerta, y aunque vacila unos segundos, cede bastante fácilmente. Le doy la mano para que baje y la acompaño hasta la puerta, donde el grupo espera.

- Aquí está Mishel, como veis, sin rastro de infección -les digo, tal vez un poco desafiante-. Han pasado más de doce horas y continúa igual. Bueno, puede que tenga un poco de hambre.
Ella no dice nada, se limita a mirarnos a Alex y a mí como esperando que resolvamos la situación. Marcus piensa durante unos segundos. Al final, una mujer le dice en voz baja:
- La chica parece sana pero podría haber tenido contacto esta noche con algún zombi. Piénsalo, Marcus.
Él hace una mueca. Me están empezando a hartar con tanta tontería, hemos estado una noche a la intemperie a merced de los zombis sólo para complacerlos. Deberían tener más respeto por nosotros.
- Ningún zombi se acercó a ella, estaba dentro del coche -explico-. Y si lo hubiera hecho, ahora estaría muerta. 
Marcus todavía parece indeciso.
- Mira -les digo, un tanto exasperado-. Anoche un grupo de zombis pudo haber matado a uno de los vuestros. Le salvé la vida acabando con ellos. Creo que estáis en deuda conmigo y que deberíais aceptar a Mishel en compensación. 
Marcus y la mujer que ha hablado antes se separan un poco del grupo y hablan en voz baja.
- Está bien -dice Marcus después de pensarlo un rato-. La chica podrá entrar, y después de darse una ducha, será examinada por nuestro personal médico. En cuanto a ti...
- No tienes que preocuparte por mí -le digo-. Yo no voy a entrar.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Visita nocturna

Un murmullo crece a mi alrededor. Tengo algo atrapado en el suelo, pero de momento me mantengo inmóvil y trato de escuchar el susurro que se acerca y que poco a poco va cobrando sentido en mi cabeza. Son pies que se arrastran viniendo desde varias direcciones. Parece que tratan de rodearme. Lo que he agarrado antes gruñe y trata de zafarse, aunque no creo que pueda. Es huesudo y débil, y con la cara contra el suelo y las manos atrapadas poco puede hacer por defenderse. Tiene la piel fría y no habla, sólo gruñe. Creo recordar que la mujer que encontramos de camino al pueblo dijo que en Cornwell no había zombis. No muchos, al menos, pero es evidente por la claridad con que me llegan sus gemidos que los tengo encima, así que mejor empezar con esto cuanto antes. Cojo a la criatura por el pelo y golpeo su cabeza contra el suelo hasta que oigo romperse el cráneo y siento en las manos gotas de ese líquido viscoso y negro en el que se convierte su sangre. No creo que se levante pero, aún así, le retuerzo el cuello hasta escuchar como se parte. Me pongo de pie y aparto el cuerpo de una patada, tengo que concentrarme bien para luchar en la oscuridad. No puedo dejar que ataquen a Mishel o que entren en el instituto. 


Antes de que pueda adivinar dónde está el que tengo más cerca la puerta del edificio se abre y un rayo de luz blanca me ilumina de pleno. Hay un tío parado en el umbral. Me enfoca directamente, así que no puedo verle la cara.
- Quédate dentro -le digo, procurando no alzar la voz para no poner nerviosos a los podridos. Sin embargo, él ya ha cerrado la puerta y da unos pasos hacia mí. Se detiene al tropezar con el cuerpo.
- ¡Joder! ¡¿Qué coño es esto?!
Los otros zombis ya me habían detectado antes de que el tipo saliera, los estaba oyendo acercarse. Ahora, los gritos y la luz han hecho el resto, y cuando me doy cuenta dos de ellos ya se le han echado encima. Los aparto de un tirón, pero uno de ellos lo tiene agarrado del pelo y el hombre grita de dolor. De un golpe seco en el antebrazo parto los huesos del podrido y por fin lo suelta, aprovecho el momento para tirarlo al suelo y aplastarle el cráneo con la bota. A la luz de la linterna veo como los sesos se esparcen en blanco y negro. Es tan absurdo que parece irreal. Pero tengo que buscar al otro.


Lo encuentro muy cerca de mí, en el suelo, probablemente se ha caído al apartarlo de un empujón. En pocos segundos ha corrido la misma suerte que su compañero de fatigas. Sin embargo, tengo la certeza de que hay más.
- ¡Vuelve dentro! -le grito al hombre, que tarda unos segundos en reaccionar pero rápidamente se dirige a la puerta. Intenta abrirla, pero no puede. 
-¡Abrid, joder! -dice él, asumo que hay alguien más al otro lado, aunque creía que había venido solo- ¡Abrid!
Esto es lo más complicado. Puedo luchar contra un puñado de zombis sin apenas sudar si estoy solo, pero cuando hay que proteger a alguien todo se vuelve mucho más difícil. Quizá porque soy un poco como ellos, el resto de seres humanos siempre les parece más apetecible que yo. Pero la puerta del instituto no se abre, así que voy a tener que hacerlo una vez más. Si dejo que lo maten, ni Mishel ni yo entraremos.


Después de comer algo me siento infinitamente mejor, aunque terriblemente cansada. Marcus y Lydia nos conducen al piso superior, donde se encuentra el resto del grupo, aunque nos han dicho que no vamos a dormir con el resto todavía. Subimos la escalera y nos detenemos en la entrada de un aula que tiene la puerta entreabierta. En el interior se adivinan las formas de mesas y sillas apiladas contra una pared, pero no se ve mucho más. Lydia desaparece en busca de un par de sacos de dormir. Vuelve acompañada por alguien más, una mujer un poco mayor.
- Marcus, deberías venir a ver algo -dice la mujer, parece preocupada.
Él no pregunta, simplemente se marcha con ella y le pide a Lydia que se quede con nosotros. Se pierden en la penumbra del pasillo, pero poco después comenzamos a escuchar voces que cada vez se elevan más. Debería haberme acostumbrado ya a que las cosas se tuerzan cada vez que el apocalipsis nos da un respiro. Se oye un grito al fondo del pasillo y una mujer aparece corriendo con una linterna, probablemente allí es donde está el resto de grupo. La mujer pasa como un rayo por nuestro lado sin ni siquiera mirarnos, gritando y llorando, y baja las escaleras a trompicones. Antes de que la lucecilla de su linterna se pierda de vista un par de hombres aparecen corriendo tras ella y la siguen escaleras abajo. Lukas y yo intercambiamos una mirada en silencio. Entre los gritos de la mujer se ha distinguido claramente la palabra "Joseph". Joseph es quien ha salido a llevar algo de comida a Isaac y Mishel. Algo tiene que estar pasando con ellos.


No lo pienso mucho, simplemente me escabullo al interior del aula junto a la que estamos y abro la ventana. Abajo, frente a la puerta, Isaac aplasta un cráneo de una patada. Lukas llega rápidamente a mi lado a pesar de que Lydia nos está llamando desde la puerta.
- ¿Pero no dijeron que no había zombis por aquí?
La escena se dibuja bajo la ventana iluminada por el haz blanco de la linterna. Isaac es una máquina demoledora, cae sobre uno de ellos como una bestia y, cuando lo tiene en el suelo, estampa su cabeza contra el bordillo hasta que no queda más que una masa de despojos. Entonces lo abandona y sale en busca del siguiente. La linterna que ilumina la escena se mueve de un lado a otro, nerviosa, y pienso entonces en el pobre Joseph. Aunque no lo vemos claramente desde aquí, tiene que ser él, y ahora mismo la luz hace un barrido a su alrededor que muestra a varios zombis acercándose al lugar. Trato de distinguir a Mishel en el interior del coche, pero no la veo. Confío en que Isaac pueda protegerlos a los dos. Una mujer grita y llora en el piso de abajo.


Esto sería más sencillo si el tipo de la puerta me ayudase un poco, al menos enfocando hacia los zombis para que pueda ver desde dónde están llegando. Por lo menos ha dejado de gritar y lo único que hace es mover la luz de un lado a otro. Me empieza a marear, así que intento no hacerle caso y guiarme por mis otros sentidos para acabar con los zombis que quedan. Escucho atentamente y escruto la penumbra a mi alrededor. A mi derecha hay una papelera, tal vez pueda usarla como arma. Cuando voy a cogerla, me doy cuenta de que está anclada al suelo. Tiro de ella con fuerza un par de veces. Forcejeo un poco hasta que al fin consigo arrancarla del soporte y corro de vuelta a la puerta, donde hay un podrido acercándose peligrosamente al tío de la linterna. Le doy un fuerte golpe con la papelera en la cabeza y cae de bruces al suelo. Sigo golpeando hasta destrozarlo por completo. 

Los últimos se acercan en grupo, creo distinguir a cuatro. En lugar de dirigirse hacia la puerta, se amontonan alrededor del todoterreno. Lo golpean y lo mueven un poco, me lanzo sobre ellos sin vacilar y utilizo la papelera para aplastar la cabeza del primero de ellos contra el cristal. Los otros tres intentan alcanzar a Mishel, agarro de los pelos al que tengo más cerca, que trata de morderme al tenerme a su alcance, pero no lo consigue. Lo empujo hacia otro, que empezaba a trepar por el coche, y ambos caen en un lío de brazos y piernas. Cojo de nuevo la papelera y la dejo caer sobre ellos con fuerza. Vuelvo a hacerlo varias veces hasta estar seguro de que no se van a volver a levantar. Miro a mi alrededor, pero no veo al último. Me vuelvo y lo encuentro, avanzando torpemente hacia el tipo de la puerta. De un salto estoy sobre él y lo destrozo hasta que no puedo más, ante la mirada alucinada del hombre que sujeta temblando la linterna y un bulto envuelto en una bolsa de plástico.


Joseph ilumina a Isaac mientras termina de machacar la cabeza del último de los zombis que se han acercado al instituto. La luz tiembla y me imagino lo aterrorizado que debe de estar, más aún si no ha visto a Isaac luchar antes. Y Mishel, en el coche, no quiero ni pensarlo. Cuando Isaac se levanta, Lukas y yo contenemos la respiración. Se acerca a Joseph muy lentamente, mirándolo de arriba a abajo, se diría que evaluándolo incluso. Se queda de pie frente a él, a un par de metros, Joseph no se mueve un milímetro. Una vez acallados los gemidos de los zombis y los gritos de Joseph, el silencio es sepulcral. Ni siquiera se escuchan los lloros de la mujer que ha bajado corriendo. Isaac da un paso más hacia Joseph y alarga el brazo, tan despacio que parece que estemos viendo una película a cámara lenta. Coge algo que Joseph llevaba en la mano, una bolsa de plástico. Saca dos bocadillos del interior, le dedica una breve mirada, y se da la vuelta para alejarse de él y volver junto al coche. La puerta del instituto se abre en un estallido de voces asustadas.

martes, 10 de julio de 2012

Cornwell

Un escalofrío me recorre cuando cruzamos las puertas del edificio donde el grupo de Marcus, Arthur y Sophie está refugiado, más por el hecho de dejar atrás a Isaac y Mishel que por el lugar en sí, que no es más que un instituto de secundaria convertido a la fuerza en un pequeño fortín contra la plaga. Me vienen a la mente los recuerdos del Purgatorio, pero esto tiene mucho mejor aspecto. Atravesamos un recibidor amplio y recorremos un par de pasillos con taquillas a los lados. Algunas tienen cosas escritas, pequeños dibujos o incluso una foto colgada, no me cuesta nada imaginar a los chavales entrando en clase o riendo en alguna esquina. Tengo la misma sensación que cuando entramos en alguna casa abandonada, la de ser un intruso que no debería estar aquí. Ninguno de nosotros deberíamos estar aquí, viviendo todo esto, de todas formas. 
- ¿Dónde está el resto de vuestro grupo? -pregunta Lukas. Marcus señala hacia arriba con el dedo índice.
- Hemos ocupado unas cuantas aulas del piso de arriba. 
Sin embargo, el grupo nos conduce hacia una escalera que baja.
- ¿A dónde vamos entonces? -pregunto, me estoy empezando a asustar. Marcus se ríe, parece que se ha percatado de mi miedo.
- Vamos a hacer una parada antes -luego, se vuelve hacia parte de sus compañeros, que nos venían siguiendo-. Podéis volver con los demás, no hace falta que bajemos todos a los vestuarios. Joseph, Lydia, ¿nos acompañáis vosotros dos?
El resto del grupo se aleja tranquilamente, charlando entre ellos, y los tres que se quedan con nosotros parecen también confiados. Parece... que se sienten seguros. Me aferro a esa pequeña esperanza y sigo a Marcus y los otros dos escaleras abajo, por un corto pasillo hasta llegar a dos puertas iguales. Un cartel indica que la puerta de la derecha es el vestuario femenino, y la de la izquierda, el masculino. La mujer, no recuerdo como se llama, me abre la puerta de la derecha y me invita a pasar. Supongo que aquí tengo que separarme de Lukas, aunque no tengo ningunas ganas de hacerlo. Me lanza una mirada que intenta ser tranquilizadora antes de entrar en el vestuario masculino junto a Marcus y el otro hombre, así que me resigno y entro en el otro sin mucha confianza. A la entrada del vestuario hay varios bancos de madera y una serie de armarios blancos. Huele a lejía. Deben de ser los vestuarios de una piscina. La mujer atraviesa la zona de los armarios y dobla una esquina.
- Vamos, ven aquí -me dice-. No tengas miedo.
Ya, eso es fácil de decir. Doy unos pasos hacia ella y luego me quedo quieta. 
- Tener miedo no es malo, es útil -le digo. Ella se ríe.
- Entiendo que te hayan asustado... Marcus suele hacerse el duro con la gente de fuera, porque nunca se sabe qué se puede encontrar uno por ahí. Anda, acércate, que seguro que esto te gusta.
Escucho un murmullo. Es agua, agua que corre. Voy hacia el origen del sonido, justo detrás de la fila de armarios. Una ducha.
- Tienes cinco minutos de agua caliente -me dice la mujer. Creo que voy a llorar.


Cuando el grupo entra en el edificio nos quedamos a oscuras. Llevaban unas cuantas linternas, pero no nos han dejado ninguna, así que subo al coche y enciendo la luz del interior. Escucho cómo aseguran la puerta del instituto desde dentro. Mishel se ha quedado plantada en la acera, sin reaccionar. Espero que ese estado de shock se le pase pronto, porque no estoy en condiciones de resolver los problemas emocionales de nadie. De todas formas, la mayoría de la gente en ese estado puede obedecer órdenes sencillas si se les dirige bien. Sólo tengo que conseguir que pase la noche dentro del coche, y que aguante ahí hasta mañana. Luego la dejarán entrar, y yo podré respirar tranquilo.
- Mishel, sube al coche -le digo, trato de ser firme pero no asustarla. No me hace caso, tampoco esperaba que lo hiciera a la primera. Bajo del vehículo de un salto y me acerco a ella. Le sujeto la cara con las manos y la miro a los ojos. Necesito concentrarme mucho para no hacerle daño en este momento, teniéndola tan cerca de mí.
- Mishel -repito, hablando lentamente-. Tienes que subir al coche. Yo vigilaré aquí fuera. No te pasará nada.
Después de mirarme un rato, procesando la información, asiente con la cabeza y sube al todoterreno. Se queda en el asiento de atrás, inmóvil. Le apago la luz y noto cómo se estremece al quedarse a oscuras, aunque no protesta. Cuando cierro la puerta, escucho como echa el seguro. Bien, puedo relajarme un poco. Me siento en el suelo, la espalda apoyada en una de las ruedas traseras del coche. Veinticuatro horas, me digo. Puedo aguantar ese tiempo sin comer. Y sin dormir. Puedo hacerlo.


Dejo que el agua me empape. Está caliente, siento como me quema la piel. Es una sensación tan agradable que no puedo evitarlo y me pongo a llorar. Esto es lo que hacía cada mañana al salir de la cama, darme una buena ducha, secarme el pelo, ponerme ropa limpia. Ahora no tengo cama donde dormir, ni ropa, ni familia, ni amigos, ni nada. No queda nada de lo que conocía, y las personas en quienes había confiado... Sam está muerto, Isaac parece haberse convertido en alguien completamente distinto. Tal vez hubiera sido mejor no haber salido nunca del hospital.
Me miro los pies, a mi alrededor corre el agua que se va llevando toda la suciedad que llevo encima. Me froto la cara y el cuello para quitar la sangre seca. El oído me duele un poco y lo sigo notando raro. Me tapo el otro y me doy cuenta de que casi no escucho el agua. Es difícil decir ahora si la pérdida de audición será permanente... supongo que no puedo hacer nada más que esperar para ver cómo evoluciona. El resto de heridas se irán curando poco a poco. Algo de descanso, y sobre todo comida, eso es lo que necesito. El agua se enfría y salgo de la ducha, la mujer me espera con una sonrisa y me acerca una toalla.
- ¿Te sientes mejor? -pregunta.
- Ya lo creo -respondo, y me permito por primera vez el lujo de bajar un poco la guardia. Ella parece darse cuenta.
- Me llamo Lydia -dice. Es un poco mayor que yo, pero tampoco mucho, andará sobre los treinta, más o menos. Tiene el cabello de un rubio rojizo y los ojos claros, con la piel llena de pecas. Me fijo en su ropa, una sudadera deportiva y unos vaqueros. Parece limpia y cómoda, me pregunto si tendrá algo de sobra para mí. 
Lydia me tiende la mano. Me seco la mía antes de estrechársela.
- Yo soy Alex.
Como si hubiera leído mis pensamientos, me ofrece un bulto de ropa cuidadosamente doblada. Huele a limpia, incluso la ropa interior. Me lo pongo todo rápidamente y me miro en el espejo. Llevo un chándal azul con lo que parece ser el emblema del instituto. Tengo una pinta bastante ridícula pero aún así seguro que es infinitamente mejor que la que traía cuando llegué aquí.
- Lavaremos tu ropa, pero puedes usar eso mientras tanto. Lo único que no tengo para ti son zapatos -me dice Lydia-. Lo siento, pero no tenemos ni un par de sobra.
- No pasa nada, mis botas están bien. No iré a la última moda, pero estaré cómoda -hago una pausa-. Muchas gracias por todo esto. No sabes cuánto necesitaba esa ducha.
- Lo sé -dice ella-. Han llegado varias personas desde que nos refugiamos aquí, pero nadie parecía tan hecho polvo como vosotros.
- ¿Crees que acabarán dejando entrar a los que se han quedado fuera? -pregunto.
- Esperemos que sí -echa a andar hacia la puerta-. Volvamos con los demás.


Cuando salimos al pasillo nos encontramos con Lukas y los otros dos, ya esperándonos. Lukas tiene la misma pinta ridícula que yo, con el chándal azul del instituto. Al vernos, nos reímos el uno del otro y me doy cuenta de que está mucho más tranquilo. Ahora, el grupo nos lleva hasta unas puertas amplias. Tienen un cristal redondo a la altura de los ojos a través del que se ve una sala a oscuras. Marcus da la luz, y la sala se ilumina, mostrando hileras de mesas y una barra con un carro de bandejas al lado. Estamos en la cafetería del instituto. Recuerdo el hambre que tengo con un dolor atroz en el estómago. Sin embargo, Lukas repara en algo mucho más importante.
- ¡Tenéis electricidad! 
Joder, qué idiota he sido. ¿Cómo no me he dado cuenta? Es de noche y me he duchado en un sótano, y había luz. Es increíble cómo me ha parecido completamente normal, sin reparar en que probablemente no haya energía en ningún otro edificio del pueblo. Mientras nos sirve un par de bocadillos, Marcus nos cuenta que el instituto cuenta con un generador de emergencia que puede abastecer el edificio durante varias semanas, aunque solamente mantienen la electricidad en algunas zonas comunes, para ahorrar todo lo posible. 
- Os enseñaré todo esto mañana. Ahora comeos eso, y nos iremos a dormir.
El hambre me hace pensar en Isaac y Mishel, ahí fuera, sin agua, sin comida. 
- Marcus, ¿puedo pediros algo? -digo-. No quiero abusar de vuestra amabilidad, pero nuestros amigos están ahí fuera y no tienen nada... ¿No podríais llevarles algo de comida y agua a ellos?
Marcus tarda un segundo en decir algo, pero enseguida sonríe y asiente con la cabeza.
- Claro, les llevaremos un par de bocatas. Joseph, ¿lo harás tú?
Joseph se encoge de hombros, no parece muy amigable. Aún así, accede. Sale de la cafetería con dos bocadillos y una botella de agua, y Marcus nos invita a ir con él y Lydia arriba. Me encanta la idea de dormir en un lugar libre de zombis, aunque no estaré tranquila hasta que Isaac y Mishel estén también a salvo. Por ahora, tenemos que esperar.


El tiempo parece que no pasa. Es completamente de noche, pero me voy acostumbrando a la oscuridad lo suficiente como para distinguir la silueta del coche frente a mí. Mishel sigue sentada y completamente inmóvil, pero al menos no da problemas. Me concentro en escuchar los sonidos de mi alrededor. El viento, un búho. Voces en el interior del edificio, pasos. Pasos que se acercan a donde estoy. Me preparo, alerta, escuchando a alguien acercarse a nosotros. Siento como mis músculos se ponen en tensión y me preparo para saltar sobre quien sea que se acerque.


Lo escucho, lo noto antes de verlo y me lanzo encima de él. En un segundo lo tengo inmovilizado contra el suelo, y es entonces cuando me doy cuenta de que algo va mal.

domingo, 1 de julio de 2012

A examen

Se pasan un rato callados, luego se miran entre ellos. Al final, el hombre llamado Marcus habla en voz baja con otro de los hombres y una de las mujeres. Deben de ser ellos los que están a cargo de decidir si nos permiten entrar o nos dejan fuera. Sophie nos prometió llevarnos a un lugar seguro, y aquí estamos, pero realmente no prometió que fuésemos a entrar. Intento echar mano de las pocas esperanzas que me quedan para no desmoronarme. Necesito comer, dormir... Mataría por una ducha caliente.
- Bien, hemos deliberado un poco -dice Marcus al fin-. Dejaremos que entréis y paséis aquí la noche, tal vez los próximos días. Más adelante tomaremos una decisión definitiva... Sin embargo, antes de que entréis, debemos asegurarnos de que ninguno estáis infectado.
- No lo estamos -dice Lukas. Marcus hace un gesto con la mano, como restando importancia a lo que Lukas ha dicho.
- Lo siento, pero que lo digáis no es suficiente -explica-. Tenemos que comprobarlo nosotros mismos. Desnudaos, vamos a asegurarnos de que no tengáis mordeduras.
- ¿Qué?
Mishel retrocede un par de pasos a mi lado y pienso que esto es lo peor que se les podía ocurrir, después de lo que ella ha pasado.
- ¿No podríamos...? -empiezo a decir. Marcus me corta.
- No es negociable. Si pasáis la revisión podéis entrar, si no, lo siento pero os quedaréis fuera. Si realmente no estáis infectados no tenéis nada que temer.
Nos miramos entre nosotros. Al final, doy un paso al frente. Es el fin del mundo, la dignidad queda en un segundo plano.
- Las damas primero -dice Marcus mientras me empiezo a desvestir.


Alex se quita la chaqueta y los haces de luz se dirigen hacia ella. A medida que se quita la ropa las heridas de su cuerpo van quedando al descubierto y empiezo a distinguir cortes, cardenales, arañazos... Tendría que haber llegado antes de que aquellos cabrones le pusieran un dedo encima, debí ser más rápido y ella no habría tenido que pasar por algo así. Se queda en ropa interior, pero ellos le piden que se lo quite todo. Supongo que llegado este punto ya le da igual, porque lo hace sin oponer la menor resistencia. Los demás iluminan cada palmo de su cuerpo y examinan cada herida hasta convencerse de que no supone un peligro. No me había dado cuenta de lo delgada que está, pero ahora que no lleva ropa puedo ver claramente todas sus costillas marcadas en la piel. Se mueven cuando respira. Es apetecible... Tengo que pensar en otra cosa y reprimir el instinto de lanzarme a su cuello. Miro hacia otro lado y espero a que vuelva a ponerse la ropa para respirar.


Sin embargo, luego es peor. Le toca el turno a Mishel y siento que voy a perder el control de un momento a otro solamente con su olor. Me alejo de ellos unos pasos pero sirve de poco. No sé qué voy a hacer si ahí dentro hay todavía más gente.


Se han tomado su tiempo para decidir que estoy limpia. Al menos se han convencido de que estoy sana a pesar de todas las heridas, algunas ni siquiera sabía que las tenía. Con Mishel ha sido más difícil, porque está aterrorizada. Les he pedido que la examinasen las mujeres para que estuviese más tranquila, pero aún así me ha costado convencerla de que se quitara la ropa. Al final, he tenido que quitársela yo mientras ella temblaba como una niña. Se ha puesto a llorar cuando le he quitado la camiseta porque no llevaba sujetador. No pudo encontrarlo después de que se lo arrancaran. Me paso el rato susurrándole palabras tranquilizadoras a pesar de que sirve de poco.
- ¿Qué es esto¿ ¿Es un mordisco? -dice una de las mujeres que la examinan.
Ella no responde, sólo me mira angustiada como esperando que haga algo para ayudarla. Les pido que no se alarmen y me dejen mirar. Si estuviera infectada, probablemente ya habría muerto a estas alturas, así que intento ver de qué se trata realmente la herida. Veo una hilera de pequeñas marcas en su hombro, un mordisco leve que ha dejado la piel rasgada en algunos puntos. Sin embargo, dudo que esto lo haya hecho un zombi. Apuesto a que fue uno de aquellos cabrones cuando la violaron. Intento explicárselo a esta gente.
- Esta herida la ha hecho una persona sana, no un zombi -les digo-. He visto las mordeduras de los zombis, la piel se pone morada alrededor y se infecta en poco tiempo. La enfermedad avanza rápido, ahora mismo ella estaría mostrando síntomas si estuviera infectada.
Con la expresión de su rostro, entiendo que no se han creído una palabra. 


Mierda.


- Ella se queda fuera, sigamos -dice Marcus prácticamente inexpresivo. No me da tiempo a hablar, cuando ve que voy a decir algo, añade-: Tengo que proteger a los míos, muchacha. No puedo poner en riesgo la vida de mi familia -luego se vuelve hacia Isaac y Lukas-. ¿Caballeros?


El grupo se vuelve hacia nosotros y trato de mantener una expresión neutra. Alex está ayudando a Mishel a ponerse de nuevo la ropa mientras intenta que mantenga la calma un momento. Lukas no protesta y se desnuda para dejar que lo examinen. Él está todavía más cerca de mí que las chicas y aguantar me cuesta todavía más. Aún así, intento mantenerme tranquilo para ganar algo de tiempo, no será fácil convencer a esta gente de que Mishel está bien, y no podemos dejarla fuera. Cuando acaban con Lukas, me empiezo a desvestir. Tengo muchas heridas en mi cuerpo, y muchas de ellas son mordeduras de los zombis. La mayoría, sin embargo, son sólo cicatrices ahora mismo. Los mordiscos menos graves se cierran en media hora, más o menos; los más graves pueden tardar dos horas. Ahora mismo, lo que ve la gente que me examina no es más que un montón de cicatrices cerradas y manchas de sangre bajo las que no hay herida. Me doy cuenta de que les sorprende, pero verlas cerradas los tranquiliza. Se fijan un poco más en la del tobillo, la que me contagió. Se nota que la herida que hubo allí era grave, pero se cerró al cabo de unos cuantos días. El disparo en el estómago es apenas una sombra, lleva varias horas curándose y pronto estará cerrado del todo.
- Está bien -dice Marcus-. Vosotros podéis entrar, si queréis, la rubia se queda aquí. 
- Por favor, sabéis que no es de un zombi -insiste Alex. De todas formas, creo que sabe que no van a ceder, pero empiezo a conocerla lo suficiente como para saber que ella tampoco lo hará. 
- Alex, Lukas, entrad vosotros -les digo-. Yo me quedo aquí esta noche con Mishel. Si la chica sigue sana dentro de veinticuatro horas, ¿os convenceréis de que no está infectada?


Tardan un rato en responder, pero si han visto algún contagio sabrán que es cuestión de horas, o incluso menos, que la persona muera. Así que es un punto a nuestro favor.
- Yo me quedo también -dice Alex. Bueno, me lo esperaba.
- No, tú entras -respondo-. Mishel estará segura conmigo, y será más fácil si sólo tengo que preocuparme de protegerla a ella. Pasaremos la noche dentro del todoterreno, justo aquí delante, así que si hay algún problema podemos pedir ayuda.
Marcus me mira sin terminar de creerse mis palabras.
- Dentro de veinticuatro horas volveremos a examinarla y tomaremos una decisión -dice al fin-. Las armas nos las quedamos nosotros.
Dudo, más que nada por lo de las armas. Pero tampoco es que las necesite si tengo que despedazar un par de podridos.
- Responderéis rápido si pedimos ayuda -digo.
- Tenemos siempre un vigilante en la azotea, os estaremos viendo durante todo el día. Si tenéis algún problema no os dejaremos tirados. Si os marcháis en algún momento de aquí sin justificación, perderéis la oportunidad de entrar. Y si traéis compañía indeseable, tomaremos a vuestros amigos como rehenes.
Le tiendo la mano a Marcus. Al menos, si pasara algo, habría dejado a Alex y Lukas en un lugar seguro. Espero que ese pensamiento me ayude a aguantar.